07 octubre 2015

[Marginalia] El drama en infinitos actos de los refugiados del Próximo y Medio Oriente

De este modo suelen llegar los migrantes a la isla griega de Lesbos 
en busca de refugio. Al fondo, la costa turca.
(Foto © Picture Alliance / Scanpix Denma)



La guerra que asola, sobre todo, Afganistán, Pakistán, Irak, Yemen y Siria en esta segunda década del siglo XXI ha provocado una de las migraciones más imponentes y dramáticas de la historia reciente de Europa. Nos enteramos por informaciones, a menudo sesgadas, de los medios de comunicación. Nos duelen algunas imágenes, algunas crónicas, algunos relatos, pero en realidad sabemos bastante poco de la atroz realidad: la magnitud del drama es inconmensurable.

Millones de habitantes de aquellos países –a los que se han unido muchos africanos– han abandonado sus casas, sus pertenencias e incluso a algunos de sus familiares para buscar refugio en países vecinos, como el Líbano o Jordania, que se han prestado a acogerlos (provisionalmente) en campos habilitados a toda prisa, en condiciones casi siempre precarias. Y centenares de miles de ellos han llegado a Europa con la engañosa esperanza de ser tratados humanitariamente. 

Sin embargo, nuestra vieja y decadente Europa ha olvidado que de ella, en los dos últimos siglos, salieron millones de emigrantes huyendo de la miseria, las persecuciones y las guerras hacia América y Australia, donde pudieron rehacer sus vidas. Algunos países europeos han demostrado su absoluta falta de solidaridad e incluso han levantado barreras para impedir el paso de los fugitivos (el caso más aberrante es el de Hungría). Otros se mantienen en un silencio cómplice. Muy pocos han ofrecido asilo (aunque selectivo) a una pequeña parte de esa inmensa masa de desesperados.


Muchos refugiados consiguieron cruzar las alambradas tendidas 
a lo largo de la frontera entre Serbia y Hungría para poder 
avanzar hacia otros países europeos.
(Fuente: Sputnik France)


A esos seres humanos, muchos de los cuales jamás regresarán a sus países de origen (¿cuántos han dejado sus vidas por el camino?), habría que añadir los que cruzan el Mediterráneo desde el norte de África, pero ese es otro capítulo del infinito drama humanitario.

Ahora que esa calamidad empieza a pasar a segundo plano informativo, el transeúnte, a modo de denuncia, ofrece uno de los muchos testimonios que se han ido recogiendo en los últimos meses: la mayor parte de ellos no ha hallado hueco en los medios de comunicación convencionales, que tratan de ocultar la desvergüenza de los gobiernos y las instituciones de la Unión Europea, aunque, como afortunadamente suele ocurrir en estas situaciones, en casi todos los países la población civil ha sabido estar a la altura de las circunstancias demostrando su generosidad y solidaridad.



Testimonio de una voluntaria francesa de Médicos del Mundo

Por Marjorie Boyet

A su regreso de Lesbos, donde ha trabajado durante cinco semanas para la ONG Médicos del Mundo atendiendo a refugiados procedentes de las costas turcas, la cardióloga francesa Brigitte Maître relata los sufrimientos de que ha sido testigo directo y pone en guardia sobre las “discriminaciones” entre migrantes en busca de refugio.

La doctora Brigitte Maître.
(Fuente: Mâcon Infos)

El pasado 3 de agosto la doctora Brigitte Maître viajó a la isla griega de Lesbos. En el “campo de recepción” de Moria, dice, fueron agrupados “entre 700 y 800” refugiados afganos, mientras que alrededor de aquel centro se hallaban concentrados “unos 2000 o 3000” más. Los sirios fueron reagrupados en la localidad de Kara Tepe.

El Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) calcula que alrededor de 20.000 candidatos al exilio se encuentran actualmente en Lesbos. Los equipos de Médicos del Mundo atienden diariamente a 500 refugiados, según esta cardióloga francesa. Entre los sirios ha encontrado a “heridos de guerra, víctimas de estallidos de obuses, con horribles llagas infectadas”. “Vi a una familia afectada por armas químicas y otras cosas que jamás hubiera imaginado”, explica esta doctora sexagenaria, veterana de otras misiones humanitarias en África y el Próximo Oriente.


Aspecto del campo de refugiados de Moria.
(Foto © Tasos Markou / Demotix)


La aventura de cruzar el mar desde Turquía deja “grandes moratones y llagas producidas por el roce contra las rocas, y quemaduras de primer y segundo grado a causa de la exposición al sol, especialmente en niños. En la última semana, cinco personas murieron ahogadas”, añade la facultativa. “Cuando llegan a las costas griegas, los refugiados tratan de continuar viaje hacia Alemania, Suecia, Bélgica, Dinamarca o el Reino Unido, pero son pocos los que eligen Francia como destino final.”

