jueves, 31 de diciembre de 2009

Invierno en los Cárpatos ucranianos


Para acabar el año, el transeúnte os ofrece una imagen de las tierras de los hutsules (Гуцули), en los Cárpatos ucranianos. Su autor es un buen amigo suyo, Cyril Horiszny, un fotoperiodista que reside en Lviv y que hace exactamente un año exponía en la Biblioteca Ignasi Iglésias - Can Fabra, del distrito barcelonés de Sant Andreu, una cincuentena de fotografías que reflejan la vida de esta minoría, que ha preservado muy bien entre las montañas, cerca de la frontera polaca, sus tradiciones seculares. Luego esta misma exposición se presentó en Madrid y Santander, y aún se encuentra en suelo ibérico.

Visitad la página web de Cyril y disfrutaréis de sus magníficas fotografías. Y por lo que respecta a la exposición en Can Fabra, ved lo que publicó Tomás Caballero en su blog.

El transeúnte desea que el 2010 nos ayude a todos a superar los trances del año que dejamos atrás, y que lo recibamos con un poco de esperanza. Que al menos una parte de nuestros proyectos, de nuestros sueños, se haga realidad, y que la salud y la suerte nos acompañen.


Para ampliar la imagen, clicad sobre ella.

jueves, 24 de diciembre de 2009

En Travnik, tras los pasos de Ivo Andrić


En el otoño de 2008, el transeúnte recorrió durante unos cuantos días las maltratadas tierras de Bosnia-Herzegovina, empujado por los dolorosos recuerdos de las imágenes de una guerra que se había desencadenado pocos años antes en medio de Europa, en el corazón de los Balcanes, a una distancia relativamente pequeña de su casa; y quedó cautivado por los paisajes, las ciudades y, sobre todo, la gente que allí encontró. Con las heridas de aquella guerra aún mal cerradas y las cicatrices visibles por doquier, se movió un poco al azar por el territorio de un país casi inexistente, que le habría parecido fantasmagórico si no hubiera sido por la vitalidad y la dignidad de sus habitantes. Volverá a hablar más de una vez de él en esta bitácora.

Alguien procedente de allá, que había huido a tiempo de la hecatombe, recomendó al transeúnte que se adentrara en el centro de aquel espacio geopolítico y visitara dos ciudades que habían sido claves en la historia del país: Travnik y Jajce. A Travnik ya tenía previsto ir, si podía, atraído por la biografía y la obra de Ivo Andrić, el escritor que nació allí y que fue distinguido con el premio Nobel de literatura en 1961. El transeúnte había leído en su adolescencia la primera traducción al castellano de su obra más conocida, Un puente sobre el Drina, cuando el editor Caralt la publicó, en 1963.


Bosnia-Herzegovina (BH a partir de ahora) es un país dividido en dos entidades nacionales: la Federación de Bosnia-Herzegovina (Federacija Bosne i Hercegovine o croato-musulmana, como algunos la denominan), que ocupa el 51% del territorio, y la República Serbia (Republika Srpska), que ocupa el 49%. Esta división, bastante azarosa y que comportó grandes movimientos de población, fue establecida por el acuerdo de Dayton (oficialmente: General Framework Agreement for Peace –GFAP–, estipulado el 21 de noviembre de 1995 en la base aérea estadounidense de Wright-Patterson, cerca de Dayton, Ohio), que, según la historia oficial –la realidad la contradice constantemente–, resolvió el “conflicto civil yugoslavo” y, de paso, “el conflicto de Bosnia” (¡fijaos en el eufemismo tras el que se enmascaró aquella espantosa tragedia que dejó asolado el país entre los años 1992 y 1995!). Pero, de hecho, en la actual BH se enfrentan, además de otros más ocultos y sutiles, y sobre todo más oscuros, los intereses de tres grandes comunidades muy bien definidas: los serbo-bosnios, los bosnio-croatas y los bosniacos (bošnjaci, denominados Musulmanes, con m mayúscula, durante muchos años y hasta hace relativamente poco, por los regímenes titista y post-titista yugoslavos), sin que tengan ningún papel representativo en las instancias políticas algunas minorías nada menospreciables, como los judíos o los rom (gitanos), por ejemplo.

