jueves, 24 de marzo de 2011

Literatura estonia en castellano: “El mismo río”, de Jaan Kaplinski

Imagen de la presentación de El mismo río en La Central del Raval
de Barcelona. De izquierda a derecha, Daniel Ortiz, editor de Escalera,
Albert Lázaro-Tinaut, Jaan Kaplinski y Laura Talvet.

(Foto: Joan-Francesc Ainaud)

Para quienes se esmeran en la tarea de dar a conocer las literaturas periféricas del gran mosaico europeo, como es el caso del transeúnte, la aparición de cualquier libro perteneciente a alguna de ellas es motivo no sólo de satisfacción, sino también de celebración, por lo cual hay que agradecer y celebrar el esfuerzo de los editores y los traductores que lo han hecho posible.

En este caso se trata de la novela eminentemente autobiográfica del escritor estonio más reconocido internacionalmente en nuestros días, Jaan Kaplinski, titulada El mismo río (Seesama jõgi, en su versión original) [1], traducida por Laura Talvet y Francisco Javier García Hernández y publicada por Ediciones Escalera de Madrid, un pequeño gran proyecto emprendido hace algo más de tres años por una esforzada pareja canaria, Daniel Ortiz Peñate y Talía Luis Casado.

El transeúnte conoció a Jaan Kaplnski hace unos catorce años en Tartu, su ciudad natal, cuando tradujo al castellano, en colaboración con Jüri Talvet, algunos poemas suyos, que luego fueron publicados por Francisco Uriz, director entonces (1998) de la Casa del Traductor de Tarazona, en una plaquette titulada Nada más que Algo más, dentro de la colección “Papeles de Tarazona”.

Jaan Kaplinski, nacido en Tartu el 22 de enero de 1941, es hijo de un polaco de ascendencia judía, Jerzy Kaplinski (nacido en 1901), a quien no tuvo tiempo de conocer, ya que los esbirros de Stalin lo deportaron y desapareció en el archipiélago Gulag, donde probablemente murió en 1944. Era un hombre culto e inteligente que trabajó como lector de polaco en la Universidad de Tartu. La madre del escritor, Nora Raudsepp (1906-1982), natural de la ciudad meridional de Võru, pertenecía, en cambio, a una familia estonia acomodada; fue bailarina y pudo completar sus estudios en Alemania y Francia. También era traductora, vertió al estonio obras de Balzac, Chateaubriand y Anatole France y fue coautora de una versión resumida, en prosa y en francés (París, 1930), de la epopeya nacional de su país, el Kalevipoeg, de Friedrich R. Kreutzwald (1803-1882), considerado el fundador de las letras estonias.


Jaan Kaplinski en sus años infantiles.
(Fuente: Õpetajate Leht, 24.10.2008)

Como narra en los primeros capítulos de El mismo río, Kaplinski vivió su juventud rodeado de mujeres y de tabúes y restricciones –esas que conocen todos los regímenes totalitarios: la imposibilidad de expresarse libremente, de acceder a determinados libros, de relacionarse con extranjeros, de conocer la verdad de la historia, de practicar sin obstáculos cualquier religión que no fuera la ideología del régimen, de dar a conocer la auténtica personalidad en el caso de los homosexuales (no es el suyo), de mantener relaciones sexuales fuera del ámbito de la pareja legalmente constituida, pues el sexo, en la URSS, sencillamente, “no existía”, y un largo etcétera–. De ahí pues, también, la obsesión que manifiesta el autor en la novela de perder la virginidad y sus intentos frustrados de lograrlo.


Pero volvamos a la biografía de Jaan Kaplinski. Estudió filología francesa en la Universidad de Tartu, la más prestigiosa del Báltico oriental y una de las más reconocidas de la Unión Soviética, y al mismo tiempo siguió estudios de lingüística estructural y aplicada, una disciplina que continúa interesándole y a la que desea prestar más atención en los próximos años, según manifiesta ahora. Hombre de amplios horizontes, quiso conocer también la mitología celta, por la que se sintió apasionado, y, sobre todo, el pensamiento oriental.


