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11 agosto 2015

[Marginalia] La precavida sensibilidad musical del “amado líder” norcoreano

Esta es la música preferida de Kim Jong-un, el “amado líder” 
de la República Popular Democrática de Corea.

Nadie ignora (o nadie debería ignorar a estas alturas) que en la República Popular Democrática de Corea, Corea del Norte en términos llanos, rige uno de los regímenes más cerriles del mundo, una dictadura personal, dinástica y hostil a todo lo externo que se obstina por permanecer aislada. Al pérfido dirigente Kim Jong-il, de míticos orígenes, difunto a bordo de un tren (la idea de viajar en avión le provocaba pánico) el 17 de diciembre de 2011, le sucedió su hijo y oficialmente heredero, Kim Jong-un, hecho a imagen y semejanza de su despótico padre (los coreanos dicen, jocosamente, que fue clonado).

Kim Jong-un.

El régimen personalista y autoritario de este singular personaje, arropado por un disciplinado ejército, decide todos los detalles de la vida en el país, dejando pequeños, en comparación, a muchos de los dictadores que en el mundo han sido y son, con la particularidad de que un espeso muro de silencio oculta la realidad de lo que ocurre en aquel país de 120.000 kilómetros cuadrados y unos 24 millones de habitantes, según censos que no se han podido contrastar.

Dos de los instrumentos más poderosos del régimen, como suele ser habitual en todo totalitarismo, son la represión y la propaganda, según la cual el Presidente Eterno de la República, como se le denomina en la Constitución, goza de la admiración y la veneración casi divina de más del 99 % de la población, con lo cual queda todo dicho.

Recientemente, a las múltiples tareas de Kim Jong-un se ha sumado la preocupación por la música y por evitar que ésta caiga en la decadencia que caracteriza al resto del mundo, por lo que ha ordenado a su Departamento de Propaganda, encargado también de la censura, que vele por evitar no solamente la infiltración del K-pop, tan en boga en Corea del Sur, y otras “inmundicias” occidentales, sino incluso la divulgación de fragmentos de composiciones norcoreanas –algunas de la cuales se han popularizado a través de la cinematografía nacional– que, fuera de contexto, “insinúen a los ciudadanos la idea de la protesta y la crítica”.

Sobre esta cuestión ha escrito Andrea Pira en el periódico italiano Il Fatto Quotidiano*, y se ha preguntado hasta qué punto llegará la censura para permitir la actuación en la capital norcoreana, Pyongyang, de la banda eslovena Laibach, anunciada oficialmente para participar, los días 19 y 20 de agosto, en los actos conmemorativos del septuagésimo aniversario de la “liberación del dominio japonés”: una supuesta señal de “apertura” del régimen para acallar ciertas habladurías.

Pyongyang, la capital de Corea del Norte, 
poblada por más de tres millones de personas.
(Foto © Samluellwitz Wordpress)

Este transeúnte añade que Laibach (que curiosamente es el nombre que recibió la capital eslovena, Liubliana, durante la ocupación alemana de Yugoslavia en la segunda guerra mundial) suele combinar simbología nazi y estalinista en sus acciones, que es como denomina sus actuaciones públicas, y sus componentes se han manifestado reiteradamente contra la supremacía anglosajona en el mundo. Dato nada insignificante en el contexto del que hablamos.


El grupo musical esloveno Leibach y su estética.
(Fuente: 24ur.com, Liubliana, 2010)

Los censores del gran líder revisan con esmero las letras de las canciones que interpretará el grupo esloveno, pero quizá no deban temer nada, ya que Jani Novak, uno de los músicos de Laibach, ha dejado claro en una entrevista que tanto él como sus compañeros se comportarán “como corresponde hacer a cualquier invitado” y aceptarán de muy buen grado todas las sugerencias que se les hagan; ha aprovechado la ocasión, además, para culpar de la situación actual de los norcoreanos “a la intervención en la península [de Corea] de ciertas potencias extranjeras”, en clara alusión a los Estados Unidos y China. Palabras que a los oídos de Kim Jong-un y sus generales deben de sonar a música celestial, como puntualiza Andrea Pira. ¿Otra de las numerosas provocaciones de Leibach? ¿Otra de las habituales maniobras de distracción de Kim Jong-un?