Travnik, a unos 70 kilómetros al noroeste de Sarajevo, es actualmente la “capital” del cantón (pequeña entidad político-administrativa) de la Bosnia Central (Srednjobosanskog kantona), uno de los diez kantoni adjudicados por el acuerdo de Dayton a la Federación de BH. Como muchos otros, es un cantón mixto donde conviven en relativa armonía unos 50.000 ciudadanos de, por lo menos, dos de las tres grandes comunidades que conforman la realidad humana de BH: bosnio-croatas y bosniacos. La ciudad, de forma alargada, con una estructura casi calcada de la de Sarajevo, se extiende de este a oeste sobre las dos orillas del río Lašva, y los barrios septentrionales y meridionales trepan por las colinas y las pendientes de las montañas.

Lugar estratégico en el valle del Lašva, encajado entre los macizos montañosos de Vlašić, al norte, y Vilenica, al sur –que forman parte de los Alpes Dináricos–, Travnik ha tenido siempre un papel histórico destacado, primero como asentamiento de pobladores neolíticos y después como colonia romana (en la provincia de Iliria); más tarde, dentro del Imperio bizantino, estuvo integrada en el reino de Croacia –se la conocía como la “Croacia Roja” –. En el siglo XII, cuando se formó el reino independiente de Bosnia, que tenía su capitalidad en Jajce, el territorio de Travnik pasó a ser una provincia (župa Lašva) y en la ciudad se construyó, a principios del siglo XV, la fortaleza (el Kaštel). Después, a partir del año 1463, cuando el reino fue anexionado por Mehmet II, sultán de la Sublime Puerta, y se inició el largo período de la ocupación otomana, Travnik fue sede del visir de Bosnia, y a comienzos del siglo XIX se convirtió también, aún como ciudad otomana, en un importante centro diplomático al establecerse allí representantes de los gobiernos de Austria y Francia.


La presencia de legaciones extranjeras, “cristianas”, en Travnik supuso un cambio notable en la dinámica de la ciudad. Aquel momento está magistralmente descrito por Ivo Andrić en una de sus mejores obras: Crónica de Travnik. A pesar de las resistencias y reticencias de los dignatarios locales, temerosos de que los extranjeros instaurasen costumbres perversas y, sobre todo, acabaran con sus prebendas, en las postrimerías del mes de febrero de 1807, “el último día del ayuno del ramadán, una hora antes de la cena ritual, bajo el frío sol que marchaba a su ocaso, la gente de los barrios bajos pudo contemplar la llegada del cónsul”, dice Andrić al final del primer capítulo de la novela refiriéndose a la aparición en la ciudad del representante del entonces mítico –especialmente en aquellos parajes– Napoleón Bonaparte, y de su pequeño séquito. Y continúa narrando Andrić: “En el centro de la comitiva, sobre un caballo tordo, gordo y viejo, cabalgaba el cónsul general francés, el señor Jean Daville, un hombre alto de ojos azules, cara rubicunda y bigotes rubios. Junto a él, un compañero de viaje casual, el señor Pouqueville, que se dirigía a Jannina, donde su hermano era cónsul de Francia. Tras ellos, a unos cuantos metros de distancia, montaban Pardo, el judío de Split, y dos corpulentos habitantes de Sinj al servicio de Francia”. Y al comienzo del segundo capítulo del libro, leemos: “El séquito del cónsul se alojó en la posada, y el cónsul y el señor Pouqueville, en la casa de Josif Baruh, el judío más rico y respetable de Travnik, porque la mansión que se estaba restaurando para el consulado francés no estaría acabada hasta dos semanas más tarde”.

