miércoles, 26 de agosto de 2015

Antonio Scialoja, un economista napolitano que contribuyó al desarrollo de la Italia unida

Escena del entusiasmo popular por entrada de Giuseppe Garibaldi y sus tropas 
en Nápoles (capital del Reino de las Dos Sicilias) el 7 de septiembre de 1860, 
según un dibujo coloreado del artista suizo Franz Wenzel. 

El transeúnte tiene la convicción de que la historia no es precisamente una disciplina que se estudie bien (o, dicho de otro modo y en otros términos, de que solo se enseña, y casi siempre mal e ideológicamente distorsionada, la historia nacional, olvidando que el resto del mundo también existe y en él no han ocurrido únicamente los grandes enfrentamientos bélicos).

No es frecuente que se tengan conocimientos medianamente amplios de lo que supusieron las unificaciones de países como Alemania e Italia en el siglo XIX, ni de cómo estaban constituidos los grandes imperios modernos: a la pregunta de qué diferencia hubo entre el Imperio austriaco y el Imperio austrohúngaro, por ejemplo, pocos saben contestar coherentemente, si es que tienen alguna respuesta; y si nos alejamos un poco hacia oriente, ¿cuántos sitúan el Imperio otomano en toda su extensión geográfica y saben cuál fue su capital?

Por eso, a este transeúnte le parece oportuno presentar este texto en el que, a través de un personaje tal vez algo secundario, pero sin duda importante, se revisa parte del proceso de unificación de lo que en 1861 acabaría siendo el Reino de Italia. Agradece, pues, a Lucio D’Isanto que se haya prestado a la reducción y adaptación del texto que presenta a continuación.


Europa vista desde el Japón a mediados del siglo XIX.

Antonio Scialoja: cuando la lira unió a Italia

Por Lucio D’Isanto

Hay figuras históricas que tuvieron una gran importancia, gozaron de gran popularidad y al cabo del tiempo han sido olvidadas. Se trata, por lo general, de personas que contribuyeron, con ideas y acciones, a la evolución de sus países. Una de ellas es Antonio Scialoja, que fue diputado por Pozzuoli (Nápoles) tras las elecciones de 1848, durante la brevísima experiencia constitucional del Reino de las Dos Sicilias, y más tarde ministro de la importantísima cartera de Finanzas del Reino de Italia en un año crucial, 1866. Se convirtió así en uno de los protagonistas de la vida política italiana de aquella época.

Antonio Scialoja.

Rescatar esta ilustre figura es útil para entender mejor algunos aspectos de la actualidad. Las vicisitudes de la lira, que acabó convirtiéndose en moneda única en toda Italia, nos permiten comprender mejor los vaivenes actuales del euro y el debate que inflama últimamente las crónicas de la prensa. Scialoja fue decisivo en aquella fase histórica, y se le recuerda como el economista italiano más autorizado en el período que va de 1850 a 1870.

Antonio Scialoja nació el 31 de julio de 1817 en el entonces pequeño municipio de San Giovanni a Teduccio, convertido hoy en un barrio de la periferia oriental de Nápoles. Lo bautizaron con el nombre de Antonio en honor de su tío, que fue uno de los mártires de la República Partenopea en 1799; su familia, de ideas liberales, originaria de España, se estableció en el sur de Italia a comienzos del siglo XVI, en la época de los primeros virreyes españoles.

En Scialoja destaca “el amor por la economía social” (se ha dicho que fue un precursor del socialismo liberal). Su obra de juventud Principi di economia sociale esposti in ordine ideologico (1840), fruto de sus estudios económico-filosóficos, supuso una sorpresa en los ámbitos científicos, sobre todo teniendo en cuenta que la había escrito un muchacho de 23 años. Sin embargo, levantó sospechas en el gobierno borbónico del Reino de las Dos Sicilias, donde se temía que Scialoja se sirviera de las teorías científicas y del tecnicismo económico para difundir el liberalismo.

El Reino de las Dos Sicilias, creado en 1816 e integrado en el nuevo Reino de Italia en 1861. 
Fue gobenado por una rama de los Borbones españoles.

En 1844 viajó a Francia e Inglaterra, lo cual le permitió darse a conocer en los ámbitos científicos y liberales de ambos países. Al año siguiente, al no haber conseguido la cátedra de Economía Política de la Universidad de Nápoles, emigró al Piamonte, donde Cesare Alfieri, el magistrado supremo de la Reforma de los Estudios, le proporcionó la misma cátedra en la Universidad de Turín.

Scialoja regresó a Nápoles tras los violentos disturbios de 1848, cuando se formó el gobierno de tintes liberales presidido por Carlo Troja tras la constitución que se vio obligado a firmar Fernando II de las Dos Sicilias, y fue nombrado ministro de Agricultura y Comercio. En aquel confuso contexto contribuyó a instaurar un parlamento relativamente moderno y avanzado con la oposición de un soberano que solo esperaba el momento más oportuno para derogar aquella constitución emanada a regañadientes, lo que conseguiría a medias (pues únicamente pudo suspenderla) en 1849.

Fernando II de las Dos Sicilias.

