06 marzo 2022

El matriarcado entre los bijagós de Guinea-Bissau

Grupo de mujeres bijagós de la aldea de Eticoga, Orango Grande.
(Foto © Anna Bové, 2021.)

En Orango Grande, una de las 88 islas que forman el archipiélago atlántico de las Bijagós, a unos 60 kilómetros de la costa de Guinea-Bissau, “las mujeres son esenciales en la base socioreligiosa de la comunidad. Además de encargarse del cuidado de la familia y de la agricultura de subsistencia –los hombres son los responsables del cultivo del arroz y el anacardo–, ellas son la conexión principal con
el mundo espiritual a través de las
okinkas o baloberas, las sacerdotisas bijagós. Si bien es cierto que no
se cumple la idea occidental del matriarcado, la mujer ostenta un lugar preponderante en la sociedad bijagós, de ascendencia matrilineal. Aunque luego ellas no suelen poseer las tierras ni los bienes materiales, sí son quienes heredan”, explica la periodista y viajera Paka Díaz [1].

El texto que sigue pertenece al libro Geheimnisvolle Inseln Tropenafrikas. Das Reich der Bidyogo auf den Bissagos Inseln (1933), del antropólogo y fotógrafo austriaco Hugo Adolf Bernatzik (Viena, 1897-1953) y está tomado de la versión española del mismo, En el reino de los Bidyogo. [2] Y aunque, sin duda, en los noventa años transcurridos desde la publicación del libro la sociedad de la isla ha evolucionado, las tradiciones más arraigadas se conservan: “Las mujeres desde siempre transmiten la educación a las hijas y los hijos, ahora trajinan en el campo, en la recolecta de cacahuetes, en la casa organizando la actividad de la familia y el bienestar, en mariscar ostras y berberechos, en la artesanía de las esteras y los muebles. Su voz es admirada. Los hombres pescan y elaboran el aceite de palma, el barbecho de las tierras y los trabajos que surgen en el campo, en las islas o en la capital Bissau. Ellos quieren tener más protagonismo y así lo han manifestado…”, afirma por su parte la antropóloga Anna Bové [3], que había visitado la isla dieciséis años antes.

Albert Lázaro-Tinaut

Mujeres de Orango trabajando en la confección de esteras.
(Foto © Anna Bové, 2021.)

La expresión “sexo débil” no cuadra en absoluto a los moradores femeninos de Orango. Pronto supe que aquí domina en gran manera el matriarcado. Aquí es la muchacha la que elige al hombre; no hay en Orango doncellas condenadas a la soltería, si el hombre no las encuentra a su gusto. Al contrario, no bien la muchacha ha entrado en la pubertad y ha sido recibida en la tribu (ceremonia que se celebra cada diez años), es decir, apenas ha llegado a la mayor edad, coloca un plato grande de arroz sin condimentar delante de la casa de su elegido. Si el mozo está dispuesto a aceptar el ofrecimiento así formulado de la muchacha, lo manifiesta de la manera más sencilla: se come el arroz y pasa una noche de prueba, según expresión de mi informador, “en camaradería” con la chica. Si a esta le sigue agradando el “compañero”, repite la ceremonia del plato de arroz. Al aceptar el mozo de nuevo, este se va a vivir con la muchacha a la choza que esta levantara con el máximo esmero, y la pareja queda casada… hasta que la esposa, un buen día, saca a la puerta de la choza cuanto pertenece al marido, indicándole con ello que no sigue dispuesta a tolerar por más tiempo el yugo de la comunidad matrimonial.

Pero si en todo momento puede la mujer separarse de su marido a su antojo, los hombres no disfrutan, en absoluto, de semejante derecho. Y ¡ay del hombre que se atreve a rechazar los requerimientos de una muchacha enamorada! Entonces todo el sexo femenino de la isla se solidariza con la ofendida. Una primera negativa es tolerada, aunque a regañadientes; pero si el hombre rechaza por segunda vez el ofrecimiento, no le queda otro recurso que emigrar, si es que alguna vez piensa en casarse, pues en Orango Grande no encontrará ya ninguna muchacha que le considere digno de sus miradas.

Una choza característica de Orango Grande.
(Foto © H. A. Bernatzik.)

Hasta la ceremonia de la pubertad, las muchachas deben abstenerse de todo comercio sexual. No faltan a este precepto, porque están persuadidas de que morirían si lo transgrediesen. En cambio, una vez casadas, no están sujetas lo más mínimo a la fidelidad conyugal. Ningún hombre se atrevería a reprochar a su esposa el que prefiriese pasar la noche con un amigo, pues a la mañana se encontraría con los objetos de su pertenencia ante la puerta de la choza. Y la misma suerte le aguardaría infaliblemente si la indignada esposa le descubriera un adulterio, puesto que el hombre sí está obligado a la fidelidad conyugal.

Estos derechos de las mujeres contribuyen en gran manera al desenvolvimiento de su personalidad, a la par que los hombres, en lo que yo he podido observar cuando menos, manifiestan ante el sexo contrario una timidez verdaderamente pueril. Contrariamente a la mujer, el hombre no tiene derecho en caso alguno a pedir la separación, y únicamente puede volver a casarse cuando su mujer le ha puesto los objetos que le pertenecen ante la puerta de la choza. Ahora bien, en caso de separación, los hijos pertenecen al marido, según me aseguran tres distintos informantes. Los matrimonios ente consanguíneos, incluso entre primos, están prohibidos; solo para el Rey existe una excepción a esta ley.

En la mayoría de las tribus indígenas, pudimos observar que las muchachas y las mujeres jóvenes fueron mantenidas ocultas hasta que los hombres se hubieron cerciorado del carácter pacífico de nuestra expedición. De la ausencia del elemento femenino de una población cabía deducir, incluso con cierta seguridad, las intenciones hostiles de los naturales. Por eso había yo esperado que la presencia de mi esposa en nuestro campamento desvanecería rápidamente aquella desconfianza. Había contado con que los indígenas deducirían de la presencia de una mujer blanca nuestras intenciones pacíficas, y hasta entonces no me había equivocado.

