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06 marzo 2011

Jovan Divjak (I)

Jovan Divjak en su despacho de la Obrazovanje Gradi BiH.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut, 2008)

El viernes 4 de marzo, el transeúnte recibió un escueto correo electrónico en francés de su amiga bosnia Džana: “Buenos días, Albert, espero que estés bien. Sólo quería informarte de que el general Divjak fue detenido ayer en Viena por la Interpol, a instancias de Serbia. Todavía no se sabe por qué… Hasta pronto”. Para los bosnios, Jovan Divjak es todavía “el general”, pese a que abandonó voluntariamente el ejército del país, que había colaborado a formar en 1992 [1], tras unas desavenencias políticas con el presidente del país, Alija Izetbegović.

El azar quiso que el transeúnte conociera a Jovan Divjak el 30 de octubre de 2008 durante un vuelo entre Liubliana y Sarajevo, en un avión esloveno tan pequeño que ni siquiera se podía llevar en él el equipaje de mano: había que dejarlo en un carrito junto a la escalerilla para que viajara en bodega. Al pie de aquella misma escalerilla había un expositor con distintos diarios, y el transeúnte se hizo con un ejemplar de Le Monde, el único periódico no eslavo de los que se ofrecían.


Junto a él se sentó un hombre corpulento y de aspecto recio, que había estado hablando animadamente, en serbocroata, con un pequeño grupo de pasajeros hasta que el comandante asomó la cabeza y pidió que todo el mundo se sentara y se abrochara los cinturones. El transeúnte, junto a la ventanilla, se puso a leer el diario y, mediado el vuelo, su compañero de asiento se le dirigió en francés:

–¿Es usted periodista? –le inquirió de sopetón.

–No, no soy periodista.


–Y, si no soy indiscreto, ¿qué le lleva a Sarajevo?


Así iniciaron una conversación que duraría todo el resto del viaje, el cual se prolongó volando en círculo, entre espesos nubarrones negros, hasta que el comandante recibió autorización para aterrizar; en ningún momento habló de sí mismo. Eran poco más de las 16 horas, pero la noche ya había empezado a caer sobre la capital bosnia, pues el país, situado mucho más a levante, comparte huso horario con España.


–Le espera alguien en el aeropuerto.


–No. Tengo algún contacto en Sarajevo, he de telefonear a algunas personas con las que he quedado, pero no me espera nadie.


El hombre le dio al transeúnte una tarjeta, le pidió que le llamara por teléfono al día siguiente y le dijo que al bajar del avión lo siguiera.
Cuando llegaron, caminando bajo una ligera llovizna, a la terminal, y mientras el resto de pasajeros se disponía a guardar cola ante la cabina de control de la policía, el hombre hizo un gesto enérgico para que el transeúnte, un poco desorientado en aquel momento, fuera tras él y otros dos hombres, y se dirigió a la puerta de autoridades, donde fue saludado con respeto y un amago de reverencia por el policía que la guardaba. Dijo algo, el policía tomó el pasaporte del transeúnte y, sin ni siquiera identificarlo, estampó el sello de entrada en una de las páginas.

La tarjeta que su compañero de asiento
le dio al transeúnte.


El hombre que lo invitaba a seguirlo caminaba a buen paso. Se detuvieron ante la cinta por donde deberían salir los equipajes y dijo que iba un momento al baño. Las maletas y los bultos no tardaron en aparecer: ya con el equipaje en la mano, él apresuró todavía más el paso hasta encontrarse, a la salida de la terminal, con un joven bosnio. Se dieron la mano mientras se sonreían mutuamente e intercambiaban unas palabras; el muchacho recibió unas breves órdenes, tomó el equipaje de ambos y lo llevó, bajo una lluvia algo más intensa, hasta un todoterreno aparcado a poca distancia, y entonces el hombre le dijo al transeúnte, después de preguntarle dónde se alojaría:

–Lo acompañaremos al centro, que está bastante lejos, y allí podrá tomar un taxi hasta su hotel.