Anuncio de la actuación de Leibach en Corea del Norte.

* Andrea Pira: “Corea del Nord, la censura sulla musica di Kim Jong-un: ‘Vietate le canzoni che incitano alla protesta’”, en Il Fatto Quotidiano, Roma, 31 de julio de 2015.

POST SCRIPTUM: Información sobre el concierto de Laibach en Pyongyang y sobre la fría reacción del público norcoreano en La Vanguardia, Barcelona, 21 de agosto de 2015.

16 enero 2013

¿Qué hay de cierto en el trasfondo de la caída de Nicolae Ceauşescu en Rumanía?


Manifestantes rumanos en las calles de Bucarest el 22 de diciembre de 1989 
con la bandera nacional sin los símbolos comunistas. (Fuente: BBC News)


Penetrar en los entresijos de la historia siempre es tarea arriesgada, y si este transeúnte lo hace ahora, procura que sea cautamente, basándose en informaciones relativamente recientes que le parecen verosímiles con la perspectiva de más de veinticuatro años desde los acontecimientos relatados.

Lo último que leyó sobre el tema se debe al periodista italiano Luca Negri, quien en el periódico romano L’Occidentale ofrecía datos relevantes, de ser ciertos y estar contrastados, sobre la realidad de la denominada Revoluția română din 1989 (‘Revolución rumana de 1989’) que estalló en la ciudad transilvana de Timişoara el 16 de diciembre de aquel año y concluyó con el vergonzoso juicio sumarísimo y la inmediata ejecución de Nicolae Ceaușescu y su esposa Elena en Târgovişte el 25 de diciembre, tras la huida de ambos del palacio presidencial de Bucarest tres días antes.

El helicóptero en el que huía 
el matrimonio Ceaușescu desde 
la sede del Comité Central del 
Partido Comunista Rumano 
(22 de diciembre de 1989).

Dice Negri que “en general, nos fiamos poco de las revoluciones que consiguen cambiar el régimen de un país […], pues deberían ser consideradas más bien golpes de Estado”. Aunque es cierto que, incitados por aquella inmensa manifestación popular del 16 de diciembre en Timişoara y los por líderes en la sombra que la organizaron, los habitantes de Bucarest salieron multitudinariamente a las calles y boicotearon un discurso del dictador, quien en un momento dado comprendió que sus veintidós años en el poder llegaban a su fin e intentó desesperadamente huir en helicóptero con su esposa; si bien la revuelta de Bucarest fue popular y supuso la expresión del odio de sus súbditos al Conducător (‘líder’ o ‘caudillo’), parece que algo se estaba cociendo entre bambalinas.

Sobre ello investigó a fondo durante dos décadas el periodista rumano Grigore Cartianu, quien en 2010 publicó el polémico y voluminoso libro Credeam că facem revoluţie, nu lovitură de stat (‘Creíamos que era una revolución, no un golpe de Estado’), en el que saca conclusiones que a este transeúnte le parecen interesantes.

Grigore Cartianu.

En opinión de Cartianu, después de aquella revuelta decisiva tuvo lugar una “contrarrevolución” todavía más sanguinaria (se calcula que durante la Revolución rumana hubo más de 1100 muertos) en la que estuvieron implicados numerosos exponentes del régimen comunista próximos a Moscú. Ceaușescu había plantado cara a la URSS –se había opuesto abiertamente a la intervención en Checoslovaquia, en 1968, por ejemplo– y pretendía que su régimen fuera independiente de las directrices soviéticas, lo cual lo convirtió en un déspota que, aunque despertara simpatías en Occidente, lo equiparaba en cierto modo, por su línea dura, a líderes intransigentes como el norcoreano Kim Il Sung.

