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16 junio 2023

Marcel Duchamp y la literatura

Hay perspectivas sobre algunas realidades que se ciñen a la evidencia más superficial, por lo que el enfoque de la personalidad y la obra del franco-canadiense Marcel Duchamp (1887-1968) que presentamos a continuación quebranta los esquemas tópicos, que lo muestran solo como artista polémico, “rompedor” entre los vanguardistas, para relacionarlo con la literatura y el pensamiento de su tiempo (o, más exactamente, con las referencias literarias –y no solo esas– que influyeron en él), lo cual nos permite una aproximación diferente e interesante a este hombre, más polifacético de lo que puedan pensar quienes no se han acercado suficientemente a su biografía, ni a la esencia de su arte conceptual, ni han ido mucho más allá de su célebre, cuestionada, provocativa y transgresora Fuente (la más famosa de sus ready-mades), de su Rueda de bicicleta o del bigote que le pintó a la Monna Lisa (ya que Duchamp fue, según Alain Badiou*, “un auténtico parteaguas, único en la historia del arte, entre modernidad y posmodernidad, entre arte moderno y el supuesto ‘arte contemporáneo’”). Poca gente se ha parado a considerar, además, su obra como filósofo, novelista, dramaturgo, ajedrecista… y matemático.

                                                                                                                                          Albert Lázaro-Tinaut                                                                                                                                    

* Alain Badiou: Algunas observaciones a propósito de Marcel Duchamp. Traducción de Pablo Posada Varela. Editorial Brumaria, Madrid, 2019.

Duchamp, por Man Ray.

Marcel Duchamp, un artista bajo el signo de la bisagra

Por Beatriz García Guirado

A Duchamp a veces se lo define como un “artista literario”, no porque hubiera leído muchos libros, sino porque gran parte de las ideas de las que partían sus obras eran como poemas sinestésicos, en donde los juegos fonéticos, las aliteraciones, los calambures y demás figuras retóricas se asociaban de formas imposibles para generar no un único significado sino infinitos, no solo a partir de la superposición de imágenes y objetos, también en sus títulos e incluso en las cajas de instrucciones que acompañan (o resignifican) sus obras. Como Arthur Rimbaud escribió en Las cartas del vidente (1871), lo que Duchamp buscaba era algo parecido a “alcanzar lo desconocido por el desarreglo de los sentidos”, o lo que es lo mismo, librar al artista de la petulancia de creerse el creador último de nada para ser el médium en un ménage à trois con la obra y el espectador. Algo que también aprendió de Mallarmé, para quien el lenguaje era “la cosa” y su contrario, y tal vez del propio Baudelaire, que veía el mundo como un texto en movimiento escrito en un idioma secreto en donde cada página era la traducción y la metamorfosis de otra, y así sucesivamente.

Básicamente, la chispa de toda la literatura posmoderna y una inagotable fuente de interpretaciones para la crítica y la academia, que sigue tejiendo hilos narrativos en torno a sus obras, algunos de ellos perversos, fascinantes y ¡noir! Ahora todos somos detectives escrutando la escena de un “crimen bisagra” que una vez (creemos haber) resuelto nos convierte a su vez en cómplices de su perpetración. Como antecedentes literarios (y a tenor de los tiempos, quizás incluso “penales”), la lectura de Duchamp de Jules LaforgueAlfred Jarry (muso ubuesco de algunos de los más notables vanguardistas, incluyendo a Picasso) y Raymond Roussel.

Pero mejor analicemos los hechos:

Desnudo bajando una escalera N. 2

En el año 1912, el rechazo de su obra Desnudo bajando una escalera N. 2 en el Salon des Indépendants de París por parte del círculo cubista, a quienes le parecía una broma de mal gusto que ¡un desnudo bajase una escalera! –un desnudo se agacha, un desnudo… en fin–, sume a Marcel en una crisis vital que lo llevaría a apartarse de cualquier rebaño por muy vanguardista que fuera, renunciar a vivir del arte y refugiarse durante dos años en la Biblioteca de Santa Genoveva, formándose y trabajando como bibliotecario “en prácticas”. Los detectives académicos suelen decir que la época comprendida entre 1913 y 1914 fueron los grandes años de lecturas de Duchamp, que aprovechó los tiempos muertos para leer filosofía y montones de libros sobre perspectiva, especialmente renacentista.