Ya había anochecido por completo. Por el camino, aquel hombre le fue mostrando al transeúnte extranjero diversos edificios al tiempo que mencionaba algunos hechos bélicos que habían tenido lugar en puntos muy concretos del itinerario durante la guerra de Bosnia (1992-1995). También le iba indicando el paso de una a otra de las cuatro municipalidades (gradske općine) –divididas, a su vez, en comunidades locales (mjesne zajednice)– que conforman la ciudad, de oeste a este: Novi Grad (la ciudad yugoslava, levantada durante el régimen de Tito), Novo Sarajevo (edificada después de la primera guerra mundial), Centar (la ciudad austrohúngara) y, al final, Stari Grad, la ciudad vieja o histórica de reminiscencias otomanas.

Un vehículo blindado de las
Naciones Unidas en la Sniper Alley

durante el sitio de Sarajevo.


El vehículo recorrió casi de extremo a extremo el larguísimo bulevar Meše Selimovića, que durante el sitio de la ciudad fue denominado Snajperska aleja (‘avenida de los Francotiradores’, quizá más conocido por su denominación inglesa: Sniper Alley [2]), que cruza longitudinalmente la conurbación de Sarajevo a lo largo de unos diez kilómetros.


El bulevar Meše Selimovića en noviembre de 2008.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Al llegar a Sibilj, la bella plaza triangular en el centro neurálgico del popular barrio de la Baščaršija, donde bulle la vida del casco antiguo de Sarajevo, el automóvil se detuvo, el joven conductor sacó el equipaje del transeúnte y el hombre que tan bien lo estaba atendiendo fue a hablar con los taxistas que aguardaban en una parada muy próxima. Le hizo un gesto al transeúnte para que se acercara:

–Este hombre lo llevará hasta su alojamiento –dijo.

–Pero... ni siquiera he tenido tiempo de cambiar moneda... –replicó, preocupado, el transeünte.

–¿Tiene un billete de 5 euros?

Por fortuna sí, el transeúnte tenía uno.


–Pues ese billete hará más que feliz al taxista
–añadió esbozando una sonrisa.

Se despidieron, y el hombre le recordó al transeúnte que debía llamarlo por teléfono al día siguiente por la mañana.


El transeúnte se alojaba en la agradable casa de huéspedes Kandilj, no muy distante del lugar donde había tomado el taxi. De haber conocido la ciudad, hubiera podido llegar a pie en pocos minutos. Allí lo recibió una mujer joven con una amplia y abierta sonrisa, la primera prueba de la hospitalidad balcánica, y lo acompañó hasta la habitación que le había reservado, una estancia limpia y amplia, con tres camas individuales, una mesita baja donde había un teléfono, papel y un bolígrafo, un pulcro cuarto de baño que, sin duda, había sido reformado recientemente, y un generoso ventanal desde la que podía ver el patio por el que se accedía a la casa. Era el lugar acogedor en el cual el transeúnte pensaba pasar cuatro noches, que acabaron convirtiéndose en ocho. Un lugar tranquilo donde el silencio era dueño y señor hasta que el muecín de la vecina mezquita llamaba a oración, a través de los altavoces del almenar, las cinco veces al día que el ritual musulmán establece.

La mezquita de la Bistrik ulica,
a pocos metros de la casa
de huéspedes Kandilj.

(Foto © Albert Lázaro-Tinaut, 2008)

Después de instalarse y refrescarse un poco, el transeúnte bajó al sótano del pequeño edificio, donde estaba la sala para los desayunos, con un rincón amueblado con un par de sofás y el suelo cubierto de alfombras, ante un televisor. Al pie de la escalera que conducía al lugar un ordenador estaba las 24 horas del día al servicio de los huéspedes. Todo sencillo, sin nada que aparentase lujos, salvo unos viejos samovares y algunos objetos de decoración colgados con buen gusto de las paredes y los mantelitos rojos bordados que cubrían las mesas, muy bajas, con sus correspondientes taburetes, más bajos todavía y poco adecuados a la longitud de las piernas del transeúnte, poco acostumbrado a los usos y costumbres orientales.


