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13 diciembre 2011

La voz a otros debida: La Navidad provenzal de Mathieu Belezi

Noche estrellada en Saint-Rémy-de-Provence, pintura de Vincent Van Gogh (1889). 
(© Museum of Modern Art, Nueva York)

Mathieu Belezi (hay dudas sobre si es su propio nombre o un seudónimo) no es un escritor muy conocido. Es más bien un escritor tardío. Sus datos biográficos son escasos: nació en la ciudad francesa de Limoges en 1953, estudió geografía, dio clases en los Estados Unidos y residió en México, la India, el Nepal, las islas griegas y el sur de Italia. Ahora vive en las proximidades de Roma. 

En 1998 publicó su primera novela, Le petit roi (‘El perqueño rey’), y desde entonces ha dado a conocer otros siete libros de narrativa, entre los que destaca la novela C’était notre terre (‘Era nuestra tierra’, 2010), ambientada en la Argelia de la década de 1950, colonizada por Francia. Son sus dos obras más divulgadas, que ahora vuelven a las librerías en formato de bolsillo. 

Mathieu Belezi. 
(Fuente: Éditions Flammarion)

Le petit roi es una novela breve en la que se combinan hábilmente la crueldad como reacción a una infancia rota, y la prosa poética. Es el relato de un año de Mathieu, de doce años, traumatizado por las continuas peleas de sus padres, a quienes desearía saber muertos. Un año alejado de su madre, quien lo ha dejado al cuidado del abuelo, que vive en una granja, en un remoto y desolado rincón de la Alta Provenza, donde él construirá su pequeño reino. Allí conocerá la soledad –sólo paliada por la estrecha, cálida y cómplice relación que le une al viejo granjero–, el silencio, y vengará su calvario familiar mediante la crueldad, ejercida tanto con los animales como, vejándolos, con algunos de sus compañeros de escuela, escenas que el autor describe con desgarradora dureza. Vivirá al mismo tiempo el titubeante despertar de su sexualidad, aunque ésta será a veces objeto de sus instintos más perversos. 

Belezi intercala en su relato, escrito en primera persona, los recuerdos vívidos del niño con respecto a la difícil convivencia de sus padres, momentos que se reproducen repentinamente en su memoria como hachazos y aparecen en la novela como flashes. En el fragmento reproducido a continuación se manifiesta uno de esos momentos que, para diferenciarlo del contexto, es presentado en letra cursiva (no es así en el original). Se trata de un fragmento de la primera parte del libro, cuando todavía no se ha producido en el muchacho esa transformación que lo convertirá casi en un pequeño monstruo. En la traducción se ha procurado, sobre todo, mantener el lenguaje poético de la versión original. 


El paisaje agreste de la Alta Provenza. 
(Fuente: id2sorties.com)


El día de la Nochebuena el cartero trae una carta dirigida a mí. En el sobre, encima de mi nombre escrito con tinta azul, hay tres sellos de la India. 

Estoy solo en la cocina, el abuelo ha ido a dar de comer a las gallinas. Podría introducir la punta de un cuchillo bajo la pestaña del sobre, abrirlo y extraer de él una de esas postales imposibles que me envía mi madre cada vez que está de viaje. Prefiero echarla al fuego. 

Por el efecto del calor, el sobre se yergue un momento, permanece en equilibrio sobre las brasas y luego se arquea, hasta que de repente el fuego prende en él y lanza un fogonazo endiablado que dispersa las sombras. 

Me niego a contemplar la inevitable hilera de palmeras tras la que mi madre me abraza y me asegura que no hace más que pensar en mí. No quiero saber con qué palabras me desea una feliz Navidad. 

Anochece. Avanzamos por un sendero que serpentea por el carrascal hasta el campanario iluminado de una iglesia. Por encima de la cabeza del abuelo el cielo dispone las estrellas para que puedan escabullirse entre ellas los ángeles del advenimiento. 

Entramos en el pueblo y subimos por unas callejas hasta la plaza de la iglesia, rodeada de cipreses. Hay allí mucha gente que canta, en el templo y fuera de él. 

–Anda, ábrete paso. Lo bonito está dentro. 

–¿Y tú, abuelo? 

–Yo me quedaré aquí. 

Me abro paso a codazos, avanzo hacia los oropeles del altar, adornado con lirios y gladiolos. María y José, juntadas las manos, inclinan sus cabezas a la vez sobre un pesebre. Un asno, un buey y dos ovejas rumian a su lado. Todo el mundo, el cura con su casulla recamada, el monaguillo y los niños del coro, y la asamblea dócil de los fieles, reciben el baño de la luz divina que fluye: rezan, cantan y elevan sus alabanzas al cielo. 

Pero el niño Jesús se hace esperar. La hora de su llegada todavía no ha sonado. Aún hay que rezar mucho, cantar y proseguir con las alabanzas, y eso fatiga. 

Veo que los más viejos se han sentado, que ya no pueden con su alma. Se agarran a los respaldos de las sillas, jadean, se tragan sus secreciones de asmáticos, mientras los niños de pecho berrean en brazos de sus madres. 