“La igualdad de oportunidades brilla por su ausencia. Los sirios consiguen sus papeles en un máximo de cinco días. Para los demás, la espera puede ser de dos o tres semanas, ya que el gobierno griego ha establecido prioridades”, dice, y advierte contra el peligro de discriminación entre los refugiados.

“¿Por qué todo el mundo prefiere a los sirios? No puedo decirlo, porque apenas he estado cinco semanas con ellos: son gente como nosotros, he encontrado a abogados, médicos, dentistas, personas con estudios que en muchos casos disponen de dinero; además, llegan después de un recorrido breve y sus condiciones físicas no están tan mermadas”, añade la voluntaria de la ONG.


El cuidado campo de refugiados de Kara Tepe, 
donde están acogidos los refugiados sirios.
(Foto © Daniel Elkan / IRIN)

Por el contrario, la situación de los otros refugiados, como “los afganos, que ya han sufrido cuatro meses de humillaciones antes de llegar allí, cuya cultura está más alejada de la nuestra”, se agrava durante su estancia en Lesbos. Según la doctora Maître “desarrollan la enfermedad del hambre u otros males epidémicos, y van a continuar su ruta hacia el norte de Europa muy debilitados”.

“Teóricamente, todos los refugiados gozan de igualdad de oportunidades a la hora de solicitar asilo”, continúa. Según ella, la organización en la isla de Lesbos se puede considerar bastante buena, y pone como ejemplo la ciudad de Mitilene, donde “la solidaridad ha sido ejemplar, prueba de que cuando la gente se organiza bien todo funciona”. Allí, el alcalde ha movilizado a los servicios públicos, pero también a los ciudadanos, y ha colaborado en la instalación del hospital de la ONG.


El campamento instalado en el puerto de Mitilene 
a instancias del alcalde, Spyros Galinos.
(Fuente: ekathimerini.com)


“Los propios griegos preparan diariamente un millar de raciones de comida y las distribuyen entre los dos principales centros de acogida de la isla"; además proporcionan ropa y productos higiénicos. Pero la doctora teme que “la gran oleada” de migrantes no cesará al menos hasta mediados de octubre, ya que los “pasadores” incitan continuamente a los candidatos al exilio para que se aventuren antes de que empeore el estado del mar.


Este testimonio fue publicado por la agencia France Press (AFP) el 11 de septiembre de 2015. Ha sido traducido y adaptado por Albert Lázaro-Tinaut.

13 septiembre 2015

Entrevista a Mariem Mint Cheikh sobre la esclavitud en Mauritania


Mujeres haratin en el sureste de Mauritania.
(© Ángeles González-Sinde / Intermón Oxfam)

Militante abolicionista, Mariem Mint Cheikh Dieng es una de las principales figuras femeninas de la lucha contra la esclavitud en Mauritania. De origen hartani [1], abrazó la causa abolicionista siguiendo los pasos de su padre, que fue militante de el-Hor, la primera asociación que luchó por la abolición de la esclavitud en su país.

Mariem Mint Cheikh.
(© D.R. / Mondafrique)

En 1983 Mariem se unió en su ciudad natal, Zuérate, a otra asociación, SOS-Esclaves, y en 2007 conoció a Biram Ould Dah Abeid, un militante subversivo que decidió montar su propia organización contra la esclavitud: la (IRA) Initiative de Résurgence du Mouvement Abolitionniste. Mediante sus acciones provocativas, este movimiento adquirió notoriedad más allá de las fronteras mauritanas. Entonces Mariem Mint Cheikh se convirtió en uno de sus miembros más activos, y fue detenida en varias ocasiones por sus actividades militantes. Condenada a prisión en noviembre de 2014, consiguió evitar que la encarcelaran. La entrevistamos.

Pregunta. Desde la IRA, usted denuncia las prácticas esclavistas que aún perduran en Mauritania. ¿En qué consisten esas prácticas?