Un grupo de hombres de la isla de Orango Grande.
(Foto © Anna Bové.)

No obstante, en Orango las cosas se presentaban de distinto modo: aquí eran las mujeres los elementos emprendedores de la población. Establecían trato con nosotros ofreciéndonos en venta fruslerías; se peleaban con nuestros mozos y pronto nos visitaron colectivamente en el campamento, considerándonos con curiosidad y regocijo a nosotros, los hombres que pertenecíamos a un mundo extraño para ellas, e informándose de lo que hacíamos y dejábamos de hacer. Con gran pesar mío, empero, muy raramente logré que una u otra se aviniese a hablarme y contestar a mis preguntas.

Aun cuando muy pronto pudimos comprobar que en Etikoka [4] había más hombres de lo que nos pareció cuando llegamos, estos manteníanse alejados y evitaban adrede entrar en contacto con nosotros. Si invitaba a alguno de ellos a sentarse junto a nosotros y contarnos algo de su vida, indefectiblemente tenía algo urgente que hacer y desaparecía con la promesa de volver enseguida, aun cuando ni remotamente abrigaba la intención de cumplirla. Si había tenido la buena fortuna de entablar conversación con un indígena, y por uno u otro motivo había yo de interrumpirla un instante, el indígena desaparecía por regla general. Para encontrarlo de nuevo y renovar la conversación, no valían buenas palabras, ni tabaco, ni dinero.

Pero si yo no apartaba la vista del indígena, de modo que no pudiera escabullirse, casi siempre se negaba a responderme, y hacía de tal modo, que yo me sentía impotente para hacerle hablar. Nunca mentían. En cuanto a los adolescentes, me explicaban con toda ingenuidad que eran todavía demasiado jóvenes para poder responder a mis preguntas, y que ya lo aprendería todo en la escuela de la selva. Los viejos, a su vez, se excusaban con sus hermanos de tribu, sosteniendo que tenían el deber de callarse.

Era más que evidente que, en tales circunstancias, resultaba muy difícil para el profesor Struck hacer mediciones y estudios antropológicos. Con frecuencia, incluso los mismos indígenas con quienes habíamos logrado crear un ambiente de confianza, se negaban a someterse a las prácticas antropométricas, temerosos de ser víctimas de un hechizo.

No salía yo mejor parado con mis fotografías. Apenas las mujeres se daban cuenta de que las observaba, o que llevaba conmigo la temida cajita mágica, ponían pies en polvorosa o se escondían detrás de sus grandes canastos. De todos modos ya sabía yo arreglármelas; procuraba, al efecto, que Takr trabase un interesante diálogo con los indígenas que me proponía fotografiar, mientras yo, con mi teleobjetivo, los fotografiaba sin que tuviesen la más remota sospecha de que eran el blanco de mi aparato.

Mujeres bijagós ocultándose del fotógrafo tras sus canastos.
(Foto © H. A. Bernatzik.)

Notas

[1] Paka Díaz: “Orango, el espejismo de matriarcado que protege la naturaleza de Guinea-Bisáu”, en
El Español, Madrid, 17 de diciembre de 2021.

[2] Hugo Adolf Bernatzik: En el reino de los Bidyogo. Traducción de Francisco Payarols. Revisión por Augusto Panyella, director del Museo Etnográfico de Barcelona. Editorial Labor, Barcelona, 1959.

[3] Anna Bové: “Mis días en la isla de Orango Grande, Guinea Bissau, 16 años después…”, en Matriarcados, Barcelona, 23 de diciembre de 2021.

[4] El nombre actual de la tabanca (aldea), situada al noroeste de la isla de Orango, es Eticoga.

10 septiembre 2021

Fronteras: la fragmentación del espacio geográfico

La línea fronteriza que separa la ciudad mexicana de Tijuana (a la derecha)
de los arrabales de la estadounidense San Diego.

(Fuente: Wikimedia Commons)

“No hay viaje sin que se crucen fronteras: políticas, lingüísticas, sociales, psicológicas, también las invisibles que separan un barrio de otro en la misma ciudad, las existentes entre las personas, las tortuosas que en nuestros infiernos nos cierran el paso. Traspasar las fronteras; también amarlas por cuanto definen una realidad, una individualidad, le dan cuerpo salvándola así de lo indistinto pero sin idolatrarlas, sin hacer de ellas ídolos que exigen sacrificios de sangre. Saberlas flexibles, provisionales y perecederas como un cuerpo humano, y por ello dignas de ser amadas: mortales en el sentido de que, al igual que los viajeros, están sujetas a la muerte, y no ocasión y causa de muerte como lo han sido y lo son tantas veces.” Así ve y concibe las fronteras Claudio Magris, triestino y, por consiguiente, hombre fronterizo, en el prefacio de su libro El infinito viajar. [1]

Hay muchas maneras de ver, considerar, definir, enjuiciar las fronteras. El geopolitólogo francés Jacques Ancel, en su Géographie des frontières, dice que “la frontera es una isobara política que fija, durante un tiempo, el equilibrio entre dos presiones: equilibrio de masas, equilibrio de fuerzas”. [2] Y para el escritor mexicano Jorge Volpi “las fronteras son construcciones imaginarias, límites ficticios que demarcan el ámbito de poder de quien las traza”. [3] Encontraríamos muchas más.

Alfio Squillaci, escritor y difusor cultural italiano, basándose en dos obras de especial relevancia por lo que respecta al tema, traza aquí un interesante panorama de las divisiones territoriales y hace hincapié en los conceptos de muro (separación infranqueable) y frontera (separación permeable) que puede resultar bastante esclarecedor (y también polémico, sin duda) para quien se interese por estas cuestiones.

Albert Lázaro-Tinaut

El muro de Berlín, un claro ejemplo de aberración fronteriza.

