domingo, 14 de octubre de 2018

Nils Lätt, un anarcosindicalista sueco en la guerra civil española


Nils Lätt (agachado, a la izquierda) en el frente de Aragón en 1937.
(Fuente: Ateneu Llibertari Estel Negre)

Por Renato Simoni

El 30 de diciembre de 1907 nació en localidad de Kjulaås (condado de Södermanland, Suecia) el futuro militante, agitador y periodista anarquista Nils Lätt, también llamado Nisse Lätt, conocido en España como Nils el rubio o “el rojo”. A los quince años se enroló en la marina mercante, se afilió a la organización anarcosindicalista SAC (sigla de la Sveriges Arbetares Centralorganisation) y comenzó a aprender el esperanto.

En 1936 salió de su país y obtuvo en París un salvoconducto del Comité Anarcho-syndicaliste pour la Défense et la Libération du Prolétariat Espagnol; a comienzos de 1937 cruzó los Pirineos con algunos compañeros y el 5 de enero se puso al servicio del movimiento libertario catalán en Barcelona. En primer lugar, por poco tiempo, combatió en la formación guiada por Antonio Ortiz, sucesivamente en el Grupo internacional de la columna Durruti, que llegó a Pina de Ebro (Zaragoza), en el frente de guerra. 

Fotografía de Lätt en el salvoconducto
francés con el que entró en España.

El suizo Edi Gmür, compañero de lucha, trazó un rápido pero eficaz perfil suyo, en 1937, en aquel pueblo aragonés: “Nils el rojo es sueco. No existe índole mejor que la suya. Debe su sobrenombre a su barba rojiza [...]. Lee mucho. Además, es marinero y anarquista al ciento por ciento. Habla un poco de alemán, de inglés y de español, y perfectamente el esperanto. Su modo de discutir convincente y amigable, su comportamiento lleno de consideración y de modestia, han hecho de él uno de mis mejores compañeros” [1].

A mediados de abril de 1937 Lätt fue herido de gravedad por la explosión de una granada en Santa Quiteria (Huesca), perdiendo el ojo izquierdo. Tras las curas en el hospital de Tarragona, y al no poder volver a combatir, se integró en la colectividad agrícola de Fabara (Zaragoza).

De regreso a Suecia, en 1938, recogió inmediatamente sus recuerdos en un opúsculo: Som milisman och kollectivbonde i Spanien (‘Miliciano y obrero agrícola en una colectividad en España’) [2] relato precedido de la siguiente advertencia al lector: “Este opúsculo no pretende ser de ningún modo una descripción exhaustiva de los acontecimientos en España. Es únicamente la narración de un internacional que fue miliciano en la columna Durruti y obrero agrícola en una colectividad aragonesa”.

Nils Lätt continuó militando en la SAC de Gotemburgo, distinguiéndose por su compromiso en la difusión del pensamiento libertario: publicó el libro Havets arbetare (‘Obrero del mar’, 1945) sobre su experiencia en la marina mercante y colaboró en Syndikalismen (órgano de la SAC), oponiéndose a la línea reformista del sindicato. Más tarde, en la década de 1970, se ocupó de la revista anarquista Brand y su casa se convirtió en un punto de referencia para los militantes libertarios. Tradujo al sueco la importante obra de José Peirats La CNT en la Revolución española y en julio de 1977 participó en las Jornades Llibertàries Internacionals de Barcelona.

Lätt durante una manifestación de la SAC el 1º de mayo de 1982.
(© Archivo SAC)

Nils murió en Gotemburgo el 14 de enero de 1988. En 1993 se publicó póstumamente En svenks anarkist berättar. Minnesbilder ur Nisse Lätt liv agitador och kämpe för de frihetliga idéerna (‘Un anarquista sueco habla. Recuerdos de la vida de Nisse Lätt, agitador y luchador por las ideas libertarias’), una obra autobiográfica y a la vez un testamento político, redactada en 1982.