Los primeros esbozos para su Desnudo los había realizado inspirados en poemas de Jules Laforgue, especialmente “Encore à cet astre”, donde se dedica a burlarse del sol como representante, dirá Pedro Alberto Cruz Sánchez en su libro Duchamp y la literatura,(1) del desgastado “antiguo régimen” intelectual, que es la casa del Padre, de la luz, el positivismo científico y lo masculino, por contraposición a la luna –“la sombra y lo femenino”–. Todo muy oriental y jungiano… ¿no es cierto? De hecho, esta dicotomía entre lo masculino y lo femenino (solar y lunar) fue la base de esa nueva arquitectura visual que daría lugar a su revolucionario Gran Vidrio (La novia desnudada por los solteros, 1922-43), que el escritor Octavio Paz definió en Water writes always in plural como un enigma a descifrar, donde el acto de mirar se convierte en un rito de iniciación que nos enlaza con algo muy antiguo, la conexión entre las vírgenes (la novia) y la máquina (el acertijo).

Pero, además, Duchamp tomó del simbolista Laforgue, muy denostado en su época por experimentar con el verso libre y abordar con un humor muy ácido lo que para el ciudadano “de bien” eran pilares (el matrimonio, la familia, el amor romántico…), una ironía que acabaría superando. Al tiempo que se inspiró en los títulos de sus composiciones, que le hacían mucha gracia a Marcel, y el modo en que Laforgue satirizaba a los personajes literarios y de la antigüedad en sus Moralidades legendarias (1887), donde convierte por ejemplo, al príncipe Hamlet de Shakespeare en un total gilipollas. Y si eso era posible, ¿por qué no atreverse a ponerle bigote y perilla a la Monna Lisa? Su herencia está presente en obras como L.H.O.O.Q (1919), acrónimo que desglosado viene a decir: “Elle a chaud au cul” (‘Ella tiene el culo caliente’).

Curiosamente, Laforgue era de origen uruguayo, igual que el conde de Lautréamont, autor de Los cantos de Maldoror (1869) y considerado el gran profeta de los surrealistas, junto al marqués de Sade. Si bien Duchamp iría siempre por libre, algo que aprendió de leer a Max Stirner, padre del egoísmo filosófico, parte de esa obsesión con los crímenes sangrientos que ponían a prueba el doble rasero de una sociedad en donde había violencias más legítimas que otras –las muertes durante la Primera Guerra Mundial versus los asesinatos callejeros recogidos en las noticias de sucesos o faits-divers–, sí que debió influirle. No solo en el uso recurrente de maniquíes (“mujeres desmontables”), como la muñeca con delantal y un grifo adherido al muslo con la que decoró en 1945 el escaparate de Gotham Book Mart de Nueva York con motivo de la publicación de Arcane 17, de André Breton, sino también (o sobre todo), en su obra definitiva: Étant donnés (1946-66).

El escaparate de Gotham Book Mart con la muñeca de Duchamp.

Investigadores como el profesor Jean-Michel Rabaté han creído ver en la mujer desnuda de vagina deforme que sostiene una lámpara de gas en la mano tras la puerta voyeur de E. D. un guiño a uno de los crímenes no resueltos más famosos de la historia de Estados Unidos: el asesinato en 1947 de Elizabeth Short, apodada La Dalia Negra. Rabaté sostiene que Duchamp pudo haberse inspirado en las fotografías que aparecieron en la prensa sensacionalista de la época, donde el cadáver de Short yacía diseccionado y torturado en un terreno baldío de Los Ángeles, aunque su cuerpo fue convenientemente cubierto con una manta aerografiada para no escandalizar más de lo preciso. También apunta, citando a Steve Hodel(2), autor de una serie de true crimes con los que Freud se lo pasaría teta, que incluso pudo tener acceso a imágenes no censuradas del asesinato e información sobre el mismo que solo conocían unos pocos. Por supuesto, también aborda otras hipótesis… Lo increíble del caso aquí es cómo la vida (y la muerte) se pliegan sobre el arte y el arte vuelve a plegarse sobre la vida. Y, de hecho, cuando tras la muerte de Duchamp la enorme instalación en la que trabajó más de veinte años en completo secreto fue trasladada al Museo de Arte de Filadelfia, algunos de los espectadores-testigos que miraron a través del pequeño agujero en la puerta aseguraron que parecía un cadáver como los que se encuentran en las salas de disección. ¿Era la mujer de Étant donnés la misma novia desnuda (al fin) por los solteros de El Gran Vidrio celebrando el mejor orgasmo de su vida? ¿O una mujer violada y torturada? O todo. ¿Puede una obra convertirse en un catalizador de ficciones que se autorrealizan en la medida en que se escribe sobre ellas?