Aquella traicionera decisión del borbón hizo que Scialoja fuera detenido y encarcelado. Durante un escandaloso proceso que tuvo resonancias en toda Europa, ocho exministros y cuarenta y cuatro exdiputados fueron acusados de lesa majestad. Uno de ellos, Silvio Spaventa, fue condenado a muerte, y Scialoja a nueve años de reclusión: sin embargo, las presiones internacionales obligaron al rey, al cabo de tres años, a conmutar las penas por la de exilio perpetuo del reino. Scialoja decidió establecerse en Turín, pero mientras tanto su cátedra había sido ocupada por otra persona.

Fue Cavour, por aquel entonces ministro de Agricultura del Reino de Cerdeña, que lo tenía en gran estima, quien, en 1853, acudió en su ayuda nombrándolo asesor legal de la Oficina del Catastro del Piamonte. Scialoja tuvo un papel decisivo en la Reforma Agraria y redactó importantes textos de derecho y economía. Al mismo tiempo, divulgó las ideas liberales de Cavour en los periódicos Il Risorgimento e Il Secolo XIX. Más tarde, cuando Cavour fue nombrado presidente del Consejo de Ministros, le encargó oficiosamente delicadas tareas diplomáticas.

Pero destaca por encima de todo una obra fundamental, Note e confronti dei bilanci del Regno di Napoli e degli Stati Sardi (1857), donde explica cómo el Piamonte, en pocos años, se había convertido en uno de los países económicamente más avanzados de Europa, mientras que el Reino de las Dos Sicilias, que Fernando II se empeñaba en mantener ajeno al mundo moderno, permanecía “encajonado entre el agua bendita (los Estados Pontificios) y el agua salada (del mar)” y era uno de los más atrasados. Vaticinó además, con gran visión de futuro, lo que ocurriría cuando se hiciera realidad la ansiada unificación de Italia: sostenidas por un férreo régimen aduanero, que las mantenía al margen de toda competencia, las industrias meridionales serían barridas por las piamontesas que, gracias al régimen competitivo instaurado por Cavour y al libre comercio, ofrecían productos de mayor calidad a buenos precios.

Camillo Benso, conde de Cavour, retratado en 1864 por Francesco Hayez.

En la misma obra, Scialoja pone de manifiesto que el balance económico de las Dos Sicilias era activo solo porque los gobiernos borbónicos tendían a atesorar en vez de invertir, mientras que el Piamonte estaba en déficit porque invertía en ferrocarriles y en la modernización de la agricultura, lo cual producía riqueza.

Cuando se proclamó la unidad de Italia (1861) Scialoja fue elegido diputado y, tras la muerte de Cavour, nombrado Secretario General del Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio. Sin embargo, cuando tuvo que demostrar realmente su valía fue a la hora de hacer frente a los gastos de la Tercera Guerra de la Independencia (1866), para cuya tarea fue nombrado ministro de Finanzas. Tomó entonces la atrevida e impopular decisión –revolucionaria en aquella época– de desvincular la lira, como unidad monetaria de la Italia unida, de la paridad con el oro y de imprimir papel moneda. Ello permitió a Italia afrontar sus compromisos con los acreedores nacionales y los del mercado internacional.

Billete de 2 liras con la efigie de Cavour, impreso por el American Bank Note Company 
de Nueva York, emitido por el Banco Nacional del Reino de Italia el 25 de julio de 1866.

El liberal Scialoja mantuvo arduas polémicas con el otro gran economista italiano de aquella época, Francesco Ferrara, que defendía las tesis proteccionistas, vigentes sobre todo en los imperios centrales. En 1874, enfermo, se estableció en Egipto, donde fue nombrado consejero financiero del virrey Ismail Pashá, un hombre de mentalidad europea que intentó reordenar las finanzas del país (sometido entonces al Imperio otomano).

Al agravarse su estado de salud, Scialoja regresó a Italia y murió en la isla de Procida, próxima a Nápoles, el 13 de octubre de 1877.

Traducción del italiano y adaptación: Albert Lázaro-Tinaut

El autor

Lucio d’Isanto (Nápoles, 1951) se licenció en Ciencias Políticas en 1975 con una tesis sobre Antonio Scialoja, y en 1980 terminó su especialización en la Escuela Superior de Administración Pública. Entre 1975 y 1979 trabajó como investigador en la cátedra de Historia Contemporánea de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Nápoles. Ha publicado los ensayos Figure e problemi del meridionalismo (1978), Privilegi della città di Pozzuoli nel periodo vicereale (2012, texto basado en dos documentos inéditos, escrito en en colaboración con su hijo Claudio) y Pasquale – Un moderno Candido nel vortice della storia (2013, sobre las vicisitudes de su padre, Pasquale D’Isanto, internado por motivos políticos en el campo de exterminio nazi de Mauthausen, del que fue uno de los escasos supervivientes). Actualmente es funcionario del Ministerio de Justicia italiano.


(Este texto es una adaptación abreviada, autorizada por el autor, Lucio D’Isanto, 
de su artículo “Antonio Scialoja: Quando la lira unì l’Italia”, publicado en Altritaliani.net el 25 de julio de 2015.)

martes, 11 de agosto de 2015

[Marginalia] La precavida sensibilidad musical del “amado líder” norcoreano

Esta es la música preferida de Kim Jong-un, el “amado líder” 
de la República Popular Democrática de Corea.