Terminados sus estudios (obtuvo su licenciatura en 1964), se acercó al mundo de la naturaleza –esa concretísima y múltiple divinidad común a todos los pueblos del norte de Europa, en la que basaron sus antiguas creencias paganas–, como investigador en el Jardín Botánico de Tallinn. Luego regresó a Tartu, donde sucedió a otro gran poeta, Ain Kaalep (Tartu, 1926), como tutor de jóvenes traductores en la Universidad.


La antigua sede del KGB en Tallinn. Una placa
junto a su puerta lo recuerda con estas palabras:
"Este edificio albergaba la sede del órgano de
represión del poder soviético. Aquí empezaba
el camino hacia el sufrimiento de miles de estonios".


Fue por aquel entonces, en 1980, cuando Jaan Kaplinski se implicó en la política clandestina como resistente cultural frente la intensa rusificación de Estonia. Estuvo entre los firmantes de la Neljakümne kiri (‘Carta de los cuarenta’), que proponía un diálogo pacífico con el régimen soviético para presentar ciertas reivindicaciones. Se convirtió así, de inmediato, en sospechoso de disidencia, por lo que el KGB (el temido comité soviético para la seguridad del Estado) lo interrogó e incluso registró su casa. Ya se había dado a conocer como poeta y polemista, por lo que aquella iniciativa, aunque también frustrada, supuso un cambio de mentalidad y de actitud para muchos intelectuales comprometidos y, desde entonces, vigilados de cerca.

Cuando Estonia proclamó de nuevo su independencia (20 de agosto de 1991), perdida en 1944 con la incorporación forzosa a la URSS, Jaan Kaplinski se mostró muy activo en la prensa y publicó numerosos artículos polemizando, sobre todo, con la derecha nacionalista y la Iglesia, y entre los años 1992 y 1995 fue, además, miembro del Riikogu (Parlamento) de la República de Estonia.

Fachada del Parlamento de la República de Estonia,
ubicado en el antiguo castillo de Toompea (Tallinn).

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

Más tarde inició una intensa etapa como periodista y conferenciante, fue profesor asociado en la Universidad de Tampere (Finlandia) y se dedicó con ahínco a escribir, aprovechando algunas becas internacionales que le permitieron distanciarse de las actividades remuneradas. En 1994 ingresó en la Académie Universelle des Cultures, fundada dos años antes por el escritor judío húngaro Elie Wiesel (galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1986).

En la personalidad de Kaplinski sobresale su independencia intelectual, basada en un pensamiento de corte socialdemócrata y liberal, que ha defendido en todo momento con tesón. Es y ha sido siempre un hombre comprometido con los mejores valores de la sociedad, sin perder de vista el humanismo en su esencia más pura: la ancestral relación de los seres humanos con la naturaleza de la que procedemos.

Jaan Kaplinski caricaturizado por
Aivar Juhanson como una antigua
divinidad pagana báltica.
(Fuente: Delfi pilt, http://pilt.delfi.ee/en/picture/10800589/)

Por otra parte, después de haber analizado a fondo el totalitarismo comunista, ha denunciado la insidiosa opresión de la sociedad capitalista y el modo como ésta condiciona a los individuos. De entre sus opiniones, el transeúnte entresaca una de su blog que le parece interesante por la cruel y paradójica ironía que contiene:
“El comunismo y el consumismo son dos sectas seculares originadas por la cristiandad. Como la primera ya está desapareciendo de la escena mundial, la segunda goza de un éxito sin precedentes, conquista una nación y un continente tras otro y utiliza incluso la religión para sus intereses. ¿Cuál es el resultado de este proceso de globalización y concentración? Un ciudadano de la antigua Unión Soviética ya tiene nombre para el próximo mundo feliz: lo llamará Unión Soviética o Unión Soviética renacida”.