Étant donnés.

Mallarmé también reflexionó en su libro Divagaciones (1897) sobre los faits-divers (incendios, secuestros, asesinatos…) inventando el género del poema crítico. La sección dedicada a los mismos abría con la siguiente frase: “Nadie, finalmente, escapa del periodismo”.

Ni siquiera el ubuesco padre de la patafísica, Alfred Jarry, quien se había convertido en otra clase de profeta para la vanguardia, un chamán del absurdo, de la ciencia de las soluciones imaginarias y de las leyes que rigen las excepciones, pudo escapar de “cierto” periodismo. Aunque a menudo suele citarse Le Surmâle (‘El supermacho’, 1902) y Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico (1911) como las grandes influencias de Duchamp en lo relativo a su humorismo científico y sus juegos de palabras, la extrema libertad del universo duchampiano nos permite, en tanto que detectives, otras asociaciones menos evidentes. Como la que vincula arte, crimen y la llamada “cuarta dimensión” que tanto fascinó a Duchamp: en donde un mundo de tres dimensiones sería la proyección de una realidad cuatridimensional. Es decir, un mundo aparente, un simulacro.

En un artículo titulado “La Chandelle verte and the fait divers” publicado en la revista L’esprit créateur, David F. Bell aborda un aspecto poco conocido de la obra de Jarry como cronista de la vida y la cultura parisina, incluyendo de forma aleatoria sus manifestaciones más extremas (operaciones quirúrgicas, lucha libre, fetichismo ortopédico…), consideradas todas ellas como gestes (gestos o gestas) del espíritu humano. Lo que le llevó a meditar sobre la naturaleza paradójica del concepto de “fait-divers”, noticias que se parecen la una a la otra y que aportan una falsa sensación de comunidad en el lector (este podría ser yo) que lo aíslan aún más. A fin de cuentas, concluye Jarry, ¿no es la noticia una novela, o al menos un relato corto, salido de la brillante imaginación de un reportero? O lo que es lo mismo, una realidad construida.

Las “máquinas eróticas” de Duchamp no hacen más que evidenciar y democratizar el proceso de construcción de la realidad haciendo que nos miremos en un prisma especular: el autor, el personaje, el medio, el receptor e incluso la víctima cuyo cadáver atiborrado de narrativa debe aparecer para que la historia proyecte una ilusión de avance (avenç en catalán, parónima de abans, ‘antes’ –que es lo más que puedo aportar como turista de la obra de Raymond Roussel).

Ahora que las IA pueden hacer todo lo que nosotros hacíamos más o menos de forma maquinal, incluso escribir como Raymond Carver, escribir para el “mercado”, remendar ficciones que funcionen, que sean más de lo mismo con una ligera variación, lo duchampiano, entendido como errático, “inútil” desde la óptica de los resultados, una deriva constante, es lo único que va a hacer que sigamos siendo máquinas diferentes a las máquinas. Quizás la gran aportación de Duchamp al mundo de la literatura y la creación sea recordarnos que mirar es mirarnos y que absolutamente todo hace bisagra con todo. Esa es la “cosa”, que diría David Lynch.

Epitafio en la tumba de Duchamp:
"Además, siempre son los otros quienes mueren".

(1) Pedro Alberto Cruz Sánchez: Duchamp y la literatura. Editorial Micromegas, Murcia, 2018.
(2) El escritor e investigador policial, Steve Hodel es hijo del médico George Hodel, sospechoso de la muerte de Elizabeth Short. Se dio a conocer y alcanzó notoriedad con su primer libro, Black Dahlia Avenger: A Genius for Murder, publicado en 2003 y ampliado en sucesivas ediciones.


Foto © Diana Rangel.