En aquellos años, la cotidianidad de Travnik se precipitó hacia una profunda transformación. Los comisionados de los imperios de Occidente impulsaron los intercambios comerciales y la ciudad se convirtió en etapa imprescindible en las nuevas rutas impuestas por la modernización del Imperio otomano. Después de siglos de aislamiento y de un cierto oscurantismo, por sus calles comenzaron a pasear extranjeros, hablantes de diversas lenguas que utilizaban el francés como lingua franca. No pasarían muchos años hasta que los Habsburgo, amparados en las decisiones del Congreso de Berlín, se hicieran cargo de la administración de Bosnia (1868), iniciasen de esta manera la expansión del Imperio austrohúngaro hacia los Balcanes centrales y emprendieran un proceso de industrialización alrededor de Travnik, especializado mayormente en la manufactura textil y la madera. Cuando en 1908 el territorio bosnio se integró de facto en el Imperio bicéfalo, la ciudad y su entorno habían perdido buena parte de su legendaria “autenticidad balcánica” (lo que los franceses denominaban couleur locale), aunque la mayoría de sus habitantes nunca se benefició del progreso económico y, por tanto, no modificó demasiado su estilo de vida tradicional. En el barrio viejo el transeúnte aún halló algunos –escasísimos– vestigios de esa tradición, y pensó que sería bueno que el veneno del mercantilismo no le diera el golpe de gracia. Inshallah!

La Travnik de hoy es lo que queda de la gran transformación que sufrió la ciudad durante los años en que BH formó parte de Yugoslavia (1918-1992) y como consecuencia de la guerra reciente. Pese a que bosniacos y bosnio-croatas están integrados, oficialmente, en la misma Federación, continúan divididos en muchos sentidos, como en el delicado terreno de la educación (los programas educativos de las tres grandes comunidades que conforman BH, por ejemplo, son diferentes, y más vale no hablar de las enormes contradicciones que se encuentran en los manuales de historia); la convivencia aparenta normalidad –o al menos es lo que le pareció al transeúnte cuando visitó la ciudad y lo que le manifestaron, con su espontaneidad hacia el extranjero, siempre bienvenido y acogido con la tradicional hospitalidad balcánica, las personas con las que habló–. Sin embargo, la separación física entre las dos comunidades en Travnik es manifiesta. Mientras que las instituciones croatas (católicas) se sitúan al sur del núcleo urbano (es decir, en la orilla derecha del Lašva), en la orilla izquierda del río se asientan mayoritariamente los bosniacos. La iglesia de la ahora reducidísima comunidad ortodoxa también se halla al sur de la ciudad, en los barrios de mayoría católica.


Desde el punto de vista monumental, la islámica otomana es, sin duda, la cultura que ha dejado la arquitectura más interesante. Al transeúnte le impresionó la bellísima mezquita Sulejmanija, conocida popularmente como Šarena džamija (‘la mezquita coloreada’), uno de los escasos templos musulmanes decorados tanto interior como exteriormente. La parte inferior, a nivel de la calle, que soporta el templo con hileras de formidables columnas, es el Bezistan, el bazar. El edificio se acabó de construir en el año 1757 y es una de las joyas del arte islámico en los Balcanes.

La Šarena džamija se levanta en el barrio más oriental de la ciudad, el más antiguo, conocido como Donjoj Čaršiji, la parte baja, donde está también la Sahat-kula na Musali (la torre del reloj de Musala) y la zona más animada de Travnik, con cafés, restaurantes y un sinnúmero de joyerías que ofrecen una cantidad impresionante y muy variada de piezas de plata, oro y oro blanco de gran belleza a precios bastante atractivos para los visitantes procedentes del “mundo rico” (“¿Cómo se puede vender todo esto?”, se preguntaba el transeúnte al ver aquellos tesoros). También se encuentra, en la plazoleta que se abre delante del bazar, una pequeña librería y una serie de comercios tradicionales. De esta plazoleta arranca la calle más larga y popular de Travnik, la Bosanska ulica, que atraviesa casi toda la ciudad de este a oeste.

Después de haber recorrido esta parte del núcleo urbano, el transeúnte cruzó –¡con todas las precauciones del mundo!–, la Magistralni put, es decir, la carretera general M-5, y reunió ánimos para trepar por las primeras estribaciones del macizo de Vlašić, donde descubrió uno de los arrabales más interesantes de Travnik. De repente, a partir del lienzo blanco de un cementerio islámico y con la mirada fija en un panorama sorprendente de minaretes que se alzan a diversos niveles por la pendiente de la montaña, se dio cuenta de que cruzaba una serie de mahali, pequeños barrios musulmanes casi superpuestos. Entre las mezquitas, más grandes o más pequeñas, diseminadas por este sector destaca por la elegancia de sus líneas la Jeni džamija (la ‘mezquita nueva’), a los pies del Stari grad, ampliación otomana del Kaštel medieval, con su minarete de piedra gris, que domina Travnik y buena parte del valle desde la altura rocosa donde se asienta.