Sentado ante el ordenador, el transeúnte se conectó a Google y tecleó el nombre escrito en la tarjeta, que no le era del todo desconocido: Jovan Divjak. Wikipedia –con versiones en español e incluso en catalán– despejó sus dudas:


Jovan Divjak (Belgrado, 11 de marzo de 1937) es un antiguo militar bosnio de origen serbio, jefe de diferentes sectores bosnios de la Defensa Territorial (TO) del Ejército Popular Yugoslavo, que abandonó para formar parte del estado mayor del Ejército de la República de Bosnia y Herzegovina (ARBiH) durante la guerra de Bosnia y que llegó al grado de general. Participó activamente en la defensa de Sarajevo durante el asedio de la ciudad, y por eso se le ha conocido como el "serbio que defendió Sarajevo", así como el serbio con una mayor graduación militar en el ejército bosnio, aunque él mismo se ha definido como bosnio en repetidas ocasiones. Desde la finalización de la guerra ha escrito varios libros, y actualmente es director de la organización Obrazovanje Gradi BIH (La Educación construye Bosnia y Herzegovina, OGBH), creada en 1994.

Jovan Divjak durante la guerra, con
su uniforme de campaña de general
de la Armija de Bosnia y Herzegovina.


De esa organización era, precisamente, la tarjeta que le había entregado. Sobre las charlas que mantuvo con el ex general Divjak durante su estancia en Sarajevo y sobre su personalidad escribirá el transeúnte en futuras entregas. Hablará de un hombre cordial, amistoso, buen conversador, que aquel día llegaba también de Barcelona –donde había participado en unas actividades organizadas por la Universitat Oberta de Catalunya– y había viajado en el mismo vuelo de la compañía eslovena Adria Airways que llevó a ambos de la capital catalana al aeropuerto liublianés de Brnik, donde habían hecho escala. El transeúnte sólo apuntará ahora que en una de aquellas conversaciones, Jovan Divjak le dijo que figuraba en una inmensa lista de supuestos criminales de guerra, pese a que desmentía categóricamente su participación en los hechos que se le imputaban, y que esa espada de Damocles pendía, pues, sobre su cabeza, aunque parecía restar importancia a ello.

Su detención en el aeropuerto de Viena, el pasado 3 de marzo, cuando se disponía a volar a la ciudad italiana de Bolonia, donde había de dar una conferencia, no ha sido la primera de uno de los “sospechosos” que forman parte de aquella lista: en marzo de 2010 ya fue detenido en el aeropuerto londinense de Heathrow otro de ellos, Ejup Ganić –que fue miembro de la presidencia colegiada de Bosnia y Herzegovina–, pero en julio del mismo año la justicia británica desestimó su extradición a Serbia y lo puso en libertad.


Jovan Divjak, por el importante papel que desempeñó en la defensa de Sarajevo durante el largo sitio al que sometió la ciudad el Ejército Popular Yugoslavo (compuesto principalmente por serbios y unos pocos montenegrinos) y las fuerzas de la autoproclamada República Srpska de Bosnia, un asedio que se inició el 5 de abril de 1992 (el día en que Bosnia y Herzegovina proclamó su independencia) y acabó el 29 de febrero de 1996, es considerado por los bosniacos [3] un héroe nacional: las calles de Sarajevo se han llenado ahora de manifestantes que reivindican su inocencia y reclaman su liberación ante la Embajada de Austria.


Jovan Divjak y su esposa en la terraza de su casa, al norte
de la
Stari Grad (al fondo se ve el edificio, ahora en reconstrucción,
de la antigua Biblioteca Nacional).


