lunes, 9 de septiembre de 2013

El particular virtuosismo pianístico de Clara Haskil


Entre una legión de grandes intérpretes del piano que se disputaron los conciertos en todo el mundo durante el siglo XX, Clara Haskil es, seguramente, una de las menos conocidas. Tal vez ello se deba al hecho de padecer una enfermedad limitadora –el trastorno de Asperger, una especie de autismo que condiciona seriamente las relaciones sociales y, por consiguiente, la vida, que le fue diagnosticado a los quince años–, y también al de ser judía en unos momentos difíciles para esa comunidad en gran parte de Europa.

En efecto, Clara Haskil, miembro de una familia sefardí instalada en Bucarest, donde nació el 7 de enero de 1895, fue siempre una persona de trato difícil que se refugió en la música y, a menudo, en la soledad. Su enfermedad fue también un obstáculo para emprender una carrera musical prometedora, sobre todo si se añade que a los 46 años le detectaron un tumor cerebral, del que fue operada con éxito en París, donde residía entonces, y que al cabo de poco tiempo, a causa de la ocupación de la mitad de Francia por los nazis, tuvo que huir, primero a Marsella y luego a Suiza, donde permaneció el resto de su vida amparada por la nacionalidad helvética, que se le concedió en 1945.

Clara Haskil en su juventud.
(Fuente: kaenaree.com)

Gracias al apoyo de su familia, que la envió a Viena para que estudiara en el Conservatorio de la capital austríaca, de algunos de sus maestros y de la protección de los escasos amigos que tenía en el mundo de la música (en particular Winnaretta Singer, princesa de Polignac, que la trató como una madre... y quién sabe si también como amante), superando con una gran fuerza de voluntad su tremendo miedo escénico –una de las consecuencias de la enfermedad que padecía–, consiguió iniciar una brillante carrera pianística. Probablemente, la introspección le ayudó a crear un estilo propio que se manifiesta, sobre todo, en sus particularísimas y extraordinariamente elogiadas interpretaciones de Mozart; demostró el mismo virtuosismo con piezas de Beethoven, Schumann y Scarlatti, entre otros grandes compositores.

Fueron célebres también sus colaboraciones con intérpretes de prestigio, como Isaac Stern, Pau Casals y József Szigeti, y sus actuacions como solista bajo la dirección de Leopold Stokowski, von Karajan, Georg Solti. Rafael Kubelík, Sergiu Celibidache y muchos de los más destacados maestros de la batuta.

Carátula de uno de los discos 
de la pianista, dedicado a Mozart.

Reconocida en algunos países y casi desconocida en otros, Clara Haskill tuvo el infortunio de morir al caer accidentalmente en la estación de Bruselas el 7 de diciembre de 1960. Su discografía, que fue escasa y de poca calidad durante mucho tiempo (eran, sobre todo, grabaciones en directo), ha sido recogida en muy buenas condiciones acústicas por Decca en diecisiete cedés, que recogen magníficas interpretaciones no sólo de sus compositores favoritos (los mencionados Mozart, Beethoven y Scarlatti), sino también de Chopin, Ravel, Falla y Schubert, entre otros.

La tumba de Clara Haskil en el cementerio parisino de Montparnasse. 
(Foto © Ioneleaf, 2007)

Desde 1963, cada dos años se celebra en su honor, en Vevey (Suiza), donde había fijado su residencia, el Concurso Internacional de Piano Clara Haskil.

Podéis escucharla a través de estos enlaces:  

Interpretando a Mozart 

Interpretando a Beethoven 

Interpretando a Scarlatti 

Albert Lázaro-Tinaut


Cartel de la XXIV edición del Concurso Internacional 
de Piano Clara Haskil en Vevey, Suiza (2011).

Este articulo fue publicado originalmente en catalán por la revista digital La Náusea (http://lanauseacatala.blogspot.com.es/2013/09/el-particular-virtuosisme-pianistic-de.html).

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domingo, 23 de junio de 2013

¿Qué utilidad tiene la presidencia rotatoria de la Unión Europea?


En tiempos de vacas gordas son posibles muchas cosas, aunque no resulten realmente imprescindibles. Por ejemplo, la institución y el mantenimiento de la presidencia rotatoria de la Unión Europea.

Esta práctica, considerada oficialmente un órgano interno del Consejo de la UE y una responsabilidad institucional, funciona desde 1958; en efecto, entre enero y junio de aquel año Bélgica ejerció la primera presidencia semestral del entonces Mercado Común Europeo, costumbre que se mantiene hasta nuestros días y a la que se han ido incorporando los Estados que pasaban a formar parte de la Unión. Cuando esto se publica, ostenta la presidencia Irlanda, que el próximo 1 de julio pasará el relevo a Lituania.

Imagen coloreada de la firma en Roma del Tratado del Mercado Común
Europeo (25 de marzo de 1957), germen de la actual Unión Europea.

¿Cuál es el papel del Estado que preside durante medio año la UE? Fundamentalmente, organizar y presidir las reuniones del Consejo y resolver los problemas que se presenten en la práctica, con el asesoramiento (o la “asistencia”, según la terminología comunitaria) de un secretario general que suele ser ciudadano de otro país, no del que preside el Consejo.