Ya ha dicho el transeúnte que uno de los motivos que lo llevaron a Travnik era seguir los pasos de Ivo Andrić, autor controvertido, sobre todo desde la desaparición de la Federación de Yugoslavia, y reivindicado (o infamado, según el caso) por las tres comunidades: nació en Dolac, en la Bosnia entonces controlada por el Imperio austrohúngaro, el 9 de octubre de 1892; era de nacionalidad serbia, pero de religión católica; estudió en Zagreb, Cracovia, Viena y Graz, se consideró siempre yugoslavo y murió en Belgrado (capital de la República Federal Socialista de Yugoslavia), donde residía, el 13 de marzo de 1975. ¿Quién no quiere “para los suyos” una gloria nacional yugoslava, un premio Nobel de literatura “por la fuerza épica con la que describió los destinos humanos de la historia de su país”? Pero, ¿qué país? Para muchos, aún Yugoslavia; para los serbios, Serbia, donde había fijado la residencia –en Belgrado está el principal museo dedicado a su memoria y la fundación que administra los derechos de autor de sus obras–; para los bosnios, naturalmente, Bosnia, donde nació y donde están los escenarios en los que se desarrollan sus obras más notables, Na Drini ćuprija (‘Un puente sobre el Drina’) –un puente de la ciudad de Višegrad, integrada ahora en la República Srpska, a pocos kilómetros de la frontera con Serbia– y Travnička hronika (‘Crónica de Travnik’), las dos publicadas en 1945, después de la segunda guerra mundial.

Sea como fuere, Andrić vivió en Travnik, en una elegante y bonita casa que hallamos en el número 13 de la calle Zenjak, limítrofe con barrio antiguo de la ciudad, convertida ahora en museo-memorial, con un restaurante algo chic en los bajos donde muchas parejas celebran su banquete de bodas. Al transeúnte le dijeron que nació allí, pero las fuentes fidedignas señalan que su madre lo alumbró en una localidad próxima que se llama Dolac. En todo caso, aquella casa de Travnik fue su casa y, además de numerosas fotografías, una decoración y un mobiliario muy “a la otomana” y un montón de recuerdos, conserva una buena colección de ediciones de sus obras y de traducciones a diversas lenguas.

El transeúnte no podía quedarse mucho más tiempo en Travnik. No pudo visitar la madraza, por ejemplo, en el extremo oriental de la ciudad, ni el mausoleo de Ibrahim-dedo, algo alejado del centro, en las afueras, junto a la carretera de Sarajevo; ni el Museo de la Ciudad. Sí que vio de pasada los mausoleos de los visires, la torre Hasanpašić y la céntrica mezquita de Hadzhi Alibei.


Para salir de la ciudad, igual que para llegar a ella, el transeúnte tuvo que caminar un buen rato hasta la estación de autobuses, que está al oeste de la ciudad, en el barrio de Kasarna, en el otro extremo del centro histórico. Se dijo que volvería a Travnik para visitarla con más calma, aun sabiendo que el viajero se siente inevitablemente atraído por los cantos de sirena de los lugares que desconoce.

Referencias bibliográficas:


-
Ivo Andrić: Crónica de Travnik. Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Editorial Debate, Barcelona, 2001. Las citas se han reproducido de esta edición.
-
Ivo Andrić: Un puente sobre el Drina. Traducción de Luis del Castillo. Editorial Debate, Barcelona, 1996.

Fotografías, de arriba abajo:

- Travnik al atardecer desde las alturas septentrionales.

- El río Lašva.

- Una postal de Travnik de finales del siglo XIX.

- Sello del correo militar austrohúngaro de Bosnia-Herzegovina.

- La Šarena džamija (‘mezquita coloreada’) y las columnas del Bazistan (bazar).