[1] El Ejército de la República de Bosnia-Herzegovina (Armija Republike Bosne i Hercegovine,
ARBiH) fue la primera fuerza armada del país, independizado de Yugoslavia el 5 de abril de 1992. Lo crearon oficialmente, diez días después de la independencia, el bosniaco Sefer Halilović –su primer comandante, que al cabo de pocos meses cedería el mando al también bosniaco Rasim Delić–, el entonces serbobosnio Jovan Divjak y el bosniocroata Stjepan Šiber. Después de la guerra, tras la firma de los Acuerdos de Dayton (noviembre de 1995) se formarían, con la inclusión del Ejército de la República Srpska, las Fuerzas Armadas de Bosnia y Herzegovina (Oružane snage BiH).
[2] Durante la guerra de Bosnia (1992-1995) los snipers (francotiradores serbios) tomaron esta avenida, se apostaron en lo alto de algunos edificios, en las colinas próximas o parapetados detrás de tranvías o autobuses, y disparaban indiscriminadamente contra cualquier civil o militar que se les pusiera a tiro. Fue uno de los episodios más terribles de aquel conflicto, ya que dificultó enormemente el abastecimiento de la ciudad que, en absoluto secreto, se hacía a través de un túnel excavado en las proximidades del aeropuerto, túnel por el que también eran evacuados los heridos más graves. Según los datos recopilados en 1995, esos francotiradores mataron a sangre fría a 225 personas (incluidos 60 niños) e hirieron a otras 1030. Para poder recorrer la avenida, los ciudadanos habían de usar como escudos los blindados de las Naciones Unidas, cuando pasaban por allí, o bien circulaban de noche a toda velocidad con sus vehículos sin encender los faros. Los bosnios le explicaban al transeúnte que se habían acostumbrado a correr zigzagueando en las proximidades de aquella zona para ser blancos más difíciles de alcanzar por los rifles y otras armas automáticas o semiautomáticas que utilizaban los snipers. El transeúnte aconseja la lectura (en portugués) de un testimonio en el blog Escrita em dia, a través del enlace http://blogda-se.blogspot.com/2006/02/sarajevo-1994-sniper-avenue_08.html y del libro-cómic El sueño del monstruo, de Enki Bilal (Norma Editorial, Barcelona, 1998).
[3] Conviene distinguir en Bosnia y Herzegovina entre bosniacos (bošnjaci), antiguamente denominados “musulmanes”; serbiobosnios y bosniocroatas, los tres pueblos más importantes que componen el Estado. A éstos hay que añadir varias minorías étinicas.

Haced clic sobre las imágenes para ampliarlas.


10 abril 2010

Las cicatrices de la guerra de Bosnia


El 31 de marzo de 2010, el Parlamento de la República de Serbia, claramente dividido, votó una resolución en la cual reconoce y condena la masacre de unos 8000 hombres musulmanes bosnios, en Srebrenica, en el mes de julio de 2005. El debate fue duro y largo, duró más de doce horas y demostró que Serbia aún está dividida entre los que intentan hacer todo lo posible para acercar el país a la Unión Europea (encabezados por el actual presidente de la República, Boris Tadić), y quienes se obstinan en refugiarse en la nostalgia y se niegan a aceptar que Serbia ha perdido la batalla en todos los frentes. “Las dos almas de Serbia, la europeísta y modernizadora y la nacionalista y atávica, se han enfrentado esta semana en el Parlamento de Belgrado”, se lee en el editorial del diario El País del 2 de marzo. Los liberales piensan que esta resolución es poco contundente, mientras que los nacionalistas, que se ausentaron a la hora de las votaciones, consideran que Serbia se ha bajado vergonzosamente los pantalones y ha claudicado ante el resto del mundo. Estos nacionalistas radicales, entre los cuales aún hay una mayoría que reivindica la Gran Serbia y su preponderancia sobre los países vecinos, son “la otra Serbia”, la que estuvo al lado de Slobodan Milošević, la que permitió que Radovan Karadžić permaneciera escondido tantos años y la que impide que otro criminal de guerra, serbobosnio como el anterior, Ratko Mladić, no esté aún sometido a la justicia. La reconciliación entre estas dos Serbias parece, por ahora, imposible.


Estas cuestiones no son nada sencillas de analizar. La tímida resolución del Parlamento serbio es, sin duda, interesada y ha sido aprobada a pesar de las disensiones y el parecer de una parte importante de la opinión pública del país. En ningún momento se ha mencionado la palabra genocidio (que es como el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia definió la masacre de Srebrenica) y, por otra parte, continúa vigente la reivindicación del territorio de la actual República de Kosovo, cuya independencia el gobierno de Serbia se niega a reconocer. El transeúnte cree que en el imaginario de los serbios pesa mucho el mito, que los aleja de la realidad histórica de los últimos veinte años, y también la losa de un victimismo colectivo.


Pero ahora no se trata de juzgar esta decisión política más allá de lo que el transeúnte acaba de decir. Esta noticia viene a cuento para explicar una de las muchas crueldades que se cometieron en las guerras de la antigua Yugoslavia y una de las muchísimas cicatrices que quedaron de ella.