Nadie ignora (o nadie debería ignorar a estas alturas) que en la República Popular Democrática de Corea, Corea del Norte en términos llanos, rige uno de los regímenes más cerriles del mundo, una dictadura personal, dinástica y hostil a todo lo externo que se obstina por permanecer aislada. Al pérfido dirigente Kim Jong-il, de míticos orígenes, difunto a bordo de un tren (la idea de viajar en avión le provocaba pánico) el 17 de diciembre de 2011, le sucedió su hijo y oficialmente heredero, Kim Jong-un, hecho a imagen y semejanza de su despótico padre (los coreanos dicen, jocosamente, que fue clonado).

Kim Jong-un.

El régimen personalista y autoritario de este singular personaje, arropado por un disciplinado ejército, decide todos los detalles de la vida en el país, dejando pequeños, en comparación, a muchos de los dictadores que en el mundo han sido y son, con la particularidad de que un espeso muro de silencio oculta la realidad de lo que ocurre en aquel país de 120.000 kilómetros cuadrados y unos 24 millones de habitantes, según censos que no se han podido contrastar.

Dos de los instrumentos más poderosos del régimen, como suele ser habitual en todo totalitarismo, son la represión y la propaganda, según la cual el Presidente Eterno de la República, como se le denomina en la Constitución, goza de la admiración y la veneración casi divina de más del 99 % de la población, con lo cual queda todo dicho.

Recientemente, a las múltiples tareas de Kim Jong-un se ha sumado la preocupación por la música y por evitar que ésta caiga en la decadencia que caracteriza al resto del mundo, por lo que ha ordenado a su Departamento de Propaganda, encargado también de la censura, que vele por evitar no solamente la infiltración del K-pop, tan en boga en Corea del Sur, y otras “inmundicias” occidentales, sino incluso la divulgación de fragmentos de composiciones norcoreanas –algunas de la cuales se han popularizado a través de la cinematografía nacional– que, fuera de contexto, “insinúen a los ciudadanos la idea de la protesta y la crítica”.

Sobre esta cuestión ha escrito Andrea Pira en el periódico italiano Il Fatto Quotidiano*, y se ha preguntado hasta qué punto llegará la censura para permitir la actuación en la capital norcoreana, Pyongyang, de la banda eslovena Laibach, anunciada oficialmente para participar, los días 19 y 20 de agosto, en los actos conmemorativos del septuagésimo aniversario de la “liberación del dominio japonés”: una supuesta señal de “apertura” del régimen para acallar ciertas habladurías.

Pyongyang, la capital de Corea del Norte, 
poblada por más de tres millones de personas.
(Foto © Samluellwitz Wordpress)

Este transeúnte añade que Laibach (que curiosamente es el nombre que recibió la capital eslovena, Liubliana, durante la ocupación alemana de Yugoslavia en la segunda guerra mundial) suele combinar simbología nazi y estalinista en sus acciones, que es como denomina sus actuaciones públicas, y sus componentes se han manifestado reiteradamente contra la supremacía anglosajona en el mundo. Dato nada insignificante en el contexto del que hablamos.


El grupo musical esloveno Leibach y su estética.
(Fuente: 24ur.com, Liubliana, 2010)

Los censores del gran líder revisan con esmero las letras de las canciones que interpretará el grupo esloveno, pero quizá no deban temer nada, ya que Jani Novak, uno de los músicos de Laibach, ha dejado claro en una entrevista que tanto él como sus compañeros se comportarán “como corresponde hacer a cualquier invitado” y aceptarán de muy buen grado todas las sugerencias que se les hagan; ha aprovechado la ocasión, además, para culpar de la situación actual de los norcoreanos “a la intervención en la península [de Corea] de ciertas potencias extranjeras”, en clara alusión a los Estados Unidos y China. Palabras que a los oídos de Kim Jong-un y sus generales deben de sonar a música celestial, como puntualiza Andrea Pira. ¿Otra de las numerosas provocaciones de Leibach? ¿Otra de las habituales maniobras de distracción de Kim Jong-un?


Anuncio de la actuación de Leibach en Corea del Norte.

* Andrea Pira: “Corea del Nord, la censura sulla musica di Kim Jong-un: ‘Vietate le canzoni che incitano alla protesta’”, en Il Fatto Quotidiano, Roma, 31 de julio de 2015.