Respuesta. Las grandes familias árabo-bereberes [2] que ocupan, en buena parte, los puestos de poder político y económico en el país, jamás han acabado con el sistema de servidumbre ni con el racismo. Muchas de ellas continúan teniendo esclavos en sus casas, sometidos con frecuencia a trabajos penosos. Se trata, por lo general, de personas analfabetas cuya propiedad pasa de padres a hijos. Sus hijos menores no son escolarizados y también han de trabajar para sus amos. Su condición de esclavos hace que puedan ser vendidos o intercambiados, como cualquier otro bien. En Mauritania, las víctimas de estas prácticas pertenecen a grupos étnicos de color: los negromauritanos y los heratin, que en conjunto representan aproximadamente el 90 % de la población; el 10 % restante son árabo-bereberes. Esta tradición racista ha creado un sistema social basado en la discriminación y la exclusión. Por ejemplo, como haratin, no pueden acceder a determinados escalafones en el ejército. También es muy difícil que un descendiente de esclavos pueda conseguir un título de propiedad para una parcela de tierra, sobre todo si también aspira a ella un mauro.

Manifestación contra la esclavitud en la capital mauritana, 
Nuakchot, el 26 de abril de 2015. 
(© AFP)

P.
Sin embargo, existe un auténtico arsenal jurídico que no solo prohíbe la esclavitud, sino que además debe sancionarla. Por otro lado, las autoridades han decretado una serie de medidas para intentar poner fin a esas prácticas. ¿Se ha notado alguna evolución en ese sentido?

R. Una ley de 1981 abolió oficialmente la esclavitud, pero la teoría queda todavía muy lejos de la práctica. La falta de control y el temor a actuar contra algunas familias poderosas hacen que la esclavitud persista, al igual que la discriminación. Cambian los rostros pero el sistema esclavista permanece. Una ley del año 2007 prevé, además, que un esclavo puede denunciar su situación en cualquier comisaría para que se abra una investigación y se impongan sanciones. Eso, sin embargo, no ocurre nunca. Por lo general, los esclavos que no gozan de cierta autonomía o no pueden desplazarse, no están en condiciones de tomar iniciativa alguna ni de presentar denuncias. La IRA, por consiguiente, ha decidido ir a buscar a los esclavos en los domicilios de sus amos y presentar denuncias en su nombre en la comisaría o el puesto de policía más próximo.

Una moderna comisaría de policía en Nuakchot.

(Fuente: giz.de)

P. Al convertirse en militante de la IRA, usted ha protagonizado acciones relevantes. ¿Qué aporta la IRA a la lucha contra la esclavitud?

R. En 2010 conseguimos la primera liberación de esclavos. Se trataba de dos muchachas muy jóvenes, de 9 y 14 años, que trabajaban para una mujer. Llevamos a los policías al domicilio de esa persona y pudieron constatar la presencia de las dos sirvientas menores, por lo que detuvieron a la mujer. Fue la primera vez que se puso en práctica una ley existente desde hacía tres años.

Quisimos estar presentes en el interrogatorio a esas dos muchachas. La policía había aceptado, en principio, nuestra petición, pero en el último momento nos negaron ese derecho y nos echaron de allí por la fuerza. Fue entonces cuando me detuvieron juntamente con la esposa de Biram. Nos retuvieron durante tres horas y, mientras salíamos de la comisaría, nos molieron a porrazos. Biram está ahora mismo en prisión. La IRA ha empleado siempre ese método: se trata de presionar, de no movernos de donde sea hasta que se aplique la ley.

Lo mismo ocurrió en 2011, cuando la IRA denunció el caso de seis muchachas esclavizadas en Nuadibú, al norte del país. Hicimos una sentada en la sala del tribunal con la pretensión de no movernos de allí hasta que se dictara sentencia, pero una vez más acabaron echándonos por la fuerza.

Militantes de la IRA manifestándose ante el Palacio 
de Justicia de Nuadibú el 9 de julio de 2011.

(Fuente: Nouadhibou Soir)

P. Sin embargo, el gobierno denuncia sus acciones acusándoles de violencia. Pienso sobre todo en la quema de libros religiosos realizada por Biram Ould Dah Abeid en medio de una plaza para denunciar la justificación de la esclavitud desde el punto de vista de la religión.

Biram Ould Dah Abeid.
(Fuente: Cridem.org)

R. Es algo muy paradójico. Organizamos sentadas pacíficas y presionamos para que se aplique la ley, nos oponemos sin hacer uso de la fuerza en ningún momento. Ellos, en cambio, nos echan a porrazos…, ¡y nos acusan de violentos! Las autoridades y las familias árabo-bereberes que controlan con mano de hierro el poder no soportan que se desafíe el orden social, pues de lo contrario se sentirían amenazadas.