- Imagen de la parte baja de la ciudad vieja.

- La Jeni džamija (‘mezquita nueva’).

- Ivo Andrić delante del puente sobre el Drina en Višegrad.
- La casa-museo de Ivo Andrić.
- La mezquita de Hadzhi Alibei.

© de las fotografías: Albert Lázaro-Tinaut.


Podéis clicar sobre las fotografías para agrandarlas.


Agradecimiento: a Džana, por haber alentado al transeúnte a viajar al corazón de Bosnia.


Traducción del catalán: Carlos Vitale.

sábado, 19 de diciembre de 2009

La monetización del arte


No hace mucho, el transeúnte leía unas opiniones de Kandinsky sobre el arte y el artista* y, al cabo de poco tiempo, le caían en las manos unos recortes de prensa que lo hicieron reflexionar.


Kandinsky cita a Schumann y Tolstói: el primero afirmaba que la misión del artista es “iluminar las profundidades del corazón humano”, y el segundo (con el cual se mostraba de acuerdo el pintor moscovita), sostenía, muy llanamente, que “el artista es un hombre que lo sabe dibujar y pintar todo”.


Dice Kandinsky:

Con mayor o menor habilidad, virtuosismo y energía, surgen en el cuadro objetos relacionados entre sí por medio de pintura, más tosca o más fina. Esta armonización del todo en el cuadro es el medio que conduce a la obra de arte. Esta es mirada con ojos fríos y espíritu indiferente. Los expertos admiran la factura (así como se contempla a un equilibrista), gozan de la pintura (como se goza con una empanada).


Esta osada afirmación puede conducirnos, sin necesidad de hacer un trayecto muy largo, a la banalización del arte como tal, para reducirlo a un simple objeto de especulación, es decir, a su monetización. Así, con motivo de la feria de arte Feriarte, la 33ª edición de la cual se celebró en Madrid durante la segunda quincena de noviembre de este año, algunos galeristas y anticuarios, al tiempo que exaltaban la importancia de Internet en la globalización del comercio artístico, aseguraban que la evolución de este mercado es directamente proporcional a la situación económica (genial aseveración, que cae por su propio peso y vale, como es evidente, para cualquier mercancía que no sea de primerísima necesidad).


Pero parece que la crisis actual decanta a los coleccionistas (¿sería una audacia, salvando a unos cuantos, denominarlos “inversores” o incluso “especuladores”?) hacia el arte antiguo, que en los últimos años se ha revalorizado. Este estado de la situación lo recoge María de las Heras en una crónica titulada “Las antigüedades se globalizan” (El País, 14 de noviembre de 2009, suplemento “IFEMA / Feriarte”). Un anticuario vendedor de arqueología, por ejemplo, dice con la solemnidad de un académico: “Las miradas se centran en los clásicos y tienen a Egipto como estrella. Roma y Grecia gustan mucho. Lo importante ahora es no arriesgar, y apostar por la calidad en cualquier época”.


Al transeúnte el verbo arriesgar, tan plurivalente en función del contexto, le recuerda las recomendaciones de los asesores financieros, conservadores en tiempos de vacas flacas y atrevidísimos cuando la Bolsa se dispara (perdón por el verbo) hacia arriba. “Sí, Kandinsky –reconoce desencantado por lo que ha leído–-, los expertos disfrutan del arte igual que de una empanada o, dicho en términos más actuales, de una buena mariscada”.


En el mismo artículo se apunta otra cuestión: “Otro factor influyente en la adquisición de obras de arte es la tendencia a construir viviendas cada vez más pequeñas [...]. Empieza a faltar espacio para los objetos decorativos”, según una galerista especializada en arte asiático: he aquí que, de repente, las piezas artísticas se convierten, en Feriarte, en meros objetos decorativos, es decir, mercancía pura y dura equiparable a la reproducción a escala reducida de la estatua de la Libertad que el turista trae como souvenir cuando vuelve de Nueva York. “Sí, Tolstói –se lamenta el transeúnte–, al fin y al cabo el artista es un hombre que lo sabe dibujar y pintar todo, el mercader es quien sabe sacar beneficios, y el comprador espabilado, quien sabe obtener rendimiento”. El transeúnte no dice nada extraordinario: se limita a repetir una cantinela más antigua que la Biblia.