POST SCRIPTUM: Información sobre el concierto de Laibach en Pyongyang y sobre la fría reacción del público norcoreano en La Vanguardia, Barcelona, 21 de agosto de 2015.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La condición femenina en el Afganistán de 1940

El desolado paisaje de Band-e-Amir, al noroeste de Kabul, que 
muy probablemente recorrieron Ella Maillart y Annemarie 
Schwarzenbach para llegar a la capital afgana.
(Fuente: getintravel.com)

En junio de 1939, poco antes del estallido de la segunda guerra mundial, y aprovechando la neutralidad de su país en lo que ya se veía venir, dos escritoras, periodistas y aventureras suizas, Ella Maillart (1903-1997) y Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), ambas muy experimentadas viajeras, salieron de Ginebra en un resistente automóvil Ford con el reto de llegar por carretera a las lejanas tierras del Asia central, lo cual consiguieron. Annemarie fue escribiendo el relato de sus peripecias hasta que llegaron a Afganistán, y envió algunos fragmentos al diario alemán National-Zeitung, que los publicó. Varios de esos textos fueron recopilados muchos años más tarde por Roger Perret y publicados en Basilea el año 2000 con el título Alle Wege sind offen. Die Reise nach Afghanistan 1939/1940. En 2008 se tradujeron y editaron en castellano con el título Todos los caminos están abiertos. [1]

Este transeúnte, a quien pareció excesivamente densa la primera parte del libro, se fue apasionando a medida que las intrépidas viajeras, después de atravesar los Balcanes y Turquía, bordear el mar Caspio y recorrer parte de Irán, avanzaban por tierras desérticas hasta internarse en el mosaico multiétnico de Afganistán, que por aquel entonces conocía un insólito período de estabilidad bajo el reinado de un monarca muy joven, Mohammed Zahir Shah, que había ascendido al trono tras el asesinato de su padre en 1933, y que manejaría las riendas del país hasta que en 1973 su primo y primer ministro Mohammed Daud Khan, quien ya había demostrado su talante aperturista, abolió la monarquía mediante un golpe de Estado y se proclamó presidente de la nueva república con el apoyo tácito de la Unión Soviética: fue el primer paso hacia los acontecimientos que se han ido sucediendo trágicamente en aquel país y todavía persisten.

Annemarie Schwarzenbach,
(Fuente: Dalena Vintage)

A continuación se reproduce una de las diversas crónicas que Annemarie Schwarzenbach envió al mencionado diario alemán y que fue publicada por éste en dos partes, los días 13 y 14 de abril de 1940 [2]. Lamentablemente, las condiciones de vida de las mujeres afganas de nuestros días, sometidas después de casi cuarenta años de liberalización de las costumbres a un régimen totalitario y fundamentalista islámico, vuelven a ser las de aquella época: la tradición ancestral de hacerlas invisibles pervive.



En el jardín de las hermosas
muchachas de Kaisar

Por Annemarie Schwarzenbach

Hasta el momento, Ella y yo solo habíamos podido mantener conversaciones teóricas sobre las mujeres de Afganistán. En las varias semanas que llevábamos recorriendo este país de estricta observancia musulmana, habíamos trabado amistad con campesinos, funcionarios municipales, soldados, comerciantes del bazar y gobernadores de provincia: en todas partes habíamos constatado la hospitalidad de la gente y empezábamos a encariñarnos con este pueblo masculino, alegre e incorrupto.

Los imponentes muros de la ciudadela de Qala Ijtyaruddin, en Herat.
(Fuente: The History Blog)

En la esplendorosa ciudad de Herat habíamos asistido a las competiciones de esgrima y a la plegaria comunitaria de los jóvenes que al atardecer se congregaban en un prado ante la puerta de la villa. Por el camino, cuando nos deteníamos a descansar tras recorrer largos tramos sin sombra, sencillos campesinos solían unírsenos y compartir con nosotras sus melones. Nunca tuvimos necesidad de montar las tiendas ni de prepararnos la sopa. En los pueblos, el alcalde nos daba la bienvenida y nos convidaba a té y uvas. Al atardecer nos llevaban a hermosos jardines, donde atentos criados servían el pilaf, el plato de arroz típico, y mientras comíamos acudía el anfitrión acompañado de su comitiva a visitarnos y, a menudo, mantenía largas y minuciosas conversaciones con nosotras.

Músicos en Bala Murghab (noroeste 
de Afganistán). Foto tomada por 
Annemarie Schwarzenbach en 1940.
(© Archivo de la Biblioteca Nacional Suiza)

Sin embargo, teníamos la sensación de estar en un país sin mujeres. Conocíamos, naturalmente, el chador [3], la túnica de cuerpo entero que visten las musulmanas y que poco tiene que ver con la idea romántica del delicado velo de las princesas orientales. Ciñe estrechamente la cabeza con tan solo unas perforaciones a manera de rejilla delante de la cara, y cae en holgados pliegues hasta el suelo dejando entrever apenas la punta bordada y los tacones gastados de las pantuflas. A estos seres embozados e informes los habíamos visto deambular furtivamente por las callejas del bazar, y sabíamos que se trataba de las mujeres de los altivos afganos que se pasean libremente por doquier, son amantes de la compañía y la tertulia amena y pasan la mitad del día ociosos en una casa de té o en el bazar. Pero esos seres fantasmales tenían en sí mismos poco de humano. ¿Eran niñas, madres, ancianas, jóvenes o viejas, tristes o alegres, hermosas o feas? ¿Cómo vivían, en qué ocupaban su tiempo, a quién prodigaban afecto, amor, odio?