En el ámbito de la literatura, Kaplinski ha sido reconocido sobre todo como poeta, aunque también ha escrito prosa, piezas teatrales y ensayo. Él mismo reconoce la influencia en su obra de otros poetas, como Rimbaud, Eliot y Pound. No hay que olvidar, por otra parte, su importante tarea como filósofo y crítico cultural. Su labor literaria ha sido recompensada tres veces con el Premio Anual de las Letras Estonias (1996, 2000 y 2010), el prestigioso premio de poesía Juhan Liiv (1968) y el premio de la Asamblea Báltica (1997). Ha participado, además, en numerosos festivales de poesía y literatura.

No menos importante es su tarea como traductor literario. Su amplio conocimiento de idiomas le ha permitido verter al estonio obras de escritores franceses (Gide, Saint-Exupéry…),
checos (Vladimir Holan), suecos (Tomas Tranströmer), y también de poetas anglófonos y autores de expresión castellana, como Octavio Paz, del que tradujo la poesía, y Carlos Fuentes, de quien ha traducido al estonio La muerte de Artemio Cruz. Curiosamente, entre sus traducciones de juventud encontramos un fragmento del Cantar de Mio Cid.

Jaan Kaplinski leyendo sus poemas
en el Annikin Runofestivaali (festival
de poesía Annikin) en Tampere
(Finlandia), en junio de 2010.

(Fuente: http://www.annikinkatu.net/
runofestivaali2011/english.htm)


Siguiendo las huellas de uno de sus maestros, Uku Masing [2] (ese “Maestro”, con mayúscula, al que nombra constantemente en El mismo río –aunque él manifiesta que no fue el único y que la novela tiene, como tal, mucho de ficción–, obra que se inicia precisamente con los funerales de Masing en abril de 1985), Kaplinski se ha opuesto enérgicamente al centralismo de la civilización occidental y ha buscado su ideario, sobre todo, en las filosofías antiguas más relacionadas con la naturaleza, como el budismo y el taoísmo. Una clara demostración de su interés por Oriente son sus traducciones del chino de la poesía de Li Po y Du Fu, y de la obra fundamental del taoísmo, el Dào Dé Jing (más conocida entre nosotros por su transcripción fonética, Tao Te Ching), de Lao Tsé, el “Viejo Maestro”.

El transeúnte tuvo el honor de presentar, el pasado 16 de marzo, junto con Laura Talvet y el propio Jaan Kaplinski –que habló en todo momento en castellano–, El mismo río en la acogedora cripta de la librería La Central del Raval de Barcelona. Es una obra en la que el autor vuelca, novelándola (es decir, mezclando su “yo” personal con el “yo” literario), su propia experiencia vital, se vacía literaria e intelectualmente plasmando, al mismo tiempo, parte de la historia de su país, sometido a las directrices de Moscú durante casi cincuenta años; de hecho es el relato personificado de la Estonia de la década de 1960, cuando la rigidez estalinista dio paso a un cierto “deshielo” y los estonios empezaron a soñar con tiempos mejores, con el retorno de los expatriados forzosos a Siberia y al Asia central, la reunificación de las familias separadas a la fuerza en medio del terror. Kaplinski, entonces veinteañero, busca un guía espiritual y consigue introducirse en el círculo íntimo del “Maestro”, quien no sólo valorará sus primeros poemas, sino que le dará los consejos básicos para lo que luego sería la filosofía vital del joven.


Jaan Kaplinski en Barcelona con
un ejemplar de El mismo río.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

La obra es, al mismo tiempo, un recorrido por la cotidianidad de una Estonia que había perdido hacía años su esplendor, un recorrido a veces trágico, aunque con momentos lúdicos e incluso humorísticos, fiel reflejo, a fin de cuentas, de la personalidad del autor, un hombre cordial al que, sin embargo, le molesta que se hable en público de su biografía y, sobre todo, que se recuerde que su nombre ha empezado a aparecer en las especulativas listas de los candidatos al premio Nobel de Literatura.

