24 febrero 2013

La Italia balcánica

El león de San Marcos y escudos heráldicos en el borgo antico de Muggia.  
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

El transeúnte no hablará de los territorios balcánicos que en diferentes épocas históricas pertenecieron a Italia, como es el caso de partes de Dalmacia, Istria, Albania o Grecia, sino de los dos municipios de la actual República Italiana que pertenecen, geográficamente, a la península Balcánica (por lo menos a criterio de numerosos geógrafos): Muggia y San Dorligo della Valle, en la provincia de Trieste.

Los límites de los Balcanes son objeto todavía, y desde al menos mediados del siglo XIX, de debate por parte de geógrafos de distintos países. El concepto Balcanes está sometido, además, a criterios políticos, no sólo geográficos. Así, desde el punto de vista de la geografía física incluyen los territorios situados al sur de los ríos Kupa, Sava y Danubio, a partir de la península de Istria, al oeste, hasta el delta del gran río europeo, en el mar Negro y en tierras rumanas, al este. Ello significaría que casi toda Rumanía quedaría fuera del espacio balcánico, lo mismo que el noreste de Croacia y la Voivodina serbia, mientras que sí serían balcánicas algunas zonas meridionales de Eslovenia y esos dos pequeños municipios italianos situados al sur del de Trieste. También pertenecería a los Balcanes la parte europea de Turquía.

Lo que serían los Balcanes desde el punto de vista de la geografía física.

Desde el punto de vista geopolítico, en cambio, quedaría excluida de los Balcanes toda la República de Eslovenia e incluida la totalidad de Rumanía, y algunos incluso considerarían balcánica (el transeúnte cree que erróneamente, en muchos sentidos) la isla de Chipre por su estrecha vinculación cultural a Grecia (¿deberían considerarse las islas adriáticas, jónicas y egeas parte de la península?). El geógrafo italiano Vittorio Vialli llegó a trazar una línea imaginaria que uniría Trieste con Odesa como teórico límite septentrional de la península Balcánica.

Los Balcanes desde el punto de vista político, con la línea 
imaginaria propuesta por Vittorio Vialli. [1]


Dejemos sin embargo este complejo tema para otra ocasión y centrémonos en los dos municipios italianos que muchos geógrafos coinciden en situar en Istria, es decir, formarían parte de los Balcanes físicamente hablando.


Muggia

El municipio de Muggia (en esloveno, Milje) ocupa una pequeña península que limita al noreste con Trieste, al este con San Dorligo, al sur con el municipio esloveno de Koper/Capodistria y al norte con el mar Adriático, al que se asoma. Con una población de poco más de 13.500 habitantes y una superficie de apenas 13,66 km2, tiene como núcleo central la población del mismo nombre, fundada entre los siglos VIII y VI antes de nuestra era como fortificación y conquistada por los romanos en la campaña de Istria (178-177 aC); éstos establecieron el Castrum Muglae, que daría origen al topónimo actual.

Tras haber estado sometida a Bizancio y Génova, en 1420 Muggia se integró en la República de Venecia, que le dio el esplendor de que goza actualmente. Más tarde, juntamente con Trieste y otros territorios, pasó a formar parte del Imperio austriaco, para quedar bajo administración italiana en 1918 e incorporarse definitivamente a Italia, después de la ocupación alemana durante la segunda guerra mundial y la internacionalización del territorio triestino, en 1954, tras la firma del Memorándum de Londres, ratificado por el Tratado de Osimo en 1975.

El castillo de Muggia desde el puerto.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Compleja, pues, la historia de esta pequeña franja costera a la que se llega fácilmente y en pocos minutos desde Trieste en el autobús de la línea 20 (que inicia su recorrido en la Piazza della Libertà, junto a la estación ferroviaria triestina) o bien por mar, a bordo de una pequeña embarcación que cruza varias veces al día las aguas del denominado Vallone di Muggia. El transeúnte ha utilizado ambos medios de transporte y ha quedado sorprendido por la belleza del emplezamiento de la localidad de Muggia, con su bien conservado castillo (de 1374, propiedad actualmente del escultor local Villi Bossi, que en 1991 lo restauró totalmente) y su plaza principal, a la que se asoma la loggia del Ayuntamiento (de 1444), con su torre del reloj (añadida en 1888) y la catedral, de estilo gótico-renacentista, dedicada a los santos Juan y Pablo, consagrada  en 1263.