Cubierta del libro autobiográfico de Lätt,
publicado póstumamente en 1993.

La experiencia de nuestro miliciano en la España de 1937 se articuló en tres momentos, igualmente significativos: la participación en la más conocida formación libertaria del frente de Aragón, la hospitalización en Tarragona, que le permitió vivir de cerca los trágicos sucesos de mayo de 1937 en Cataluña, y su prolongada permanencia en una colectividad rural libertaria, lo que resulta bastante excepcional entre los combatientes. Con su minucioso testimonio escrito muy poco después de los hechos vividos, el marinero anarquista Lätt nos ofrece una lectura apasionada y apasionante de los acontecimientos, con una extraordinaria lucidez y una riqueza de datos que encuentran amplia confirmación en la historiografía más actualizada. Las claras descripciones de los episodios que vivió en España se alternan con consideraciones históricas y filosóficas más amplias que nos hacen revivir la tragedia de la guerra, pero también las esperanzas que había suscitado la revolución.

La traducción al francés de Anita Ljungqvist [3] nos ha permitido acceder al texto, y nos ha estimulado a elaborar, primero, una versión para el público italiano [4] y luego esta para el lector español (en traducción de Encarnita Simoni).


Portada de la edición original sueca del opúsculo (1938).

Algunos fragmentos del opúsculo de Nils Lätt:
en el frente de Aragón

El hecho de que los obreros de Barcelona, de Valencia y de otros lugares hayan sabido derrotar la sublevación fascista del 19 de julio de 1936 no es casual; es la consecuencia lógica de sus convicciones políticas y económicas. Se sabía que una liquidación del sistema capitalista no podía tener lugar sin un choque colosal y se habían preparado a fondo. Antes de la revolución, las condiciones de vida en España eran espantosas: las masas vivían en la más absoluta pobreza. La mayor parte de la tierra pertenecía a un grupo bastante exiguo de propietarios para los cuales los trabajadores solamente eran bestias de tiro. La industria estaba principalmente en manos de sociedades extranjeras que, en España, intentaban aplicar los mismos métodos utilizados en las colonias con los indígenas. Ese bloque detentaba el poder y tenía en sus manos al país. La persistencia de esa situación aseguraba la supervivencia de los gobiernos y la más mínima rebelión de los trabajadores se reprimía con ferocidad. Pobreza y ausencia de derechos tenían la consecuencia de agravar progresivamente las relaciones entre explotadores y trabajadores: éstos veían en la revolución la solución para obtener mejores condiciones de vida. […]

En 1934, poco después de la revolución de Asturias, visité algunas ciudades del golfo de Vizcaya. En Bilbao conocía a bastantes miembros de las Juventudes Libertarias, un movimiento juvenil anarcosindicalista. […] Sus centros habían sido clausurados y se preguntaban cómo, en aquellas condiciones, podían continuar con la propaganda. […] Tras el cierre de sus locales, esos jóvenes se habían dividido en pequeños grupos, y cada uno de ellos enviaba un representante a las reuniones; las más importantes tenían que realizarse en lugares escondidos en las montañas. Durante una velada hablamos de los acontecimientos asturianos. En 1934 había habido huelgas en numerosos lugares a causa de la orientación cada vez más reaccionaria del gobierno. En Asturias la huelga se transformó en insurrección y los trabajadores de la CNT y de la UGT se unieron y ocuparon ciudades y pueblos. El movimiento fue reprimido por el ejército con sistemas increíblemente crueles. Se dio la orden, entre otras cosas, de no hacer prisioneros y en Asturias se utilizaron por primera vez Moros contra los trabajadores españoles. […]

No me sorprendió, pues, que el 19 de julio de 1936 los trabajadores españoles lograsen frustrar los planes de los instigadores de las revueltas fascistas. En aquel momento me hallaba en el mar y fue con gran emoción que escuchamos las pocas informaciones que nos llegaban por la radio. En los puertos leíamos diarios en idiomas extranjeros que antes ninguno de nosotros se habría atrevido a descifrar, pero lográbamos entender por lo menos una parte y cuando los trabajadores triunfaban nuestra alegría no tenía límites. […]