Pensar las fronteras

Por Alfio Squillaci

La mayor construcción humana realizada hasta ahora parece ser la Gran Muralla china que, dicen, es perfectamente perceptible a simple vista desde las naves espaciales. El Vallum de Adriano, las murallas servianas y aurelianas, en cambio, testimonian que, por muy grande que fuera el poder expansionista de Roma, en muchos momentos de su historia necesitó defenderse de sus enemigos o separarse de sus vecinos. En la antigua Roma, la palabra hostis significaba tanto ‘enemigo’ como ‘forastero’: Hostis enim apud maiorem nostros indicebatur, quem nunc peregrinum decimus (‘Nuestros antepasados denominaban enemigo a quien hoy llamamos forastero’), escribía Cicerón en De officiis.

El muro más escandaloso y contradictorio construido en Europa, el de Berlín, que cayó en 1989, fue levantado en una sola noche por el régimen comunista, cuya ideología oficial proclamaba el internacionalismo y la paz entre los pueblos hermanos, que no dudó en separar a sus propios proletarios de los otros, pese a seguir repitiendo aquello de “proletarios del mundo, uníos”, y cuyos correligionarios italianos, en su himno Bandiera rossa, cantaban: “Non più nemici, non più frontiere; sono i confini rosse bandiere” (‘No más enemigos, no más fronteras: son los confines banderas rojas’).

Por otra parte, después de haber preconizado con fervor que “antes o después todos los muros caerán”, los papas se encerraron entre las sólidas y antiquísimas murallas de la Ciudad del Vaticano, denominadas leoninas, construidas en una época en que era prudente hacerlo, cuando Roma, sin murallas, había sido devastada: unas murallas, las vaticanas, custodiadas, como todos los muros que son a la vez fronteras, por tropas, aunque en este caso se trate de guardias suizos.

Aspecto actual de las murallas leoninas, que encierran
el Estado de la Ciudad del Vaticano.

(Fuente: PDFslide)

Cabe suponer, pues, que incluso quienes se aferran a la consigna no border, cuando regresan a sus casas después de las batallas internacionalistas y mundialistas, cierran la puerta con llave y se recluyen entre sus propios muros domésticos, estableciendo así una frontera infranqueable entre “el dentro” y “el fuera”. Por mucho que las mejores conciencias proclamen la amistad entre los pueblos, y por mucho que se proponga el acercamiento entre las personas de buena voluntad, siempre prevalece y se manifiesta el impulso de separarse: los muros levantados por cualquier ideología, política, religiosa o de otra índole, ponen de manifiesto las contradicciones.

Pero conviene saber distinguir. Régis Debray argumenta que los muros no son las fronteras, o ya no lo son, o lo son solamente a veces, y no todos lo son, ni siempre. Por regla general, los muros se levantan durante largos períodos de la historia, o bien con prisas, en una sola noche, para separar claramente a unos de otros.

Muchos muros son bastiones fortificados; y si eran bastiones incluso en el espacio ucrónico de Blade Runner, imaginemos lo que significan en nuestro mundo terrenal. Los muros se erigen contra los hostis mencionados por Cicerón, y manifiestan sin ambages un non prevalebunt claro y hostil como el de los cristianos romanos contra las fuerzas infernales. Las fronteras, en cambio, son “un asunto intelectual y moral”, según Debray, a menudo un signo que no es visible (en las nieves de los Alpes, por ejemplo), tampoco olfativo como el de los animales, que marcan su territorio para separarlo del de los demás derramando líquidos corporales.

El paso fronterizo entre España y Gibraltar.
(Fuente: EFE)

Las fronteras son signos de demarcación en un área geográfica concreta. Allí donde es posible, en una carretera o en un puerto de montaña, la frontera, ese muro ideal, se abre o se cierra. Las fronteras tienen la entrada y la salida por la misma puerta, presentan una doble funcionalidad, como el rostro bifronte de Jano, y no deniegan el paso a todos, como los muros: dicen estos sí y estos no. El muro impide el paso y la frontera lo regula. Es un filtro: el reino de los pasaportes, de los visados, de los salvoconductos sellados, donde la estatalidad se impone al pueblo-nación. Como dice Debray, era deber de los reyes, de donde procede el concepto de regere fines, mantener las fronteras.

Últimamente, los medios de comunicación refieren construcciones de muros en muchos lugares del mundo, y la historia nos informa de que las fronteras se han multiplicado en los últimos cincuenta años: desde 1991 se han trazado al menos 27.000 kilómetros de nuevas fronteras, dice Debray, especialmente en Europa y Eurasia. Y nuevas fronteras, unas veces con muros, otras no, surgen por doquier. El geopolitólogo Michel Foucher ha calculado que entre 2009 y 2010 se produjeron veintiséis casos de conflictos transfronterizos graves.

Las fronteras, además de delimitar estados o naciones, encierran identidades. Ya Hume, en su ensayo sobre el intelecto humano, en vez de identidad que supone una rígida lógica aristotélica (A=A), adoptaba el término psicológico sameness (que podríamos traducir como “simismidad”, es decir, reflejo identitario). Aunque algunos antropólogos tiendan a negar, incluso ontológicamente, cualquier identidad; y aunque gentes bienintencionadas, celebridades y el cantante utopista John Lennon cantaran Imagine there’s no countries, los pueblos se obstinan en vivir por su cuenta, y reclaman más fronteras.