El Ayuntamiento de Muggia. (Foto © Albert Lázaro-Tinaut)


Detalle de la fachada 
de la Catedral.(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)


Es muy característica, además, en Muggia la puerta medieval de la Portizza, dominada por una escultura en relieve del león de San Marcos, característico símbolo veneciano, a través de la cual se accede al borgo antico (el núcleo medieval), donde se encuentra también la puerta de San Rocco. Muchos son los edificios notables del barrio antiguo, algunos de ellos dotados de escudos nobiliarios y bellos balcones y ventanales. No se puede pasar por alto el convento de los Franciscanos, del siglo XIV, adosado a la basísica de San Francisco, con su campanario de quince metros, en la que es evidente la restauración de que fue objeto en 1958; sin embargo, vale la pena entrar en el templo para contemplar sus tesoros artísticos, desde el pesebre permanente hasta las pinturas de la Madonna che allatta il Bambino (del siglo XV) y la Madonna della Cintola (del XVII), pasando por el nicho que alberga una Piedad de yeso, fechada también en el siglo XV.


La Portizza. (Foto © Albert Lázaro-Tinaut)



Fachada de la basílica
de San Francisco. 
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Otra joya arquitectónica de Muggia es la basílica de Santa Maria Assunta (de estilo románico), cuyos orígenes se remontan probablemente al siglo V; aunque ampliado en épocas posteriores, este templo merece también una detenida visita, sobre todo para contemplar sus frescos. Su campanario, de diecisiete metros, ofrece unas vistas extraordinarias de la zona marítima, con Trieste al fondo.

Muggia resulta una localidad simpática, con el aspecto veneciano de casi todas las localidades de Istria y Dalmacia, que contrasta con la severidad austrohúngara de Trieste. Vale la pena acercarse al puerto, muy próximo al centro histórico, y comer pescado recién sacado de las redes en la Cooperativa de Pescadores local, que dispone de un sencillo pero excelente restaurante dotado de una amplia terraza sobre el muelle (denominado Largo Sauro Nazario). Hasta allí llega no sólo la brisa del Adriático, sino el agradable olor marino mezclado con el del pescado que se fríe en la misma terraza. El transeúnte guarda un extraordinario recuerdo de aquella experiencia gastronómica, regada con vino de la región, que, además, resultó muy barata.


El puerto y el barrio marítimo de Muggia desde la terraza
de la Cooperativa de Pescadores.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Si se pasa el día en Muggia queda tiempo para visitar su Museo Arqueológico, en el que no debe esperarse encontrar piezas sorprendentes pero sí una cantidad de grabados, mapas y fotografías que permiten recorrer visualmente la historia del municipio; además, desde el segundo piso se pueden contemplar las excavaciones del monte Castellier, los restos más antiguos que se conservan del lugar.


El Vallone di Muggia desde el puerto de la localidad. Al fondo, Trieste.  (Foto © Albert Lázaro-Tinaut)


San Dorligo della Valle

Este municipio de 24,51 km2 (cuyo nombre en esloveno es Dolina, oficial también en italiano hasta 1923), limítrofe con el de Muggia, cuenta con apenas 6000 habitantes y es menos espectacular que el anterior, sobre todo porque está algo alejado del mar, aunque cuenta con interesantes formaciones rocosas, entre las que destacan la reserva natural de la Val Rosandra (en esloveno, Dolina Glinščice), con sus cascadas y escarpadas laderas, y la gruta de Gualtiero, descubierta en 1991. Es, sin duda, un lugar de interés para los amantes de la geología, al igual que todo el Carso, del que San Dorlingo es una estribación. Abundan en este municipio, además de numerosos cursos de agua, las fuentes naturales, por lo que es también un lugar propicio y recomendable para las excursiones montañeras.


Una de las cascadas de
la Val Rosandra.

(Foto © Nicholas-G / flickr)




           














                                                                                  La gruta de Gualtiero.

(Fuente: Percorsi in provincia di Trieste)

Sólo una parte del municipio, la más meridional, pertenece realmente a la península Balcánica, de modo que algún que otro geógrafo lo excluye de la misma.

En la localidad de San Dorlingo destacan la iglesia parroquial, con su airoso campanario, y los templos de San Giuseppe della Chiusa, de 1645 (desde cuyas torres, levantadas en 1750, se puede admirar gran parte de la Val Rosandra); el de San Bartolomeo, en la frazione de Caresana, y el de San Antonio, del siglo XVII, en la de Prebenico, ambas también con esbeltos campanarios. Merece la pena, además, visitar el pueblecito (frazione) de San Antonio in Bosco, situado en un bello paraje natural.