En aquel mes de diciembre de 1989 la perestroika de Gorbachov empezaba a derrumbar el Telón de Acero y el muro de Berlín ya había caído. Poco antes, personalidades significadas de la política occidental habían rendido honores al Conducător, quien, rodeado de una “corte” fiel, alentaba a la perfección el culto a su personalidad y a la de su esposa Elena (quien, sin haber terminado siquiera los estudios primarios, acumulaba títulos científicos de varios países). Sin embargo, y en ese contexto, el presidente de los Estados Unidos, George Bush (padre), y Mijaíl Gorbachov urdieron –según Cartianu– una trama para hacer caer el régimen rumano: sutilmente, la Unión Soviética iba infiltrando tanto en el ejército de Rumanía como en la tristemente célebre Securitate –los temidos servicios secretos del partido comunista rumano– a muchos de sus agentes. ¡Cuesta creer la afirmación del periodista según la cual llegaron a entrar en el país, sin levantar sospechas, casi setenta mil agentes soviéticos!

A partir de tales interrogantes se podría deducir que los movimientos revolucionarios de diciembre de 1989 no fueron tan “espontáneos” como siempre se ha asegurado: el Kremlin, con el beneplácito de Washington, podría haber estado detrás de aquellos movimientos y habría hecho caer en una trampa (mortal, en este caso) a Nicolae Ceaușescu, ante la evidencia de que éste jamás se habría sumado a los grandes cambios que se preparaban en el panorama europeo.


Nicolae Ceaușescu y su esposa Elena tras su detención. (© AFP)



Ello no justifica, sin embargo, que el matrimonio Ceaușescu fuera literalmente linchado en un proceso muy poco judicial y muy confuso, y abatido a tiros como si de alimañas se tratara. Lo que ocurrió tras la Revolución rumana, hechos como los del 14 de junio de 1990, promovidos por los nuevos gobernantes “democráticos” de Rumanía para “calmar los ánimos” de la ciudadanía, demuestran que la situación no estaba controlada. Aquel día convencieron a veinte mil mineros de provincias para que llegaran a Bucarest, armados con barras de hierro, para atajar un supuesto “complot fascista”: durante dos días, aquellos hombres engañados sembraron el pánico en las calles de la capital del país agrediendo a opositores, periodistas y viandantes, creyendo que así colaboraban a asentar la democracia. No hicieron más que asentar en el poder a quienes se habían apoderado de él tras la caída del régimen sanguinario y desaforado del Conducător.


Otra imagen de la revolución: un grupo de manifestantes 
se ha apoderado de un carro de combate.  R. Sigheti/Reuters)


¿Qué hay de cierto en lo que explica Grigore Cartianu y se ha divulgado ampliamente en Rumanía desde que se publicó su libro (que ha inspirado otras obras sobre el tema)? Este transeúnte no juzga nada, se limita a explicar algo a lo que no parece que hayan prestado mucha atención los media occidentales. Nos quedamos con la sensación de que aún hoy, en Rumanía, las cosas parecen no estar muy claras.


Clicad sobre las imágenes para ampliarlas.

24 marzo 2011

Literatura estonia en castellano: “El mismo río”, de Jaan Kaplinski

Imagen de la presentación de El mismo río en La Central del Raval
de Barcelona. De izquierda a derecha, Daniel Ortiz, editor de Escalera,
Albert Lázaro-Tinaut, Jaan Kaplinski y Laura Talvet.

(Foto: Joan-Francesc Ainaud)

Para quienes se esmeran en la tarea de dar a conocer las literaturas periféricas del gran mosaico europeo, como es el caso del transeúnte, la aparición de cualquier libro perteneciente a alguna de ellas es motivo no sólo de satisfacción, sino también de celebración, por lo cual hay que agradecer y celebrar el esfuerzo de los editores y los traductores que lo han hecho posible.