El transeúnte no se perderá aquí en cuestiones administrativas y legales que forman parte de la enorme maquinaria burocrática de la carísima institución supranacional. Sólo añadirá que por una decisión adoptada en el Acta Final del Tratado de Lisboa (2007), tres años más tarde entraron en vigor unas nuevas reglas que establecían un sistema de colaboración entre tres presidencias consecutivas para formular un programa de trabajo a más largo plazo.

Sede la Comisión Europea, en Bruselas.

Lego en materia jurídica europea, el transeúnte considera que no están los tiempos para gastos probablemente suprimibles, sobre todo desde que el 1 de enero de 2010 empezó a ejercer como primer presidente del Consejo Europeo el hasta entonces jefe del ejecutivo belga Herman A. Van Rompuy. ¿Es realmente necesario que exista, de hecho, esa doble presidencia: la del señor Van Rompuy  y la del representante del Estado miembro que ejerce la presidencia de turno? ¿No sería suficiente la presidencia única, poniendo a su disposición no sólo las tareas de los comisarios, sino también las del Parlamento Europeo, con 754 diputados representantes de todos los Estados miembros?

Sede del Parlamento Europeo, en Estrasburgo.

La UE, con sus contradicciones, sus luchas partidistas internas y su desmedida burocracia (que incluye traductores e intérpretes de y a cada una de las lenguas de los Estados miembros, además de una importantísima legión de funcionarios que viajan constantemente y se instalan en costosos alojamientos) cuesta muchísimo dinero a los contribuyentes. En este sentido, el diario letón Neatkarīgā Rīta Avīzes denunciaba el pasado 10 de junio que cuando a Letonia le corresponda asumir la presidencia rotatoria (prevista para el primer semestre de 2015), el país gastará en seis meses unos setenta millones de lats (alrededor de cien millones de euros al cambio actual). [1]

En un breve pero concienzudo análisis, quien firma el artículo (el periodista Juris Paiders) se pregunta, no sin cierta ironía, si Letonia contribuirá acaso a cambiar las cosas en la Unión, y dice que con ese dinero su pequeño país podría prestar una ayuda muy necesaria a los agricultores, construir una nueva biblioteca nacional, salvar a alguna gran empresa industrial que se encamina hacia la quiebra o crear nuevos puestos de trabajo para los 102.000 desempleados registrados ahora mismo en las oficinas de paro de Letonia (que no son poca cosa en un país de poco más de dos millones de habitantes).

Sede del Banco Central Europeo, en Fráncfort.

La cuestión no es trivial, y debería hacernos reflexionar (o más bien debería hacer reflexionar a la clase política europea) sobre los descomunales gastos que origina la Unión, en los que no parece que se produzcan recortes significativos. Gastos que, huelga decirlo, pagan los contribuyentes de cada Estado en función de diversos parámetros, empezando por los sueldos y las dietas de los eurodiputados y sus constantes desplazamientos, generalmente en avión y muchas veces en clase preferente. Quizá no fuera mala idea sacar más partido a las nuevas tecnologías y usar, por ejemplo, las videoconferencias para realizar muchas de las reuniones, lo cual evitaría tantos viajes.

Sede del Tribunal de Cuentas de la Unión, en Luxemburgo.

El transeúnte no tiene los elementos de juicio necesarios para denunciar estas situaciones, pero las apunta porque su olfato le dice que, seguramente, hay muchos intereses detrás de tanto gasto y de las elevadas sumas de dinero que probablemente se dilapidan a espaldas del ciudadano comunitario. De ahí la legítima sospecha de que la denominada “crisis económica” ha sido concebida en este mundo tan globalizado para empobrecer a la parte más débil de la sociedad y, sin duda, para beneficio de unos miles de privilegiados.


Quizá estas cuestiones puedan ser rebatidas con argumentos creíbles: sería deseable. En cualquier caso, si a alguien le apetece entrar más profundamente en materia tiene a su disposición un estudio de Covadonga Ferrer Martín de Vidales, formulado desde el punto de vista jurídico, publicado por la ECSA (European Community Studies Association) que se puede leer aquí.

Albert Lázaro-Tinaut

[1] Está previsto que Letonia adopte el euro como unidad monetaria en 2014.

domingo, 21 de abril de 2013

El matriarcado, ¿mito o realidad?


La sociedad matrilineal (transmisión del linaje por vía materna) es vigente todavía entre los minangkabau, habitantes de Sumatra occidental (Indonesia).
(Fuente: Sexisme et Sciences humaines)


Aparentemente, las sociedades dominadas por las mujeres no han existido jamás. Es curioso que fuera un jurista y antropólogo suizo del siglo XIX, Johann Jakob Bachofen (1815-1887), quien divulgara con convencimiento el mito prehistórico de la Gran Diosa que, según él, habría dominado a  la humanidad en tiempos remotos.

Profesor especializado en Derecho romano, Bachofen no podía ser considerado un feminista, puesto que probablemente ni siquiera conocía la palabra feminismo [1]. Es dudoso, además, que hubiera oído hablar de aquellas militantes que desde la década de 1830 reivindicaban el amor libre y la independencia de la mujer. Sin embargo, fue precisamente en aquel momento cuando centenares de mujeres francesas, inglesas, alemanas o estadounidenses multiplicaban sus reivindicaciones.

Johann Jakob Bachofen.