San Dorlingo della Valle.
(Fuente: Avistrieste)

Hoy en día son pocos quienes discuten la pertenencia de estos municipios a las tierras balcánicas, pese a encontrarse a escasísimos kilómetros de la urbe de Trieste, que queda claramente fuera de los Balcanes. Cuando se menciona esta península no suele tenerse en cuenta que una pequeñísima parte de ella se encuentra en territorio italiano…, aunque no ha de sorprendernos, por ejemplo, que en la librería principal de Muggia todavía se reivindique como italiana toda la península de Istria: aún es reciente, sobre todo para los habitantes de más edad, la dolorosa pérdida para Italia, derrotada en la segunda guerra mundial, de territorios que actualmente pertenecen a Eslovenia y Croacia.


El pueblo de San Antonio in Bosco, en el municipio
de San Dorlingo della Valle.
(Fuente: Working People)

[1] En este mapa, bastante mal diseñado, habría que añadir las fronteras políticas de Montenegro y Kosovo y, por supuesto, habría que excluir de él a Eslovenia, cuyo nombre aparece sobre el mapa de Austria.

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16 enero 2013

¿Qué hay de cierto en el trasfondo de la caída de Nicolae Ceauşescu en Rumanía?


Manifestantes rumanos en las calles de Bucarest el 22 de diciembre de 1989 
con la bandera nacional sin los símbolos comunistas. (Fuente: BBC News)


Penetrar en los entresijos de la historia siempre es tarea arriesgada, y si este transeúnte lo hace ahora, procura que sea cautamente, basándose en informaciones relativamente recientes que le parecen verosímiles con la perspectiva de más de veinticuatro años desde los acontecimientos relatados.

Lo último que leyó sobre el tema se debe al periodista italiano Luca Negri, quien en el periódico romano L’Occidentale ofrecía datos relevantes, de ser ciertos y estar contrastados, sobre la realidad de la denominada Revoluția română din 1989 (‘Revolución rumana de 1989’) que estalló en la ciudad transilvana de Timişoara el 16 de diciembre de aquel año y concluyó con el vergonzoso juicio sumarísimo y la inmediata ejecución de Nicolae Ceaușescu y su esposa Elena en Târgovişte el 25 de diciembre, tras la huida de ambos del palacio presidencial de Bucarest tres días antes.

El helicóptero en el que huía 
el matrimonio Ceaușescu desde 
la sede del Comité Central del 
Partido Comunista Rumano 
(22 de diciembre de 1989).

Dice Negri que “en general, nos fiamos poco de las revoluciones que consiguen cambiar el régimen de un país […], pues deberían ser consideradas más bien golpes de Estado”. Aunque es cierto que, incitados por aquella inmensa manifestación popular del 16 de diciembre en Timişoara y los por líderes en la sombra que la organizaron, los habitantes de Bucarest salieron multitudinariamente a las calles y boicotearon un discurso del dictador, quien en un momento dado comprendió que sus veintidós años en el poder llegaban a su fin e intentó desesperadamente huir en helicóptero con su esposa; si bien la revuelta de Bucarest fue popular y supuso la expresión del odio de sus súbditos al Conducător (‘líder’ o ‘caudillo’), parece que algo se estaba cociendo entre bambalinas.

Sobre ello investigó a fondo durante dos décadas el periodista rumano Grigore Cartianu, quien en 2010 publicó el polémico y voluminoso libro Credeam că facem revoluţie, nu lovitură de stat (‘Creíamos que era una revolución, no un golpe de Estado’), en el que saca conclusiones que a este transeúnte le parecen interesantes.

Grigore Cartianu.

En opinión de Cartianu, después de aquella revuelta decisiva tuvo lugar una “contrarrevolución” todavía más sanguinaria (se calcula que durante la Revolución rumana hubo más de 1100 muertos) en la que estuvieron implicados numerosos exponentes del régimen comunista próximos a Moscú. Ceaușescu había plantado cara a la URSS –se había opuesto abiertamente a la intervención en Checoslovaquia, en 1968, por ejemplo– y pretendía que su régimen fuera independiente de las directrices soviéticas, lo cual lo convirtió en un déspota que, aunque despertara simpatías en Occidente, lo equiparaba en cierto modo, por su línea dura, a líderes intransigentes como el norcoreano Kim Il Sung.

En aquel mes de diciembre de 1989 la perestroika de Gorbachov empezaba a derrumbar el Telón de Acero y el muro de Berlín ya había caído. Poco antes, personalidades significadas de la política occidental habían rendido honores al Conducător, quien, rodeado de una “corte” fiel, alentaba a la perfección el culto a su personalidad y a la de su esposa Elena (quien, sin haber terminado siquiera los estudios primarios, acumulaba títulos científicos de varios países). Sin embargo, y en ese contexto, el presidente de los Estados Unidos, George Bush (padre), y Mijaíl Gorbachov urdieron –según Cartianu– una trama para hacer caer el régimen rumano: sutilmente, la Unión Soviética iba infiltrando tanto en el ejército de Rumanía como en la tristemente célebre Securitate –los temidos servicios secretos del partido comunista rumano– a muchos de sus agentes. ¡Cuesta creer la afirmación del periodista según la cual llegaron a entrar en el país, sin levantar sospechas, casi setenta mil agentes soviéticos!