Es lo que se viene observando en la historia reciente, y lo que se supone que continuará sucediendo en el futuro. Cuando se disolvió el Imperio soviético, los eslovacos no quisieron convivir con los checos, ni los croatas con los serbios, ni los ucranianos con los rusos; y hoy, el pueblo kurdo se resiste a abolir las fronteras que lo mantiene repartido entre tres países…

En contrapartida, hay una idea internacional expresada por importantes minorías intelectuales que no solo da por descontada o inevitable la sociedad multicultural, multiconfesional y multiétnica: la preconiza, la difunde, la invoca, trata de imponerla. ¿En qué modelo histórico que funcione y resulte satisfactorio se inspiran esos optimistas “sin fronteras”? ¿Tal vez en el irlandés, cuando durante cuatro siglos los irlandeses han peleado a sangre y fuego con los ingleses? ¿O en el de la extinta Yugoslavia, que tuvo y acabó rechazando violentamente su sociedad multicultural, multiconfesional y multiétnica? Cuando esa sociedad fue concebida por poetas y pensadores idealistas y paneslavistas entusiastas de la idea de reunir a todos los eslavos del sur dentro de la misma y única frontera, acabó haciéndose realidad, primero por la monarquía y luego por la fuerza bruta del socialismo “casi real” de Tito, al cabo de unas décadas, a costa de mucha sangre inocente derramada, se decidió que aquel hermoso proyecto no tenía sentido y no podía seguir funcionando. Y así fue como los pueblos de la antigua Yugoslavia establecieron fronteras entre ellos, casi siempre frágiles y a menudo sometidas al control de fuerzas militares de las Naciones Unidas. 

Soldados de las Naciones Unidas en Bosnia.
(Fuente: Revista Ejército)

Para redactar este texto me he basado fundamentalmente en dos ensayos: “Pensare la frontiera”, que forma parte del libro 
Il pensiero meridiano, de Franco Cassano, y Éloge des frontières, de Régis Debray. [4] 

ﷺ ﷺ ﷺ

[1] Claudio Magris: El infinito viajar. Traducción de Pilar García Colmenarejo. Editorial Anagrama, Barcelona, 2008.
[2] Jacques Ancel: Géographie des frontières. Éditions Gallimard, París, 1938.
[3] Jorge Volpi: “Las trompetas de Jericó”, en El País, Madrid, 14 de noviembre de 2005, p. 16.
[4] Franco Cassano: Il pensiero meridiano. Laterza, Bari, 2003; pp. 53-66. / Régis Debray: Éloge des frontières. Folio, Éditions Gallimard, París (eBook), 2013.

Este texto, traducido del italiano y parcialmente resumido por Albert Lázaro-Tinaut, fue publicado en L’Intellettuale Dissidente, Roma, el 28 de abril de 2021. TRANSEÚNTE EN POS DEL NORTE agradece al autor su amable autorización para reproducirlo.

20 noviembre 2020

El activismo negro en España

Foto © Daniel Esteban Aguilera.

Por Quinny Martínez Hernández

Jeffrey Abé Pans es un hombre negro, de 32 años, activista panafricanista* e integrador social, que creció en el seno de una familia monoparental, comandada por su madre. Una mujer blanca sin ningún tipo de privilegios, incansable luchadora con cuatro hijos, de los cuales Jeffrey es el menor y único varón. Sus hermanas mayores se encargaban de cuidarle; reconoce que, habiendo crecido entre mujeres, aprendió a valorar mucho sus luchas, el amor que de ellas sigue recibiendo marca su carácter feminista, defensor de las justas causas a favor de la igualdad que se les niega.

En 2018 se embarcó en la aventura de escribir un libro para hablar acerca de lo que como hombres y mujeres negros concierne. Habló entonces con su mentora, referente y amiga Remei Sipi, que también es una de las primeras mujeres negras abiertamente activista en España y dueña de la editorial Mey, que le dio su apoyo incondicional. Con Remei tiene una relación hace más de diez años, gracias a esa búsqueda de sus orígenes que lo llevaron a encontrarse en el reflejo de otros que, antes que él, levantaban sus voces. Sintiéndose como hombre negro en la capacidad de cortar de alguna manera con la brecha intergeneracional que separa a los jóvenes de los pioneros del activismo negro en España, y para que la unidad sea la protagonista de los cambios que se están generando.

Y así nació Cuando somos el enemigo. Activismo negro en España**. Se puso en contacto con quienes participan en el libro, quedándose corto, puesto que hay gente a la que le gustaría haber incluido, en una propuesta que pasó de ser un libro escrito solo por él, a ser un testimonio vívido entre hermanos; atravesando esos inicios austeros, hasta un hoy más visible por las múltiples posibilidades que da la inmediatez de las redes sociales. “La gente debe entender que las causas de los negros no empiezan con Barack Obama, o con el infortunado suceso de George Floyd; esta lucha viene desde el origen de nuestros tiempos. Nuestras reivindicaciones son legítimas, organizaciones internacionales hacen también ese llamado. Naciones Unidas ha implementado el Decenio Internacional de los Afrodescendientes, que invita a los gobiernos a solucionar el racismo estructural que sufrimos, siendo estos organismos conscientes de que hay una realidad que se edulcora y no se asume como es debido”, puntualiza.

“Lo cierto es que los colectivos y organizaciones que, desde hace años, promovemos el empoderamiento de la población africana y afrodescendiente en España, siempre debatimos sobre qué factores y estrategias son más favorables para mejorar la situación de nuestra comunidad”, escribe en el libro, que recoge experiencias y alegatos de profesionales como Antumi Toasijé, experto panafricanista, recientemente nombrado por la ministra de Igualdad de España, Irene Montero, como nuevo presidente del Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica, organismo creado en 2007.

Jeffrey Abé Pans.

En el relato recogido en la página 75 del libro Toasijé dice: “Mientras que la negritud se centra en la valorización de la persona negra como productora de cultura, el panafricanismo se centra en la conquista del poder político para las africanas y los africanos. El panafricanismo llama a todos los afrodescendientes a unirse en torno a una lucha más compacta. Ciertamente y como dice el mismo Abé Pans, “cabe resaltar que, durante las últimas décadas, el activismo negro en España ha sufrido una gran transformación como consecuencia de los cambios demográficos acaecidos en la sociedad española. La inmigración negroafricana ha aumentado considerablemente, se ha diversificado y cada colectivo ha incorporado a la lucha comunitaria elementos propios de sus reivindicaciones sociales”.