Mujeres afganas enfundadas en sus burkas.
(© Bernard Chazelle)

En Turquía y en Irán habíamos visto alumnas de colegio, girls scouts, estudiantes universitarias, así como trabajadoras independientes o mujeres que desarrollaban alguna actividad en el ámbito social y cuya presencia en la vida de su nación era indiscutible, puesto que ya formaban parte de la fisonomía de ésta. Sabíamos que el joven rey Amanullah, a su regreso de un viaje a Europa, se había lanzado a introducir reformas y había intentado seguir sobre todo el ejemplo de Turquía. Actuó con demasiada precipitación. Lo que más se le reprochó fue la emancipación de la mujer. Durante algunas semanas, en Kabul, la capital, cayó en chador; luego estalló la revolución, las mujeres volvieron al harem, regresaron a la estricta reclusión de la vida doméstica, y solo pudieron mostrarse en público cubiertas por un velo. [4]

El palacio de Darul Aman, de estilo 
europeo, mandado construir por 
el rey Amanullah, a las afueras 
de Kabul, en la década de 1920.

¿Habían olvidado las mujeres esos amagos de libertad, habían sido borradas de su memoria aquellas pocas semanas de 1929? En una ocasión, siendo huéspedes de un joven de talante abierto e inteligente, gobernador de alguna aldea del norte del país, Ella se atrevió a formularle esta pregunta. Nuestro anfitrión dio muestras de comprender muy bien las necesidades del Estado afgano y habló de que la construcción de carreteras iba a suponer una apertura del país, lo que implicaba la creación de industrias, pero también de escuelas y hospitales. ¿Podía excluirse a las mujeres de un progreso semejante? ¿No debían tomar parte de la nueva vida y ser liberadas de la limitación mortificadora en la que transcurría su existencia? El gobernador respondió con evasivas. Cuando le preguntamos cortésmente si podíamos conocer a su mujer, al principio dijo que sí, pero luego encontró una excusa.

Un pueblo de la provincia de Faryab, en el antiguo Turquestán afgano.
(© PRT Meymaneh)

No fue hasta que llegamos a Kaisar [5], un pequeño oasis en la provincia septentrional del Turquestán, que, para gran sorpresa nuestra, el hakim [6] Saib, el alcalde en persona, nos condujo sin grandes aspavientos, a través de una portezuela, al jardín interior de su casa, el jardín de sus mujeres e hijas. Dos muchachas jóvenes, vestidas con trajes de verano y cabellos cubiertos por un vaporoso y delicado velo, salieron a nuestro encuentro. Ambas eran llamativamente hermosas, al igual que la madre, de aspecto imponente, mirada seria y gesto amable, que nos recibió bajo unos enormes árboles, sobre el suelo recubierto de alfombras. Allí jugaban los niños, los hermanos menores y un pequeñín rubio, hijo de Sara, la nuera. Su otro hijo dormía en una hamaca a la sombra. En un lugar un poco apartado, bajo el saledizo de la sencilla casa de adobe, estaba el samovar. Primero nos trajeron un aguamanil y toallas, luego té y frutas. Una hora más tarde llegó el pilaf. La madre comió con nosotras, a la manera europea, sentada a la mesa. Las hijas nos sirvieron la comida y después se sentaron en la alfombra a comer con los niños, todos de la misma fuente y con las manos. Por último fueron las criadas las que despacharon los abundantes restos. Las caras de los familiares del hakim presentaban los característicos rasgos de los rostros afganos, hermosos y severos, mientras que las criadas eran, por lo visto, de raza mongola, quizá turcomanas o uzbecas. […]

La familia del el hakim Saib. Foto tomada 
por Annemarie Schwarzenbach en 1940.
(© Archivo de la Biblioteca Nacional Suiza)

Para las mujeres de Kaisar, Kabul era el gran mundo, la civilización. Y eso que las habían instruido –en casa, por supuesto–, sabían leer y escribir y no ignoraban dónde quedaba la India, Moscú, París, incluso habían oído hablar de Suiza. Sin embargo, nunca habían hecho un viaje, no se imaginaban que un día podían llegar más allá de Mazar-e-Sharif, la capital del Turquestán afgano. ¿Deseaban acaso conocer el mundo, llevar una vida diferente? ¿O se quedarían para siempre en aquel jardín soleado y rodeado de tapias de adobe bajo la patriarcal y estricta supervisión de su madre y señora?

Una joven afgana se atreve 
a mostrar su aspecto.
(© Emmanuel Dunand)

A última hora de la tarde, cuando empezaba a refrescar un poco, el hakim nos mandó llamar. El pequeño Jakub pudo acompañarnos hasta el coche; las muchachas, en cambio, se quedaron en la puerta del jardín. […] Cuando esas muchachas abandonaban el jardín siempre llevaban puesto en chador y solo podían ver el mundo a través de aquella rejilla, tras la cual su cara permanecía al resguardo de indiscretas miradas masculinas.




Billete de 10 afganis, con la imagen del rey Zahir, 
puesto en circulación en 1939.