A partir de tales interrogantes se podría deducir que los movimientos revolucionarios de diciembre de 1989 no fueron tan “espontáneos” como siempre se ha asegurado: el Kremlin, con el beneplácito de Washington, podría haber estado detrás de aquellos movimientos y habría hecho caer en una trampa (mortal, en este caso) a Nicolae Ceaușescu, ante la evidencia de que éste jamás se habría sumado a los grandes cambios que se preparaban en el panorama europeo.


Nicolae Ceaușescu y su esposa Elena tras su detención. (© AFP)



Ello no justifica, sin embargo, que el matrimonio Ceaușescu fuera literalmente linchado en un proceso muy poco judicial y muy confuso, y abatido a tiros como si de alimañas se tratara. Lo que ocurrió tras la Revolución rumana, hechos como los del 14 de junio de 1990, promovidos por los nuevos gobernantes “democráticos” de Rumanía para “calmar los ánimos” de la ciudadanía, demuestran que la situación no estaba controlada. Aquel día convencieron a veinte mil mineros de provincias para que llegaran a Bucarest, armados con barras de hierro, para atajar un supuesto “complot fascista”: durante dos días, aquellos hombres engañados sembraron el pánico en las calles de la capital del país agrediendo a opositores, periodistas y viandantes, creyendo que así colaboraban a asentar la democracia. No hicieron más que asentar en el poder a quienes se habían apoderado de él tras la caída del régimen sanguinario y desaforado del Conducător.


Otra imagen de la revolución: un grupo de manifestantes 
se ha apoderado de un carro de combate.  R. Sigheti/Reuters)


¿Qué hay de cierto en lo que explica Grigore Cartianu y se ha divulgado ampliamente en Rumanía desde que se publicó su libro (que ha inspirado otras obras sobre el tema)? Este transeúnte no juzga nada, se limita a explicar algo a lo que no parece que hayan prestado mucha atención los media occidentales. Nos quedamos con la sensación de que aún hoy, en Rumanía, las cosas parecen no estar muy claras.


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09 octubre 2012

En la muerte del pintor bosnio Mersad Berber (1940-2012)



Cuando en el otoño de 2008 el transeúnte visitó una pequeña galería de arte en Sarajevo, instalada precariamente por una pareja de franceses, éstos le mostraron reproducciones fotográficas de quienes consideraban los mejores artistas contemporáneos de Bosnia-Herzegovina. Entre ellas había delicadas acuarelas de paisajes idílicos, obras de factura clásica inspiradas en la vida tradicional del país durante la época otomana –que hubieran podido pasar muy bien por pinturas románticas–, atrevidas realizaciones vanguardistas en las que predominaban los colores intensos, algunas muestras de arte naif… Pero los ojos del transeúnte se fijaron sobre todo en unas pinturas y unos grabados que mostraban una personalidad propia y ponían de manifiesto mucho oficio.

Belleza.

Los jóvenes galeristas le dijeron que, de algún modo, actuaban como marchantes de los artistas del país, a falta de estructuras comerciales organizadas, y que podían ponerlo en contacto con cualquiera de aquellos creadores. Cuando el transeúnte se interesó por los precios de las obras, se dio cuenta de que lo habían confundido con algún adinerado coleccionista, pues hablaron de cifras que, para aquel entonces y en aquellas tierras, eran totalmente desproporcionadas. Sin embargo, volvió a ojear aquellas imágenes que lo habían fascinado por la equilibrada combinación de colores, la serena belleza de las mujeres representadas y la curiosa presencia en muchas de ellas de caballos; preguntó cuál era el nombre del artista, se lo dijeron, pero no tuvo la precaución de anotarlo: en cualquier caso, aquellas obras no estaban al alcance de su bolsillo.

Composición en gris

Flora el blanco I

Anteayer, 7 de octubre, murió precisamente el autor de aquellos cuadros, y al ver escrito su nombre le resultó lejanamente familiar a este transeúnte. Cuando lo introdujo en Google rememoró de inmediato aquel atardecer en Sarajevo: efectivamente, el nombre olvidado del artista era Mersad Berber, uno de los pintores figurativos más celebrados de la antigua Yugoslavia y de la actual Croacia, nacido en la localidad bosnia de Bosanski Petrovac, no lejos de la frontera croata, el 1 de enero de 1940, y últimamente figura prominente del arte bosnio, pese a residir en Zagreb desde 1992, cuando en su país estalló la guerra.