¡Sé muy bien dónde estabas, cabrón! 
yo abandonaba mi tren eléctrico, abría la puerta de mi habitación; los golpes rítmicos en mi pecho, las lágrimas que asomaban a mis ojos, eran de miedo, de miedo que se pegaran otra vez; bajaba la escalera 
¡Yo hago lo que me da la gana! 
Pues no podrás seguir haciéndolo mucho más tiempo, te lo aseguro 
corría hasta el salón, donde los encontraba de pie, frente a frente, ¡y cómo!, rojos de ira y con el pelo revuelto, mirándose con los ojos rebosantes de odio y los labios apretados, y me interponía entre ellos 
No, papá, no 
¡No, papá! 
los separaba a gritos para apagar sus voces. 

Y he aquí que el niño Jesús ya está en el pesebre. ¿Quién lo ha puesto? No me he dado cuenta, tenía la cabeza en otro sitio. Es un niño de verdad, envuelto en lienzo blanco con bordados. Parece fruncir el ceño y no entender por qué lo alaban, allí y en aquel momento. Los caramillos y los tamboriles dan alas a la luz, que voltea, se agita y hace piruetas, serpentea por las bóvedas antes de difuminarse entre las sombras del ábside, donde ya no puede avivar las emociones. 

Se ha acabado. La gente sonríe y se besa en las mejillas, canta por última vez que Jesús ha nacido. Salgo de la iglesia cuando las campanas empiezan a sonar en un revuelo frenético, difundiendo por los alrededores la miel divina, y más allá de las colinas y los llanos otros campanarios les hacen eco; esa miel derramada en exceso hace que el corazón se me encoja, a mí, que no tengo a nadie más que a mi abuelo. 

Regresamos por el mismo camino, perseguidos por los repiques penosos de los campanarios. Le doy la mano. 

–¿Te ha gustado? 

–Sí, abuelo. Y tú, mientras tanto, ¿qué has hecho? 

–He fumado. 

Sobre el altiplano desierto el viento, que no encuentra otros obstáculos, se ensaña con nosotros y parece querer cerrarnos el camino; empecinados, nos esforzamos para seguir adelante. Se me corta la respiración. 

Con la cabeza envuelta en la bufanda, me siento pequeño y ridículo mientras jadeo. No tengo más protección que mi abuelo, su amplia espalda tras la que me refugio abrazándome a su cintura con toda la longitud de mis brazos y acompasando mis pasos a los suyos. 

Traducción del francés de Albert Lázaro-Tinaut 


El texto original, en francés, pertenece a la novela Le petit roi, de Mathieu Belezi. Éditions Phébus, París, 1998. 

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08 diciembre 2010

¿500 años del árbol de Navidad?

El árbol navideño levantado frente a la reconstruida Casa
de la Hermandad de las Cabezas Negras, en Riga.

(Foto © Gilles en Lettonie: http://gillesenlettonie.blogspot.com/)

Nadie duda del origen pagano del árbol que tradicionalmente se adorna en el mundo cristiano (e incluso, por influjo de las modas y de la mercadotecnia, en otros lugares donde el cristianismo es minoritario, como el Japón, el sudeste asiático o Dubai, por ejemplo) durante las Navidades. Se discute, en cambio, el lugar donde se utilizó por primera vez este símbolo del solsticio de invierno como elemento navideño, y también cómo y cuándo lo adoptaron los cristianos.

El caso es que este año la capital de Letonia, Riga, celebra los 500 años de la colocación del primer árbol de Navidad del mundo. Cuenta la tradición letona que Martín Lutero en persona, mientras paseaba por un bosque próximo a Riga, quedó admirado por la luz de la luna reflejada en las ramas de un abeto y arrancó un pequeño ejemplar de este árbol para regalárselo a sus hijos; de ahí nació, según los letones, la idea de cristianizar la vieja tradición pagana del Yule*, símbolo del sol en las culturas septentrionales de Europa, con la que se invocaba al astro diurno en el solsticio de invierno, el día del año en que el sol luce más brevemente en el hemisferio Norte.

Conocido grabado que representa
a Martín Lutero con su familia ante
un árbol de Navidad.


Difícilmente el futuro reformador Lutero (que en 1510 era sacerdote católico y profesor de teología en la Universidad de Wittenberg) pudo regalar entonces el árbol a sus hijos, ya que no se casó hasta 1525, después de haber sido declarado hereje por el papa León X en 1518, ni tuvo hijos, que se sepa, antes de su matrimonio.

Lo cierto es que en la actual Letonia, como en otros lugares del norte de Europa, el árbol, y más concretamente de abeto, de hojas perennes, tenía para los pobladores paganos una significación muy especial, y era frecuente de que se encendieran pequeñas velas en sus ramas para evocar la luz solar. Se utilizaba también el muérdago como planta sagrada, y las parejas propiciaban la fertilidad besándose bajo las ramas este arbusto. Además, se colocaban bajo el abeto bayas de acebo, consideradas un alimento agradable para los dioses de la naturaleza.