En este caso se trata de la novela eminentemente autobiográfica del escritor estonio más reconocido internacionalmente en nuestros días, Jaan Kaplinski, titulada El mismo río (Seesama jõgi, en su versión original) [1], traducida por Laura Talvet y Francisco Javier García Hernández y publicada por Ediciones Escalera de Madrid, un pequeño gran proyecto emprendido hace algo más de tres años por una esforzada pareja canaria, Daniel Ortiz Peñate y Talía Luis Casado.

El transeúnte conoció a Jaan Kaplnski hace unos catorce años en Tartu, su ciudad natal, cuando tradujo al castellano, en colaboración con Jüri Talvet, algunos poemas suyos, que luego fueron publicados por Francisco Uriz, director entonces (1998) de la Casa del Traductor de Tarazona, en una plaquette titulada Nada más que Algo más, dentro de la colección “Papeles de Tarazona”.

Jaan Kaplinski, nacido en Tartu el 22 de enero de 1941, es hijo de un polaco de ascendencia judía, Jerzy Kaplinski (nacido en 1901), a quien no tuvo tiempo de conocer, ya que los esbirros de Stalin lo deportaron y desapareció en el archipiélago Gulag, donde probablemente murió en 1944. Era un hombre culto e inteligente que trabajó como lector de polaco en la Universidad de Tartu. La madre del escritor, Nora Raudsepp (1906-1982), natural de la ciudad meridional de Võru, pertenecía, en cambio, a una familia estonia acomodada; fue bailarina y pudo completar sus estudios en Alemania y Francia. También era traductora, vertió al estonio obras de Balzac, Chateaubriand y Anatole France y fue coautora de una versión resumida, en prosa y en francés (París, 1930), de la epopeya nacional de su país, el Kalevipoeg, de Friedrich R. Kreutzwald (1803-1882), considerado el fundador de las letras estonias.


Jaan Kaplinski en sus años infantiles.
(Fuente: Õpetajate Leht, 24.10.2008)

Como narra en los primeros capítulos de El mismo río, Kaplinski vivió su juventud rodeado de mujeres y de tabúes y restricciones –esas que conocen todos los regímenes totalitarios: la imposibilidad de expresarse libremente, de acceder a determinados libros, de relacionarse con extranjeros, de conocer la verdad de la historia, de practicar sin obstáculos cualquier religión que no fuera la ideología del régimen, de dar a conocer la auténtica personalidad en el caso de los homosexuales (no es el suyo), de mantener relaciones sexuales fuera del ámbito de la pareja legalmente constituida, pues el sexo, en la URSS, sencillamente, “no existía”, y un largo etcétera–. De ahí pues, también, la obsesión que manifiesta el autor en la novela de perder la virginidad y sus intentos frustrados de lograrlo.


Pero volvamos a la biografía de Jaan Kaplinski. Estudió filología francesa en la Universidad de Tartu, la más prestigiosa del Báltico oriental y una de las más reconocidas de la Unión Soviética, y al mismo tiempo siguió estudios de lingüística estructural y aplicada, una disciplina que continúa interesándole y a la que desea prestar más atención en los próximos años, según manifiesta ahora. Hombre de amplios horizontes, quiso conocer también la mitología celta, por la que se sintió apasionado, y, sobre todo, el pensamiento oriental.


Terminados sus estudios (obtuvo su licenciatura en 1964), se acercó al mundo de la naturaleza –esa concretísima y múltiple divinidad común a todos los pueblos del norte de Europa, en la que basaron sus antiguas creencias paganas–, como investigador en el Jardín Botánico de Tallinn. Luego regresó a Tartu, donde sucedió a otro gran poeta, Ain Kaalep (Tartu, 1926), como tutor de jóvenes traductores en la Universidad.