Después de su viaje a Bosnia y Herzegovina, durante el otoño de 2008, el transeúnte conoció en su exilio, en una ciudad mediana situada entre Lyon y los Alpes, a un joven bosnio musulmán que pudo huir de su país y encontró refugio en Francia. Se lo presentaron cuando se acercó, en un bar, a un grupo de hombres que hablaban serbocroata (permitid que el transeúnte utilice esta denominación para la lengua común de serbios, croatas, bosnios y montenegrinos, aunque ahora sea políticamente incorrecto), para intentar establecer conversación, como suele hacer cuando viaja, y les explicó que hacía poco había estado en Bosnia. En aquel grupo de hombres había serbios y croatas. Él era el único bosnio.


Aquel hombre, no muy alto, delgado y nervioso, agitado por diversos tics musculares, en un primer momento se mostró reticente ante la propuesta de hablar de su experiencia durante la guerra de Bosnia, pero de pronto se abrió, con la condición de que no se conociera su auténtico nombre. Se sentaron los dos en un rincón discreto del local, y él pidió al transeúnte que lo llamara Samir, en honor a su padre, que tenía ese nombre. Entre contracciones espasmódicas continuas y cambios repentinos de humor, que lo hacían pasar de la sonrisa a la agresividad (actitud característica de los ciclotímicos), explicó que trabajaba en una relojería, porque había aprendido el oficio de su padre desde que era pequeño, y que su padre había muerto cuando él tenía 16 años, asesinado por un par de soldados serbios borrachos en el patio de su casa, en una pequeña localidad de las cercanías de Sarajevo que no quiso precisar. Esto sucedió cuando el ejército popular yugoslavo (Jugoslavenska narodna armija, JNA, integrado exclusivamente por serbios y montenegrinos) intentaba tomar la ciudad de Sarajevo, a fines de marzo de 1992. Fue uno de los muchos asesinatos a sangre fría cometidos durante aquel horrible conflicto.


Poco a poco, Samir fue relatando lo que sucedió aquel día y durante los días sucesivos. El cuerpo de su padre, ensangrentado, quedó tendido en medio del patio a través del cual se accedía a la vivienda familiar. Desde que los militares enviados por Belgrado, con la venia tácita de las autoridades serbobosnias que, de hecho, habían constituido un gobierno títere que seguía al pie de la letra los dictámenes del régimen nacionalista y expansionista de Milošević, amenazaban la capital de Bosnia y Herzegovina, todo el mundo se había encerrado en su casa, excepto los partidarios de aquella invasión. La de Samir es una narración horripilante, hecha con constantes cambios de tono de voz e interrumpida por largos momentos de silencio. El transeúnte la reconstruye, procurando articularla, a partir de los apuntes que tomó aquella misma noche del mes de enero de 2009:

Cuando oímos los tiros y vimos por la ventana que mi padre yacía en el suelo, mi madre y yo salimos corriendo al patio, mientras mi hermana pequeña sufría un ataque de nervios y chillaba, paralizada. Estábamos a medio camino entre la puerta de casa y el cuerpo de mi padre, y de repente los soldados comenzaron a disparar al aire, entre carcajadas y muecas: “¡Quietos! ¡Media vuelta y a casa!”, nos ordenaron, añadiendo una blasfemia. Mi madre, temblorosa y atemorizada, se detuvo; yo seguí avanzando, y uno de los soldados me apuntó con el fusil, desvió un poco el punto de mira y disparó contra una de las ventanas de casa, haciéndola añicos y rompiendo el vidrio. “¿No lo has oído, hijo de guarra? ¡Venga, a casa o tú serás el siguiente!”

La rabia me carcomía por dentro, habría hecho una locura si mi madre no me hubiera agarrado por la camisa y me hubiera arrastrado hacia casa con una fuerza que no sé de dónde sacó. Yo no sabía si mi padre estaba muerto o sólo herido. Pero mi madre lo tenía bastante claro. Mientras tanto se habían agolpado más soldados en la puerta del patio.