[1] Annemarie Schwarzenbach: Todos los caminos están abiertos. Traducción de María Esperanza Romero. Postfacio de Roger Perret. Editorial Minúscula, Barcelona, 2008.
[2] Tomada de la mencionada edición en castellano, pp. 69-74. Por error, en el libro se menciona la fecha de 1939.
[3] Evidentemente, la autora confunde las
vestimentas tardicionales de las mujeres musulmanas, y habla de chador (que es la prenda que usan las mujeres iraníes y deja la cara al descubierto) cuando se refiere al burka.
[4] El uso del burka fue suprimido oficialmente en 1959 por el entonces primer ministro Daud Khan, pero en 1996 los fundamentalistas
talibanes, cuando asumieron el poder, volvieron a imponerlo.
[5] Muy probablemente se trate de la aldea denominada actualmente Sangalak-i-Kaisar, en la provincia afgana septentrional de Faryab, de población mayoritaria uzbeka y tayika, menos estricta en las costumbres tradicionales islámicas.
[6] Título honorífico de origen árabe que significa, según los lugares, “mandatario”, pero también “juez” o “médico”.

lunes, 8 de septiembre de 2014

De los desastres de la guerra: “El general Pitiminí” y unos retazos de memoria histórica


Como decía este transeúnte en el post introductorio a la serie de textos que hoy inicia, las guerras no concluyen con el fin los enfrentamientos armados, sino que prosiguen durante las posguerras. De la posguerra civil española trata esta entrada.

Portada del primer número 
del semanario ¡Hola! (1944).

El 8 septiembre de 1944, hace hoy exactamente setenta años, se publicó en Barcelona el primer número del “semanario de amenidades” ¡HOLA!, revista pionera –pese al antecedente que supuso la “frívola” Blanco y Negro (1891-2002), que desde 1988 se convirtió en suplemento semanal del diario ABC– de lo que se denominaría “prensa del corazón” (o "prensa rosa"). Sus fundadores anunciaron que aquella nueva revista recogería “la espuma de la vida”. Sucia y ensangrentada espuma, sin duda, la de aquella época.

Cinco días antes había muerto el arzobispo de Burgos, Manuel de Castro Alonso, quien el 1 de octubre de 1936 bendijo en aquella ciudad la proclamación de Franco como “Caudillo de España por la gracia de Dios”. Las prisiones estaban repletas de presos políticos y las cunetas de muchas carreteras guardaban (y guardan aún) los restos de miles de represaliados asesinados durante la guerra y la primera década de la posguerra.

El arzobispo Castro Alonso ante Franco y otros jerarcas golpistas 
durante un acto de homenaje de Falange Española y de la Iglesia 
católica al “Generalísimo” en Burgos (1 de octubre de 1938).

Dos años y medio antes había terminado en la prisión de Alicante el infierno vital del poeta Miguel Hernández, “arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz”, como lo definió Pablo Neruda.

Siempre es buena la ocasión de recordar al poeta y a otros que perdieron la vida por mantenerse fieles a la legalidad democrática, aplastada por un golpe de Estado militar en 1936. Aunque sea aludiendo a “acontecimientos” que sólo en parte tuvieron que ver con ellos. Hay un largo poema poco difundido atribuido Hernández (y es muy probable que lo escribiera él, por su estilo inconfundible y también porque se decidió incluirlo en su Obra Completa*). Poco lírico, cierto, pero sí muy contundente, donde descarga mucha rabia contenida. Además del poema, se atribuye falsamente a Miguel Hernández la autoría de la caricatura que encabeza esta entrada.

Miguel Hernández leyendo poemas suyos 
en la radio durante la guerra civil, antes 
de ser detenido en 1939 y encarcelado.

Quizá este revoltillo de noticias posbélicas sirva para remover una vez más –es necesario persistir en la tarea– el laberinto de la memoria histórica en España, y para recordarnos que hubo una generación que no sólo “disfrutó” de la espuma de la vida (es decir, de los asuntos inherentes a un mundo exclusivo muy alejado de la verdadera realidad del país, aunque incluyera pinceladas de popularidad más o menos folklórica), sino que además tuvo que vivir de rodillas.


El general Pitiminí

Tu famosa, tu mínima impotencia,
desparramar intento
sin detener el paso ni un instante.
Para lo tal, me apeo en mi paciencia,
pulso un acordeón llorón de viento
y socarrón de voz, y ya es bastante.


Tu cornicabreada decrepitud purgante
exige estos reparos de escritura,
y con ellos ayudo a someterte,
no al manicomio al tonticomio oscuro
que tu idiotez sin mezcla de locura,
pide hasta que la muerte
venga a sacar tu vida de este apuro.

Llevas el corazón con cuello duro,
residuo de una momia milenaria
concurso de idiotas,
que necesita la alabanza diaria
y descosido en la alabanza explotas.

Cocodrilito pequeñito, ñito,
lagartija de astucia,
mezquina subterránea, con el rabo marchito,
y la mirada alcantarilla sucia.

Tarántula diabética y escuálida,
forúnculo político y gramático,
republico de triste mierda inválida,
oráculo, sarcófago enigmático.

Demócrata de dientes para fuera,
altares solicita tu zapato.
No hagas más reflexiones de topo y madriguera
en tu conejeril rincón de mentecato.

Humo soberbio, sapo que te hinches
cuando oyes un piropo:
disuélvete en berrinches
resuélvete, desaparece, topo.

España no precisa
tu vaciedad de calabaza neta,
tu mezquindad que duele y que da risa,
tu vejez inconcreta,
venenosa, indecisa.

