lunes, 4 de marzo de 2019

Charles Darwin en Patagonia y la Tierra del Fuego

El Beagle fondeado en la Tierra del Fuego. Pintura de Conrad Martens, 
paisajista británico que formó parte de la tripulación del barco.
(Down House, Kent /Bridgeman Art Library)


En su libro The Land And People Of Argentina, publicado a principios de la década de 1960 por la centenaria editorial J. B. Lippincott, de Filadelfia, en su colección “Portraits of the Nations Series”, la viajera y escritora de obras de divulgación e infantiles Elva Jean Hall (que firmaba como Elvajean Hall) ofrece, a partir de la experiencia de “una excursión al país de los gauchos”, un panorama de la historia, las costumbres, las leyendas y algunos entresijos de la República Argentina desde una perspectiva personal (no siempre atinada) y de la época.

De la autora, muy probablemente británica, este transeúnte no ha encontrado datos biográficos, excepto una nota necrológica donde se informa que falleció el 18 de febrero de 2010 y sus restos fueron incinerados en el crematorio del cementerio de Astwood, en Worcester (Inglaterra).

El interés del fragmento reproducido a continuación radica en el relato del recorrido de Charles Darwin por Patagonia y la Tierra del Fuego durante su periplo alrededor del mundo, entre los años 1831 y 1836.

Albert Lázaro-Tinaut


El Canal de Beagle, en la Tierra del Fuego.
(Mapio.net)

Patagonia y la Tierra del Fuego en la primera mitad del siglo XIX

Después de que los primeros exploradores llegaran a Patagonia y la Tierra del Fuego, aquellas tierras quedaron olvidadas. No parecían un lugar hospitalario y los españoles no fundaron allí ninguna población. Antes del siglo XIX solamente existía un pequeño asentamiento en Carmen de Patagones, un centro salino. La sal se enviaba en barco a Buenos Aires, ya que no era posible el transporte terrestre. El resto de Patagonia estaba prácticamente despoblado, solamente lo habitaban las tribus tehuelche y puelche, que vivían de la caza del avestruz y de los guanacos.

Charles Darwin retratado por George Richmond 
a su regreso del viaje en el Beagle.

Patagonia despertó la atención mundial después de que Charles Darwin hiciera su famoso viaje científico alrededor del mundo en el Beagle. Descubrió unas fallas en el terreno, denominadas escarpas, que penetraban hacia el interior; cada escarpa se nivelaba después formando una capa más alta de tierra estéril. Puesto que no había asentamientos en la costa, los hombres del Beagle tuvieron que utilizar el barco como base de operaciones.

Luego el Beagle puso lentamente rumbo sur hasta alcanzar la Tierra del Fuego. Había sido denominada así porque los primeros exploradores advirtieron una serie de fuegos a lo largo de la costa. Por la noche, el resplandor de aquellos fuegos iluminaba la tierra y daba la impresión de que allí había millones de luciérnagas.

Los reportajes científicos de Darwin, pues, despertaron el interés por la Tierra del Fuego y la Patagonia, donde poco después fueron establecidos algunos asentamientos, primero por el gobierno chileno y luego por misioneros: entre estos, los más famosos fueron los de las familias Lawrence y Bridges, que fundaron una colonia en el canal que luego se llamó de Beagle. A los misioneros siguieron comerciantes, buscadores de oro, cazadores de focas, rancheros dedicados a la cría de ovejas y, cómo no, delincuentes. La región se convirtió en territorio salvaje, como ocurrió en el Yukón y Alaska en la época de la fiebre del oro.

Colonos galeses recién llegados a Patagonia, en 1865.

A Darwin le fascinaron los indígenas que vio a lo largo del canal. Había dos grupos, los yaganes y los onas: los primeros pasaban gran parte de su vida en el agua, a bordo de canoas, y se observó que sus piernas eran muy delgadas; los onas, por el contrario, eran nómadas, generalmente bien musculados, y vestían pieles de guanaco curtidas.

Eran las tribus más primitivas que había visto hasta entonces Darwin en el actual territorio argentino. Escribió que los yaganes vestían con trozos de piel de nutria y corrían casi desnudos sobre el hielo, incluso una mujer que llevaba a un recién nacido, decía, lo transportaba medio desnudo en pleno invierno, con mucho frío y humedad. Por la noche se agrupaban en tierra firme, con apenas abrigos que los protegieran, pero la peor afirmación de Darwin es que “eran caníbales”.

Indígenas yaganes en una imagen de 1883.
(Archivo General de la Nación Argentina)


Se puso en duda que aquellos indígenas fueran realmente caníbales, pues ninguno de los primeros exploradores lo mencionó. De hecho, no existe ninguna prueba de que Darwin los viera comiéndose a mujeres viejas de la tribu, como dijo. Es evidente que Darwin estaba en un error, pero sus relatos se divulgaron rápidamente y en todo el mundo se creyó que los indígenas tierrinos eran antropófagos.