El río que aparece en el título de la novela es, a diferencia del río heraclitano, del panta rhei (‘todo fluye’), una metáfora de la immobilidad de un sistema totalitario cuyos entresijos ahora se van conociendo mejor; en este sentido, el libro de Kaplinski ayuda a entender las contradicciones del sistema a partir de la experiencia vivida, del crecimiento personal e intelectual del autor, de sus preguntas esenciales para las que no siempre halla respuesta. Es un análisis “desde dentro” de lo que supuso para un pueblo de raíces culturales occidentales, de influencia esencialmente alemana, estar sometido a unas ideas y a unas costumbres que difícilmente podía entender. Es un trayecto de un invierno a otro, muy distintos entre sí pero, paradójicamente, igualmente llenos de contradicciones.

Quienes se interesen por el antiguo sistema totalitario soviético hallarán sin duda en El mismo río otro punto de vista, muy útil para comprender mejor lo que fueron aquellos largos años, aquel interminable invierno de los estonios.



[1] Jaan Kaplinski: El mismo río. Traducido por Laura Talvet y Francisco Javier García Hernández. Madrid, Ediciones Escalera, 2011. 400 páginas. ISBN: 978-937018-7-1.
[2] Uku Masing (1909-1985), teólogo, filósofo, filólogo y folklorista, fue un auténtico humanista, en el sentido más amplio de la palabra, y un divulgador de culturas que tuvo un ascendiente primordial sobre toda una generación de intelectuales estonios, entre los que se encuentra Jaan Kaplinski. Introdujo en Estonia la filosofía analítica, y como políglota excepcional –se dice que conocía 65 idiomas y era capaz de traducir de veinte de ellos– vertió al estonio innumerables obras de culturas universales, sobre todo orientales. Son notables sus traducciones del persa, el turco, el hebreo, el árabe, el amhárico, diversas lenguas de la India, etc. Tradujo, entre otros, a Rabindranath Tagore y Omar Khayyam, haikus japoneses y una versión íntegra del Nuevo Testamento. Una de sus últimas obras fue la traducción al estonio de algunas rondalles (cuentos tradicionales) catalanas a partir de los textos originales de la Rondallística de Joan Amades, que el transeúnte tuvo el honor de hacerle llegar: el librito que recoge estas traducciones, titulado Paadimehe tõed (‘Las verdades del barquero’) se publicó póstumamente, pocas semanas después de su muerte.

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domingo, 6 de marzo de 2011

Jovan Divjak (I)

Jovan Divjak en su despacho de la Obrazovanje Gradi BiH.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut, 2008)

El viernes 4 de marzo, el transeúnte recibió un escueto correo electrónico en francés de su amiga bosnia Džana: “Buenos días, Albert, espero que estés bien. Sólo quería informarte de que el general Divjak fue detenido ayer en Viena por la Interpol, a instancias de Serbia. Todavía no se sabe por qué… Hasta pronto”. Para los bosnios, Jovan Divjak es todavía “el general”, pese a que abandonó voluntariamente el ejército del país, que había colaborado a formar en 1992 [1], tras unas desavenencias políticas con el presidente del país, Alija Izetbegović.

El azar quiso que el transeúnte conociera a Jovan Divjak el 30 de octubre de 2008 durante un vuelo entre Liubliana y Sarajevo, en un avión esloveno tan pequeño que ni siquiera se podía llevar en él el equipaje de mano: había que dejarlo en un carrito junto a la escalerilla para que viajara en bodega. Al pie de aquella misma escalerilla había un expositor con distintos diarios, y el transeúnte se hizo con un ejemplar de Le Monde, el único periódico no eslavo de los que se ofrecían.


Junto a él se sentó un hombre corpulento y de aspecto recio, que había estado hablando animadamente, en serbocroata, con un pequeño grupo de pasajeros hasta que el comandante asomó la cabeza y pidió que todo el mundo se sentara y se abrochara los cinturones. El transeúnte, junto a la ventanilla, se puso a leer el diario y, mediado el vuelo, su compañero de asiento se le dirigió en francés:

–¿Es usted periodista? –le inquirió de sopetón.

–No, no soy periodista.


–Y, si no soy indiscreto, ¿qué le lleva a Sarajevo?


Así iniciaron una conversación que duraría todo el resto del viaje, el cual se prolongó volando en círculo, entre espesos nubarrones negros, hasta que el comandante recibió autorización para aterrizar; en ningún momento habló de sí mismo. Eran poco más de las 16 horas, pero la noche ya había empezado a caer sobre la capital bosnia, pues el país, situado mucho más a levante, comparte huso horario con España.