Beatriz García Guirado, nacida en Barcelona, es escritora, periodista y guionista. Ha publicado las novelas El silencio de las sirenas (Editorial Salto de Página, Madrid, 2016), La Tierra Hueca (Aristas Martínez Ediciones, Madrid, 2019) y Los pies fríos (Editorial Sloper, Palma de Mallorca, 2022), y coescrito junto a Andreu Navarra el ensayo especulativo Ballard Reloaded (H&O Editores, Barcelona, 2023). También ha participado en el ensayo colectivo Oculto David Lynch (Dilatando Mentes Editorial, Ondara, 2022) y en la antología de relatos El gran libro de Satán (Blackie Books Editorial, Barcelona, 2022).




El transeúnte agradece a Beatriz García su amable autorización para reproducir este artículo, que se publicó originalmente en Zenda el 30 de mayo de 2023.

10 noviembre 2010

[Marginalia] La plenitud verbal de Carmen Vega

Escultura del Chemin Fais'Art, de Gilles Perez,
en Chapdes Beaufort (Auvernia, Francia)
.
(Foto © Ber'Colly / Flickriver, 2010)

La última vez que el transeúnte se acercó a Madrid fue al encuentro de Clara Obligado en el taller de escritura creativa que dirige, en la plaza del Ángel, a la hora en que finalizaba su tarea pedagógica. Ella lo había citado allí para luego ir a cenar juntos en un excelente restaurante argentino de la calle del Correo y hablar hasta bien entrada la madrugada: de la vida y sus nostalgias, de la Argentina que tuvo que abandonar cuando los uniformados tomaron el poder y cometieron sus notorios crímenes de lesa humanidad, y más de lo humano que de lo divino.

Mientras Clara despejaba la gran mesa del taller, que es a la vez cátedra y pupitre, y recogía vasos, platos y restos de dulces con los que sus alumnos la (y se) habían obsequiado para hacer más placentera la instructiva charla literaria, el transeúnte ojeaba y hojeaba unos cuantos libros esparcidos sobre una repisa. De pronto Clara se le acercó y le dijo: “Llévate este, te va a gustar”.

Era un ejemplar todavía retractilado de La navaja de Buñuel, de Carmen Vega.* Cuando el transeúnte regresó a casa, con la maleta repleta, como siempre, de libros nuevos y viejos, el que le había regalado Clara permaneció largo tiempo en el montón de papel impreso y encuadernado que va creciendo en el lado izquierdo de su mesa de trabajo, hasta que de pronto emergió, como atraído por un inconsciente presentimiento, y este transeúnte empezó a leerlo, y no pudo dejarlo hasta llegar al colofón, cerrado con un curioso –y en este caso nada anacrónico– nihil obstat.

En algunos momentos es difícil discernir, en el libro, entre el relato breve y la poesía. El verbo de Carmen Vega (Pinos Puente, Granada, 1953), una mujer que se mueve esencialmente en el mundo del cine, es ágil, sobrio y elegante, y tiene la virtud de no mostrar en ningún momento el esfuerzo de la concisión que a menudo descubre la trampa en el microrrelato. Detrás de cada historia hay experiencia vital y mucha, mucha sensibilidad.

Carmen Vega.

Se lee en la cuarta de cubierta que La navaja de Buñuel es la narración de un viaje, “un recorrido que nos lleva desde el orden inicial de la infancia hacia la libertad, un insólito trayecto desde la memoria hasta el deseo, desde una dolorosa identidad hasta los espacios abiertos y transfronterizos de una identidad nueva y elegida”. Así plantea la autora esa sucesión de relatos breves, aunque el transeúnte opina que cada uno de ellos tiene identidad propia y puede disociarse perfectamente del conjunto, lo cual le parece un valor añadido. Aunque este es su primer libro, Carmen Vega ha publicado relatos en antologías, y en el año 2003 ganó el primer premio de Hiperbreves de la Feria del Libro de Madrid.

Para que el lector de esta bitácora pueda degustar la plenitud de la expresión literaria de Carmen Vega, el transeúnte reproduce dos de sus relatos, que a buen seguro impulsarán a más de uno (o una) a encargar el libro a su librero.


Gracias, Clara.


Sin fecha


Como Sören K., para no enfermar de inercia, me agoto llorando en este pabellón acostumbrado al chasquido de mis pies. Los otros, los que están fuera, decidieron hace tiempo despojarme de todo, durmiéndome sin sueños, privándome de las palabras, quemando mis ojos con la cal viva de los colores violentos. Pero aún, cuando despierto cada mañana, puedo escuchar la lluvia avivando la tierra, el viento fustigando las tejas, el sonido del sol aplastando las hojas de los árboles. Aún, cuando despierto, puedo palparme la cara con las manos y ponerme los calcetines.