No te toca la sangre de los trabajadores,
sus muertes no salpican tu chaleco,
no te duelen sus ansias, ni su lucha,
tu tiniebla trafica con sus puros fulgores
su clamor no halla en ti ni voz, ni eco,
tu vanidad tu mismo ruido escucha
como un sótano seco.

Hay ojos que derraman raíces amorosas.
Sobre tus ojos tienes
uñas que a hacerse dueñas de las cosas
avanzan por tus sienes.

Necesitan incienso e incensario
tu secundaria vida,
tu corazón de espino secundario,
tu soberbia de zarza consumida.

Sobre tu pedestal o tu peana,
monumento de oficio,
cuando su salvación está cercana
quieres llevar un pueblo al precipicio.

Te rebuznó en el parto tu madre, y más valiera
a España que jamás te rebuznara
con esa cara de escobilla fiera,
de vieja zorra avara.

No llevarás mi pueblo al precipicio,
dictador fracasado, rey confuso,
y caerás por la punta de una bota
sobre tus flacos días puesta en uso.


                                (Valencia, 28 de febrero de 1937)


Adoctrinamiento falangista después de la guerra civil española.


* Miguel Hernández: Obra Completa. Edición a cargo de Agustín Sánchez Vidal y José Carlos Rovira. Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1992, páginas 668-670. 
(Cfr. www.sbhac.net/Republica/Relatos/Pitimini.htm)

miércoles, 13 de agosto de 2014

De los desastres de la guerra

Uno de los 82 grabados de la serie Los desastres de la guerra
de Francisco de Goya, realizados entre 1810 y 1815 y editados 
por primera vez en 1863.

El transeúnte pretende ir publicando en esta bitácora una serie de entradas con textos en los que se narren, con mayor o menor crudeza, las atrocidades las guerras, que es quizá donde los seres humanos mejor demuestran aquello de que “el hombre es un lobo para el hombre”, expresión que utilizó por primera vez el comediógrafo latino Plauto dos siglos antes de nuestra era [1]. Se valdrá para ello tanto de lo que los historiadores denominan fuentes primarias (relatos de primera mano escritos por protagonistas u observadores in situ) como fuentes secundarias (las de los propios historiadores, periodistas u otros autores que, sin haber sido testigos de los acontecimientos, hayan investigado sobre ellos).

Prisioneros de un campo de concentración soviético 
sometidos a trabajos forzados por el régimen estalinista 
después de la segunda guerra mundial.

Las guerras han sido un contiuum en la historia de la humanidad desde los tiempos más remotos, hasta el punto de que resultaría muy difícil, si no imposible, encontrar en el mundo auténticos períodos de paz global, por breves que fueran. Las guerras, además, no concluyen con el fin de los enfrentamientos armados, sino que prosiguen durante las posguerras: venganzas, vejaciones, juicios sumarios, ejecuciones, encarcelamientos, reclusión en campos de concentración o reeducación, trabajos forzados a los que se solía (y se suele) someter a los denominados “presos políticos”, es decir, a los perdedores, deportaciones, etc. A veces, incluso, las posguerras no son más que treguas entre dos conflictos (podría considerarse así el período entre las dos guerras mundiales, durante el que Alemania e Italia estuvieron planeando resarcirse de su derrota en la primera, utilizando la guerra civil española para la experimentación de nuevos armamentos). 

Presos políticos españoles formando en el patio 
del penal de Ocaña en 1952.
(Foto © Jaime Pato)

En la España de los últimos dos siglos (por no retroceder más en la historia) tenemos buenas pruebas de crueles posguerras, entre ellas los años que siguieron al “fin” de la guerra civil (1939): los triunfalistas "XXV Años de Paz" que proclamó a los cuatro vientos la propaganda del régimen franquista en 1964 ocultaban deliberadamente las atrocidades cometidas tras la victoria de las “tropas nacionales” (los sublevados contra la República en 1936): miles de prisioneros hacinados en cárceles infectas, en condiciones atroces, donde morían hombres y mujeres en condiciones infrahumanas (una de esas víctimas fue, precisamente, el poeta Miguel Hernández, en 1942); presos sin sueldo y con alimentación muy deficiente obligados a trabajar durante larguísimas jornadas en obras públicas (el Valle de los Caídos fue construido, en gran parte, por presos políticos); juicios sin defensa y ejecuciones sumarias, entre otras la del expresidente de la Generalitat de Catalunya Lluís Companys, refugiado en Francia, detenido por la Gestapo durante la ocupación alemana y entregado a las autoridades del régimen; extraños “accidentes fortuitos” en las comisarías de policía, donde se torturaba, y “suicidios de detenidos” que supuestamente se arrojaban por las ventanas de los edificios policiales… Añádase a eso la lucha del maquis, la guerrilla antifranquista que continuó combatiendo en los montes hasta mediados de la década de 1960, y consiguió incluso invadir el Valle de Aran en 1944 y establecer allí un muy efímero régimen republicano. Podrían añadirse muchos otros desmanes, además de una fuerte represión.

Hasta el 11 de septiembre de 1945, 
el saludo fascista “a la romana” 
fue obligatorio, impuesto por Falange 
Española, en todo el territorio español.