En casa nuestra impotencia nos hizo estallar en llantos desesperados. Desde afuera se oían las carcajadas y las burlas de los soldados, sus insultos y amenazas, entre las cuales hacían la broma de apostar quién de ellos sería el primero en violar a mi hermana; uno dijo: “¡Y a la mujer también!”, y otro, que no podía parar de reír, le replicó al cabo de un momento: “¿No te daría asco follarte a una cerda asquerosa como ésa?”. No queríamos oír todo aquello, yo tenía la sensación de vivir una pesadilla, pensaba que me despertaría sudado y corroído por la angustia… Pero aquello sólo fue el comienzo de una pesadilla mucho más larga.


El francés mal aprendido de Samir hacía difícil la comprensión de algunas de las cosas que decía, sobre todo cuando se excitaba. De vez en cuando mezclaba palabras en su lengua, pero el contexto permitía adivinar qué quería decir. Entonces explicó que aquellos soldados les ordenaron que no salieran de casa por ningún motivo, que se consideraran “prisioneros”.


Al cabo de un rato se marcharon y dejaron a uno solo para vigilarnos, pero más tarde llegaron dos más, que no parecían borrachos, pero que también nos maldijeron como “cerdos musulmanes” y nos pronosticaron que sufriríamos mucho. Y fue cierto, porque el cadáver de mi padre quedó diez días tendido en medio del patio, mirando hacia el cielo, en medio de su sangre reseca, descubierto, mientras se descomponía. Yo no podía dejar de mirar a través de la ventana, y lo veía allí. Al día siguiente de su asesinato llovió y el cuerpo quedó empapado, la sangre medio se licuó. Los soldados nos vigilaban noche y día; a veces los veíamos, otras no. Cuando yo miraba por la ventana me hacían gestos obscenos y reían.


El tercer día, al atardecer, dos de los soldados entraron en el patio, metieron en la boca de mi padre una cola de cerdo, y entre los muslos, a la altura de los genitales, le colocaron una zanahoria. Reían como adolescentes tontos y no paraban de hacer muecas y vociferar obscenidades mirando y señalando el cadáver de mi padre, y mirándome a mí, plantado detrás de la ventana. Yo era el único que se atrevía a mirar por la ventana. Mi madre se quedó en la cama mientras duró lo que para aquellos militares parecía una divertida broma macabra. Mi hermana perdió el habla, y aún hoy no la ha recuperado. Parecía muerta en vida, pálida e inmóvil. Ninguno de los tres comió nada mientras duró aquello, sólo bebíamos agua y zumos de fruta que teníamos en la nevera. Tampoco encendimos el televisor, no sabíamos qué pasaba realmente, pero tanto daba, ya que las informaciones procedían siempre de Belgrado.


¡Diez días con el cadáver de mi padre en el patio! Por mi mente pasaron ideas que prefiero no recordar. Al cabo de diez días llegaron dos hombres de civil y retiraron el cuerpo de mi padre, se lo llevaron. Los soldados habían desaparecido. Salí al patio, pregunté adónde llevarían el cuerpo. Uno, ni tan sólo me miró; el otro se encogió de hombros y no pronunció ni una palabra. Trasladaron el cuerpo de mi padre en una camilla muy sucia, llena de manchas oscuras de sangre reseca y otros humores, hasta una camioneta tronada; les costó arrancarla, y se marcharon. Nunca hemos sabido qué hicieron con el cuerpo de mi padre.


Pocos días más tarde, cuando mi madre y mi hermana se habían recuperado un poco, les dije que debíamos marcharnos. Mientras tanto había comenzado el sitio de Sarajevo, desde casa oíamos, a lo lejos, las explosiones y los tiros, veíamos pasar los aviones. Un día, de madrugada, recogimos unas cuantas cosas esenciales y fuimos hasta el pueblo de al lado, donde vivía otro relojero que había sido amigo de mi padre. Nadie nos detuvo por el camino, no vimos a ningún soldado. Estábamos en un territorio que ahora pertenece a la República Srpska. Aquella familia nos acogió, lloró con nosotros, estuvimos en su casa tres días y medio. A ellos no les había pasado nada, aunque eran musulmanes. Después, cuando ya estábamos en Francia, supimos que los habían asesinado…


Otro largo silencio.