De regreso a mi país, dejé la marina [y me planteé] dirigirme hacia España o intentar realizar algo en Suecia. Había comprendido que en España hacían falta sobre todo armas y técnicos militares. Los voluntarios no faltaban. Por la prensa me enteré de que los trabajadores, paralelamente a la guerra, habían logrado poner en marcha una colectivización de las tierras, de la industria y de otros sectores. El deseo de combatir a su lado y de participar en el esfuerzo de reconstrucción se volvió demasiado fuerte. Me enteré de que uno de mis compañeros se había alistado en una columna anarquista y pensé que alguien hallaría un fusil también para mí. Conseguidos los billetes y los papeles necesarios, salí de Suecia en diciembre de 1936.

Fotografía coloreada de un tranvía colectivizado
en Barcelona (diciembre de 1936).

Un hermoso día de enero, con un resplandeciente sol sobre el azul Mediterráneo, llegué a Barcelona con algunos compañeros que encontré en París. Para un socialista era una llegada maravillosa. Toda la ciudad estaba decorada de banderas negras y rojas. Sobre autobuses, vehículos, tranvías y otros medios de transporte, se podían ver brillar las iniciales de la organización que lo había colectivizado todo. Las insignias de la CNT mostraban que sus trabajadores estaban orgullosos de su organización; las letras AIT eran el testimonio de que los trabajadores no habían olvidado el internacionalismo ni el sindicalismo internacional. Estas últimas iniciales recordaban a los trabajadores que la sección española luchaba por una causa común. […]

La central de la CNT-FAI era un monumental edificio expropiado que había pertenecido a la organización patronal. Allí se habían instalado los Comités regionales de la CNT y de la FAI.  Alrededor de la Federación anarquista ibérica aleteaba un aura de misterio a causa de su fantástica lucha contra la sumisión y la explotación. Gobierno y policía habían combatido desesperadamente para aniquilarla, pero nunca habían logrado atrapar a los “responsables”. Un breve llamamiento de la FAI era suficiente para informar y movilizar a las masas, mientras que en el exterior muchos dudaban de su real existencia, ya que nunca nadie había logrado entrar en contacto con uno cualquiera de sus líderes. […]

No había llegado a España como turista sino para combatir contra el fascismo, por lo cual tenía que dejar a otros el deber de apreciar mejor la labor de las organizaciones catalanas y de los colectivos industriales. Con otros internacionales, me alisté en una formación anarquista de la columna Durruti y me dirigí hacía el frente. Tras un agradable viaje a través de Cataluña, bella y bien cultivada, llegamos a Aragón, más árido y montañoso. Luego, poco a poco, al pueblo de Pina de Ebro, donde se encontraba en aquella época el cuartel general de la columna Durruti. […]

Participé en el Grupo internacional de la columna Durruti. La mayor parte de los miembros eran compañeros llegados de Alemania y Francia, pero gran parte de los demás países europeos estaban también representados. A causa del idioma, estábamos divididos en dos grupos principales: francés y alemán. Entré en este último grupo, donde me resultaba más fácil comprender y hacerme entender y donde había ya un compañero sueco de las juventudes sindicales. Se hallaban también allí compañeros revolucionarios que, antes y después de la toma de poder de Hitler en Alemania, habían luchado por el socialismo. Algunos habían pasado ya bastantes años en un campo de concentración; otros, como animales perseguidos, huían de un país “democrático” a otro no pudiendo abandonar la lucha por la causa. […]

Efectivos de la columna Durruti en el frente de Aragón.
(Fuente: Durruti, Sangre Anarkista)