Ajeno a todo ello, el jurista helvético imaginaba que las sociedades humanas conocieron un período prehistórico (es decir, muy primario en cuanto a desarrollo) durante el cual el poder estaba en manos femeninas. Pese a que no utilizó en ningún momento la palabra matriarcado, a Bachofen se le considera el creador de ese concepto al explicar su teoría de dominación femenina en un estado de barbarie y promiscuidad sexual absolutas.

En aquella forma de sociedad casi animal, que habría que situar en los inicios de la evolución del género humano, debería ser imposible saber quién era el padre de cada niño o niña. Los hombres, por su parte, sentirían atracción hacia la mujer no sólo desde el punto de vista sexual, sino también como una forma de protección maternal. ¡Quién sabe!

“En las capas más profundas y más oscuras del ser humano”, escribió Bachofen, “el amor que relaciona a la madre con el fruto de sus entrañas representa un punto de luz, la única claridad en las tinieblas morales, la única alegría en la más profunda de las miserias. […] La relación que inaugura el proceso civilizador de la humanidad, que da forma a la parte más noble del ser, es la magia de la maternidad.” Lírico, inspirado, Bachofen afirma que al principio la Madre fue concebida como una diosa universal y arcaica. En el estadio inicial del “telurismo ctónico” [2] reinaba únicamente la materia, según el jurista suizo, y la tierra tenía unos poderosos senos: los humanos todavía no eran conscientes de su naturaleza, espiritualmente hablando.

Vulvas grabadas durante el Paleolítico
en la cueva de La Ferrassie
(Périgord, Francia).


Encontramos también esta afirmación en los textos de Bachofen: “La relación íntima con el padre exige un grado de desarrollo moral muy superior al amor materno”. La mujer, pues, según él, permanece ante todo vinculada al lodo, a la sangre, al desorden, al caos primordial y al turbio misterio de los deseos.

En una de sus obras, la monumental Das Mutterrecht: eine Untersuchung über die Gynaikokratie der alten Welt nach ihrer religiösen und rechtlichen Natur (‘El derecho maternal. Investigación sobre la ginecocracia de la Antigüedad en su naturaleza religiosa y jurídica’), de 1861, Bachofen expresa con claridad su punto de vista: sería una regresión volver atrás, a los tiempos en que las mujeres tenían todo el poder, ya que cualquier referencia a la historia de las civilizaciones debe tener en cuenta la primacía ontológica y cronológica, que conlleva el hecho de que las mujeres vayan quedando, a los ojos de las nuevas sociedades, como seres “elementales”, incluso impuros e incapaces de elevar el espíritu. El cambio de mentalidad, pues, fue lento, se produjo paulatinamente.


Imagen de la Gran Madre mediterránea,
hallada en Çatal Hüyük (Anatolia).


Cuando se publica, el mencionado libro de Bachofen conoce un éxito extraordinario, hasta el punto de que Walter Benjamin llega a equipararlo, históricamente, a El capital de Marx y a El origen de las especies de Darwin. La obra se convirtió en fuente de inspiración para numerosos artistas e investigadores, y puso de moda hablar de una época originaria y a la vez caótica y primitiva en la que únicamente reinaba la Madre. Algunos arqueólogos llegaron a encontrar rastros de aquella oscura época en restos de cadáveres con el cráneo extrañamente hundido: ¿acaso cuando las mujeres ejercían el poder tenían lugar sacrificios humanos? Los hombres eran enterrados en turberas y en posición fetal: ¿significaba eso que eran ofrendas a la Gran Diosa?


La denominada Venus de Laussel, de unos
250 siglos de antigüedad, 
hallada en Francia
en 1911, se caracteriza por el cuerno que
sujeta 
con su mano derecha (¿símbolo de poder?).


La teoría de Bachofen llegó a inquietar a los antifeministas, que no daban crédito a sus ojos cuando veían cómo las sufragistas reclamaban su derecho a votar. “Si se hace caso de tales patrañas volveremos a los tiempos de las Amazonas, cuando las mujeres asesinaban a sus propios hijos…”, llegó a afirmar alguno.

¿Existió tal matriarcado o es solamente fruto de un mito creado por Bachofen y sus seguidores? De hecho, no existen pruebas tangibles de sociedades dominadas por mujeres, pero bien es cierto que son escasísimos los elementos de la prehistoria sobre los que basarse. La ginecocracia, para la mayoría de los especialistas, no es más que el sueño febril de un indocumentado. Sin embargo, ilustres arqueólogas como la lituana Marija Gimbutas (1921-1994) afirmaron que las estatuillas cretenses que representan mujeres con los senos desnudos y blanden serpientes, lo mismo que las abundantísimas Venus del paleolítico, podrían muy bien ser pruebas de la existencia de un culto a la Gran Diosa: Gimbutas habla de una cultura gilánica [3] comparable en cierto modo al paraíso terrenal, una era de paz y serenidad que fue destruida por las invasiones indoeuropeas, violentas y misóginas.


La antigua cultura cretense dejó muchas
estatuillas como esta de mujeres
en actitud dominante.