Este joven activista es un autodidacta cuyos inicios fueron motivados por la necesidad de comprender su mundo. Todo empezó a partir de los 16 años, cuando al leer un libro que le regaló una de sus hermanas, en el que relataba la vida y obra de Malcom X, descubrió que había una sucesión de hechos que necesitaba comprender; así fue cómo indagando, leyendo y asistiendo a distintos eventos, se dio a conocer por ser el espectador más joven. Hoy día las personas a las que escuchaba entonces son sus mayores referentes y varias de ellas lo acompañan en el libro.

Jeffrey resalta la importancia de los negros colombianos como pilar fundamental de los movimientos en América, habla de manera distendida de la figura de Benkos Biohó, de la herencia viva que representa el pueblo de San Basilio de Palenque, y de Francia Márquez, a quien admira y tuvo la oportunidad de entregarle su libro; convencido de que, si Francia llega a la presidencia de Colombia, dará un vuelco a un país que sufre lo embates del racismo de manera indiscriminada desde todos los frentes.

Jeffrey está convencido del valor de su trabajo; ha ampliado su mirada a partir de las experiencias de todos esos referentes que él se ha esforzado en conocer, para poder nutrir su andadura en favor del panafricanismo, haciendo de enlace entre los negros de aquí y de allá; en términos asociativos, de militancia antirracista y panafricanista, resalta esas referencias que son hitos para la lucha: Cuando somos el enemigo habla sobre todo eso, y yo sé que no es un libro escrito desde la intelectualidad. Yo soy un joven con una formación profesional básica, no he ido a una gran universidad, pero me he atrevido porque hay que actuar en favor de lo que nos compete, que son los derechos que nos han sido negados. Es un libro que está al alcance de quien quiera leer, fácil de entender y con historias de vida y obra”.

Abé Pans ha tocado muchas puertas para dar a conocer el libro, ha ido personalmente a todas las bibliotecas y librerías en su ciudad, Barcelona, para que se replique el mensaje; en unos espacios ha sido recibido y en otros espacios, no, como todo en la vida. Consciente de que no hay páginas en blanco suficientes para escribir y describir todo el sufrimiento del pueblo negro en el mundo, sigue haciendo su parte, presentando su libro en diversos escenarios, divulgando un trabajo hecho por muchos, que ha cruzado las fronteras, replicando la doctrina del panafricanismo respetando las diferencias.

El prólogo de Cuando somos el enemigo ha sido escrito por la politóloga y activista afrocolombiana Irina Ila; cito textualmente: “Tanto nuestras resistencias activas como pasivas pasan por el mismo proceso; son vaciadas de su contenido permanentemente para ser apropiadas, mientras nuestra historia es invisibilizada”.


* El panafricanismo es un movimiento político que propugna la cooperación y la unidad de todos los países africanos, en especial como defensa contra posibles injerencias de terceros países. 

** Jeffrey Abé Pans: Cuando somos el enemigo. Activismo negro en España. Editorial Mey, Barcelona, 2019.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista digital colombiana Vive Afro el 15 de octubre de 2020.

14 marzo 2020

BAJO OTROS CIELOS



Reproducimos un comentario y una entrevista sobre el proyecto poético-geográfico Bajo otros cielos, publicados en el periódico latinoamericano de cultura Por naturaleza propia.

Hace pocos meses asomó a la red una nueva página titulada “Bajo Otros Cielos”, presentada como “un recorrido poético por la geografía”: hasta día de hoy ha publicado más de 300 poemas originales en lengua española y traducidos. Los poemas van ilustrados con una fotografía o una reproducción de arte elegida con buen criterio.

Es genial descubrir en esta página traducciones de literaturas poco conocidas: India, China, Armenia, Islandia, Chipre, Macedonia, Albania, las Repúblicas Bálticas, incluso los países de Escandinavia, por ejemplo, riqueza que los buenos lectores de poesía deben apreciar.

Esta iniciativa solamente merece elogios. Ojalá los responsables de esa hermosa página tengan energías para mantenerse y que “Bajo Otros Cielos” consiga la difusión que merece.

Se accede a la página por el link https://bajootroscielos.blogspot.com/.

Julio P. Orgaz

Entrevista a Albert Lázaro-Tinaut, uno de los promotores de la idea

Por Julio P. Orgaz


P. Hablan ustedes de “proyecto”, palabra que en estos días define muchas iniciativas culturales. ¿Cómo surgió ese diseño?

R. El origen de la idea es lejano en el tiempo, fue una propuesta de la amiga chilena Carmen, exiliada en Venezuela desde 1974 (no quiere revelar sus apellidos por razones que respeto). Carmen, debido a su situación, bastante precaria, no ha podido realizar su sueño juvenil de viajar, recorrer mundo, y como persona apasionada por la poesía (la escribe y la firma con un seudónimo) pensó que se podía “viajar a través de los versos” y las imágenes inspiradas en ellos. Me envió un esquema de lo que proponía y me pidió que la ayudara a emprender el proyecto. Por circunstancias diversas, no pude hacerlo en su momento, y han pasado varios años desde entonces.

P. ¿Partían ustedes de una selección de poemas o tuvieron que empezar de cero?

R. Con la concepción de la idea Carmen había seleccionado material poético sin un criterio definido más que el de la localización geográfica. Partimos, en parte, de aquella selección, pero antes de hacer público el proyecto la revisamos a fondo y nos pusimos a buscar otros poemas. Por mi parte, desempolvé muchos libros, algunos olvidados, de mi biblioteca personal, y ella hizo otras sugerencias. Tardamos más de tres meses en reunir lo necesario para lanzar el blog con garantías y lo abrimos en noviembre de 2019 con un bagaje que nos parecía suficiente, aunque con el propósito de persistir activamente en la búsqueda de nuevos poemas. Al principio fue fácil, pero cuando empezaron a agotarse nuestros recursos personales tuvimos que buscar otros y navegar intensamente por internet. Contamos, además, con la generosa colaboración de personas amigas que nos proporcionaron poemas y, sobre todo, contactos. Todavía lo hacen. Mientras tanto se unieron al proyecto otros dos redactores.