La antigua sede del KGB en Tallinn. Una placa
junto a su puerta lo recuerda con estas palabras:
"Este edificio albergaba la sede del órgano de
represión del poder soviético. Aquí empezaba
el camino hacia el sufrimiento de miles de estonios".


Fue por aquel entonces, en 1980, cuando Jaan Kaplinski se implicó en la política clandestina como resistente cultural frente la intensa rusificación de Estonia. Estuvo entre los firmantes de la Neljakümne kiri (‘Carta de los cuarenta’), que proponía un diálogo pacífico con el régimen soviético para presentar ciertas reivindicaciones. Se convirtió así, de inmediato, en sospechoso de disidencia, por lo que el KGB (el temido comité soviético para la seguridad del Estado) lo interrogó e incluso registró su casa. Ya se había dado a conocer como poeta y polemista, por lo que aquella iniciativa, aunque también frustrada, supuso un cambio de mentalidad y de actitud para muchos intelectuales comprometidos y, desde entonces, vigilados de cerca.

Cuando Estonia proclamó de nuevo su independencia (20 de agosto de 1991), perdida en 1944 con la incorporación forzosa a la URSS, Jaan Kaplinski se mostró muy activo en la prensa y publicó numerosos artículos polemizando, sobre todo, con la derecha nacionalista y la Iglesia, y entre los años 1992 y 1995 fue, además, miembro del Riikogu (Parlamento) de la República de Estonia.

Fachada del Parlamento de la República de Estonia,
ubicado en el antiguo castillo de Toompea (Tallinn).

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

Más tarde inició una intensa etapa como periodista y conferenciante, fue profesor asociado en la Universidad de Tampere (Finlandia) y se dedicó con ahínco a escribir, aprovechando algunas becas internacionales que le permitieron distanciarse de las actividades remuneradas. En 1994 ingresó en la Académie Universelle des Cultures, fundada dos años antes por el escritor judío húngaro Elie Wiesel (galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1986).

En la personalidad de Kaplinski sobresale su independencia intelectual, basada en un pensamiento de corte socialdemócrata y liberal, que ha defendido en todo momento con tesón. Es y ha sido siempre un hombre comprometido con los mejores valores de la sociedad, sin perder de vista el humanismo en su esencia más pura: la ancestral relación de los seres humanos con la naturaleza de la que procedemos.

Jaan Kaplinski caricaturizado por
Aivar Juhanson como una antigua
divinidad pagana báltica.
(Fuente: Delfi pilt, http://pilt.delfi.ee/en/picture/10800589/)

Por otra parte, después de haber analizado a fondo el totalitarismo comunista, ha denunciado la insidiosa opresión de la sociedad capitalista y el modo como ésta condiciona a los individuos. De entre sus opiniones, el transeúnte entresaca una de su blog que le parece interesante por la cruel y paradójica ironía que contiene:
“El comunismo y el consumismo son dos sectas seculares originadas por la cristiandad. Como la primera ya está desapareciendo de la escena mundial, la segunda goza de un éxito sin precedentes, conquista una nación y un continente tras otro y utiliza incluso la religión para sus intereses. ¿Cuál es el resultado de este proceso de globalización y concentración? Un ciudadano de la antigua Unión Soviética ya tiene nombre para el próximo mundo feliz: lo llamará Unión Soviética o Unión Soviética renacida”.

En el ámbito de la literatura, Kaplinski ha sido reconocido sobre todo como poeta, aunque también ha escrito prosa, piezas teatrales y ensayo. Él mismo reconoce la influencia en su obra de otros poetas, como Rimbaud, Eliot y Pound. No hay que olvidar, por otra parte, su importante tarea como filósofo y crítico cultural. Su labor literaria ha sido recompensada tres veces con el Premio Anual de las Letras Estonias (1996, 2000 y 2010), el prestigioso premio de poesía Juhan Liiv (1968) y el premio de la Asamblea Báltica (1997). Ha participado, además, en numerosos festivales de poesía y literatura.