Pero lo que más sorprende el transeúnte es que las obras de arte no sean imprescindibles, ni tan sólo necesarias, para inaugurar un museo de arte. El MAXXI, que es el nuevo centro de arte contemporáneo de Roma –un espléndido edificio concebido por la arquitecto iraquí Zaha Hadid, del cual Nicolai Ouroussoff dijo en el New York Times que “habría agradado a Bernini”; las tres últimas “letras” de su nombre son, de hecho, los números romanos que significan nuestro siglo–, fue abierto oficialmente a mediados de noviembre... sin ninguna obra de arte de las 350 que está previsto exponer allí, las cuales se prevé que lleguen durante la primavera de 2010. Está claro que eso de inaugurar lo que sea antes de que esté acabado no es algo nuevo, y sirve sobre todo para que los políticos de turno aparezcan con cara de satisfacción en las fotografías y proclamen los éxitos de su gestión, aunque el mérito corresponda a menudo a quienes los precedieron en los cargos, que en este caso no eran precisamente de su partido, ya que la obra había sido aprobada en 1998 (cuando el ministro de Bienes y Actividades Culturales de la República Italiana, y luego alcalde de Roma, aquel mismo año, era Walter Veltroni, secretario nacional de los Demócratas de Izquierda, dicho esto entre paréntesis).



El transeúnte deja esta nota: “Estimado Kandinsky: como muy bien dices después de haber asumido las sencillas palabras de Tolstói, cuando han visto las obras de arte `las almas hambrientas se van hambrientas. La muchedumbre camina por las salas y encuentra las pinturas bonitas o grandiosas. El hombre que podría decir algo no ha dicho nada, y el que podría escuchar no ha oído nada. Este estado del arte se llama l’art pour l’art. Si hubieras estado en la inauguración del MAXXI, habrías visto que la muchedumbre caminaba por las salas, pero no encontraba más que paredes y espacios vacíos, aunque pudo admirar la magnífica caja donde, si no pasa nada, dentro de poco se guardarán unas cuantas obras hechas por hombres que lo sabían dibujar y pintar todo”.


Malos tiempos, como casi siempre, para la cultura que, sin embargo, no se resigna a ser la eterna Cenicienta del poder político y económico. Ya no se trata sólo de “vivir del arte” en el sentido estricto de la expresión, sino también de “vivir y trabajar para conservar el arte”. Las instituciones que deben velar para que esto, conservar el arte y dinamizarlo, sea una realidad, a la hora de repartir ayudas y subvenciones están siempre a la cola, de manera que hasta el personal de los grandes museos de París ha ido a la huelga para mostrar su desacuerdo con las drásticas reducciones de personal impuestas por la Administración de la République.



Si alguien lo sabe dibujar y pintar todo, que siga haciéndolo: nadie se lo impedirá, y si tiene éxito, las aves de rapiña, siempre vigilantes, lo honrarán colocándolo en una nube mientras ellos, con los pies bien firmes en el suelo, harán su agosto en cualquier estación del año.


* Wassily Kandinsky: De lo espiritual en el arte

Título original: Über des Geistige der Kunst

Traducción: Elisabeth Palma,

Premiá editora, Tlahuapan, Puebla (México), 1979.


Ilustraciones, de arriba abajo:


- Wassily Kandinsky: Composición IV (Kunstsammlung Nordrhein-Westfallen, Düsseldorf).

- El MAXXI de Roma, diseñado por Zaha Hadid (foto © Image Shack Corp.)

- El Centre Pompidou de París en huelga (foto © Reuters).


Traducción del catalán: Carlos Vitale.


sábado, 12 de diciembre de 2009

Kallaste, en la orilla estonia del lago Peipus


El transeúnte fue al este de Estonia, a la orilla occidental del lago Peipus (Peipsi järv, en estonio; Chudsko ozero [Чудско озеро], en ruso), el cuarto lago más grande de Europa y uno de los de menor profundidad (13 metros de media), por el centro del cual pasa la invisible pero aún poderosa línea fronteriza entre la República de Estonia y la Federación Rusa. De hecho, el tramo fronterizo lacustre es el más largo entre los dos estados.