P. Predomina la poesía española y latinoamericana…

R. Es lógico que hayamos recurrido a lo más próximo, por la facilidad que ello supone. Sin embargo, yo mismo, como traductor de poesía, quise introducir a poetas en otras lenguas y, en la medida de lo posible, de autores pertenecientes a culturas poco difundidas entre nosotros. En ese intento también conté con la colaboración de algunas amistades pero, sobre todo, empecé a recorrer bibliotecas públicas a la “caza” de nuevos ejemplares… Esa tarea ha dado muy buenos frutos.

P. He visto que usted mismo es autor de varias versiones.

R. No tantas. Mi aspiración era traducir a más poetas, pero la realidad se impuso: en poco tiempo el proyecto adquirió unas dimensiones que no imaginábamos, lo cual originó una carga de trabajo considerable: transcribir poemas, atender a una correspondencia cada vez más intensa, a medida que Bajo otros cielos se iba dando a conocer, sobre todo en algunos países americanos. He de decir que la respuesta ha sido entusiasta, a veces demasiado, y eso asusta un poco, especialmente cuando de lo que se trata es de disfrutar y no de estresarse.

P. La ilustración de los poemas me parece uno de los activos destacables del proyecto: ¿cómo consiguen las imágenes, siempre imágenes muy adecuadas para los poemas?

R. Debo reconocer que es la tarea más laboriosa, pues los poemas vienen dados y, salvo alguna excepción, los recibimos sin ilustración o con fotografías de escasa calidad. De la búsqueda y selección de imágenes me ocupo personalmente, porque es algo que me apasiona; de hecho, me habitué a ello profesionalmente, cuando trabajaba como editor. Internet es una fuente casi inagotable de imágenes, pero tiene el inconveniente de que muchas no son de libre disposición. Reproducimos las disponibles, y siempre que la conocemos citamos la fuente. Que nuestro proyecto no tenga ánimo de lucro facilita mucho las cosas.

P. ¿Cuál es el ritmo de publicación de los poemas?

R. Al principio cometimos la locura de nutrir el proyecto con muchos poemas, hubo días en que publicamos seis o siete. Quizá fuera necesario para darle cuerpo. Luego fuimos reduciendo las dosis diarias a tres o cuatro, y actualmente solemos publicar dos poemas cada día, algunos días incluso tres. De momento pensamos mantener ese ritmo.

P. ¿Se puede contabilizar el número de lecturas de cada poema?

R. Hasta cierto punto. Quedan registradas las visitas a los poemas que “se abren”, es decir, a aquellos a los que los lectores acceden expresamente desde el índice o desde un enlace directo, pero no a los que encuentran al entrar en la página. Hemos comprobado la importancia de la difusión de los poemas por sus autores, pedimos que los divulguen a través de las redes sociales y de sus blogs, y quienes lo hacen reciben más visitas que los otros. Son muchos los autores y colaboradores fieles que se comprometen con el proyecto y lo difunden.

P. ¿Y el número total de visitas?

R. Eso sí, y su procedencia. Durante las primeras semanas nos desalentaba un poco la escasez de visitas, pero era lógico que fueran pocas teniendo en cuenta que el proyecto apenas se había difundido. Poco a poco fueron en aumento, y ahora mismo se sitúan entre las 100 y las 300 diarias, que no está mal tratándose de algo tan escasamente reconocido como la poesía… Las visitas proceden mayoritariamente de España y de varios países latinoamericanos, pero también las hay, y no pocas, de los Estados Unidos y Canadá, de países europeos y, esporádicamente, de otros continentes. En este sentido podemos sentirnos satisfechos.

P. ¿Qué repercusiones públicas ha tenido el proyecto?

R. La verdad es que pocas, más allá de las que ha habido en blogs y a través de las redes sociales, particularmente de Facebook, donde algunas personas han comentado nuestra tarea. Esta es la primera reseña importante que tenemos, y agradecemos que hayáis valorado tan positivamente el proyecto. Sin embargo, el boca a oído ha funcionado bastante bien, no solo por lo que se ha transmitido, como he dicho, en blogs y redes sociales, sino también por la voluntad de muchas y muchos poetas de dar a conocer nuestra labor a amigos y conocidos. Incluso personas que no escriben poesía han actuado como generosas portavoces.

P. Son cuatro redactores: ¿opinan los cuatro sobre los poemas antes de publicarlos?

R. Sí, siempre. Es un compromiso que adquirimos desde el primer día. Cuando llega o se propone un poema nuevo, lo recibo yo (en cierto modo he asumido la tarea de “jefe de redacción”) y lo reenvío inmediatamente a los otros tres redactores. Solemos ponernos de acuerdo, pero a veces hay discrepancias y se produce un pequeño debate (siempre a través de internet, pues nos separa a todos la distancia). Desde que hemos decidido ser más exigentes en la selección, lo cual no significa que publiquemos solo excelentes poemas, hemos de debatir menos. En caso de discrepancias severas, de las que se han producido poquísimas, pedimos opinión a otras personas que se han ofrecido generosamente a colaborar. En todo caso, la relación entre los miembros de la redacción (dos mujeres y dos hombres) es fluida y muy cordial.

P. Me comentó que intentan equilibrar el número de autores masculinos y femeninos.

R. Fue uno de los “propósitos fundacionales”, pero ese equilibrio entre poetas hombres y mujeres poetas está resultando difícil: la naturaleza del proyecto, que exige la localización geográfica de los poemas, hace que encontremos más poetas hombres que mujeres, quizá porque ellas tienden al intimismo. Por otra parte, hay muchos y muchas poetas que jamás han localizado geográficamente un poema, lo hemos comprobado al revisar su poesía completa, por ejemplo. Es una dificultad añadida, pero ya éramos conscientes de ello, y nos sorprende incluso haber conseguido tantas composiciones “localizadas”.