Por otra parte, hay que tener muy claro que el islam rechaza la esclavitud. El Corán no menciona en ningún momento que la esclavitud sea una buena práctica, ni que deba perdurar. Las autoridades y los esclavistas utilizan el islam para preservar sus intereses. Lo que quemó Biram era un libro de Malaquías procedente de Egipto a partir del que algunos exegetas deducen la justificación de la esclavitud. No se trataba, pues, de la quema del Corán, como intentaron hacer creer. Muchos magistrados, pertenecientes en su mayoría a grandes familias, se apoyan en esos textos para dictar sentencias en detrimento de la ley civil, y eso es inadmisible. En 2014 un joven de 28 años fue detenido en Nuadibú por criticar la justificación religiosa de la esclavitud, fue condenado por blasfemia y, para colmo de los colmos, el presidente de la república, Mohamed Uld Abdelaziz, lo atacó en un discurso ante una multitud de seguidores. Esa interpretación religiosa no tiene ningún fundamento.

El presidente de la República Islámica 
de Mauritania, Mohamed Uld Abdelaziz.

(Fuente: Afrik.com)

P. Luego usted fue detenida y encarcelada por haber pedido que pusieran en libertad a Biram Dah Abeid. Explíquenos cuáles fueron las condiciones de su detención.

R. En noviembre de 2014, una decena de militantes de la IRA, entre ellos Biram, fueron detenidos mientras hacían campaña en el sur del país. Para el 13 de noviembre habíamos convocado una manifestación en Nuakchot con el propósito de pedir su puesta en libertad. Fue entonces cuando me detuvieron. Las autoridades sabían que yo había apoyado la candidatura de Biram para las elecciones presidenciales de junio de aquel año. Me tuvieron retenida cinco días en la comisaría hasta que me mandó llamar el fiscal. Luego me encarcelaron durante veintiún días. Allí sufrí maltratos y vejaciones. Algunos presos cómplices del personal penitenciario se dedicaron a insultarme. Estuve esposada durante varias horas y forzada a permanecer de pie. Al término del proceso fui condenada a un año de internamiento, pero con prisión suspendida. Esa es mi condición actual.

La presencia militar en las zonas fronterizas de Mauritania es constante.

(Fuente: Afroline.org)

P. Mauritania es un país aliado de Francia en su lucha contra el terrorismo en el Sahel. ¿Cómo reaccionan los responsables políticos franceses frente al problema de la esclavitud?

R. Para las autoridades francesas esa no es una cuestión prioritaria. Algunos políticos, parlamentarios y miembros de la sociedad civil de Francia nos apoyan, pero no pasan de ahí, porque el interés de Francia por mantener una alianza estrecha con Mauritania es muy grande. Históricamente hay un pacto, más o menos oficial, entre las grandes familias mauritanas y los franceses para que el Sáhara sea un territorio seguro, de manera que ellos puedan sacar provecho de ciertos recursos, especialmente mineros. Esa alianza se mantiene en vigor en el contexto de la lucha contra el terrorismo en esa zona. Los mauros se las componen siempre para influir sobre el poder.

Traducción del francés: Albert Lázaro-Tinaut

[1] Los haratin, de piel oscura, son descendientes de esclavos, pueblan el sur de Mauritania y representan aproximadamente el 40 % de la población de aquel país africano. El singular de haratin es hartani.
[2] Se refiere a los bereberes asimilados, es decir, arabizados, y no a los imazighen (bereberes originarios del norte de África, sometidos a los invasores árabes desde el siglo VII), que continúan luchando por el reconocimiento de su cultura, sus tradiciones y su lengua (véase aquí).


(Esta entrevista se publicó originalmente en Mondafrique el 13 de julio de 2015)

26 agosto 2015

Antonio Scialoja, un economista napolitano que contribuyó al desarrollo de la Italia unida

Escena del entusiasmo popular por la entrada de Giuseppe Garibaldi y sus tropas 
en Nápoles (capital del Reino de las Dos Sicilias) el 7 de septiembre de 1860, 
según un dibujo coloreado del artista suizo Franz Wenzel. 

El transeúnte tiene la convicción de que la historia no es precisamente una disciplina que se estudie bien (o, dicho de otro modo y en otros términos, de que solo se enseña, y casi siempre mal e ideológicamente distorsionada, la historia nacional, olvidando que el resto del mundo también existe y en él no han ocurrido únicamente los grandes enfrentamientos bélicos).

No es frecuente que se tengan conocimientos medianamente amplios de lo que supusieron las unificaciones de países como Alemania e Italia en el siglo XIX, ni de cómo estaban constituidos los grandes imperios modernos: a la pregunta de qué diferencia hubo entre el Imperio austriaco y el Imperio austrohúngaro, por ejemplo, pocos saben contestar coherentemente, si es que tienen alguna respuesta; y si nos alejamos un poco hacia oriente, ¿cuántos sitúan el Imperio otomano en toda su extensión geográfica y saben cuál fue su capital?