–Le espera alguien en el aeropuerto.


–No. Tengo algún contacto en Sarajevo, he de telefonear a algunas personas con las que he quedado, pero no me espera nadie.


El hombre le dio al transeúnte una tarjeta, le pidió que le llamara por teléfono al día siguiente y le dijo que al bajar del avión lo siguiera.
Cuando llegaron, caminando bajo una ligera llovizna, a la terminal, y mientras el resto de pasajeros se disponía a guardar cola ante la cabina de control de la policía, el hombre hizo un gesto enérgico para que el transeúnte, un poco desorientado en aquel momento, fuera tras él y otros dos hombres, y se dirigió a la puerta de autoridades, donde fue saludado con respeto y un amago de reverencia por el policía que la guardaba. Dijo algo, el policía tomó el pasaporte del transeúnte y, sin ni siquiera identificarlo, estampó el sello de entrada en una de las páginas.

La tarjeta que su compañero de asiento
le dio al transeúnte.


El hombre que lo invitaba a seguirlo caminaba a buen paso. Se detuvieron ante la cinta por donde deberían salir los equipajes y dijo que iba un momento al baño. Las maletas y los bultos no tardaron en aparecer: ya con el equipaje en la mano, él apresuró todavía más el paso hasta encontrarse, a la salida de la terminal, con un joven bosnio. Se dieron la mano mientras se sonreían mutuamente e intercambiaban unas palabras; el muchacho recibió unas breves órdenes, tomó el equipaje de ambos y lo llevó, bajo una lluvia algo más intensa, hasta un todoterreno aparcado a poca distancia, y entonces el hombre le dijo al transeúnte, después de preguntarle dónde se alojaría:

–Lo acompañaremos al centro, que está bastante lejos, y allí podrá tomar un taxi hasta su hotel.

Ya había anochecido por completo. Por el camino, aquel hombre le fue mostrando al transeúnte extranjero diversos edificios al tiempo que mencionaba algunos hechos bélicos que habían tenido lugar en puntos muy concretos del itinerario durante la guerra de Bosnia (1992-1995). También le iba indicando el paso de una a otra de las cuatro municipalidades (gradske općine) –divididas, a su vez, en comunidades locales (mjesne zajednice)– que conforman la ciudad, de oeste a este: Novi Grad (la ciudad yugoslava, levantada durante el régimen de Tito), Novo Sarajevo (edificada después de la primera guerra mundial), Centar (la ciudad austrohúngara) y, al final, Stari Grad, la ciudad vieja o histórica de reminiscencias otomanas.

Un vehículo blindado de las
Naciones Unidas en la Sniper Alley

durante el sitio de Sarajevo.


El vehículo recorrió casi de extremo a extremo el larguísimo bulevar Meše Selimovića, que durante el sitio de la ciudad fue denominado Snajperska aleja (‘avenida de los Francotiradores’, quizá más conocido por su denominación inglesa: Sniper Alley [2]), que cruza longitudinalmente la conurbación de Sarajevo a lo largo de unos diez kilómetros.


El bulevar Meše Selimovića en noviembre de 2008.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Al llegar a Sibilj, la bella plaza triangular en el centro neurálgico del popular barrio de la Baščaršija, donde bulle la vida del casco antiguo de Sarajevo, el automóvil se detuvo, el joven conductor sacó el equipaje del transeúnte y el hombre que tan bien lo estaba atendiendo fue a hablar con los taxistas que aguardaban en una parada muy próxima. Le hizo un gesto al transeúnte para que se acercara:

–Este hombre lo llevará hasta su alojamiento –dijo.

–Pero... ni siquiera he tenido tiempo de cambiar moneda... –replicó, preocupado, el transeünte.

–¿Tiene un billete de 5 euros?

Por fortuna sí, el transeúnte tenía uno.


–Pues ese billete hará más que feliz al taxista
añadió esbozando una sonrisa.