El grupo internacional recibió la orden de reemplazar a los soldados españoles que habían sufrido bajas y nos preparamos para un eventual contraataque de los fascistas. Llegamos hacia mediodía, y los compañeros nos encomendaron vivamente que mantuviéramos la posición que ya había costado mucha sangre. […] La trinchera subía en zigzag por la cresta de la colina, delante de una construcción de piedra, una antigua ermita. Los fascistas mantuvieron la posición todo el día con fuego de artillería y, mientras estábamos al abrigo tras la colina, entre quince y veinte compañeros avanzaron para consolidar las trincheras. De vez en cuando la artillería fascista lograba asestar un batacazo a la ermita que hacía volar grava y piedras, pero tras la desaparición del polvo y el humo veíamos a nuestros compañeros que continuaban su trabajo sin tregua. Hacia el final de la jornada, recibimos la orden de avanzar. Bajo un nutrido fuego de artillería era muy difícil; cada grupo tenía que elegir su propio camino y el mejor modo para subir. […] Nada más llegar a una senda encajonada, explotaron una serie de granadas entre nosotros y la ermita. En la cavidad del sendero nos hallábamos más o menos protegidos, pero después de un minuto, durante un alto el fuego, intentamos alcanzar la trinchera corriendo. No nos quedaban más que unos cincuenta metros para estar a salvo.

Fue entonces cuando oímos gritar “¡Avión! ¡Avión!”. […] Cinco grandes bombarderos de tres motores y una nube de cazas, y ya las primeras bombas silbaban sobre nuestras cabezas. Estaba con dos muchachos de Estocolmo, […] e inmediatamente después de los gritos de alarma tomamos posición. […] Intentar narrar lo que siguió va casi más allá de mis capacidades. Cada avión descargaba un racimo de bombas; y como había tres aviones en primera línea y otros dos detrás para llenar el espacio libre, las explosiones iban llegando una tras otra. La mayor parte de los proyectiles caía entre nosotros y la trinchera, pero oíamos también explosiones a nuestras espaldas. Incluso los aviones más pequeños lanzaban bombas. […]

Bombardeo aéreo en el frente de Aragón.
(© Arxiu Nacional de Catalunya)

Ese no fue el único episodio: así iban las cosas en casi todo Aragón. No era posible avanzar, pues lo que lográbamos conquistar con nuestras incursiones nocturnas gracias a la sorpresa quedaba destruido el día siguiente por la aviación fascista, con enormes pérdidas humanas. Cuando podíamos verdaderamente agarrarnos al terreno nadie volvía a tomar nuestras líneas, ni Moros, ni Arianos. Por otro lado, sabíamos que no estábamos completamente privados de aviación, puesto que habíamos sido testigos de las incursiones nocturnas contra las posiciones militares alrededor de Zaragoza. […]

Un día nos ordenaron que nos preparáramos para una marcha. En la carretera, fuera del pueblo, había autobuses; y emprendimos el viaje sin que nadie conociese el destino. […] En los pueblos que atravesábamos los habitantes que trabajaban en los campos nos hacían el saludo antifascista. En las callejuelas de las aldeas se oía: “¡Salud Compañeros! ¡Viva la FAI! ¡Muerte a los fascistas!”; y nosotros respondíamos, como podíamos: “¡Viva la Confederación! ¡Viva la revolución social!”. Al crepúsculo nos paramos en un pueblo, que intuimos no estaba lejos de Huesca. […] La batalla afectaba a la carretera entre Zaragoza y Huesca, y se esperaba un ataque. […] El día siguiente teníamos que relevar a una compañía situada sobre una de las cumbres de la montaña. Tras una subida fatigosa, finalmente llegamos allí y pudimos descansar un poco esperando que los compañeros que debíamos sustituir se prepararan para marcharse. El descanso no duró. Aparecieron un par de aviones de reconocimiento, seguidos poco después de algunos cazas que dispararon aquí y allá sobre nuestras líneas. La compañía que debíamos sustituir ya no podía dejar la posición y decidió quedarse hasta la noche. Había por eso mucha gente en las trincheras.