Por eso, a este transeúnte le parece oportuno presentar este texto en el que, a través de un personaje tal vez algo secundario, pero sin duda importante, se revisa parte del proceso de unificación de lo que en 1861 acabaría siendo el Reino de Italia. Agradece, pues, a Lucio D’Isanto que se haya prestado a la reducción y adaptación del texto que presenta a continuación.


Europa vista desde el Japón a mediados del siglo XIX.

Antonio Scialoja: cuando la lira unió a Italia

Por Lucio D’Isanto

Hay figuras históricas que tuvieron una gran importancia, gozaron de gran popularidad y al cabo del tiempo han sido olvidadas. Se trata, por lo general, de personas que contribuyeron, con ideas y acciones, a la evolución de sus países. Una de ellas es Antonio Scialoja, que fue diputado por Pozzuoli (Nápoles) tras las elecciones de 1848, durante la brevísima experiencia constitucional del Reino de las Dos Sicilias, y más tarde ministro de la importantísima cartera de Finanzas del Reino de Italia en un año crucial, 1866. Se convirtió así en uno de los protagonistas de la vida política italiana de aquella época.

Antonio Scialoja.

Rescatar esta ilustre figura es útil para entender mejor algunos aspectos de la actualidad. Las vicisitudes de la lira, que acabó convirtiéndose en moneda única en toda Italia, nos permiten comprender mejor los vaivenes actuales del euro y el debate que inflama últimamente las crónicas de la prensa. Scialoja fue decisivo en aquella fase histórica, y se le recuerda como el economista italiano más autorizado en el período que va de 1850 a 1870.

Antonio Scialoja nació el 31 de julio de 1817 en el entonces pequeño municipio de San Giovanni a Teduccio, convertido hoy en un barrio de la periferia oriental de Nápoles. Lo bautizaron con el nombre de Antonio en honor de su tío, que fue uno de los mártires de la República Partenopea en 1799; su familia, de ideas liberales, originaria de España, se estableció en el sur de Italia a comienzos del siglo XVI, en la época de los primeros virreyes españoles.

En Scialoja destaca “el amor por la economía social” (se ha dicho que fue un precursor del socialismo liberal). Su obra de juventud Principi di economia sociale esposti in ordine ideologico (1840), fruto de sus estudios económico-filosóficos, supuso una sorpresa en los ámbitos científicos, sobre todo teniendo en cuenta que la había escrito un muchacho de 23 años. Sin embargo, levantó sospechas en el gobierno borbónico del Reino de las Dos Sicilias, donde se temía que Scialoja se sirviera de las teorías científicas y del tecnicismo económico para difundir el liberalismo.

El Reino de las Dos Sicilias, creado en 1816 e integrado en el nuevo Reino de Italia en 1861. 
Fue gobenado por una rama de los Borbones españoles.

En 1844 viajó a Francia e Inglaterra, lo cual le permitió darse a conocer en los ámbitos científicos y liberales de ambos países. Al año siguiente, al no haber conseguido la cátedra de Economía Política de la Universidad de Nápoles, emigró al Piamonte, donde Cesare Alfieri, el magistrado supremo de la Reforma de los Estudios, le proporcionó la misma cátedra en la Universidad de Turín.

Scialoja regresó a Nápoles tras los violentos disturbios de 1848, cuando se formó el gobierno de tintes liberales presidido por Carlo Troja tras la constitución que se vio obligado a firmar Fernando II de las Dos Sicilias, y fue nombrado ministro de Agricultura y Comercio. En aquel confuso contexto contribuyó a instaurar un parlamento relativamente moderno y avanzado con la oposición de un soberano que solo esperaba el momento más oportuno para derogar aquella constitución emanada a regañadientes, lo que conseguiría a medias (pues únicamente pudo suspenderla) en 1849.

Fernando II de las Dos Sicilias.

Aquella traicionera decisión del borbón hizo que Scialoja fuera detenido y encarcelado. Durante un escandaloso proceso que tuvo resonancias en toda Europa, ocho exministros y cuarenta y cuatro exdiputados fueron acusados de lesa majestad. Uno de ellos, Silvio Spaventa, fue condenado a muerte, y Scialoja a nueve años de reclusión: sin embargo, las presiones internacionales obligaron al rey, al cabo de tres años, a conmutar las penas por la de exilio perpetuo del reino. Scialoja decidió establecerse en Turín, pero mientras tanto su cátedra había sido ocupada por otra persona.