En rojo II

Ni siquiera se enteró este transeúnte de que pocos meses después, entre marzo y mayo de 2009, en el CaixaForum de Barcelona se presentó una exposición retrospectiva de su obra compuesta por sesenta pinturas, que luego se mostraría en Palma de Mallorca hasta octubre de aquel año. Pero no fue sólo esa la relación artística de Berber con España: en 2004 ya había presentado una exposición en el Centro Cultural Caixanova de Vigo; en 2005, otra en “El Claustre” de Girona; y en 2008 una tercera en la Galería Mada Primavesi de Madrid.

Mujeres de San Petersburgo

Le sorprende, pues, la noticia de su muerte en la capital croata a la edad de 72 años; y le sorprende, además, que fuera un artista internacionalmente reconocido, premiado en numerosos países y con obra integrada en algunas de las más prestigiosas colecciones del mundo, como la de la Tate Gallery de Londres. Por otra parte, desde la década de 1970 expuso en varias ciudades de Italia, Alemania y los Estados Unidos, y más tarde en Brasil, Egipto, la India, Indonesia, Japón, Turquía, los Emiratos Árabes, Rusia, Suiza, Bélgica, los Países Bajos y el Reino Unido, además de en su Yugoslavia natal, en Sarajevo y en la Croacia independiente.

Vista desde Dubrovnik I

Vista desde Dubrovnik IV

Berber se formó artísticamente en la Academia de Bellas Artes de Liubliana (Eslovenia, entonces integrada en la República Socialista Federativa de Yugoslavia) e inició su carrera pictórica como autor de obras historicistas, que recorrían la memoria de su país y de Croacia desde la Edad Media hasta el siglo XX, inspirándose estéticamente en algunos de los grandes pintores europeos de todas las épocas, muchos de los cuales han dejado huella en su estilo: Paolo Uccello, Van der Weyden, Durero, Rubens, Rembrandt, Vermeer, Velázquez… En ellas ya mostraba, sin embargo, su personalísima concepción de la pintura que, aunque fue evolucionando, se encuentra todavía en sus obras más recientes. Trabajó también como ilustrador de libros y creador de decorados teatrales en Liubliana, Zagreb, Sarajevo y Washington, e hizo incluso alguna incursión en el mundo de los dibujos animados.

Memoria de Bosnia I

La infanta Margarita en Sarajevo

Sin duda, sus extraordinarias condiciones para el dibujo fueron el secreto de la fascinación de las obras de Berber. Así lo hizo notar el célebre crítico de arte, poeta y escritor británico Edward Lucie-Smith: “Probablemente, lo primero que salta a la vista en la obra de  Mersad Berber es su asombrosa habilidad como dibujante. Berber dibuja con una fluidez y confianza que ya han desaparecido casi por completo en el arte de la Europa occidental y los Estados Unidos. Sus formas tienen una plenitud y solidez que pocos artistas son capaces ahora mismo de imitar”. Lucie-Smith resalta también, como segunda cualidad, su admirable capacidad para trabajar las texturas.

Perfil renacentista II

Quede aquí, pues, un recuerdo para un artista ilustre, con varias reproducciones de obras suyas recientes. Se pueden encontrar más datos biográficos suyos y una galería virtual de su obra en su página web oficial.


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05 octubre 2012

Un siglo y medio de prensa en judeoespañol


Los principales centros de la diáspora judeoespañola tras
la expulsión 
de los judíos de la península Ibérica a partir de 1492.
(Fuente: Martín Alonso Pedraz: Evolución sintáctica del español [1964])

El periódico virtual eSefarad (Noticias del Mundo Sefardí), mantenido por Liliana y Marcelo Benveniste desde Buenos Aires, ha publicado esta interesante noticia fechada el pasado 22 de septiembre. El transeúnte la reproduce íntegramente.


“De buena tinta”, una exposición que recrea
150 años 
de prensa en ladino

El Palacio de Cañete acogerá a partir de octubre una exposición de inmenso valor cultural e histórico ya que se trata de la primera exposición monográfica de prensa en ladino que se celebra en Madrid. “De buena tinta” exhibe ejemplares originales de cerca de medio centenar de cabeceras diferentes, procedentes en su totalidad de una biblioteca particular madrileña. Se trata de una muestra relativamente amplia si tenemos en cuenta la rareza y escasez de este tipo de piezas. Cronológicamente, los periódicos expuestos están datados entre 1877 y 2008 y, en cuanto a su distribución geográfica, los hay publicados en Esmirna, Constantinopla, Salónica, Jerusalén, Nueva York, entre otras.