P. ¿Qué dificultades suelen encontrar?

R. Todo proyecto tropieza con algunas dificultades, es inevitable. Las más frecuentes tienen que ver con la comprensión de las características del nuestro: solemos establecer un límite de versos, alrededor de treinta, y a veces recibimos auténticos poemas río; también nos llegan poemas con localizaciones genéricas, que no se ajustan a los criterios: el bosque, el mar, las montañas… Repetimos hasta la saciedad que las localizaciones han de poder encontrarse en un mapa, pero observamos cómo bastante gente no se toma la molestia de leer detenidamente las instrucciones (que son breves y claras), y suelen ser quienes más protestan cuando se les rechaza un poema. Es una realidad algo decepcionante y una pérdida de tiempo, ya que, por principio, se responde a todas las propuestas.

P. He observado que algunos autores se repiten.

R. Sí, aunque sin abusar de ello permitimos que se puedan publicar, con un cierto lapso temporal, poemas de un mismo o una misma poeta. También se repiten localizaciones, por supuesto, incluso nos parece positivo ofrecer visiones y percepciones distintas de una misma ciudad o un mismo lugar. Lógicamente, hay localizaciones favoritas: París, Nueva York, Lisboa, Roma, Venecia, Madrid, Buenos Aires… También evitamos repetir lugares en poco espacio de tiempo, procuramos alternar.

P. Gracias por haber respondido con tanta claridad a las preguntas.

R. Gracias a vosotros por haber tenido la voluntad y la amabilidad de dar a conocer nuestro proyecto a un ámbito mayor de poetas y lectores.

04 marzo 2019

Charles Darwin en Patagonia y la Tierra del Fuego

El Beagle fondeado en la Tierra del Fuego. Pintura de Conrad Martens, 
paisajista británico que formó parte de la tripulación del barco.
(Down House, Kent /Bridgeman Art Library)


En su libro The Land And People Of Argentina, publicado a principios de la década de 1960 por la centenaria editorial J. B. Lippincott, de Filadelfia, en su colección “Portraits of the Nations Series”, la viajera y escritora de obras de divulgación e infantiles Elva Jean Hall (que firmaba como Elvajean Hall) ofrece, a partir de la experiencia de “una excursión al país de los gauchos”, un panorama de la historia, las costumbres, las leyendas y algunos entresijos de la República Argentina desde una perspectiva personal (no siempre atinada) y de la época.

De la autora, muy probablemente británica, este transeúnte no ha encontrado datos biográficos, excepto una nota necrológica donde se informa que falleció el 18 de febrero de 2010 y sus restos fueron incinerados en el crematorio del cementerio de Astwood, en Worcester (Inglaterra).

El interés del fragmento reproducido a continuación radica en el relato del recorrido de Charles Darwin por Patagonia y la Tierra del Fuego durante su periplo alrededor del mundo, entre los años 1831 y 1836.

Albert Lázaro-Tinaut


El Canal de Beagle, en la Tierra del Fuego.
(Mapio.net)

Patagonia y la Tierra del Fuego en la primera mitad del siglo XIX

Después de que los primeros exploradores llegaran a Patagonia y la Tierra del Fuego, aquellas tierras quedaron olvidadas. No parecían un lugar hospitalario y los españoles no fundaron allí ninguna población. Antes del siglo XIX solamente existía un pequeño asentamiento en Carmen de Patagones, un centro salino. La sal se enviaba en barco a Buenos Aires, ya que no era posible el transporte terrestre. El resto de Patagonia estaba prácticamente despoblado, solamente lo habitaban las tribus tehuelche y puelche, que vivían de la caza del avestruz y de los guanacos.

Charles Darwin retratado por George Richmond 
a su regreso del viaje en el Beagle.

Patagonia despertó la atención mundial después de que Charles Darwin hiciera su famoso viaje científico alrededor del mundo en el Beagle. Descubrió unas fallas en el terreno, denominadas escarpas, que penetraban hacia el interior; cada escarpa se nivelaba después formando una capa más alta de tierra estéril. Puesto que no había asentamientos en la costa, los hombres del Beagle tuvieron que utilizar el barco como base de operaciones.

Luego el Beagle puso lentamente rumbo sur hasta alcanzar la Tierra del Fuego. Había sido denominada así porque los primeros exploradores advirtieron una serie de fuegos a lo largo de la costa. Por la noche, el resplandor de aquellos fuegos iluminaba la tierra y daba la impresión de que allí había millones de luciérnagas.

Los reportajes científicos de Darwin, pues, despertaron el interés por la Tierra del Fuego y la Patagonia, donde poco después fueron establecidos algunos asentamientos, primero por el gobierno chileno y luego por misioneros: entre estos, los más famosos fueron los de las familias Lawrence y Bridges, que fundaron una colonia en el canal que luego se llamó de Beagle. A los misioneros siguieron comerciantes, buscadores de oro, cazadores de focas, rancheros dedicados a la cría de ovejas y, cómo no, delincuentes. La región se convirtió en territorio salvaje, como ocurrió en el Yukón y Alaska en la época de la fiebre del oro.

Colonos galeses recién llegados a Patagonia, en 1865.

A Darwin le fascinaron los indígenas que vio a lo largo del canal. Había dos grupos, los yaganes y los onas: los primeros pasaban gran parte de su vida en el agua, a bordo de canoas, y se observó que sus piernas eran muy delgadas; los onas, por el contrario, eran nómadas, generalmente bien musculados, y vestían pieles de guanaco curtidas.