Fue Cavour, por aquel entonces ministro de Agricultura del Reino de Cerdeña, que lo tenía en gran estima, quien, en 1853, acudió en su ayuda nombrándolo asesor legal de la Oficina del Catastro del Piamonte. Scialoja tuvo un papel decisivo en la Reforma Agraria y redactó importantes textos de derecho y economía. Al mismo tiempo, divulgó las ideas liberales de Cavour en los periódicos Il Risorgimento e Il Secolo XIX. Más tarde, cuando Cavour fue nombrado presidente del Consejo de Ministros, le encargó oficiosamente delicadas tareas diplomáticas.

Pero destaca por encima de todo una obra fundamental, Note e confronti dei bilanci del Regno di Napoli e degli Stati Sardi (1857), donde explica cómo el Piamonte, en pocos años, se había convertido en uno de los países económicamente más avanzados de Europa, mientras que el Reino de las Dos Sicilias, que Fernando II se empeñaba en mantener ajeno al mundo moderno, permanecía “encajonado entre el agua bendita (los Estados Pontificios) y el agua salada (del mar)” y era uno de los más atrasados. Vaticinó además, con gran visión de futuro, lo que ocurriría cuando se hiciera realidad la ansiada unificación de Italia: sostenidas por un férreo régimen aduanero, que las mantenía al margen de toda competencia, las industrias meridionales serían barridas por las piamontesas que, gracias al régimen competitivo instaurado por Cavour y al libre comercio, ofrecían productos de mayor calidad a buenos precios.

Camillo Benso, conde de Cavour, retratado en 1864 por Francesco Hayez.

En la misma obra, Scialoja pone de manifiesto que el balance económico de las Dos Sicilias era activo solo porque los gobiernos borbónicos tendían a atesorar en vez de invertir, mientras que el Piamonte estaba en déficit porque invertía en ferrocarriles y en la modernización de la agricultura, lo cual producía riqueza.

Cuando se proclamó la unidad de Italia (1861) Scialoja fue elegido diputado y, tras la muerte de Cavour, nombrado Secretario General del Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio. Sin embargo, cuando tuvo que demostrar realmente su valía fue a la hora de hacer frente a los gastos de la Tercera Guerra de la Independencia (1866), para cuya tarea fue nombrado ministro de Finanzas. Tomó entonces la atrevida e impopular decisión –revolucionaria en aquella época– de desvincular la lira, como unidad monetaria de la Italia unida, de la paridad con el oro y de imprimir papel moneda. Ello permitió a Italia afrontar sus compromisos con los acreedores nacionales y los del mercado internacional.

Billete de 2 liras con la efigie de Cavour, impreso por el American Bank Note Company 
de Nueva York, emitido por el Banco Nacional del Reino de Italia el 25 de julio de 1866.

El liberal Scialoja mantuvo arduas polémicas con el otro gran economista italiano de aquella época, Francesco Ferrara, que defendía las tesis proteccionistas, vigentes sobre todo en los imperios centrales. En 1874, enfermo, se estableció en Egipto, donde fue nombrado consejero financiero del virrey Ismail Pashá, un hombre de mentalidad europea que intentó reordenar las finanzas del país (sometido entonces al Imperio otomano).

Al agravarse su estado de salud, Scialoja regresó a Italia y murió en la isla de Procida, próxima a Nápoles, el 13 de octubre de 1877.

Traducción del italiano y adaptación: Albert Lázaro-Tinaut

El autor

Lucio d’Isanto (Nápoles, 1951) se licenció en Ciencias Políticas en 1975 con una tesis sobre Antonio Scialoja, y en 1980 terminó su especialización en la Escuela Superior de Administración Pública. Entre 1975 y 1979 trabajó como investigador en la cátedra de Historia Contemporánea de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Nápoles. Publicó los ensayos Figure e problemi del meridionalismo (1978), Privilegi della città di Pozzuoli nel periodo vicereale (2012, texto basado en dos documentos inéditos, escrito en en colaboración con su hijo Claudio) y Pasquale – Un moderno Candido nel vortice della storia (2013, sobre las vicisitudes de su padre, Pasquale D’Isanto, internado por motivos políticos en el campo de exterminio nazi de Mauthausen, del que fue uno de los escasos supervivientes). Fue funcionario del Ministerio de Justicia italiano y juez de paz de Pozzuoli. Falleció el 5 de junio de 2017.


(Este texto es una adaptación abreviada, autorizada por el autor, Lucio D’Isanto, 
de su artículo “Antonio Scialoja: Quando la lira unì l’Italia”, publicado en Altritaliani.net el 25 de julio de 2015.)

11 agosto 2015

[Marginalia] La precavida sensibilidad musical del “amado líder” norcoreano

Esta es la música preferida de Kim Jong-un, el “amado líder” 
de la República Popular Democrática de Corea.