La prensa en ladino nació hace 170 años en Esmirna en 1842 con la publicación de la primera gaceta en judeoespañol: La Buena Esperanza. Desde entonces hasta nuestros días han visto la luz no menos de 300 cabeceras, algunas de vida ciertamente efímera (con menos de una docena de números publicados). Las hubo también de una notable longevidad (hasta 70 años), lo que nos permite entrever el papel protagonista de la prensa en la sociedad sefardí. En su época de mayor apogeo (1870-1935) llegaron a publicarse simultáneamente una gran cantidad de títulos, desde diarios a anuarios, en los principales centros de la vida sefardí de cuatro continentes. Hubo periódicos de información general, comerciales, políticos, científicos, humorísticos, literarios, culturales, etc. de las más diversas tendencias. Los más respondían a iniciativas privadas, y sus ingresos procedían de las suscripciones y/o de la publicidad. En su mayoría se trata de periódicos íntegramente publicados en ladino, pero también los hubo (y los hay) con parte de su contenido en otras lenguas (turco, francés, hebreo, griego, etc.). Periódicos todos de buena tinta, escritos algunos con tinta roja (socialistas, comunistas, obreros), tinta azul (sionistas de corrientes varias), tinta verde (sobre ciencias naturales), tinta simpática (humorísticos y satíricos), tinta indeleble (religiosos) o incluso con tinta invisible (como el primogénito La Buena Esperanza del que no se conserva ningún ejemplar) y, cómo no, en ocasiones salpicados de tinta amarilla.

El Amaneser, periódico en ladino de la comunidad sefardí de Turquía.

En opinión de Uriel Macías y Elena Romero (Comisario de la exposición y catalogación, y Responsable de selección y transcripción de textos, respectivamente) “esta exposición quiere servir para despertar el interés por la prensa en ladino de ayer. Una prensa que en sí misma refleja, como no podía ser menos, la propia historia de los sefardíes y la importancia (y posterior declive) del judeoespañol como lengua de comunicación. Aunque en los últimos años han ido apareciendo trabajos de investigación sobre el tema, sigue siendo una gran desconocida, incluso por aquellos que se interesan por el mundo sefardí. La lectura, la edición de textos y la investigación de la prensa en judeoespañol son fundamentales para el conocimiento de la historia, la sociedad, la vida cotidiana, la economía, la lengua y la literatura sefardíes, y también, por qué no, para acercarnos a las inquietudes, ideas y sueños de quienes un día fueron sus lectores”.

Inauguración 10 de octubre de 2012, 19:30 h.
Abierta de septiembre a diciembre de 2012

Horarios:
De lunes a jueves: 10:30-14:30 y 15:30-20:00 h.
Viernes: 10:30-15:00 h.

Entrada libre


16 julio 2012

El viaje a Inglaterra de Leandro Fernández de Moratín

La Torre de Londres en 1795, según un grabado de Joseph 
Mallord William Turner publicado en el Pocket Magazine.
(© British Museum)

En un recentísimo artículo de Manuel Martínez Rivero [1] el transeúnte encuentra el hilo que le conduce a las Apuntaciones sueltas de Inglaterra [2] de Leandro Fernández de Moratín. 

Moratín (Madrid, 1760 - París, 1828), intelectual ilustrado, visitó Inglaterra, y permaneció sobre todo en Londres, durante un largo viaje por Europa a finales del siglo XVIII; un periplo que duró cinco años, del que regresó a Madrid en 1797. Pudo permitirse tal privilegio para su época yendo en calidad de Secretario de Interpretación de Lenguas. 

Leandro Fernández de Moratín 
retratado por Goya en 1799.

No es necesario hablar aquí con detalle de la biografía y la obra literaria de Leandro Fernández de Moratín, ampliamente conocidas y consultables en cualquier enciclopedia o a través de la red. Sí que conviene, en cambio, conocer algunas características de esta obra, en la que se mezclan relatos de viaje, diario personal y correspondencia privada, y donde destacan “la estructura de las notas; el estilo en que se redactan; la comparación y el contraste; el reflejo de las experiencias personales; el punto de vista y las máscaras del viajero; la representación del mismo frente a los otros; los recursos narrativos; la relación entre la representación de la ciudad y la organización de la escritura; las opiniones sobre las sociedad británica y sus costumbres, sobre la libertad y la organización económica”, como afirma el profesor Rafael Alarcón Sierra. [3] “La importancia del viaje es ampliamente reconocida –dice el profesor Alarcón en su artículo–. En España, el Conde de Campomanes en su Discurso sobre la educación popular o Jovellanos en su Elogio de Carlos... así lo afirman. Por ello, no sólo será un objetivo al alcance de la aristocracia, sino que desde los gobiernos ilustrados se promocionan y subvencionan los viajes que pueden ser útiles para el país. De este modo, muchos viajes se convierten en una empresa de interés político, patrocinada por estadistas como Aranda, Floridablanca o Godoy. Ya Felipe V había promulgado en un real edicto (de 1718) la posibilidad de que se otorgaran subvenciones a los ciudadanos para instruirse o perfeccionarse en su arte. Las sociedades económicas pronto imitarán el ejemplo de los soberanos y sus ministros.” A Moratín no le resultó difícil, pues, que su amigo y protector Manuel Godoy, entonces primer ministro del rey Carlos IV de España, le proporcionara los medios económicos y el referido cargo para emprender tan dilatado viaje. 