No menos importante es su tarea como traductor literario. Su amplio conocimiento de idiomas le ha permitido verter al estonio obras de escritores franceses (Gide, Saint-Exupéry…),
checos (Vladimir Holan), suecos (Tomas Tranströmer), y también de poetas anglófonos y autores de expresión castellana, como Octavio Paz, del que tradujo la poesía, y Carlos Fuentes, de quien ha traducido al estonio La muerte de Artemio Cruz. Curiosamente, entre sus traducciones de juventud encontramos un fragmento del Cantar de Mio Cid.

Jaan Kaplinski leyendo sus poemas
en el Annikin Runofestivaali (festival
de poesía Annikin) en Tampere
(Finlandia), en junio de 2010.

(Fuente: http://www.annikinkatu.net/
runofestivaali2011/english.htm)


Siguiendo las huellas de uno de sus maestros, Uku Masing [2] (ese “Maestro”, con mayúscula, al que nombra constantemente en El mismo río –aunque él manifiesta que no fue el único y que la novela tiene, como tal, mucho de ficción–, obra que se inicia precisamente con los funerales de Masing en abril de 1985), Kaplinski se ha opuesto enérgicamente al centralismo de la civilización occidental y ha buscado su ideario, sobre todo, en las filosofías antiguas más relacionadas con la naturaleza, como el budismo y el taoísmo. Una clara demostración de su interés por Oriente son sus traducciones del chino de la poesía de Li Po y Du Fu, y de la obra fundamental del taoísmo, el Dào Dé Jing (más conocida entre nosotros por su transcripción fonética, Tao Te Ching), de Lao Tsé, el “Viejo Maestro”.

El transeúnte tuvo el honor de presentar, el pasado 16 de marzo, junto con Laura Talvet y el propio Jaan Kaplinski –que habló en todo momento en castellano–, El mismo río en la acogedora cripta de la librería La Central del Raval de Barcelona. Es una obra en la que el autor vuelca, novelándola (es decir, mezclando su “yo” personal con el “yo” literario), su propia experiencia vital, se vacía literaria e intelectualmente plasmando, al mismo tiempo, parte de la historia de su país, sometido a las directrices de Moscú durante casi cincuenta años; de hecho es el relato personificado de la Estonia de la década de 1960, cuando la rigidez estalinista dio paso a un cierto “deshielo” y los estonios empezaron a soñar con tiempos mejores, con el retorno de los expatriados forzosos a Siberia y al Asia central, la reunificación de las familias separadas a la fuerza en medio del terror. Kaplinski, entonces veinteañero, busca un guía espiritual y consigue introducirse en el círculo íntimo del “Maestro”, quien no sólo valorará sus primeros poemas, sino que le dará los consejos básicos para lo que luego sería la filosofía vital del joven.


Jaan Kaplinski en Barcelona con
un ejemplar de El mismo río.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

La obra es, al mismo tiempo, un recorrido por la cotidianidad de una Estonia que había perdido hacía años su esplendor, un recorrido a veces trágico, aunque con momentos lúdicos e incluso humorísticos, fiel reflejo, a fin de cuentas, de la personalidad del autor, un hombre cordial al que, sin embargo, le molesta que se hable en público de su biografía y, sobre todo, que se recuerde que su nombre ha empezado a aparecer en las especulativas listas de los candidatos al premio Nobel de Literatura.

El río que aparece en el título de la novela es, a diferencia del río heraclitano, del panta rhei (‘todo fluye’), una metáfora de la immobilidad de un sistema totalitario cuyos entresijos ahora se van conociendo mejor; en este sentido, el libro de Kaplinski ayuda a entender las contradicciones del sistema a partir de la experiencia vivida, del crecimiento personal e intelectual del autor, de sus preguntas esenciales para las que no siempre halla respuesta. Es un análisis “desde dentro” de lo que supuso para un pueblo de raíces culturales occidentales, de influencia esencialmente alemana, estar sometido a unas ideas y a unas costumbres que difícilmente podía entender. Es un trayecto de un invierno a otro, muy distintos entre sí pero, paradójicamente, igualmente llenos de contradicciones.