Nadie ignora (o nadie debería ignorar a estas alturas) que en la República Popular Democrática de Corea, Corea del Norte en términos llanos, rige uno de los regímenes más cerriles del mundo, una dictadura personal, dinástica y hostil a todo lo externo que se obstina por permanecer aislada. Al pérfido dirigente Kim Jong-il, de míticos orígenes, difunto a bordo de un tren (la idea de viajar en avión le provocaba pánico) el 17 de diciembre de 2011, le sucedió su hijo y oficialmente heredero, Kim Jong-un, hecho a imagen y semejanza de su despótico padre (los coreanos dicen, jocosamente, que fue clonado).

Kim Jong-un.

El régimen personalista y autoritario de este singular personaje, arropado por un disciplinado ejército, decide todos los detalles de la vida en el país, dejando pequeños, en comparación, a muchos de los dictadores que en el mundo han sido y son, con la particularidad de que un espeso muro de silencio oculta la realidad de lo que ocurre en aquel país de 120.000 kilómetros cuadrados y unos 24 millones de habitantes, según censos que no se han podido contrastar.

Dos de los instrumentos más poderosos del régimen, como suele ser habitual en todo totalitarismo, son la represión y la propaganda, según la cual el Presidente Eterno de la República, como se le denomina en la Constitución, goza de la admiración y la veneración casi divina de más del 99 % de la población, con lo cual queda todo dicho.

Recientemente, a las múltiples tareas de Kim Jong-un se ha sumado la preocupación por la música y por evitar que ésta caiga en la decadencia que caracteriza al resto del mundo, por lo que ha ordenado a su Departamento de Propaganda, encargado también de la censura, que vele por evitar no solamente la infiltración del K-pop, tan en boga en Corea del Sur, y otras “inmundicias” occidentales, sino incluso la divulgación de fragmentos de composiciones norcoreanas –algunas de la cuales se han popularizado a través de la cinematografía nacional– que, fuera de contexto, “insinúen a los ciudadanos la idea de la protesta y la crítica”.

Sobre esta cuestión ha escrito Andrea Pira en el periódico italiano Il Fatto Quotidiano*, y se ha preguntado hasta qué punto llegará la censura para permitir la actuación en la capital norcoreana, Pyongyang, de la banda eslovena Laibach, anunciada oficialmente para participar, los días 19 y 20 de agosto, en los actos conmemorativos del septuagésimo aniversario de la “liberación del dominio japonés”: una supuesta señal de “apertura” del régimen para acallar ciertas habladurías.

Pyongyang, la capital de Corea del Norte, 
poblada por más de tres millones de personas.
(Foto © Samluellwitz Wordpress)

Este transeúnte añade que Laibach (que curiosamente es el nombre que recibió la capital eslovena, Liubliana, durante la ocupación alemana de Yugoslavia en la segunda guerra mundial) suele combinar simbología nazi y estalinista en sus acciones, que es como denomina sus actuaciones públicas, y sus componentes se han manifestado reiteradamente contra la supremacía anglosajona en el mundo. Dato nada insignificante en el contexto del que hablamos.


El grupo musical esloveno Leibach y su estética.
(Fuente: 24ur.com, Liubliana, 2010)

Los censores del gran líder revisan con esmero las letras de las canciones que interpretará el grupo esloveno, pero quizá no deban temer nada, ya que Jani Novak, uno de los músicos de Laibach, ha dejado claro en una entrevista que tanto él como sus compañeros se comportarán “como corresponde hacer a cualquier invitado” y aceptarán de muy buen grado todas las sugerencias que se les hagan; ha aprovechado la ocasión, además, para culpar de la situación actual de los norcoreanos “a la intervención en la península [de Corea] de ciertas potencias extranjeras”, en clara alusión a los Estados Unidos y China. Palabras que a los oídos de Kim Jong-un y sus generales deben de sonar a música celestial, como puntualiza Andrea Pira. ¿Otra de las numerosas provocaciones de Leibach? ¿Otra de las habituales maniobras de distracción de Kim Jong-un?


Anuncio de la actuación de Leibach en Corea del Norte.

* Andrea Pira: “Corea del Nord, la censura sulla musica di Kim Jong-un: ‘Vietate le canzoni che incitano alla protesta’”, en Il Fatto Quotidiano, Roma, 31 de julio de 2015.

POST SCRIPTUM: Información sobre el concierto de Laibach en Pyongyang y sobre la fría reacción del público norcoreano en La Vanguardia, Barcelona, 21 de agosto de 2015.