Quienes hayan visto el magnífico filme Aleksandr Nevski, la primera película sonora de Serguéi Eisenstein, de 1938, con música de Serguéi Prokófiev, recordarán aquella impresionante batalla –conocida en la historiografía rusa como la “batalla de los hielos” – sobre la superficie helada del Peipus, que reproduce con gran fuerza visual y sonora la que tuvo lugar en el año 1242 entre la ciudad-Estado de Nóvgorod, de la que Aleksandr era príncipe, y los caballeros teutones, que habían conquistado, en nombre del papa Inocencio IV y de la Cristiandad, durante las llamadas Cruzadas del Norte, las ciudades de Yúriev (la actual Tartu estonia) y Pskov. El príncipe de Nóvgorod venció a las soberbias tropas germánicas y recuperó para su Estado la bella Pskov, hecho que le valió la canonización por la Iglesia ortodoxa en 1547. Pero esta batalla tuvo lugar en la parte más meridional y estrecha del lago.


El transeúnte llegó a las afueras de Kallaste en autobús –el único medio cuando no se dispone de coche–, recorrió la Kevade tänav (‘calle de la Primavera’) y cruzó un frondoso parque hasta alcanzar la Keskväljak (‘plaza del Centro’), donde está el Ayuntamiento. Kallaste, aunque ahora mismo tiene unos 1250 habitantes (y poco más de 6000 en su área de influencia*), obtuvo el rango de ciudad en 1938, durante la primera República estonia.


Después de atravesar la amplia plaza, el transeúnte se encontró en un excelente mirador natural que le permitía asomarse al lago por encima de un pequeño acantilado. La orilla rusa, del otro lado, está a más de treinta kilómetros, y no se ve más allá del horizonte. Como la de un mar, la superficie del extenso Peipus se funde al este con la inmensa llanura rusa, que se extiende hasta los Urales. Sin ser demasiado consciente en aquel momento, el transeúnte estaba junto a la línea divisoria entre dos concepciones muy diferentes del universo europeo: aquí, el Occidente de raíces culturales germánicas; allá, la heterogeneidad de los eslavos orientales.



Sin embargo, en la franja oriental del centro y el norte de Estonia esta separación cultural no es tan evidente. Kallaste es un ejemplo patente de espacio de transición. Fue fundada en el siglo XVIII por una comunidad de starets o viejos creyentes (vanausulisted, en estonio), considerados herejes de la ortodoxia porque se negaron a aceptar la nueva liturgia impuesta en 1654 por el patriarca Nikon y a rendir homenaje al zar, y que, por esta razón, fueron cruelmente perseguidos y obligados a huir de Rusia a Siberia, a las orillas del mar Negro y a otros lugares (muchos emigraron después a América y hallamos aún a algunos de ellos en la Patagonia argentina, donde son conocidos como “rusos blancos”). En las tierras prebálticas, en las riberas occidentales del lago Peipus, aquella buena gente encontró un excelente refugio para establecer comunidades, que aún perviven, con nacionalidad estonia pero manteniendo vivas sus tradiciones y la vieja lengua rusa. En Kallaste y en las comarcas vecinas, los rusófonos constituyen actualmente casi el 80% de la población.


Aunque la mayoría de estos viejos creyentes del lado estonio del lago Peipus han dejado atrás las costumbres más rigurosas, como no afeitarse nunca y no consumir alcohol ni tabaco, continúan fieles a unos principios morales estrictos que, de alguna manera, y salvando las distancias, recuerdan la cultura de las comunidades amish de los Estados Unidos, por más que las normas de los starets no son tan rígidas como las de aquellos. Sin embargo, se caracterizan por su sobriedad y por la sencillez de los vestidos y de la decoración de sus casas..., que ahora se mezclan con las de los estonios y, sobre todo, con las de los nuevos ricos que se han establecido allí, al menos para pasar los fines de semana primaverales y otoñales y las vacaciones.