Dilucidar sobre cuestiones desconocidas que sólo pueden dar lugar a hipótesis es algo muy arriesgado. Sin embargo, algunos textos antiguos recogen la idea del matriarcado. Este fragmento de El asno de oro, del escritor latino Apuleyo (125-180), es un ejemplo:

“Yo soy la madre natural de todas las cosas, señora y guía de todos los elementos, progenie primera de los mundos, la primera entre las potencias divinas, reina del infierno, señora de los que moran en los cielos, en mis rasgos se conjugan los de todos los dioses y diosas. Dispongo a mi voluntad de los planetas del cielo, de los saludables vientos de los mares y de los luctuosos silencios del mundo inferior; mi nombre, mi divinidad es adorada en el mundo entero bajo formas diversas, con distintos ritos y por nombres sin cuento. Los frigios, los primeros en nacer de todos los hombres, me llaman madre de los dioses de Pesinunte; los atenienses, nacidos de su propio suelo, Minerva Cecropiana; los chipriotas, a los que baña el mar, Venus Pafiana; los cretenses, portadores de flechas, Diana Dictrina; los sicilianos, que hablan tres lenguas, Proserpina Infernal; los habitantes de Eleusis, su antigua diosa Ceres […], y los egipcios, buenos conocedores de todo el saber antiguo y que me adoran con sus ritos peculiares, me invocan por mi nombre vedadero: Reina Isis.”
Albert Lázaro-Tinaut



Isis, según una representación artística del antiguo Egipto.


[1] Se afirma que el término feminismo fue empleado por primera vez por Alexandre Dumas en su obra L’homme-femme, de 1872: “Las feministas –ese neologismo– dicen:  Todo el mal procede de que no se quiere reconocer que la mujer es igual que el hombre, que deben dársele la misma educación y los mismos derechos que a un hombre”.
[2] Referencia mitológica a los dioses o espíritus del inframundo, por oposicion a las deidades celestes. Procede de la expresión griega χθόνιος khthónios, que viene a significar “perteneciente a la tierra” en el sentido del interior del suelo, y se aplica sobre todo a la prehistoria, y más concretamente a las creencias atávicas del este del Mediterráneo.
[3] Término utilizado la antropóloga y activista social austriaca Riane Eisler (Viena, 1937) para referirse a la superación del patriarcado mediante la construcción de una relación igualitaria entre hombres y mujeres; es decir, al paso de un modelo más “solidario”.

(Este artículo se basa parcialmente en otro más largo y preciso firmado por Agnès Giard y publicado en el diario francés Libération el 18 de octubre de 2012.)


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martes, 19 de marzo de 2013

Samuele Arba, un escritor y cantautor comprometido, sardo y plurilingüe



Nacido en la población de Silius, muy próxima a Cagliari (la capital de Cerdeña), en 1978, Samuele Arba reside en Tarragona desde el año 2005 y se considera, sobre todo, escritor. También se considera un nómada –como, dice, lo ha sido la humanidad durante milenios–, que ha vivido en Italia e Inglaterra y ahora se encuentra, no sabe si circunstancialmente (pero desde hace ya unos cuantos años), en tierras catalanas con su compañera, la argentina Denise Guerschanik, excelente intérprete de flauta travesera y productora de los proyectos musicales de Samuele.

Es un escritor que no oculta los orígenes de su inspiración, los nombres en los que se ha apoyado: Charles Bukowski, James Douglas Morrison, Giorgio Gaber y, sobre todo, el inconmensurable cantautor genovés Fabrizio De André. Pero además es cantautor y poeta, con cuatro libros en su haber, tres en italiano: Riflessioni sul fardello che ci portiamo addosso (‘Reflexiones sobre el fardo que llevamos a cuestas’, 2010), Viaggio in me stesso (‘Viaje en mí mismo’, 2010) y Storie di (‘Historias de’, 2012); y uno en catalán: Dies estranys (‘Días extraños’, 2011).

Fabrizio De André.



En sus canciones, Samuele Arba utiliza indistintamente el italiano, el sardo, el catalán y el español; lenguas en las que se comunica perfectamente y que forman parte de su “fardo” de viajero nómada, para quien las fronteras políticas no son otra cosa que meras líneas imaginarias trazadas en los mapas y las lingüísticas, simplemente no existen.

Hay que decir, además, que recientemente ha añadido a sus facetas expresivas, la del teatro: próximamente estrenará un espectáculo de Teatro-Canción con el título Yo soy Yo, en que combina canciones con monólogos, y en el cual el protagonista es un parado que, frente a la desesperación, en un diálogo consigo mismo se pregunta por el sentido de la vida, y llega a la conclusión de que la única salida que le queda al ser humano es el amor, un amor universal e incondicional que no tiene por qué ser una utopía.

En 2007 Samuele formó su primera banda en Tarragona, I Liberi (‘Los Libres’), con Denise Guerschanik, Jorge Montanares y Pablo Vidal, y grabaron la maqueta Una persona cualquiera. Al año siguiente se les unió Xavier Martin.

La banda I Liberi.

Dos años más tarde editaron el disco Es lo que hay, que se presentó en Tarragona, Reus y Barcelona. Para presentar este disco fue ideado el espectáculo El viaje, en el que Samuele da voz a un marinero que quiere cantar en las lenguas que ha aprendido a lo largo de su vida de navegante: italiano, sardo, español, catalán, genovés y alguerés [1], y que fue inspirado por el disco Crêuza de Mä de Fabrizio De André.

En 2012, Samuele Arba ofreció un concierto de canciones en alguerés con motivo de las jornadas “Tarragona i l’Alguer som gemel·los”, que se celebraron en conmemoración del cuadragésimo aniversario del hermanamiento entre ambas ciudades.