Jorge Semprún dijo hace unos años en una entrevista [2] que "la guerra es la ocasión histórica masiva de hacer el mal y justificarlo”. El escritor austriaco Karl Kraus afirmó, con su especial vena satírica, que “las guerras empiezan porque los diplomáticos mienten a los periodistas y luego se creen lo que leen”. Y el poeta francés Paul Valéry escribió, muy juiciosamente, que “la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero no se masacran”.

Sobre la guerra se ha escrito y teorizado mucho, y sobre las guerras, más. En este sentido tiene plena vigencia la aseveración de que la historia que explican los vencedores es la que luego se divulga a través de las escuelas y la propaganda, de modo que esa evidente parcialidad se acaba convirtiendo, para la mayoría de la población de un país, en la única verdad (la verdad “oficial”).

Un cruento episodio de la guerra civil estadounidense (1861-1865).

Un clásico en la materia, el militar prusiano de principios del siglo XIX Carl von Clausewitz, dice en su ensayo De la guerra [3], sin cortarse un pelo, que la guerra es “la continuación de la política por otros medios”. Por aquella misma época, el político saboyano Joseph de Maistre, con un refinamiento atroz, afirmaba en un libro titulado Las veladas de San Petersburgo [4] que “la guerra es divina en la gloria misteriosa que la rodea y en el atractivo no menos explicable que nos lleva hacia ella. La guerra es divina por la manera como se produce independientemente de la voluntad de los que luchan. La guerra es divina en sus resultados, que escapan absolutamente a la razón”. El tiempo, evidentemente, da la razón al primero y hace que nos riamos del segundo. Y dejaremos aquí las citas, que podrían ser innumerables.

La batalla de Isandhlwana (1879), durante la guerra anglo-zulú 
en la colonia británica de Natal (Sudáfrica), una de las muchas 
guerras coloniales que tuvieron lugar entre los siglos XIX y XX. 
(Pintura de Charles Edwin Fripp)

Las guerras suelen calificarse: mundiales, civiles, religiosas o de religión, santas, expansionistas, de conquista, de unificación nacional, de liberación, de independencia, de sucesión dinástica, de castigo, preventivas, coloniales, poscoloniales, de secesión, de posiciones (o de trincheras), relámpago, nucleares…, y pueden ser también sucias, campales, sin cuartel, frías, sordas, psicológicas, sociales, electrónicas, y hasta galanas, totales, económicas, financieras, comerciales, de precios, de nervios, espaciales, de las galaxias, etc. Sin embargo, hay hermosas guerras literarias donde la violencia es sutil,  bastante inocente y hasta entrañable, como por ejemplo la que se narra en la novela La guerra de los botones, del escritor francés Louis Pergaud

Hay guerras mitológicas (como la de Troya, que tan bien detalla Homero en la Ilíada, desencadenada por la disputa de una mujer, Helena). También hay conflictos armados ridículos o inverosímiles, como la guerra del Fútbol, que enfrentó a El Salvador y Honduras en julio de 1969. Y enfrentamientos eternos en el Próximo Oriente… que se repiten desde hace 5000 años.

El rapto de Helena por Paris 
(pintura de David Hamilton, 1784), 
desencadenante, según Homero, 
de la guerra de Troya.

Entre los textos que se publiquen en esta bitácora habrá versiones que el lector deberá considerar si responden a la realidad, si han sido falseadas o si pertenecen al ámbito de la ficción, según la personalidad de cada autor (sobre quien el transeúnte dará los datos básicos) o su sentido común. La pretensión, en cualquier caso, es invitar a la reflexión a partir de las informaciones que se reciben todos los días, a través de los medios de comunicación, de conflictos bélicos (casi siempre manipuladas y partidistas) y las fuentes que las han transmitido, sometidas, como es bien sabido, a poderosos intereses políticos, ideológicos o económicos.

El transeúnte (que no es, ni mucho menos, un especialista en el tema, pero desea saber más investigando y debatiendo) es consciente de que toca un tema delicado y polémico, por lo que le gustaría que a partir de sus entradas los lectores expresaran sus opiniones para que se estableciera un debate. Difícilmente de ese debate se podrán sacar conclusiones, pero podría resultar enriquecedor poner sobre la mesa distintos puntos de vista, si se expresan con espíritu constructivo. Y, que quede claro, se prescindirá de posiciones ideológicas al elegir a los autores de los textos.




[1] Titvs Maccivs Plautvs:
Asinaria, II, 4, 88.
[2] M. José Diaz de Tuesta: "Jorge Semprún, escritor: 'El hombre sólo puede asimilar la esencia del mal a través de la ficción'", en El País, Madrid, 6 de mayo de 2003, p. 38.
[3] Carl von Klausewitz: Vom Kriege (1832-1834). Versión española: De la guerra. Traducción de Carlos Fortea Gil. La Esfera de los Libros, Madrid, 2005.
[4] Joseph de Maistre: Les Soirées de Saint-Pétersbourg ou Entretiens sur le gouvernement temporel de la Providence (1821). Versión española: Las veladas de San Petersburgo o Convenciones sobre el gobierno temporal de la Providencia. Traducción de Luis Blanco Vila. Editorial Torre de Goyanes, Madrid, 2001.


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