domingo, 17 de enero de 2016

Los cafés, la geografía y la “idea de Europa”

(© Cheena Gringo / Inside Lakeside, 2012)

El prestigioso intelectual francés George Steiner (París, 1929), filósofo, crítico literario, comparatista y hombre de mentalidad abierta a muchas otras esferas y realidades, cuya extensa obra ensayística y literaria está escrita mayormente en inglés, reflexiona sobre Europa en un librito que publicó, esta vez en francés, en 2005: Une certaine idée de l’Europe

George Steiner.
(© AGF, 2010)

El transeúnte cree que resulta interesante conocer ciertos puntos de vista suyos sobre el Viejo Continente, especialmente ahora, en estos tiempos de convulsiones y de tanta incertidumbre. De ahí que haya escogido un fragmento del libro mencionado y lo reproduzca de su edición española [1]: no deja de ser curioso ese enfoque de Steiner sobre la “idea de Europa” a partir de su personal perspectiva filosófico-literaria y geográfico-paisajística, sin menospreciar la mundana.


La idea de Europa

Por
George Steiner

Europa está compuesta de cafés. Éstos se extienden desde el café favorito de Pessoa en Lisboa hasta los cafés de Odesa frecuentados por los gangsters de Isaak Bábel. Van desde los cafés de Copenhague ante los cuales pasaba Kierkegaard en sus concentrados paseos hasta los mostradores de Palermo. No hay cafés primeros ni determinados en Moscú, que es ya un suburbio de Asia. Muy pocos en Inglaterra después de una moda pasajera en el siglo XVIII. Ninguno en Norteamérica fuera del puesto avanzado galo de New Orleans. Si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de la “idea de Europa”.

Kierkegaard caminando por Copenhague.
(Fuente: Acta Kierkegaadiana)


El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta y el metafísico con su cuaderno. Está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de reconocimiento político o artístico-literario y de presencia programática. Una taza de café, una copa de vino, un té con ron proporcionan un local en el que trabajar, soñar, jugar al ajedrez o simplemente mantenerse caliente todo el día. Es el club del espíritu y la poste-restante de los homeless. [2]

En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el París de Baudelaire, el café albergó a la oposición política que existía, al liberalismo clandestino. Tres cafés principales de la Viena imperial y de entreguerras ofrecieron el ágora, el centro de la elocuencia y la rivalidad, a escuelas contrapuestas de estética y economía política, de psicoanálisis y filosofía. Quienes quisieran conocer a Freud o a Karl Kraus, a Musil o a Carnap, sabían exactamente en qué café buscarlos, a qué Stammtisch [mesa] se sentaban. Danton y Robespierre se reunieron por última vez en el Procope. Cuando las luces se apagaron en Europa, en agosto de 1914, Jaurès fue asesinado en un café. En un café de Ginebra escribe Lenin su tratado sobre el empirocriticismo y juega al ajedrez con Trotski.

Tertulia en el Café Griensteidl de Viena, abierto en 1847 
y frecuentado por filósofos, escritores, artistas y músicos 
(fotografía publicada en Die vornehme Welt en enero de 1897).

Obsérvense las diferencias ontológicas. Un pub inglés, un bar irlandés tienen su propia aura y sus mitologías. ¿Qué sería de la literatura irlandesa sin los bares de Dublín? Si no hubiera existido la Museum Tavern, ¿dónde se habría tropezado el Dr. Watson con Sherlock Holmes? Pero no son cafés. No tienen mesas de ajedrez, ni periódicos gratuitos en sus perchas, a disposición de los clientes. Sólo muy recientemente se ha convertido el propio café en una costumbre pública en Gran Bretaña, y conserva su halo italiano.

El pub Museum Tavern de Londres.
(Fuente: Travels with Beer, 2011)

El bar americano desempeña un papel vital en la literatura y el eros norteamericano, en el carisma icónico de Scott Futzgerald y Humphrey Bogart. La historia del jazz es inseparable de él. Pero el bar americano es un santuario de luz tenue, incluso de oscuridad. Retumba con la música, muchas veces ensordecedora. Su sociología, su tejido psicológico, están impregnados de sexualidad, de la presencia de mujeres, bien sea esperada, soñada o real. Nadie escribe tomos sobre fenomenología en la mesa de un bar americano (compárese con Sartre). Hay que pedir nuevas bebidas si uno quiere seguir siendo bienvenido. Hay “gorilas” para expulsar a los no deseados. Cada uno de estos rasgos define un ethos radicalmente distinto del propio del Café Central, el Deux Magots o el Florian. “Habrá mitología mientras haya mendigos”, dijo Walter Benjamin, un apasionado entendido en cafés y peregrino entre ellos. Mientras haya cafés, la “idea de Europa” tendrá contenido.

Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir 
en el Café des Deux Magots de París.
(Fuente: Bonjour du Monde, 2014)

Europa ha sido y es paseada. Esto es fundamental. La cartografía de Europa tiene su origen en las capacidades de los pies humanos, es lo que se considera sus horizontes. Los hombres y mujeres europeos han caminado por sus mapas, de aldea en aldea, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. La mayoría de las veces, las distancias poseen una escala humana, pueden ser dominadas por el viajero a pie, por el peregrino a Compostela, por el promeneur, ya sea solitario, ya gregario. Hay trechos de terreno árido, intimidatorio; hay ciénagas; se elevan altas cumbres. Pero ninguna de estas cosas constituye un obstáculo definitivo. No hay Sáharas, no hay Badlands, no hay tundras impracticables. Los tramos montañosos tienen sus refugios, como los parques tienen sus bancos. Los Holzwege de Heidegger guían por el más tenebroso de los bosques. Europa no tiene ningún Valle de la Muerte, ninguna Amazonia, ningún outback intransitable para el viajero.

La cosecha, de Vincent Van Gogh (1888).
(© Museo Van Gogh, Ámsterdam)

Este hecho determina una relación esencial entre la humanidad europea y su paisaje. Metafóricamente –pero también materialmente–, ese paisaje ha sido moldeado, humanizado por pies y manos. Como en ninguna otra parte del planeta, a las costas, campos, bosques y colinas de Europa, desde La Coruña hasta San Petersburgo, desde Estocolmo hasta Messina, les ha dado forma no tanto el tiempo cronológico como el humano e histórico. En el borde del glaciar está sentado Manfredo. Chateaubriand declama en los cabos peñascosos. Nuestros campos, estén cubiertos de nieve o en el amarillo mediodía del verano, son los que conocieron Brueghel o Monet o Van Gogh. Los bosques más umbríos contienen ninfas y hadas, ogros o pintorescos ermitaños. Al viajero nunca le parece estar muy lejos del campanario del próximo pueblo. Desde tiempo inmemorial, los ríos han tenido vados incluso para bueyes, “Oxfords” [3], y puentes para bailar en ellos, como el de Avignon. Las bellezas de Europa son totalmente inseparables de la pátina del tiempo humanizado.

Traducción de María Condor




[1] George Steiner: La idea de Europa. Traducción (del inglés: The Idea of Europe) de María Condor. Ediciones Siruela, Madrid, agosto de 2005. La edición original, en francés, fue publicada por Actes Sud, Arles, el 30 de marzo de 2005.
[2] La lista de correos o apartado postal de las personas sin hogar, los sintecho.
[3] La etimología de Oxford, en inglés, es "where the oxen ford" (“donde los bueyes vadean”).