El transeúnte sólo ha mencionado de pasada los discos editados por Samuele Arba: Una persona cualquiera (2008) y Es lo que hay (2011), sobre los que se encuentra información detallada clicando aquí. A ambos se añade ahora una nueva grabación en la que ha trabajado intensamente: Por encima de las palabras. En este disco presenta diez canciones inéditas en sardo, italiano, catalán, español y alguerés, más dos bonus tracks: la adaptación al español del tema “Il conformista”, de Giorgio Gaber, y una versión personal de “La vida nostra”, del cantautor alguerés Pino Piras, cantada junto a Joan Isaac, uno de los músicos catalanes más relevantes.

Cubierta del disco
Por encima de las palabras.


















Samuele Arba es un intérprete en alza, una promesa y un cantante comprometido socialmente, portador de un nuevo estilo en el género, que resulta próximo al público italiano pero sorprende al de nuestro país. Como ejemplo de su labor, podéis acceder, pinchando aquí, al vídeo de una de las canciones de este último disco.

Sin duda, un intérprete imprescindible y todavía poco conocido para los amantes de la buena música inspirada en la poesía y la denuncia social, heredera de la chanson francesa del siglo XX (Brassens, Brel, Léo Ferré, Charles Trenet, la mítica Edith Piaf…), que tuvo a sus grandes intérpretes también en Italia (entre los que sobresalen Fabrizio De André y Giorgio Gaber)  y a la que no fue ajena, en buena parte, la Nova Cançó catalana: Ovidi Montllor es otro de los grandes referentes de Arba.

Además de haber colaborado en varias recopilaciones literarias, Samuele Arba ha obtenido algunos premios. Podéis saber más sobre él a través de su web personal.




[1] El alguerés es una variante dialectal del catalán hablada por unas diez mil personas en la ciudad sarda de Alghero (l’Alguer, en catalán) y su comarca, en el noroeste de Cerdeña, que fue repoblada por catalanes en el siglo XIV tras la expulsión de la población autóctona sarda. La UNESCO la considera una lengua en peligro de extinción, pese a su reconocimiento oficial por el Estado italiano y los esfuerzos que se han hecho en los últimos años para preservarla. Para más información clicad aquí.

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martes, 5 de marzo de 2013

Zhivka Baltadzhieva y su apremiante intento de huir a la realidad


Sentada en un banco en la sombra, / en la plaza empedrada 
de la iglesia de San Demetrio, / en Sliven, mi ciudad...

Nacida en Sofía (Bulgaria) en septiembre de 1947, Zhivka Baltadzhieva reside en Madrid desde hace unos cuantos años. Su infancia, que transcurrió en la ciudad de Sliven, en la Bulgaria central, no se libró de aquella terrible postguerra en la que Stalin dictaba su trágica y sanguinaria ley a los pueblos que quedaron sometidos a la influencia de la Unión Soviética: mucho se habla del Gulag en el interior de la URSS, pero muy poco se conoce todavía en el “Occidente burgués” de la brutal represión que se ejerció en otros países, como Bulgaria, Rumanía o Albania. Ella vivió ese terror en su propia familia y creció con el dolor y la terrible impotencia ante la separación de su padre, juzgado por el llamado Tribunal del Pueblo, encarcelado e internado sucesivamente en campos de trabajos forzados entre 1947 y 1974 por el régimen del todopoderoso Gueorgui Dimitrov, a quien en 1954 (tras un breve mandato del también estalinista Valko Chervenkov) sucedería como líder supremo de la entonces República Popular de Bulgaria Todor Zhivkov, cargo en el que se mantendría hasta la caída del régimen comunista, en 1989.

Después de licenciarse en Filología Búlgara y Rusa en la Universidad Sveti Kliment Ohridski de Sofía, y tras un largo periplo vital, Baltadzhieva llegó a España en 1990 y se doctoró en Filología Eslava y Lingüística Indoeuropea en la Universidad Complutense de Madrid, donde ejercería la docencia hasta su jubilación. Mientras tanto escribió varios libros de poesía, en búlgaro y en español: Plexo solar, Iluminación diurna, Poema ajeno, Pequeño poema extranjero, Al final del bosque verde, Mitologías apátridas, Nunca…; tradujo al español a algunos autores búlgaros, como Hristo Botev, Blaga Dimitrova o Antón Donchev, y al búlgaro la mayor parte de los poemas de Federico García Lorca, así como sus Comedias imposibles.

Edificio histórico de la Universidad Sveti Kliment Ohridski de Sofía.

Fuga a lo real

Hace poco, Zhivka Baltadzhieva publicaba en Facebook una cita de Viktor Gómez Valentinos:

“Las matemáticas y la poesía superan las expectativas de la razón pues muestran la verdad. No toda la verdad, pero a menudo los precisos fragmentos para la justicia sobre lo cotidiano y la memoria de lo suficiente. Esto es posible sólo desde su incuestionable autonomía y no servidumbre a ninguna presión de poder, a ningún supuesto o a priori, pues lo real acontece en cada momento como un relámpago en un lugar distinto, sin pre-aviso, sin intención otra que transmitir una información a quienes sepan observar.”