Nos marchamos cuando oscurecía. Nos aconsejaron que fuéramos hacia Goražde [al este de Sarajevo], donde tenían parientes: nos dieron sus señas y una carta para ellos. Nos dijeron que aquella ciudad no había sido ocupada por la Armija. Caminamos durante más de tres días, extenuados. Mi madre no quería continuar, tenía los pies llagados. Mi hermana, de doce años, de golpe se reanimó, ¡creció de repente!, era más fuerte y más tenaz que yo…, pero era incapaz de hablar, nunca ha recuperado el habla, ahora está en un hospital, sometida a tratamiento psiquiátrico. Entre los dos tuvimos que arrastrar a nuestra madre, que lloraba, gemía, nos pedía que la abandonásemos, que Alá ya haría que tuviera una muerte dulce.


Pero no llegamos a Goražde. Por el camino tropezamos con una columna de vehículos blindados con soldados extranjeros
[se refiere, probablemente, a los soldados de la UNPROFOR (United Nations Protection Force), una fuerza de protección instituida por el Consejo de Seguridad de la ONU muy poco antes, hacia febrero de 1992, con el propósito de “crear las condiciones de paz y seguridad necesarias para solucionar la crisis yugoslava”]. Yo me expresaba muy mal en inglés, mi hermana lo conocía bastante mejor, y como no podía hablar escribió en un papel que le dieron los extranjeros cuál era nuestra situación. Gracias a aquellos soldados pudimos salir de Bosnia y llegar a Francia, donde fuimos acogidos como refugiados. Después todo fue bastante fácil. Pero mi madre no se recuperó, murió hace diez meses. ¡Aún era joven, tenía 55 años, pero parecía que tuviera más de 80! Había perdido todos los dientes, el cabello, la piel se le había oscurecido y estaba llena de ampollas…


El transeúnte preguntó a Samir cuáles eran sus sentimientos; él se alteró un poco, levantó la voz y dijo:

¡Yo no quiero odiar! Yo no quiero ser como los que mataron a mi padre, porque ellos lo hicieron con odio. Yo no quiero odiar a nadie, tampoco a los serbios. Quiero que mi país vuelva a ser como antes de la guerra, pero todo el mundo dice que eso será imposible. Pues entonces no volveré nunca más. Pero yo no odio a nadie, no quiero odiar, quiero ser una persona respetable, un buen trabajador, y aquí puedo serlo, aquí las cosas son fáciles. Quiero que mi hermana pueda volver a hablar, los médicos dicen que volverá a hablar, ella está segura de que lo conseguirá, y también podrá trabajar y encontrar un marido.


Y cuando el transeúnte le preguntó si él también había necesitado ayuda psicológica, lo miró fijamente a los ojos y le respondió, ofendido:


¿Crees que después de lo que ha pasado necesito un psicólogo? ¡No, yo he salido adelante, yo he sido fuerte, he sido valiente, no odio a nadie, no tengo rencores, no necesito que me curen de nada! Has visto que estoy con camaradas yugoslavos, serbios, croatas… No los odio, somos amigos. ¡Yo no odio a nadie, no quiero odiar a nadie!


Era evidente que Samir necesitaba, y mucho, asistencia psicológica. El transeúnte no ha vuelto a saber nada de él, que no quiso dejarle ninguna dirección, ningún número de teléfono, ni tan sólo le dijo cuál era su auténtico nombre. Tampoco le permitió que lo fotografiara. De pronto se levantó de la silla, encajó con fuerza la mano del transeúnte y salió rápidamente del bar, se perdió por las calles de la ciudad cuando ya oscurecía. Habían compartido unas cervezas mientras hablaban. Como muchísimos otros musulmanes de Bosnia y Herzegovina, Samir no era un musulmán practicante: el islamismo, para él, era un signo de identidad, como el judaísmo lo es para la mayoría de los judíos que se consideran ateos.




Las guerras acaban casi siempre sin haber resuelto los problemas, como es el caso de la de Bosnia, pero dejan cicatrices profundas en los que las han vivido; unas cicatrices que permanecerán para siempre jamás en su espíritu, porque son indelebles.


Fotografías (clicad encima para ampliarlas):

-Arriba, cartel con un mapa del sitio de Sarajevo.

-Abajo, dos imágenes que muestran las cicatrices que dejó la guerra en Jajce (Bosnia central).


© de las fotografías: Albert Lázaro-Tinaut (octubre de 2008).


Traducción del catalán: Carlos Vitale.