La mayor parte de los rusófonos de Kallaste viven en la parte meridional de la localidad, la más antigua, donde están la iglesia (de madera pintada de amarillo, con un campanario blanco, y de líneas bastante austeras) y el cementerio de los viejos creyentes, un auténtico “cementerio marino” si se tienen en cuenta las dimensiones del lago, ya que se encuentra junto a la ribera. Sólo para visitar este cementerio, un laberinto de tumbas con inscripciones en caracteres cirílicos y cruces ortodoxas, merece la pena recorrer el medio kilómetro largo que lo separa de la Keskväljak, siguiendo la Võidu tänav, la calle principal de la ciudad, que corre paralela al lago.


Al transeúnte le sorprendió ver huertos, en Kallaste y en otras localidades de las orillas del Peipus, teniendo en cuenta la latitud: supo que Estonia es el país más septentrional de Europa donde se encuentran plantaciones hortícolas; en todo caso, allá le dijeron que en las riberas del lago hay un microclima que favorece este tipo de agricultura, que no se limita únicamente al consumo familiar, sino que se vende en los mercados de la región, juntamente con otro producto local: el pescado ahumado. Es frecuente ver pequeños invernaderos en medio de los huertos, que permiten prolongar la producción de hortalizas.


La pesca es otro de los recursos de los habitantes de las riberas del Peipus. A pesar de la escasa profundidad del lago, la fauna piscícola es abundante y los pescadores locales abastecen cada día, por ejemplo, el mercado de Tartu, transportando las capturas a contracorriente por el río Emajõgi, que desemboca junto a la localidad de Praaga (la cual es, a la vez, punto fronterizo y aduana lacustre). Los cartelitos manuscritos y las pizarras que anuncian Praaga kala (‘pescado de Praaga’) se repiten en los puestos de la sección de pescadería del Turg, el mercado viejo de Tartu.


No acabaron aquí las sorpresas del transeúnte. Junto al mirador de la Keskväljak había encontrado un cartelito con una flecha donde se leía Kallaste liivakivipaljand, y quiso ver qué era aquello. Descubrió entonces, a ras de una playa de guijarros, unas curiosas formaciones arenosas solidificadas, algunas de las cuales forman cuevas naturales en las paredes del pequeño acantilado sobre el que se asienta la población, en un promontorio plano. Abundan las inscripciones que dejan los visitantes en la superficie blanda de estas formaciones, pobladas por unos extraños arácnidos de patas larguísimas y por un tipo peculiar de musgo.


La mejor playa de Kallaste, al norte del núcleo habitado, es estrecha y poco atractiva, pero no faltan los bañistas veraniegos de agua dulce, que aprovechan las todavía escasas infraestructuras turísticas. Un poco más al norte está Mustvee, la población más importante de la orilla estonia del lago Peipus, dotada de instalaciones turísticas más modernas y confortables.



Hacia el sur, en cambio, a tan sólo siete kilómetros, camino de Tartu, encontramos el pueblo de Alatskivi, con su notable castillo neogótico, aunque es conocido sobre todo por ser el lugar de nacimiento de uno de los más importantes poetas estonios, Juhan Liiv (1864-1913). De ello, sin embargo, el transeúnte hablará en otro momento.


* Si se tienen en cuenta los espacios étnico-geográficos de la frontera estonio-rusa, las áreas de influencia de la zona superan a menudo los límites municipales; éste es un aspecto que queda bastante bien definido en el estudio “Las fronteras de Estonia como Estado miembro de la Unión Europea” (Cuadernos geográficos de la Universidad de Granada, n.º 35, 2004, pp. 117-142).


Fotografías, de arriba abajo:

- Una calle de Kallaste.

- El Ayuntamiento de Kallaste.

- El lago Peipus desde el mirador de la Keskväljak.
- La iglesia de los starets de Kallaste.

- El “cementerio marino” de Kallaste.

- Huertos en Kallaste.

- Las formaciones arenosas junto al lago Peipus.

- Bañistas en la playa de Kallaste.


© de las fotografías: Albert Lázaro-Tinaut.


Podéis clicar sobre las fotografías para ampliarlas.


Traducción del catalán: Carlos Vitale.