No es una cita casual, puesto que responde perfectamente a la concepción que ella tiene de la poesía, en la que la ciencia está muy presente. Y ejemplos de ello los encontramos permanentemente en su magnífico poemario bilingüe (español y búlgaro) Fuga a lo real / Бягство в реалността.

No es la poesía de Zhivka Baltadzhieva una poesía intelectual (pese a que lo intelectual está en su trasfondo); alguien ha encontrado en esa poesía, atípica en la tradición literaria búlgara, una forma de expresión muy personal que fusiona lo hondo del Yo con el infinito, una voz lírica turbada y perturbadora donde los múltiples cambios operados en el significado de la palabra representan la metamorfosis desde su propio interior, un mundo que cambia de signo. Tampoco es, aunque pueda aparentarlo, una poesía de lo cotidiano, de la experiencia, aunque la experiencia recorra sus páginas. Se trata de una poesía difícilmente clasificable, entrañablemente personal, si se puede entender ese adverbio en el sentido de la introspección, pero también de la capacidad de transmitir, a menudo con un lenguaje carente de toda pretensión, unos sentimientos profundos que llegan al lector como las notas de una sonata de Bach –ella misma confiesa que Bach está en los orígenes de su sensibilidad poética–, trágica aunque melodiosa.

Ello no impide que algunos poemas nos impresionen por su cruda sinceridad, como el que abre el libro:

¿Cuántas voces son necesarias
para no entender el mundo?
¿Cuántas voces inflamadas?
¿Cuántas cuerdas vocales rotas?
¿Cuántas palabras prefabricadas?
 

Para no entender.
Quedarse perplejo o indolente.
Salir del cuarto de estar. 

Salir.

Toda una declaración de intenciones, sin duda. 
Pero, a la vez, la crudeza de algunos versos se reemplaza por otros llenos de ternura, fruto de esa introspección desde la que siempre observa y está atenta al día a día: “Florecen en primavera en mi calle lejana / los tilos. Conmueven el aire” (¡cuánta nostalgia contiene aquí la palabra lejana!); o bien “Este año las golondrinas llegan diez días antes”.

Sin embargo, no hemos de dejarnos engañar por tales expresiones líricas, ya que si juzgáramos la poesía de Zhivka Baltadzhieva a través de ellas cometeríamos un grave error: sus composiciones son, sobre todo, críticas, a veces parecen incluso mazazos contra las injusticias, pasadas y presentes, de nuestra sociedad. Porque tras esas golondrinas que se adelantan en el calendario primaveral (en el poema “Protocolo de Kyoto”) encontramos unos versos estremecedores: “En las laderas de la Cornisa Cantábrica / los urogallos se muestran dóciles, luego obscenos te piden caricias / y encolerizados te persiguen. / Hembras de moluscos con pene y ballenas macho con útero y ovarios / vienen a suicidarse a las orillas de nuestras playas. / Las cigüeñas no migran. Migran los bosques. ¿O marchan furiosos? / No hay ni charco / para lavarse las manos”. Estamos, pues, ante un doloroso poema de denuncia, y no es el único.



Araña-ardilla (montaje 
fotográfico de Ken Newquist).

(Fuente: The Secret Lair)

Quizá entre lo más recurrente en este libro estén las alusiones a la literatura y la mitología clásicas, explícitas o intuidas: Homero, Ovidio, Dante, la Biblia…, como referentes literarios; y Ulises, Orfeo y Eurídice, Casandra, Aquiles, como representantes de ese mito. El mito es utilizado también para referirse a los progresos de la ciencia, a la conquista del Espacio (“Cabo Cañaveral, abril, 2001. / Odisseo parte a las cuatro de la mañana / a través del Universo plano / un parámetro / entre otros / del eje espacio – tiempo”). Homenajea, además, Zhivka a otros poetas y escritores que ella admira: su compatriota Hristo Botev (el gran romántico y revolucionario búlgaro del siglo XIX), Miguel Hernández, y también, entre líneas, a Lorca, Rimbaud, Shakespeare, Goethe, Gógol, Marina Tzvetáieva, Dostoievski, Dimcho Debeliánov (otro notable poeta búlgaro); a músicos como Bach  o Mozart; a artistas insignes como Miguel Ángel, Leonardo o Goya.


El poeta y revolucionario búlgaro 
Hristo Botev (1848-1876).



Y como gran telón de fondo, un motivo bajo el que seguramente se reúne lo mejor, o lo más íntimo, de la poesía de Zhivka Baltadzhieva: la nostalgia, los recuerdos imperecederos de su país (“Aquí estoy. Eternamente es dos de junio. / Tres horas tan sólo / y estoy en Kalofer”, o “Sentada en un banco en la sombra, / en la plaza empedrada de la iglesia de San Demetrio, / en Sliven, mi ciudad, mi paisaje genético…”); nostalgia representada sobre todo por uno de sus mejores poemas: “Breve historia búlgara”.

El transeúnte deja para el final lo que dice Ángel Guinda en el prólogo del libro: “El poeta francés del XIX Sully Prudhomme afirmaba que ‘la poesía es un dolor’. La poesía de Zhivka es hija del dolor. Pero no del dolor estéril, por destructivo; sino del dolor fértil, por edificante: ese dolor que convierte la existencia en una resistencia activa contra la adversidad, nunca en una claudicación”. Difícilmente se puede resumir mejor este poemario de Zhivka Baltadzhieva, del que el transeúnte se ha limitado a dar unas pinceladas descriptivas y orientativas. Quienes, para acabar de animarse a comprar el libro, deseen leer algunos de los poemas que contiene, pueden encontrarlos en la plaquette de la colección Carmina in minima re, reproducida en el blog de la misma, a la que se accede desde aquí.