Se despidieron, y el hombre le recordó al transeúnte que debía llamarlo por teléfono al día siguiente por la mañana.


El transeúnte se alojaba en la agradable casa de huéspedes Kandilj, no muy distante del lugar donde había tomado el taxi. De haber conocido la ciudad, hubiera podido llegar a pie en pocos minutos. Allí lo recibió una mujer joven con una amplia y abierta sonrisa, la primera prueba de la hospitalidad balcánica, y lo acompañó hasta la habitación que le había reservado, una estancia limpia y amplia, con tres camas individuales, una mesita baja donde había un teléfono, papel y un bolígrafo, un pulcro cuarto de baño que, sin duda, había sido reformado recientemente, y un generoso ventanal desde la que podía ver el patio por el que se accedía a la casa. Era el lugar acogedor en el cual el transeúnte pensaba pasar cuatro noches, que acabaron convirtiéndose en ocho. Un lugar tranquilo donde el silencio era dueño y señor hasta que el muecín de la vecina mezquita llamaba a oración, a través de los altavoces del almenar, las cinco veces al día que el ritual musulmán establece.

La mezquita de la Bistrik ulica,
a pocos metros de la casa
de huéspedes Kandilj.

(Foto © Albert Lázaro-Tinaut, 2008)

Después de instalarse y refrescarse un poco, el transeúnte bajó al sótano del pequeño edificio, donde estaba la sala para los desayunos, con un rincón amueblado con un par de sofás y el suelo cubierto de alfombras, ante un televisor. Al pie de la escalera que conducía al lugar un ordenador estaba las 24 horas del día al servicio de los huéspedes. Todo sencillo, sin nada que aparentase lujos, salvo unos viejos samovares y algunos objetos de decoración colgados con buen gusto de las paredes y los mantelitos rojos bordados que cubrían las mesas, muy bajas, con sus correspondientes taburetes, más bajos todavía y poco adecuados a la longitud de las piernas del transeúnte, poco acostumbrado a los usos y costumbres orientales.


Sentado ante el ordenador, el transeúnte se conectó a Google y tecleó el nombre escrito en la tarjeta, que no le era del todo desconocido: Jovan Divjak. Wikipedia –con versiones en español e incluso en catalán– despejó sus dudas:


Jovan Divjak (Belgrado, 11 de marzo de 1937) es un antiguo militar bosnio de origen serbio, jefe de diferentes sectores bosnios de la Defensa Territorial (TO) del Ejército Popular Yugoslavo, que abandonó para formar parte del estado mayor del Ejército de la República de Bosnia y Herzegovina (ARBiH) durante la guerra de Bosnia y que llegó al grado de general. Participó activamente en la defensa de Sarajevo durante el asedio de la ciudad, y por eso se le ha conocido como el "serbio que defendió Sarajevo", así como el serbio con una mayor graduación militar en el ejército bosnio, aunque él mismo se ha definido como bosnio en repetidas ocasiones. Desde la finalización de la guerra ha escrito varios libros, y actualmente es director de la organización Obrazovanje Gradi BIH (La Educación construye Bosnia y Herzegovina, OGBH), creada en 1994.

Jovan Divjak durante la guerra, con
su uniforme de campaña de general
de la Armija de Bosnia y Herzegovina.


De esa organización era, precisamente, la tarjeta que le había entregado. Sobre las charlas que mantuvo con el ex general Divjak durante su estancia en Sarajevo y sobre su personalidad escribirá el transeúnte en futuras entregas. Hablará de un hombre cordial, amistoso, buen conversador, que aquel día llegaba también de Barcelona –donde había participado en unas actividades organizadas por la Universitat Oberta de Catalunya– y había viajado en el mismo vuelo de la compañía eslovena Adria Airways que llevó a ambos de la capital catalana al aeropuerto liublianés de Brnik, donde habían hecho escala. El transeúnte sólo apuntará ahora que en una de aquellas conversaciones, Jovan Divjak le dijo que figuraba en una inmensa lista de supuestos criminales de guerra, pese a que desmentía categóricamente su participación en los hechos que se le imputaban, y que esa espada de Damocles pendía, pues, sobre su cabeza, aunque parecía restar importancia a ello.