Milicianas de la columna Durruti.

Luego llegaron otros aviones, la artillería se dejó oír y diversos golpes de mortero silbaban sobre nuestras cabezas. Recias ráfagas llegaban además de las trincheras fascistas. Antes que esperar un ataque, era preferible lanzar nosotros mismos una ofensiva, y de golpe se oyó: “¡Arriba! ¡Arriba!”; y nos precipitamos fuera de la trinchera. […] En nuestro grupo había una española que fue la que salió primero. Llevaba pantalones y chaqueta de cuero, pero había perdido el gorro y su espesa cabellera morena ondeaba al viento. Con los ojos de fuego, brincó de la trinchera gritando: “¡Compañeros, arriba, al ataque!”. Para ella, como para muchos otros compañeros, fue el último. [5] […]

Continuamos hacia nuestras trincheras hasta que las explosiones nos lo impidieron. Acostado, contaba las detonaciones que se acercaban progresivamente, previendo que el próximo disparo caería a mi lado; de improviso recibí un golpe en la cabeza. Creía haber llegado al otro mundo, pero después de un cierto tiempo recuperé el conocimiento. Aunque aturdido, logré alcanzar nuestras trincheras donde recibí los primeros auxilios. Había perdido un ojo y recibido un golpe en la frente. Con los otros heridos recibí los cuidados necesarios en el hospital del pueblo cercano y luego fuimos retirados, por etapas, de la proximidad del frente. […] Tras varios desplazamientos de un hospital a otro, episodios de los que no tengo más que recuerdos confusos de manos caritativas y de grandes salas llenas de camas, llegué a la pequeña ciudad mediterránea de Tarragona. Era un hospital de guerra instalado en un viejo seminario católico. Un edificio grande y magnífico ocupado desde la revolución.


[1] Edi Gmür: “Journal d’Espagne”, en Albert Minnig y Edi Gmür (Ed.): Pour le bien de la révolutionLausana, CIRA, 2006.

[2] Publicado en traducción al castellano (realizada por Encarnita Simoni) en la obra colectiva Los años de los que no te hablé, II. Caspe, Ed. Los Libros del Agitador, 2013, pp. 129-192.

[3] “Nisse Lätt, anarchiste suédois”, en gimenologues.org. 

[4] Nils Lätt. Miliziano e operaio agricolo in una collettività in SpagnaLugano, La Baronata, 2012. 

[5] Se trataba de Rosario-Pepita Inglés, que se integró el 24 de julio en la columna Durruti con otras milicianas. Sobre las milicianas y las mujeres republicanas durante la guerra véase Rojas. Las mujeres republicanas en la guerra civil, de Mary Nash (Madrid, Taurus, 1999) [Nota de la traductora].


[Estos textos están tomados de la traducción castellana del opúsculo de Nils Lätt publicada por Los Libros del Agitador (véase la nota 2). Los fragmentos escogidos pertenecen a la primera parte de la obra de Lätt, desde su llegada a Barcelona hasta que resultó herido en el frente de Aragón. La introducción, redactada por el historiador suizo Renato Simoni, ha sido reducida y adaptada con la autorización de éste por Albert Lázaro-Tinaut, quien agradece a Encarnita y Renato Simoni su amable colaboración.]

lunes, 12 de febrero de 2018

Los balcones de Siracusa


Siracusa (Sarausa en siciliano), una de las ciudades más meridionales de la isla de Sicilia y de Italia, es también el resultado de la sucesión de culturas que dejaron allí su huella. Fundada el año 734 antes de nuestra era por los griegos corintios, ya había estado habitada en el Neolítico. Se convirtió en una de las polis más importantes del mundo helénico: en ella nacieron, entre otros, el gran físico y matemático Arquímedes y Teócrito, uno de los poetas más notables de la antigua Grecia. Y por allí anduvieron Píndaro, Eurípides, Platón, Jenofonte y el polígamo Pirro, rey de Epiro (quien añadió a sus esposas a la siracusana Lanassa, hija del tirano Agatocles).