Quienes se interesen por el antiguo sistema totalitario soviético hallarán sin duda en El mismo río otro punto de vista, muy útil para comprender mejor lo que fueron aquellos largos años, aquel interminable invierno de los estonios.



[1] Jaan Kaplinski: El mismo río. Traducido por Laura Talvet y Francisco Javier García Hernández. Madrid, Ediciones Escalera, 2011. 400 páginas. ISBN: 978-937018-7-1.
[2] Uku Masing (1909-1985), teólogo, filósofo, filólogo y folklorista, fue un auténtico humanista, en el sentido más amplio de la palabra, y un divulgador de culturas que tuvo un ascendiente primordial sobre toda una generación de intelectuales estonios, entre los que se encuentra Jaan Kaplinski. Introdujo en Estonia la filosofía analítica, y como políglota excepcional –se dice que conocía 65 idiomas y era capaz de traducir de veinte de ellos– vertió al estonio innumerables obras de culturas universales, sobre todo orientales. Son notables sus traducciones del persa, el turco, el hebreo, el árabe, el amhárico, diversas lenguas de la India, etc. Tradujo, entre otros, a Rabindranath Tagore y Omar Khayyam, haikus japoneses y una versión íntegra del Nuevo Testamento. Una de sus últimas obras fue la traducción al estonio de algunas rondalles (cuentos tradicionales) catalanas a partir de los textos originales de la Rondallística de Joan Amades, que el transeúnte tuvo el honor de hacerle llegar: el librito que recoge estas traducciones, titulado Paadimehe tõed (‘Las verdades del barquero’) se publicó póstumamente, pocas semanas después de su muerte.

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15 marzo 2010

Jean Ferrat: canción, poesía y compromiso social

Jean Ferrat en el año 2008. (Foto © abaca)

Anteyer, 13 de marzo de 2010, a las 12.58 del mediodía, murió en Aubenas, cerca de la pequeña localidad de Antraigues-sur-Volane (en el departamento francés de la Ardèche), donde residía, Jean Tenenbaum, el menor de los cuatro hijos de un emigrado judío ruso. Había nacido en Vaucresson, en las proximidades de París, el 26 de diciembre de 1930. Cuando tenía once años su padre fue deportado por los ocupantes nazis e internado en el campo de concentración de Auschwitz, del que ya no salió. Él pudo salvarse gracias a la protección de un grupo de militantes comunistas.

Aquel niño, al que le costó asumir la tragedia familiar, comenzó a ganarse la vida, una vez acabada la guerra, componiendo canciones, cantándolas en modestos cabarets, haciendo teatro y tocando la guitarra en una banda de jazz, con el nombre de Jean Laroche. Aunque el éxito no le sonrió de inmediato, decidió dedicarse a la música y al espectáculo, y adoptó otro seudónimo, Frank Noël, que después cambió por el que lo llevaría a la fama: Jean Ferrat.

Ferrat fue siempre fiel a su compromiso social y político, y a pesar de que no se afilió nunca al partido comunista, hasta 1968 se mantuvo próximo a la formación de quienes le salvaron la vida. Y, poco a poco, empujado por el entusiasmo y los amigos, los “camaradas”, su nombre comenzó a sonar, sobre todo desde que, en 1956, puso música al poema Les yeux d’Elsa, de su admirado Louis Aragon.* Esta canción fue popularizada entonces por un cantante que sumaba éxitos en los cabarets parisinos: André Claveau.