Su detención en el aeropuerto de Viena, el pasado 3 de marzo, cuando se disponía a volar a la ciudad italiana de Bolonia, donde había de dar una conferencia, no ha sido la primera de uno de los “sospechosos” que forman parte de aquella lista: en marzo de 2010 ya fue detenido en el aeropuerto londinense de Heathrow otro de ellos, Ejup Ganić –que fue miembro de la presidencia colegiada de Bosnia y Herzegovina–, pero en julio del mismo año la justicia británica desestimó su extradición a Serbia y lo puso en libertad.


Jovan Divjak, por el importante papel que desempeñó en la defensa de Sarajevo durante el largo sitio al que sometió la ciudad el Ejército Popular Yugoslavo (compuesto principalmente por serbios y unos pocos montenegrinos) y las fuerzas de la autoproclamada República Srpska de Bosnia, un asedio que se inició el 5 de abril de 1992 (el día en que Bosnia y Herzegovina proclamó su independencia) y acabó el 29 de febrero de 1996, es considerado por los bosniacos [3] un héroe nacional: las calles de Sarajevo se han llenado ahora de manifestantes que reivindican su inocencia y reclaman su liberación ante la Embajada de Austria.


Jovan Divjak y su esposa en la terraza de su casa, al norte
de la
Stari Grad (al fondo se ve el edificio, ahora en reconstrucción,
de la antigua Biblioteca Nacional).


[1] El Ejército de la República de Bosnia-Herzegovina (Armija Republike Bosne i Hercegovine,
ARBiH) fue la primera fuerza armada del país, independizado de Yugoslavia el 5 de abril de 1992. Lo crearon oficialmente, diez días después de la independencia, el bosniaco Sefer Halilović –su primer comandante, que al cabo de pocos meses cedería el mando al también bosniaco Rasim Delić–, el entonces serbobosnio Jovan Divjak y el bosniocroata Stjepan Šiber. Después de la guerra, tras la firma de los Acuerdos de Dayton (noviembre de 1995) se formarían, con la inclusión del Ejército de la República Srpska, las Fuerzas Armadas de Bosnia y Herzegovina (Oružane snage BiH).
[2] Durante la guerra de Bosnia (1992-1995) los snipers (francotiradores serbios) tomaron esta avenida, se apostaron en lo alto de algunos edificios, en las colinas próximas o parapetados detrás de tranvías o autobuses, y disparaban indiscriminadamente contra cualquier civil o militar que se les pusiera a tiro. Fue uno de los episodios más terribles de aquel conflicto, ya que dificultó enormemente el abastecimiento de la ciudad que, en absoluto secreto, se hacía a través de un túnel excavado en las proximidades del aeropuerto, túnel por el que también eran evacuados los heridos más graves. Según los datos recopilados en 1995, esos francotiradores mataron a sangre fría a 225 personas (incluidos 60 niños) e hirieron a otras 1030. Para poder recorrer la avenida, los ciudadanos habían de usar como escudos los blindados de las Naciones Unidas, cuando pasaban por allí, o bien circulaban de noche a toda velocidad con sus vehículos sin encender los faros. Los bosnios le explicaban al transeúnte que se habían acostumbrado a correr zigzagueando en las proximidades de aquella zona para ser blancos más difíciles de alcanzar por los rifles y otras armas automáticas o semiautomáticas que utilizaban los snipers. El transeúnte aconseja la lectura (en portugués) de un testimonio en el blog Escrita em dia, a través del enlace http://blogda-se.blogspot.com/2006/02/sarajevo-1994-sniper-avenue_08.html y del libro-cómic El sueño del monstruo, de Enki Bilal (Norma Editorial, Barcelona, 1998).
[3] Conviene distinguir en Bosnia y Herzegovina entre bosniacos (bošnjaci), antiguamente denominados “musulmanes”; serbiobosnios y bosniocroatas, los tres pueblos más importantes que componen el Estado. A éstos hay que añadir varias minorías étinicas.

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