Manuel Godoy (1767-1851), 
retratado por Goya en 1801.
(© Real Academia de San Fernando, Madrid)

Éste no fue el primero que hizo, pues en 1787 ya había ido a Francia en misión diplomática gracias a una acertada intervención de Jovellanos, ya que en París Moratín conoció a Goldoni y descubrió las excelencias del teatro francés, circunstancias que no son en absoluto ajenas a la obra teatral que escribiría posteriormente. Y en 1792 tuvo otra oportunidad de viajar al extranjero. 

Esta vez, gracias a Godoy y con el favor, además, del conde de Aranda, Moratín iría no sólo a Inglaterra, sino también a los Países Bajos, Suiza, Alemania e Italia, país que siempre había deseado conocer “para estudiar sus antigüedades” y sobre el que escribiría otro libro: Viage a Italia [4], en el que recoge también sus impresiones de los otros países visitados. 

A continuación se transcriben algunos fragmentos de las impresiones de Moratín en Londres. 

Albert Lázaro-Tinaut



 Plano de las ciudades de Londres y Westminster en 1797, 
según J. Wallis.


Fragmentos de las Apuntaciones sueltas de Inglaterra
de Leandro Fernández de Moratín 

Encontrones por las calles. Los ingleses que van de prisa, sabiendo que la línea recta es la más corta, atropellan cuanto encuentran; los que van cargados con fardos o maderos, siguen su camino, no avisan a nadie y dejan caer a cuantos hallan por delante. […] 

El Príncipe de Gales se emborracha todas las noches: la borrachera no es en Inglaterra un gran defecto, ni hay cosa más común que hallar sujetos de distinción perdidos de vino en las casas particulares, en los cafés y en los espectáculos. Cuando un extranjero asiste a una mesa de ingleses, pocas veces puede escapar de la alternativa de embriagarse como los otros, o de perder la amistad con el dueño de la casa y cuantos asisten al festín; ni ha de dejar de beber cuando beben otros, ni ha de beber menos de cuanto beben los demás. […] 

Hay además en Inglaterra, y especialmente en Londres, varias sociedades que llaman clubs, que celebran sus juntas y comidas en días fijos y determinados, tal vez semanalmente, y tal vez con menos frecuencia. Unas se componen de sujetos de la misma profesión, comerciantes, abogados, literatos, artífices, etc., y otras de gentes acomodadas que se reúnen para hacer prosperar uno u otro ramo o establecimiento. La comida se paga a escote, y después de ella se leen o pronuncian discursos, se disputan los puntos en cuestión, se vota y resuelve lo conveniente al objeto de su instituto. Otras hay que celebran sus juntas sin comida, y sólo tienen una en algún día señalado. Lo cierto es que a estas incorporaciones (que podrían en cierto modo compararse a nuestras sociedades económicas) debe la Inglaterra una gran parte de su prosperidad. […]


Servicio de té inglés de finales del siglo XVIII, según
una pintura del artista suizo Jean-Étienne Liotard.

Lista de trastos, máquinas e instrumentos que se necesitan en Inglaterra para servir el té a dos convidados en cualquier casa decente:

1. Una chimenea con lumbre. 
2. Una mesa pequeña para poner el jarrón del agua caliente. 
3. Una mesa grande, donde está la bandeja con las tazas y demás utensilios. 
4. Un jarrón con agua caliente. 
5. Un cajoncillo para tener el té. 
6. Una cuchara mediana para sacarlo. 
7. Una tetera, donde se echa el té y el agua caliente. 
8. Un jarrillo con leche. 
9. Una taza grande con azúcar. 
10. Unas pinzas para cogerla. 
11. Unas parrillas. 
12. Un plato para la manteca. 
13. Otro plato para las rebanadas de pan con manteca, que se ponen a calentar sobre las parrillas. 
14. Un cuchillo para partir el pan y extender la manteca. 
15. Un tenedor muy largo para retostar las rebanadas antes de poner la manteca. 
16. Un cuenco para verter el agua con que se enjuagan las tazas cada vez que se renueva en ellas el té. 
17. Dos platillos. 
18. Dos tazas. 
19. Dos cucharillas. 
20. Una gran bandeja en la mesa grande para todos estos trastos. 
21. Otra bandeja, más pequeña, donde se ponen las tazas de té, las rebanadas de pan y el azúcar para servicio de los concurrentes. 

