domingo, 6 de diciembre de 2009

Brè sopra Lugano


El transeúnte pasó cinco días de la segunda mitad de octubre de este año en la ciudad suiza de Lugano para participar en un acontecimiento cultural vinculado a Letonia: le agrada aprovechar las ocasiones que se le presentan. Tuvo la suerte de gozar de un tiempo otoñal espléndido, soleado y ventoso, de una transparencia insólita donde él vive, y sus ojos disfrutaron de las bellezas prealpinas ofrecidas con una luminosidad casi chocante.


El segundo día de su estancia, que era viernes, subió al Monte Brè con los dos funiculares que llevan desde Cassarate, uno de los antiguos arrabales de la ciudad, ribereño del lago, muy cerca del de Castagnola –el más elegante–, hasta la cima de la montaña, a 925 metros de altitud (de hecho, a unos 650 sobre el nivel de Lugano). Después de contemplar largamente las vistas que ofrece aquel mirador hacia los cuatro puntos cardinales, y aconsejado por uno de los empleados del funicolare con quien intercambió unas cuantas palabras para instruirse un poco sobre el lugar donde estaba –porque había improvisado la excursión–, se encaminó hacia el pueblo de Brè sopra Lugano, conocido también como Brè Paese o Brè Villaggio.


Su obsesión por no seguir los caminos más transitados hizo que se desviara hacia la vertiente sur de la montaña y siguiera el denominado Sentiero delle Betulle, en vez de la Scalinata della Torretta, que es el que asignan las características señales indicadoras de madera de los lugares de montaña en casi todo el mundo. E hizo bien, porque aunque no había una muchedumbre, la scalinata se veía bastante transitada. El solitario Sentiero delle Betulle (es decir, sendero de los abedules) es una vereda que sigue desde las alturas la orilla septentrional del lago y que, de vez en cuando, deja a la derecha un risco poco recomendable para quien sufre de vértigo. Pese al contraluz del mediodía, el lago de Lugano, conocido también como Ceresio, aparece, abajo, como una gran salamandra azulada con el cuerpo alargado hacia la Lombardía y las extremidades abiertas a oriente y occidente.


Mientras caminaba hacia el este, a la sombra de los abedules, los pinos y otras muestras del arbolado local, empujado por un viento poderoso, límpido y reconfortante, el transeúnte deseaba que aquel sendero no tuviera fin. De tanto en tanto se detenía a contemplar el paisaje, apenas enturbiado por la luz frontal del sol y la altitud: veía perfectamente la diga de Melide, que atraviesa el Ceresio a escasos kilómetros de la frontera italiana, por el sur, y más allá de la ramificación del lago, a la izquierda hacia Capolago y Mendrisio, aún en territorio suizo, y a la derecha hacia la provincia italiana de Varese.


El ponte-diga di Melide, que atraviesa el punto más estrecho del lago, fue proyectado por el ingeniero local Pasquale Lucchini (1798-1892) en los años treinta y cuarenta del siglo XIX, y se construyó entre 1841 y 1847 para facilitar el acceso a Lugano desde Milán en una época de incremento notable del tránsito entre la Lombardía y el Tesino, y evitar de esta manera el uso del viejo trasbordador, que ya no daba abasto. Más tarde, a partir de 1874, pasó por allí el ferrocarril del Gottardo (la famosa Gotthardbahn, que debía enlazar la Italia unificada con el Imperio alemán). La obra fue remodelada y ampliada en 1965 para permitir el paso de la autopista, además de la vía férrea. De hecho, si contemplamos un mapa del lago nos damos cuenta de que esta obra lo parte casi por la mitad, sensación que es aún más evidente desde la lejanía, desde donde estaba el transeúnte en su camino hacia Brè.


El hermoso Sentiero delle Betulle desemboca de pronto en el cruce con la Scalinata della Torretta y la Via della Vetta, un camino asfaltado. Desde ese punto hay que bajar hacia el pueblo por el tramo final de la scalinata, que es de cemento. Pero, de improviso, el panorama se abre tanto hacia el norte (es decir, hacia los denominados Alpes Lepontinos, donde está el puerto de San Gottardo, a 2109 metros de altitud, allí donde se acaban las tierras italianófonas del Tesino y comienzan las germanófonas del cantón de Uri) como hacia el este, donde se muestra con toda su luminosidad el pueblo de Brè y, alargando la vista, se divisa el fondo del brazo más oriental del lago, que se interna de nuevo en tierras italianas hasta muy pocos kilómetros del lago de Como.