No obstante, el primer disco de Jean Ferrat (1958) pasó inadvertido. No fue hasta 1960, con Ma Môme (escuchadla), que se comenzó a oír su voz en las principales emisoras de radio. En 1966 ya era famoso. En 1962 escribió la canción Deux enfants au soleil para su gran amiga Isabelle Aubret, que la interpretó con gran éxito. Diez años más tarde compuso otra de sus canciones más conocidas: Mon vieux. Desde entonces, las ventas de sus discos se incrementaron: ya se había convertido en una figura en el mundo musical francés.

Jean Ferrat con las cantantes Isabelle Aubret y Juliette Greco
(París, 1965). (Foto © AFP)

Mientras tanto había escrito algunas canciones comprometidas y algo atrevidas en el panorama político de la época, como Nuit et Brouillard (1963; escuchadla y leed la letra aquí) y Potemkine (1965; escuchadla aquí), cuya difusión a través de las emisoras de radio fue prohibida por la autoridad competente francesa, y también una de las piezas que al transeúnte más le han llegado al corazón: Camarade (escuchadla), en la que denuncia la invasión soviética de Checoslovaquia en el verano de 1968.

En 1972 se alejó de París y se estableció en la Ardèche, decepcionado por el totalitarismo feroz puesto de manifiesto por los más altos representantes de la ideología que defendía (las atrocidades anteriores de Stalin aún no eran suficientemente conocidas o se habían silenciado en Occidente). La paz de aquellas tierras meridionales le inspiraría otra de sus canciones más bellas: La montagne (escuchadla).

Pero Jean Ferrat quedará seguramente como el gran cantor de la poesía de Aragon (podéis escuchar una de sus canciones, Aimer à perdre la raison, aquí), al cual dedicó dos recopilaciones: Que serais-je sans toi? (1974) y Heureux celui qui meurt d’aimer (1995). El transeúnte ha escuchado estas canciones decenas de veces, y las vuelve a escuchar con emoción mientras escribe este homenaje a un hombre que ha sido siempre consecuente consigo mismo y con sus ideas, una actitud que no debe confundirse con un compromiso absoluto con el comunismo francés, sino muy al contrario: una de sus canciones, Bilan (1980), es precisamente una crítica nada disimulada al líder del PCF, Georges Marchais, por su vergonzoso balance “globalmente positivo” de los países sometidos, contra la voluntad de sus pueblos, a la rígida disciplina soviética. Una actitud que, por otro lado, lo alejó de una parte de la intelectualidad de izquierdas de su país que aún creía (o lo hacía ver, para seguir la “moda” de la época) en las bondades del socialismo real.

La música y la política fueron las dos grandes pasiones de Jean Ferrat. En este sentido, no hay que olvidar su compromiso con los movimientos de izquierdas, como el de antiglobalización liderado por el polémico líder campesino José Bové (1987), y su adhesión a la Coordination française pour la Décennie de la culture de non-violence et de paix, una asociación creada en noviembre del año 2000 para coordinar las actividades del Decenio internacional de promoción de una cultura de la no-violencia y de la paz en beneficio de los niños del mundo, promovida por la Unesco y que acaba, precisamente, este año, con algunas muestras de buena voluntad, pero, sobre todo, con una aberrante indiferencia por parte del denominado “primer mundo”, pese al compromiso (mejor dicho, las palabras solemnes y vacías de contenido) de la grandilocuente Alianza de Civilizaciones propuesta por el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, el 21 de septiembre de 2007 durante la 57.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York. También fue muy crítico con las multinacionales de la música y la industria discográfica que, en su opinión, ponían en peligro la libertad de creación.

Canción, poesía y compromiso social son las palabras que, según el transeúnte, resumen la vida y la trayectoria personal de Jean Tenenbaum, más conocido como Jean Ferrat.

* Aragon (1897-1982) escribió este famoso poema, dedicado a su esposa, la rusa Elsa Triolet (Elsa Kagan [1896-1970], que era cuñada de Vladímir Maiakovski), en 1940.

Traducción del catalán: Carlos Vitale.