Monumento a Arquímedes,
obra del escultor 
Pietro Marchese.

El año 212 antes de la era cristiana, Συρακοσαι (Syrakousai) fue sitiada por las legiones romanas del cónsul Marco Claudio Marcelo, que la conquistaron y la pusieron bajo el dominio de la República romana con el nombre de Siracusae, y se convirtió en capital de la provincia de Sicilia. Cicerón escribió que la ciudad griega de Siracusa era la mayor y la más hermosa de las que había oído hablar. 

El año 535 Siracusa, que antes había estado bajo el dominio de vándalos y ostrogodos, formaba parte del Imperio bizantino y la lengua griega resonaba de nuevo en sus calles, hasta que entre los años 878 y 965 Sicilia fue conquistada por los árabes y convertida en un emirato islámico que ejerció el dominio sobre la isla hasta 1072, cuando fue recuperada por Bizancio. A partir de entonces Siracusa entró en un largo período de decadencia bajo el dominio del conde normando Roger II de Hauteville, quien en 1130 fundó el Reino de Sicilia, del que se proclamó soberano. El año 1282, tras la revolución conocida como Vísperas Sicilianas, la isla, igual que el Reino de Nápoles, quedó en manos de la Corona de Aragón y se mantuvo sujeta a ésta hasta 1302, año en que pasó a denominarse Reino de Trinacria y estuvo gobernada alternativamente por monarcas aragoneses, castellanos y del Sacro Imperio Germánico.

En 1816 Sicilia fue unida a Nápoles y, con el apoyo de Francia y los Estados Pontificios, se fundó el Reino de las Dos Sicilias (Regnu dî Dui Sicili, en siciliano), sometido a la rama de los Borbones españoles que luego tomaría el nombre de Borbón Dos Sicilias. Monarcas despóticos, dejaron un mal recuerdo en los territorios que gobernaron. Y finalmente en 1860, tras el éxito de la Expedición de los Mil liderada por Giuseppe Garibaldi y la derrota de las tropas borbónicas en la batalla de Calatafimi, el doble reino dejó de existir: aquel sería el primer paso hacia la unidad de Italia, que se materializaría en 1861.

El puente de Santa Lucia, uno de los dos que comunican 
la isla de Ortigia con el resto de la ciudad de Siracusa.

El núcleo histórico de Siracusa se encuentra en la isla de Ortigia (que era el sobrenombre de la diosa Artemisa, a la que estaba consagrada la ciudad), separada del resto de la polis por un estrecho brazo de mar que salvan dos puentes. Ortigia es un dédalo de callejuelas, plazas y plazoletas por el que este transeúnte paseó durante cuatro días a finales de enero de 2018. Allí se hallan restos de la antigua polis, como las ruinas del templo de Apolo (sobre el que se construyó una iglesia bizantina, convertida luego en mezquita), los cimientos del de Artemisa y de otros edificios de la época helénica, así como la Catedral, el Ayuntamiento, varios palacios y numerosas iglesias, barrocas en su mayor parte, pues fueron construidas después del tremendo terremoto que asoló la Sicilia oriental en enero de 1693.

Durante sus paseos le llamó la atención la variedad de balcones colgados de las fachadas de los edificios, y fotografió un buen número de ellos, de los que muestra abajo una selección. La mirada del viajero no debe ser sólo horizontal: levantar la cabeza permite descubrir otros aspectos interesantes de los lugares que visita (y en muchos lugares, como en Siracusa, también ha de estar atenta al suelo que se pisa, formado a menudo por losas de piedra volcánica procedente del no muy lejano volcán Etna, no siempre bien alineadas, o por los maltrechos pavimentos de las aceras… cuando las hay).

Albert Lázaro-Tinaut















































































































































































































































































































































































Fotografías © Albert Lázaro-Tinaut, 2018 (clic sobre ellas para ampliarlas).