Brè sopra Lugano es una aglomeración de unos 300 habitantes colgada sobre el lago, a poco más de 400 metros sobre la localidad de Gandria, la última que bañan las aguas del Cerisio antes de llegar a los límites políticos de Italia. Recorrer sus callejas, además de conocer un típico pueblo suizo prealpino, brinda la sorpresa de descubrir piezas de arte en todos los rincones. Hay una veintena de artistas, según se puede leer en un cartel-plano en la gran plaza que se extiende a la entrada de la población, entre los cuales Aligi Sassu, Gianfredo Camesi, Gianni Realini, Marco Prati y el iraquí Al Fadhil. También es de un artista moderno húngaro, József Biró, el Via Crucis de la iglesia, con su curioso campanario.


Que el arte conviva en tan buena comunión con la piedra de sillería de las casas no es una casualidad: en Brè vivió, y murió, el pintor suizo Wilhelm Schmid (1892-1971), al que no hay que confundir con otro artista alemán, contemporáneo suyo, del mismo nombre, y allí dejó un museo personal. Y allí nació el poeta y escultor Pasquale Gilardi “Lelen” (1885-1934), cuya casa está en pleno centro del pueblo. La piedra esculpida, el mármol, la cerámica, la madera y los metales son, por tanto, en Brè, algo más que objetos decorativos o mobiliario urbano.


Al transeúnte se le abrió el apetito recorriendo aquel dédalo de arterias pavimentadas con guijarros, muchas de las cuales son callejones sin salida con vistas impresionantes, y tuvo que elegir entre las dos fondas que encontró en el pueblo: la Osteria Monti, de estilo puramente italiano, y el Albergo Brè Paese, decorado según los gustos de la Suiza allemannica. Optó por éste, donde además de disfrutar de los buenos productos de la tierra y contemplar con curiosidad una serie de cuadritos de madera con inscripciones –en alemán– grabadas a fuego (proverbios suizos, según le explicó una de las dos chicas que atendían las mesas, cuando se interesó por ellos), supo que aquel hotel había sido fundado hacía unos treinta años por un suizo alemán llamado Paul Gmür, que aún brega animoso como hostelero después de haber recorrido el mundo. El hombre había explicado brevemente, de esta manera y en su lengua paterno-materna, su vida aventurera:


In meiner Jugend reiste ich als Schiff-Steward um die Erde und erblickte in San Franzisco das Goldene Tor zur Neuen Welt. Später entdeckte ich die Dritte Welt, die aber von der Schöpfungsgeschichte gar nicht vorgesehen war. Ich hörte von der Finanzwelt, und von der High-Tech Welt, fand aber den Kanal nicht. Heute wimmelt es von ungezählten Welten: Jener des Sportes, der Mode, der Fürstendümmer und Pensionskassen. Am Kiosk wird die Welt der Frau für nur Fr. 6.50 angeboten. Ambetracht der Qual der Wahl konzentriere ich mich auf mein eigenes Universum. Willmommen im Albergo.


Texto que se puede traducir más o menos así:


“Cuando era joven rodé por el mundo trabajando como camarero en un gran barco. En San Francisco vi la puerta de entrada al Nuevo Mundo a través del Golden Gate. Al cabo de unos cuantos años me interesé por el Tercer Mundo, que no había sido previsto ni en la creación. Me han hablado del mundo de las finanzas y de la High Tech, pero no he encontrado el canal para acceder a él. Hoy me ofrecen cien pequeños mundos, el del deporte, el de la moda, el de los principados y el de las cajas de pensiones. En los quioscos venden el de las mujeres por tan sólo 6,50 francos. Vistas las ofertas, me retiro a mi pequeño universo. Bienvenidos al Albergo.”