Albert Lázaro-Tinaut


Zhivka Baltadzhieva,

Zhivka Baltadzhieva: Fuga a lo real / Бягство в реалността
Prólogo de Ángel Guinda
Ediciiones Amargord, Madrid, 2012. 168 páginas.


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domingo, 24 de febrero de 2013

La Italia balcánica

El león de San Marcos y escudos heráldicos en el borgo antico de Muggia.  
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

El transeúnte no hablará de los territorios balcánicos que en diferentes épocas históricas pertenecieron a Italia, como es el caso de partes de Dalmacia, Istria, Albania o Grecia, sino de los dos municipios de la actual República Italiana que pertenecen, geográficamente, a la península Balcánica (por lo menos a criterio de numerosos geógrafos): Muggia y San Dorligo della Valle, en la provincia de Trieste.

Los límites de los Balcanes son objeto todavía, y desde al menos mediados del siglo XIX, de debate por parte de geógrafos de distintos países. El concepto Balcanes está sometido, además, a criterios políticos, no sólo geográficos. Así, desde el punto de vista de la geografía física incluyen los territorios situados al sur de los ríos Kupa, Sava y Danubio, a partir de la península de Istria, al oeste, hasta el delta del gran río europeo, en el mar Negro y en tierras rumanas, al este. Ello significaría que casi toda Rumanía quedaría fuera del espacio balcánico, lo mismo que el noreste de Croacia y la Voivodina serbia, mientras que sí serían balcánicas algunas zonas meridionales de Eslovenia y esos dos pequeños municipios italianos situados al sur del de Trieste. También pertenecería a los Balcanes la parte europea de Turquía.

Lo que serían los Balcanes desde el punto de vista de la geografía física.

Desde el punto de vista geopolítico, en cambio, quedaría excluida de los Balcanes toda la República de Eslovenia e incluida la totalidad de Rumanía, y algunos incluso considerarían balcánica (el transeúnte cree que erróneamente, en muchos sentidos) la isla de Chipre por su estrecha vinculación cultural a Grecia (¿deberían considerarse las islas adriáticas, jónicas y egeas parte de la península?). El geógrafo italiano Vittorio Vialli llegó a trazar una línea imaginaria que uniría Trieste con Odesa como teórico límite septentrional de la península Balcánica.

Los Balcanes desde el punto de vista político, con la línea 
imaginaria propuesta por Vittorio Vialli. [1]


Dejemos sin embargo este complejo tema para otra ocasión y centrémonos en los dos municipios italianos que muchos geógrafos coinciden en situar en Istria, es decir, formarían parte de los Balcanes físicamente hablando.


Muggia

El municipio de Muggia (en esloveno, Milje) ocupa una pequeña península que limita al noreste con Trieste, al este con San Dorligo, al sur con el municipio esloveno de Koper/Capodistria y al norte con el mar Adriático, al que se asoma. Con una población de poco más de 13.500 habitantes y una superficie de apenas 13,66 km2, tiene como núcleo central la población del mismo nombre, fundada entre los siglos VIII y VI antes de nuestra era como fortificación y conquistada por los romanos en la campaña de Istria (178-177 aC); éstos establecieron el Castrum Muglae, que daría origen al topónimo actual.

Tras haber estado sometida a Bizancio y Génova, en 1420 Muggia se integró en la República de Venecia, que le dio el esplendor de que goza actualmente. Más tarde, juntamente con Trieste y otros territorios, pasó a formar parte del Imperio austriaco, para quedar bajo administración italiana en 1918 e incorporarse definitivamente a Italia, después de la ocupación alemana durante la segunda guerra mundial y la internacionalización del territorio triestino, en 1954, tras la firma del Memorándum de Londres, ratificado por el Tratado de Osimo en 1975.

El castillo de Muggia desde el puerto.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Compleja, pues, la historia de esta pequeña franja costera a la que se llega fácilmente y en pocos minutos desde Trieste en el autobús de la línea 20 (que inicia su recorrido en la Piazza della Libertà, junto a la estación ferroviaria triestina) o bien por mar, a bordo de una pequeña embarcación que cruza varias veces al día las aguas del denominado Vallone di Muggia. El transeúnte ha utilizado ambos medios de transporte y ha quedado sorprendido por la belleza del emplezamiento de la localidad de Muggia, con su bien conservado castillo (de 1374, propiedad actualmente del escultor local Villi Bossi, que en 1991 lo restauró totalmente) y su plaza principal, a la que se asoma la loggia del Ayuntamiento (de 1444), con su torre del reloj (añadida en 1888) y la catedral, de estilo gótico-renacentista, dedicada a los santos Juan y Pablo, consagrada  en 1263.