Todo esto es necesario para servir dos tazas de té con leche. Si es más libre el hombre que menos auxilios extraños necesita para el cumplimiento de sus deseos, las gentes cultas ¡qué lejos están de conocer la libertad! ¡Cuántas manos trabajan para que el cortesano sorba un poco de agua caliente! ¡Qué necesidades ficticias le rodean! ¡Cómo gime el infeliz bajo la pesada cadena que le doran las artes! […] 

El canguro es un animal nuevamente descubierto, Líbreme Dios de querer hacer una descripción facultativa de él. Non nostrum. Diré solamente que es poco más o menos del tamaño, pelo y color tostado de una cabra; la cabeza bastante parecida a la de un conejo, particularmente en las orejas; las piernas de atrás muy largas, y las de adelante sumamente cortas, de manera que camina en dos pies o a saltos, ayudándose con las manos cuando lo necesita; tiene la cola larga y peluda. Es animal pacífico y de buenas costumbres. […] 

 Canguros, según un grabado francés del siglo XIX.

En Inglaterra hay absoluta libertad de religión: en obedeciendo a las leyes civiles, cada cual puede seguir la creencia que guste, y sólo se llama infiel al que no cumple sus contratos. No ha muchos años que un lord se hizo turco, se fue a Constantinopla, estableció un bonito serrallo, y vivió como un verdadero musulmán hasta que el Profeta le llamó a gozar del prometido paraíso. El célebre lord Georg Gordon, sentenciado a cinco años de prisión por revoltoso y tumultuario, se ha hecho judío en la cárcel, ha sufrido la circuncisión, se ha dejado crecer la barba, y hoy día se llama Abraham. [...]

Los pies de las inglesas son de enorme magnitud; y tan lejos está éste de ser un defecto en las damas, que las que no los tienen de forma tan gigantesca están expuestas a la censura pública. Cuando vino de Prusia a casarse a Londres la que hoy es Duquesa de York, observó la corte con mucho sentimiento, que tenía los pies chicos; se habló en los papeles periódicos de estas notable falta, y se hizo mucha burla en coplas y caricaturas, que salieron entonces, de la pequeñez intolerable de sus pies. […] Las mujeres de este país no reciben una educación tan atada y monjuna como las nuestras; se crían con más libertad y holgura; saltan y corren, y así se forman y robustecen cuanto es necesario, según las facultades y el temperamento físico de cada una. No teniendo en su niñez aprisionados los miembros, ni angustiado el ánimo, se hacen altas, fornidas y bien dispuestas, y el pie, en su crecimiento, participa, como las demás partes del cuerpo, de los privilegios de esa libertad. […]


El Seven Dials, un barrio pobre del centro de Londres, a finales 
del siglo XVIII, según un grabado de la época.
(Fuente: Smithsonian.com)

[1] Manuel Rodríguez Rivero: “A los pies de las inglesas”, en ‘Babelia’ (El País), Madrid, núm. 1077, 14 de julio de 2012, p. 16. 
[2] Leandro Fernández de Moratín: Apuntaciones sueltas de Inglaterra. Cuaderno de un viaje. Ediciones Península, Barcelona, 2003. 128 pp. [Otra edición de esta obra, cuidada y anotada por Ana Rodríguez Fischer, fue publicada por Ediciones Cátedra, Madrid, en 2005.] 
[3] Rafael Alarcón Sierra: “Las Apuntaciones sueltas de Inglaterra de Leandro Fernández de Moratín: libro de viajes y fundación de una escritura moderna”, en Bulletin Hispanique, Burdeos, vol. 209-1 (2007), pp. 157-186. 
[4] Existen dos ediciones recientes de esta obra: una con el título corregido ortográficamente, Viaje a Italia, publicado por Laertes, Barcelona, en 1988 (con prólogo de José Doval), y otra –una edición crítica a cargo de Belén Tejerina a partir de la edición de 1867 de M. Rivadeneyra, Madrid– que conserva la grafía original, Viage a Italia, publicada por Espasa-Calpe, Madrid, en 1991. 

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