Una vida larga resumida en poquísimas frases, a las cuales hay que añadir otras dos, en italiano, que se encuentran al salir de la fonda, grabadas en una placa metálica dorada sobre el gran lienzo de pared encalada: “J. W. Goethe non si è mai fermato nel mio albergo. Forse un giorno si leggerà qui il vostro nome. Paul Gmür” (‘J. W. Goethe nunca se detuvo en mi hotel. Quizá algún día se leerá aquí vuestro nombre. P. G.’). Éstas son las conclusiones que sacó un suizo de origen rural al que las circunstancias convirtieron, en definitiva, en un poeta de la vida. El transeúnte, mientras hacía el camino de vuelta en la precoz caída de la tarde otoñal, pensó que había merecido la pena elegir aquel lugar para comer... y filosofar.


Fotografías, de arriba abajo:

- Brè sopra Lugano desde la Scalinata de la Torretta.

- El lago de Lugano y el dique-puente de Melide desde el Sentiero delle Betulle.

- Una de las esculturas que decoran las calles de Brè.

© de las fotografías: Albert Lázaro-Tinaut.

Se puede aumentar el tamaño de las fotografías clicando sobre ellas.


Agradecimiento: Simona Škrabec.

Traducción del catalán: Carlos Vitale.


6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ilusionó hallar este artículo que habla de Lugano, que es de dónde procedía mi bisabuelo materno, al que no pude conocer. Su apellido era Bonaglia y creo que tengo familiares lejanos allá. Es un placer leer su artículo y seguiré con ilusión su blog.

Ilaria, desde Zumpango del Río (Mexico)

Albert Lázaro-Tinaut dijo...

Y a mí me ilusiona infinitamente su comentario, por ser el primero que recibe esta bitácora y, también, por esa casualidad de su ascendencia luganesa. Probablemente, la bella Lugano de hoy fuera, cuando su bisabuelo emigró de allí, una pequeña aldea junto al lago a la que ya llegaba el ferrocarril, que tanto influyó en su crecimiento.
Muchas gracias, Ilaria.

chrieseli dijo...

He llegado a su bitácora por un comentario a nuestro afín jusamawi.
Me he quedado prendada de este lugar cuando hace mucho tiempo atrás y en compañía de alguien a quien amé, recorrimos de prisa y con cuidado. Lugano, qué maravilla. El aire del verano en el lago Maggiore aún lo tengo metido en mi nariz y varias fotografías del corazón salen porfiadas para que las vea.
Voy a enlazar su blog con el mío (http://chrieseli.wordpress.com) para leerle a menudo.
Un abrazo y gracias por el viaje :)

Albert Lázaro-Tinaut dijo...

Chrieseli, me satisface mucho que este artículo le haya devuelto emociones y buenos recuerdos. El lugar es realmente maravilloso y vale la pena perderse por allí.
Gracias por haber enlazado mi blog al suyo; haré lo mismo, porque encuentro en su blog historias muy interesantes y muy bien escritas, de modo que lo seguiré con interés.
Me gustaría saber desde dónde me escribe...
Un saludo cordial y mis mejores deseos para estas fiestas y el nuevo año.

jusamawi dijo...

Yo también me he encerrado en mi pequeño universo, al menos durante unos días. No dudaría en hacer como el marino-camarero del relato y montar una posada que me permitiera permanecer aquí al resguardo de horarios y obligaciones.
Más plácido y feliz sería mi encierro al poder compartir los viajes que narras.Este,en torno a Lugano, ha sido un paseo precioso y vivificante.
Toda mi vida se debate siempre entre la movilidad y la inmovilidad,tanto interna como externa.Con la dualidad interna tengo que bregar yo.Con la externa encuentro ayuda en palabras como las que nos dejas leer.

Feliz año.

Albert Lázaro-Tinaut dijo...

No sabes cómo agradezco tu comentario, jusamawi, que refleja no sólo una atenta lectura de este relato de mi viaje al sur de Suiza, sino unas inquietudes que creo compartir. ¡Quién no ha de bregar, hoy (quizá haya sido siempre así), con su dualidad interna, que no deja de ser un reflejo de las contradicciones de todo ser humano que piensa y reflexiona! Quizá en ello esté nuestra riqueza, aunque no sepamos percibirla.
Sin embargo, hay gente con suerte, como este viejo Paul Gmür, que ha conseguido el objetivo de "particularizar" esa dualidad en un sabio proyecto, sencillo pero suficiente para serenar los ánimos después de una aventura vital intensa, por lo que es doblemente rico de espíritu.
Un saludo cordial y feliz 2010.