El amigo


Un pequeño mástil, en la carretera, anuncia que faltan casi trescientos kilómetros para llegar a cualquier sitio. Conduzco sin prisa, en el paisaje nada me sorprende. Me deslizo por la alfombra de granito buscando un camino que me consuele. En la maleta llevo lo justo, en la memoria lo imprescindible.


A lo lejos, un hombre me hace una seña. Paro el coche. Se sienta a mi lado. Oigo su respiración, su cuerpo me calienta, su voz roba la mía. Sostengo mi abandono a medias con el suyo.


Piso el acelerador. La carretera desaparece. El polvo denso se mezcla con fuego.
En la radio suena Stand by Me.


* Carmen Vega
La navaja de Buñuel

Cuadernos del Vigía, Granada, 2008
60 páginas
ISBN: 978-84-95430-30-4










23 febrero 2010

Más sobre el trasiego de muertos

El transeúnte ya se ha referido en esta bitácora (ved aquí) al tétrico trasiego de muertos y a las intenciones (frustradas, hasta ahora) del presidente francés Nicolas Sarkozy de trasladar los despojos de Albert Camus al Panthéon des grands hommes de París con motivo del 50.º aniversario de su muerte. (Fijaos en el matiz machista de la denominación del templo de la grandeur: nadie ha tenido, que se sepa, la idea de cambiarla por la de Panthéon des grandes personnalités, pongamos por caso, una idea seguramente más sensata que la de trasladar allí restos humanos…)

Diversas personas del mundo de la cultura y numerosos medios de comunicación franceses e internacionales se han hecho eco del caso y de las opiniones sobre la conveniencia de tener a Camus entre las celebridades dignas de aquel templo laico y republicano. [1]

Por un lado, Jeanyves Guérin, profesor de la Sorbona y autor del Dictionnaire Albert Camus [2] manifestaba en Le Nouvel Observateur que “Sarkozy es amigo de Bush, Gaddafi, Putin y Berlusconi, y que su política está en las antípodas de los valores y las concepciones que defiende Camus”; y el periodista Michel Soudais consideraba en su blog que la pretensión de Sarkozy no sólo suponía una “profanación obscena”, sino que representaba una herejía hacia un hombre que, en vida, se había mantenido al margen de las “glorias literarias”, había rechazado distinciones y había manifestado su negativa a “dejarse transformar en estatua”.

Por otro lado, el filósofo Raphaël Enthoven se preguntaba en L’Express por qué había que privar a Camus de aquello a que habían tenido derecho Rousseau, Voltaire, Hugo y Zola, y coincidía con el realizador de cine Yann Moix, quien manifestaba en la revista La règle du jeu, quizá con una pizca de ironía, que el Panthéon es “la Academia Francesa de las personas muertas”, y que Camus era “bastante académico” y estaba “bastante muerto como para descansar allí”; y no le bastó esta boutade, sino que añadió que “su obra, grande, bella y noble no contiene dinamita” y que, por tanto, “Camus no es un autor peligroso”.

En medio de este tedioso embrollo se alzaba la voz del líder ultraderechista Jean-Marie Le Pen, quien acusaba a Sarkozy de electoralismo y aún más: de pretender robar votos a su Frente Nacional apropiándose, con objetivos partidistas, de la figura de Camus.

En estos momentos, la cuestión aún no está resuelta, aunque parece que monsieur Sarkozy está dispuesto a renunciar a su “sueño”, sobre todo porque el hijo de Camus, Jean, hace uso de su “derecho moral” para impedir que los restos del escritor sean desenterrados; su hermana Catherine, en cambio, no ha aludido a este derecho, “se lo está pensando” desde noviembre, y no le parece ni bien ni mal que su padre sea panthéonisé, según manifestó personalmente al presidente de la República.

Ahora, Chopin

Pero hete aquí que la cuestión vuelve a estar de actualidad, ya que monsieur Alain Duault (escritor, musicólogo y animador de programas musicales en la televisión francesa), comisario por parte de Francia del Año Chopin, que se celebra este 2010 en Polonia y Francia con motivo del segundo centenario del nacimiento de uno de los más altos representantes del romanticismo musical, ha propuesto al presidente Sarkozy que los despojos del gran músico polaco de ascendencia francesa, que reposan en el cementerio parisiense de Père Lachaise, sean trasladados con todos los honores al Panthéon des grands hommes.