Eran las tribus más primitivas que había visto hasta entonces Darwin en el actual territorio argentino. Escribió que los yaganes vestían con trozos de piel de nutria y corrían casi desnudos sobre el hielo, incluso una mujer que llevaba a un recién nacido, decía, lo transportaba medio desnudo en pleno invierno, con mucho frío y humedad. Por la noche se agrupaban en tierra firme, con apenas abrigos que los protegieran, pero la peor afirmación de Darwin es que “eran caníbales”.

Indígenas yaganes en una imagen de 1883.
(Archivo General de la Nación Argentina)


Se puso en duda que aquellos indígenas fueran realmente caníbales, pues ninguno de los primeros exploradores lo mencionó. De hecho, no existe ninguna prueba de que Darwin los viera comiéndose a mujeres viejas de la tribu, como dijo. Es evidente que Darwin estaba en un error, pero sus relatos se divulgaron rápidamente y en todo el mundo se creyó que los indígenas tierrinos eran antropófagos.

Facsímil de una página del diccionario 
yagana-inglés de Thomas Bridges.
(British Museum)


El misionero anglicano inglés Thomas Bridges, que aprendió su lengua y compiló un diccionario yagana-inglés, contradijo el testimonio de Darwin: aseguró que los indígenas no solo no eran caníbales, sino que ni siquiera comían el pescado y la carne crudos, como hacían otras tribus. Dice ese misionero que en períodos de hambre extrema los había visto “comerse el cuero de sus sandalias y sus correas”.

Sin embargo, lo que ciertamente no es un rumor ni una leyenda es la curiosa historia de Jemmy Button. Empezó cuando el capitán del Beagle, Fitzroy, capturó en una expedición científica a cuatro indígenas de la Tierra del Fuego y los llevó consigo a Inglaterra, donde pagó su manutención y durante cuatro años les dio estudios. Aprendieron a hablar inglés, se les instruyó en la religión y se adiestraron en oficios útiles, como la carpintería, la costura y la agricultura. Se les puso nombres sonoros, que perduraron, por los que los conocemos actualmente.

El mayor del grupo era un hombre plenamente desarrollado, al que llamaron Boat Memory. Se le tenía por el más inteligente de los cuatro, pero desgraciadamente murió de pústulas, enfermedad que le sobrevino al poco tiempo de llegar a Inglaterra. El que le seguía en edad era un hombre de unos veinte años, achaparrado y de mal talante, al que los marineros bautizaron como York Minster. Los otros dos eran todavía unos chiquillos. Uno, lleno de encanto y con personalidad, de risa franca y apariencia feliz, tendría unos catorce años. Fue siempre el favorito de todos. Se le dio el nombre de Jemmy Button porque, al parecer, su familia había accedido a que se lo llevaran a cambio de un botón. Jemmy se convirtió en un dandy, a pesar de que cuando lo capturaron apenas había llevado ropas. Demostró un gran interés por los trajes elegantes y cuidó con esmero su guardarropa. Era de estatura muy baja, pero siempre estaba ante el espejo admirándose de lo que veía. Darwin dijo que era particularmente cuidadoso con los guantes y los zapatos, que cepillaba en cuanto veía en ellos una mota de polvo.

Jemmy Button, Fuegia Basket y York Minster según un grabado del libro A Narrative of the Voyage of H.M.S Beagle, del capitán Robert Fitzroy.

El cuarto miembro del grupo era una muchachita que debía de tener unos ocho años. Los marineros la llamaron Fuegia Basket y desarrolló pronto unas elegantes maneras. York Minster le pidió que se casara con él, y prometió que lo haría cuando regresaran a la Tierra del Fuego.

Darwin llegó a conocer muy bien a los tres indígenas sobrevivientes, ya que habían sido pasajeros de Beagle. Después de haber sido instruidos en Inglaterra, el capitán Fitzroy los devolvió a su tierra natal cargados de regalos, con la esperanza de que ayudaran a su pueblo a convertirse en “gentes civilizadas”; confiaba también en que echarían una mano a los misioneros. El rey de Inglaterra había concedido a Fuegia Basket el dinero necesario para que se comprara un ajuar.

El capitán Robert Fitzroy en una fotografía
de mediados del siglo XIX.

(National Portrait Gallery, Londres)


El regreso al hogar, sin embargo, no resultó feliz: a los tres, sus antiguos amigos les robaron todo lo que habían llevado: herramientas, telas, alimentos, semillas e incluso libros, y nadie parecía contento de volverlos a ver. El capitán Fitzroy, ante una situación tan seria, no se atrevió a dejar con ellos a un misionero inglés que los acompañó. Darwin creía que Jeremy Button también hubiera preferido volver a Inglaterra si se lo hubiesen propuesto.

Poco después de un año, el Beagle volvió a fondear en el mismo lugar, y sus tripulantes tuvieron ocasión de ver nuevamente a Jemmy, que se sentía muy desgraciado desde que lo habían devuelto a su tierra después de haberse ataviado con telas inglesas, zapatos y sus adorados guantes. Al cabo de quince meses era “un salvaje delgado y huraño, con el pelo largo y desordenado, y como único vestido llevaba un pedazo de tela que le colgaba de la cintura”.

Darwin opinaba que los “indios” de la Tierra del Fuego tenían la resistencia necesaria para sobrevivir, pero estaba equivocado. Al cabo de cien años habían desaparecido casi todos, y hoy es difícil encontrar a un yagán de sangre pura. Los colonizadores europeos llegaron muy lentamente a la Patagonia y la Tierra del Fuego, ya que las condiciones climáticas los desanimaban. En 1850 solo había tres comunidades de europeos de cierta importancia: Carmen de Patagones, Colonia Sarmiento y Punta Arenas, que hoy forma parte de Chile.

Indígenas onas en una fotografía de la segunda mitad del siglo XIX.

* * *

Este texto es un fragmento, ligeramente abreviado y adaptado, de la versión castellana del citado libro de Elvajean Hall, a cargo de Ricardo Clará, publicado por Ediciones Sayma de Barcelona en septiembre de 1962.