Pues bien, se dice que en diciembre de 1510 los miembros de la cofradía de los comerciantes solteros de Riga (que en 1687 pasó a denominarse Hermandad de las Cabezas Negras) fueron a un bosque cercano a la ciudad, cortaron un gran abeto, lo plantaron en medio de la plaza donde tenían su sede, lo decoraron con flores de papel y luego lo quemaron en medio de una gran algarabía en la que fluyeron abundantemente la cerveza y otras bebidas alcohólicas. Este hecho está documentado por una de las grandes especialistas mundiales en temas navideños, la condesa Maria Hubert von Staufer (Leeds, Inglaterra, 1945 – Palma de Mallorca, 2007), según reconoció en enero de 2002 la organización Christmas Archives International, con sede en Londres, y lo corrobora, entre otras entidades, la Asociación Canadiense de Productores de Árboles de Navidad.


No cabe duda de que Lutero nada tuvo que ver con el surgimiento de esa idea, sino que los mercaderes se dejaron llevar por la antigua tradición pagana: hacía poco más de tres siglos que los alemanes habían emprendido la cristianización de los pueblos del Báltico oriental, y apenas doscientos años que la religión romana se había arraigado con cierta fuerza en aquellas tierras, por lo que el paganismo continuaba muy presente en la mentalidad popular.


Han sido muchos los artistas, humoristas
y diseñadores que han interpretado desde
diferentes puntos de vista el árbol navideño.
Éste, del francés Serge Loverde, adornaba el
centro de la localidad francesa de Aubagne
durante las Navidades de 2009.

(Foto © Serge Loverde)

La tradición católica, por su parte, suele atribuir el abeto navideño al monje inglés Winfrid (nacido alrededor del año 675), que en 716 fue enviado a cristianizar las paganas tierras de Alemania, donde murió a manos de los “bárbaros” (las crónicas los identifican con una partida de bandidos y ladrones que asaltaron a los “elegantes” misioneros cristianos, bien dotados económicamente por el Papado), junto a otros cincuenta compañeros de misión, el día de Pentecostés del año 754, lo cual lo convirtió en mártir de la Iglesia romana, que lo elevó a los altares como san Bonifacio.

La leyenda dice que los paganos de Escandinavia y del norte de la actual Alemania veneraban el Yggdrasil (Árbol del Universo), un fresno sagrado cuya extremidad llegaba hasta el cielo (donde se hallaba la fortaleza de Valhalla, que acogía a los guerreros muertos en combate, y Asgard, el palacio del dios Odín) y cuyas raíces se internaban en el lúgubre reino de los muertos, Helheim, identificado también con el infierno. Parece que a Winfrid se le ocurrió un día hacerse con un hacha y cortar un Yggdrasil para plantar, en su lugar, un pino, árbol de hoja perenne, que adornó con manzanas –símbolo del pecado original y de las tentaciones– y velas –representación de la luz del mundo, que emanaba de Jesucristo–. Las manzanas fueron reemplazadas más tarde por bolas y las velas, por lucecitas de colores. Lo de los regalos al pie del árbol vino más tarde.


La tradición alemana dice que el primer árbol de Navidad se colocó en 1605 en algún lugar de las tierras germánicas (según los franceses, era un abeto de los Vosgos levantado en la actual plaza Kebler de Estrasburgo, en Alsacia), y que la costumbre se extendió muy pronto a Escandinavia y, ya en el siglo XIX, a Inglaterra y otros numerosos países.

El árbol de Navidad que hizo decorar la Reina Victoria de Inglaterra
en 1848, adornado con velas, dulces y un ángel en lo alto, según
un grabado aparecido en The Illustrated London News.


En España lo introdujo, al parecer, la princesa rusa Sofía Sergueievna Troubetzkoy (1838-1898), la cual, después de enviudar de su primer marido –un hermano de Napoleón Bonaparte– se casó con José Isidro (Pepe) Osorio y Silva-Bazán, duque de Sesto y de Alburquerque y Marqués de Alcañices, quien desempeñó un importante papel en la Restauración borbónica. Se dice que en su palacio del paseo del Prado de Madrid, situado donde actualmente se levanta el edificio del Banco de España, lució en 1870, por primera vez en España, el árbol de Navidad.

Hoy, como bien sabemos, los abetos navideños se cultivan en plantaciones, se suelen vender a precios abusivos en mercadillos, floristerías y centros comerciales, y para los ahorradores los hay de plástico, desmontables. La tradición, como tantas otras cosas, se ha mercantilizado, y el árbol de Navidad se ha convertido, ¡cómo no!, en uno más de los artículos de consumo de cada mes de diciembre.



Plantación de abetos navideños en los Estados Unidos.
(Foto © USDA Natural Resources Conservation Service / FlickreviewR)


* Yule ha dado nombre a la Navidad en algunas lenguas: Jul, en danés, noruego y sueco; Jól, en islandés y feroés; Joulu, en finlandés; Jõulud, en estonio.

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