El Ayuntamiento de Muggia. (Foto © Albert Lázaro-Tinaut)


Detalle de la fachada 
de la Catedral.(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)


Es muy característica, además, en Muggia la puerta medieval de la Portizza, dominada por una escultura en relieve del león de San Marcos, característico símbolo veneciano, a través de la cual se accede al borgo antico (el núcleo medieval), donde se encuentra también la puerta de San Rocco. Muchos son los edificios notables del barrio antiguo, algunos de ellos dotados de escudos nobiliarios y bellos balcones y ventanales. No se puede pasar por alto el convento de los Franciscanos, del siglo XIV, adosado a la basísica de San Francisco, con su campanario de quince metros, en la que es evidente la restauración de que fue objeto en 1958; sin embargo, vale la pena entrar en el templo para contemplar sus tesoros artísticos, desde el pesebre permanente hasta las pinturas de la Madonna che allatta il Bambino (del siglo XV) y la Madonna della Cintola (del XVII), pasando por el nicho que alberga una Piedad de yeso, fechada también en el siglo XV.


La Portizza. (Foto © Albert Lázaro-Tinaut)



Fachada de la basílica
de San Francisco. 
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Otra joya arquitectónica de Muggia es la basílica de Santa Maria Assunta (de estilo románico), cuyos orígenes se remontan probablemente al siglo V; aunque ampliado en épocas posteriores, este templo merece también una detenida visita, sobre todo para contemplar sus frescos. Su campanario, de diecisiete metros, ofrece unas vistas extraordinarias de la zona marítima, con Trieste al fondo.

Muggia resulta una localidad simpática, con el aspecto veneciano de casi todas las localidades de Istria y Dalmacia, que contrasta con la severidad austrohúngara de Trieste. Vale la pena acercarse al puerto, muy próximo al centro histórico, y comer pescado recién sacado de las redes en la Cooperativa de Pescadores local, que dispone de un sencillo pero excelente restaurante dotado de una amplia terraza sobre el muelle (denominado Largo Sauro Nazario). Hasta allí llega no sólo la brisa del Adriático, sino el agradable olor marino mezclado con el del pescado que se fríe en la misma terraza. El transeúnte guarda un extraordinario recuerdo de aquella experiencia gastronómica, regada con vino de la región, que, además, resultó muy barata.


El puerto y el barrio marítimo de Muggia desde la terraza
de la Cooperativa de Pescadores.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Si se pasa el día en Muggia queda tiempo para visitar su Museo Arqueológico, en el que no debe esperarse encontrar piezas sorprendentes pero sí una cantidad de grabados, mapas y fotografías que permiten recorrer visualmente la historia del municipio; además, desde el segundo piso se pueden contemplar las excavaciones del monte Castellier, los restos más antiguos que se conservan del lugar.


El Vallone di Muggia desde el puerto de la localidad. Al fondo, Trieste.  (Foto © Albert Lázaro-Tinaut)


San Dorligo della Valle

Este municipio de 24,51 km2 (cuyo nombre en esloveno es Dolina, oficial también en italiano hasta 1923), limítrofe con el de Muggia, cuenta con apenas 6000 habitantes y es menos espectacular que el anterior, sobre todo porque está algo alejado del mar, aunque cuenta con interesantes formaciones rocosas, entre las que destacan la reserva natural de la Val Rosandra (en esloveno, Dolina Glinščice), con sus cascadas y escarpadas laderas, y la gruta de Gualtiero, descubierta en 1991. Es, sin duda, un lugar de interés para los amantes de la geología, al igual que todo el Carso, del que San Dorlingo es una estribación. Abundan en este municipio, además de numerosos cursos de agua, las fuentes naturales, por lo que es también un lugar propicio y recomendable para las excursiones montañeras.


Una de las cascadas de
la Val Rosandra.

(Foto © Nicholas-G / flickr)




           














                                                                                  La gruta de Gualtiero.

(Fuente: Percorsi in provincia di Trieste)

Sólo una parte del municipio, la más meridional, pertenece realmente a la península Balcánica, de modo que algún que otro geógrafo lo excluye de la misma.

En la localidad de San Dorlingo destacan la iglesia parroquial, con su airoso campanario, y los templos de San Giuseppe della Chiusa, de 1645 (desde cuyas torres, levantadas en 1750, se puede admirar gran parte de la Val Rosandra); el de San Bartolomeo, en la frazione de Caresana, y el de San Antonio, del siglo XVII, en la de Prebenico, ambas también con esbeltos campanarios. Merece la pena, además, visitar el pueblecito (frazione) de San Antonio in Bosco, situado en un bello paraje natural.


San Dorlingo della Valle.
(Fuente: Avistrieste)

Hoy en día son pocos quienes discuten la pertenencia de estos municipios a las tierras balcánicas, pese a encontrarse a escasísimos kilómetros de la urbe de Trieste, que queda claramente fuera de los Balcanes. Cuando se menciona esta península no suele tenerse en cuenta que una pequeñísima parte de ella se encuentra en territorio italiano…, aunque no ha de sorprendernos, por ejemplo, que en la librería principal de Muggia todavía se reivindique como italiana toda la península de Istria: aún es reciente, sobre todo para los habitantes de más edad, la dolorosa pérdida para Italia, derrotada en la segunda guerra mundial, de territorios que actualmente pertenecen a Eslovenia y Croacia.


El pueblo de San Antonio in Bosco, en el municipio
de San Dorlingo della Valle.
(Fuente: Working People)

[1] En este mapa, bastante mal diseñado, habría que añadir las fronteras políticas de Montenegro y Kosovo y, por supuesto, habría que excluir de él a Eslovenia, cuyo nombre aparece sobre el mapa de Austria.

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