Facsímil de una página del diccionario 
yagana-inglés de Thomas Bridges.
(British Museum)


El misionero anglicano inglés Thomas Bridges, que aprendió su lengua y compiló un diccionario yagana-inglés, contradijo el testimonio de Darwin: aseguró que los indígenas no solo no eran caníbales, sino que ni siquiera comían el pescado y la carne crudos, como hacían otras tribus. Dice ese misionero que en períodos de hambre extrema los había visto “comerse el cuero de sus sandalias y sus correas”.

Sin embargo, lo que ciertamente no es un rumor ni una leyenda es la curiosa historia de Jemmy Button. Empezó cuando el capitán del Beagle, Fitzroy, capturó en una expedición científica a cuatro indígenas de la Tierra del Fuego y los llevó consigo a Inglaterra, donde pagó su manutención y durante cuatro años les dio estudios. Aprendieron a hablar inglés, se les instruyó en la religión y se adiestraron en oficios útiles, como la carpintería, la costura y la agricultura. Se les puso nombres sonoros, que perduraron, por los que los conocemos actualmente.

El mayor del grupo era un hombre plenamente desarrollado, al que llamaron Boat Memory. Se le tenía por el más inteligente de los cuatro, pero desgraciadamente murió de pústulas, enfermedad que le sobrevino al poco tiempo de llegar a Inglaterra. El que le seguía en edad era un hombre de unos veinte años, achaparrado y de mal talante, al que los marineros bautizaron como York Minster. Los otros dos eran todavía unos chiquillos. Uno, lleno de encanto y con personalidad, de risa franca y apariencia feliz, tendría unos catorce años. Fue siempre el favorito de todos. Se le dio el nombre de Jemmy Button porque, al parecer, su familia había accedido a que se lo llevaran a cambio de un botón. Jemmy se convirtió en un dandy, a pesar de que cuando lo capturaron apenas había llevado ropas. Demostró un gran interés por los trajes elegantes y cuidó con esmero su guardarropa. Era de estatura muy baja, pero siempre estaba ante el espejo admirándose de lo que veía. Darwin dijo que era particularmente cuidadoso con los guantes y los zapatos, que cepillaba en cuanto veía en ellos una mota de polvo.

Jemmy Button, Fuegia Basket y York Minster según un grabado del libro A Narrative of the Voyage of H.M.S Beagle, del capitán Robert Fitzroy.

El cuarto miembro del grupo era una muchachita que debía de tener unos ocho años. Los marineros la llamaron Fuegia Basket y desarrolló pronto unas elegantes maneras. York Minster le pidió que se casara con él, y prometió que lo haría cuando regresaran a la Tierra del Fuego.

Darwin llegó a conocer muy bien a los tres indígenas sobrevivientes, ya que habían sido pasajeros de Beagle. Después de haber sido instruidos en Inglaterra, el capitán Fitzroy los devolvió a su tierra natal cargados de regalos, con la esperanza de que ayudaran a su pueblo a convertirse en “gentes civilizadas”; confiaba también en que echarían una mano a los misioneros. El rey de Inglaterra había concedido a Fuegia Basket el dinero necesario para que se comprara un ajuar.

El capitán Robert Fitzroy en una fotografía
de mediados del siglo XIX.

(National Portrait Gallery, Londres)


El regreso al hogar, sin embargo, no resultó feliz: a los tres, sus antiguos amigos les robaron todo lo que habían llevado: herramientas, telas, alimentos, semillas e incluso libros, y nadie parecía contento de volverlos a ver. El capitán Fitzroy, ante una situación tan seria, no se atrevió a dejar con ellos a un misionero inglés que los acompañó. Darwin creía que Jeremy Button también hubiera preferido volver a Inglaterra si se lo hubiesen propuesto.

Poco después de un año, el Beagle volvió a fondear en el mismo lugar, y sus tripulantes tuvieron ocasión de ver nuevamente a Jemmy, que se sentía muy desgraciado desde que lo habían devuelto a su tierra después de haberse ataviado con telas inglesas, zapatos y sus adorados guantes. Al cabo de quince meses era “un salvaje delgado y huraño, con el pelo largo y desordenado, y como único vestido llevaba un pedazo de tela que le colgaba de la cintura”.

Darwin opinaba que los “indios” de la Tierra del Fuego tenían la resistencia necesaria para sobrevivir, pero estaba equivocado. Al cabo de cien años habían desaparecido casi todos, y hoy es difícil encontrar a un yagán de sangre pura. Los colonizadores europeos llegaron muy lentamente a la Patagonia y la Tierra del Fuego, ya que las condiciones climáticas los desanimaban. En 1850 solo había tres comunidades de europeos de cierta importancia: Carmen de Patagones, Colonia Sarmiento y Punta Arenas, que hoy forma parte de Chile.

Indígenas onas en una fotografía de la segunda mitad del siglo XIX.

* * *

Este texto es un fragmento, ligeramente abreviado y adaptado, de la versión castellana del citado libro de Elvajean Hall, a cargo de Ricardo Clará, publicado por Ediciones Sayma de Barcelona en septiembre de 1962.

5 comentarios:

Contratar a Alejandro Lerner dijo...

Excelente artículo sobre Darwin, uno de las figuras más importantes de la ciencia mundial.
Gracias!

Abdullah dijo...

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