Monsieur Duault publicó la carta que dirigió al presidente de la República en el número de diciembre de 2009 / enero de 2010 de la revista Classica, y dice entre otras cosas que Chopin sería el primer músico que entraría en el Panthéon, después de que en 2003 fracasara el intento de trasladar allí los despojos de Berlioz; que sería también “un gran gesto europeo”, ya que se trata de un artista a la vez polaco y francés, “compositor de polonesas y de mazurcas de inspiración polaca”, pero también “de valses de inspiración vienesa, de preludios de inspiración alemana, de nocturnos de inspiración irlandesa, de una barcarola de inspiración italiana y de baladas de inspiración francesa”. ¡Un orgullo para la cultura europea! (como si no lo supiéramos…) ¿Qué tendrán que decir los polacos, que conservan como reliquia el corazón del músico en la iglesia de la Santa Cruz de Varsovia?

Y es que el compositor y pianista Fryderyk / Frédéric Chopin (nacido en la localidad de Żelazowa Wola, Mazovia –a unos 50 km de Varsovia– el 1 de marzo de 1810, y muerto en París el 17 de octubre de 1849) ha sido siempre reivindicado, justamente, por Polonia como uno de sus hombres más ilustres, pero también por Francia, por el hecho de ser hijo de un emigrado francés y por haber vivido en París desde la edad de 20 años. Francia, por tanto, se otorga ahora el derecho de acogerlo entre sus celebridades.

Hace seis años, en 2004, ya hubo un intento por parte del entonces presidente francés, Jacques Chirac, de trasladar al Panthéon los despojos de la famosa amante de Chopin, la escritora y feminista Amandine Aurore Lucile Dupin (1804-1876), más conocida por su seudónimo, George Sand, autora, entre otras obras, de Un hiver à Majorque ('Un invierno en Mallorca', 1855), donde relata su estancia, con sus hijos y su amante polaco, en la cartuja mallorquina de Valldemossa durante el invierno de 1838 a 1839. Esta pretensión fue frustrada entonces por la nieta de la escritora, Christiane Smeets-Sand, heredera de su patrimonio, la cual recibió la solidaridad de unos cuantos políticos y de representantes del mundo de la cultura, entre quienes estaba la actriz italiana Claudia Cardinale. Una curiosidad poco conocida: ¡George Sand era descendiente del rey Augusto II de Polonia!

El transeúnte continúa pensando que los muertos, ilustres o no, deben quedar en el recuerdo de quienes los querían y los admiran, y que sus huesos, sus cenizas o sus reliquias no deben mezclarse con los homenajes, y aún menos con ceremonias macabras revestidas de solemnidad. Permitidle que recuerde estos versos de Petrarca:

Passan vostri trionfi e vostre pompe,
Passan le signorie, passan i regni;

Ogni cosa mortal tempo interrompe.
[3]


[1] Podéis leer, por ejemplo, lo que han publicado Michel Soudais en su blog de Politis.fr, Jeanyves Guérin en Le Nouvel Observateur (20.11.2009), Benjamin Ivry en el New Statesman y el diario suizo Le Matin (3.1.2010), aunque en Internet encontraréis muchas más referencias.
[2] Jeanyves Guérin: Dictionnaire Albert Camus, Flammarion, París, 2010, 992 pp.
[3] “Pasan vuestros triunfos y vuestras pompas, / Pasan las señorías, pasan los reinos; / El tiempo interrumpe todo lo que es mortal.”

Imágenes, de arriba abajo:
- Monumento a Chopin en el parque Łazienki de Varsovia, obra realizada en París, en 1908, por el escultor y pintor modernista polaco Wacław Szymanowski (1859-1930). (Foto © Jaime Silva / flckr.)
- El Panthéon des grands hommes, en el Barrio Latino de París.
(Foto © BLOC.com)
- La tumba de Chopin en el cementerio de Père Lachaise de París.
(Foto © Wikimedia Commons.)
- Retrato inacabado de Chopin pintado por Eugène Delacroix en París en el año 1838. (© Museo del Louvre, París.)
- Retrato de George Sand por Auguste Charpentier (1838). (© Musée Carnavalet, París.)

Clicad sobre las imágenes para ampliarlas.
(17.12.2009)

Traducción del catalán: Carlos Vitale.