05 noviembre 2014

La condición femenina en el Afganistán de 1940

El desolado paisaje de Band-e-Amir, al noroeste de Kabul, que 
muy probablemente recorrieron Ella Maillart y Annemarie 
Schwarzenbach para llegar a la capital afgana.
(Fuente: getintravel.com)

En junio de 1939, poco antes del estallido de la segunda guerra mundial, y aprovechando la neutralidad de su país en lo que ya se veía venir, dos escritoras, periodistas y aventureras suizas, Ella Maillart (1903-1997) y Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), ambas muy experimentadas viajeras, salieron de Ginebra en un resistente automóvil Ford con el reto de llegar por carretera a las lejanas tierras del Asia central, lo cual consiguieron. Annemarie fue escribiendo el relato de sus peripecias hasta que llegaron a Afganistán, y envió algunos fragmentos al diario alemán National-Zeitung, que los publicó. Varios de esos textos fueron recopilados muchos años más tarde por Roger Perret y publicados en Basilea el año 2000 con el título Alle Wege sind offen. Die Reise nach Afghanistan 1939/1940. En 2008 se tradujeron y editaron en castellano con el título Todos los caminos están abiertos. [1]

Este transeúnte, a quien pareció excesivamente densa la primera parte del libro, se fue apasionando a medida que las intrépidas viajeras, después de atravesar los Balcanes y Turquía, bordear el mar Caspio y recorrer parte de Irán, avanzaban por tierras desérticas hasta internarse en el mosaico multiétnico de Afganistán, que por aquel entonces conocía un insólito período de estabilidad bajo el reinado de un monarca muy joven, Mohammed Zahir Shah, que había ascendido al trono tras el asesinato de su padre en 1933, y que manejaría las riendas del país hasta que en 1973 su primo y primer ministro Mohammed Daud Khan, quien ya había demostrado su talante aperturista, abolió la monarquía mediante un golpe de Estado y se proclamó presidente de la nueva república con el apoyo tácito de la Unión Soviética: fue el primer paso hacia los acontecimientos que se han ido sucediendo trágicamente en aquel país y todavía persisten.

Annemarie Schwarzenbach,
(Fuente: Dalena Vintage)

A continuación se reproduce una de las diversas crónicas que Annemarie Schwarzenbach envió al mencionado diario alemán y que fue publicada por éste en dos partes, los días 13 y 14 de abril de 1940 [2]. Lamentablemente, las condiciones de vida de las mujeres afganas de nuestros días, sometidas después de casi cuarenta años de liberalización de las costumbres a un régimen totalitario y fundamentalista islámico, vuelven a ser las de aquella época: la tradición ancestral de hacerlas invisibles pervive.



En el jardín de las hermosas
muchachas de Kaisar

Por Annemarie Schwarzenbach

Hasta el momento, Ella y yo solo habíamos podido mantener conversaciones teóricas sobre las mujeres de Afganistán. En las varias semanas que llevábamos recorriendo este país de estricta observancia musulmana, habíamos trabado amistad con campesinos, funcionarios municipales, soldados, comerciantes del bazar y gobernadores de provincia: en todas partes habíamos constatado la hospitalidad de la gente y empezábamos a encariñarnos con este pueblo masculino, alegre e incorrupto.

Los imponentes muros de la ciudadela de Qala Ijtyaruddin, en Herat.
(Fuente: The History Blog)

En la esplendorosa ciudad de Herat habíamos asistido a las competiciones de esgrima y a la plegaria comunitaria de los jóvenes que al atardecer se congregaban en un prado ante la puerta de la villa. Por el camino, cuando nos deteníamos a descansar tras recorrer largos tramos sin sombra, sencillos campesinos solían unírsenos y compartir con nosotras sus melones. Nunca tuvimos necesidad de montar las tiendas ni de prepararnos la sopa. En los pueblos, el alcalde nos daba la bienvenida y nos convidaba a té y uvas. Al atardecer nos llevaban a hermosos jardines, donde atentos criados servían el pilaf, el plato de arroz típico, y mientras comíamos acudía el anfitrión acompañado de su comitiva a visitarnos y, a menudo, mantenía largas y minuciosas conversaciones con nosotras.

Músicos en Bala Murghab (noroeste 
de Afganistán). Foto tomada por 
Annemarie Schwarzenbach en 1940.
(© Archivo de la Biblioteca Nacional Suiza)

Sin embargo, teníamos la sensación de estar en un país sin mujeres. Conocíamos, naturalmente, el chador [3], la túnica de cuerpo entero que visten las musulmanas y que poco tiene que ver con la idea romántica del delicado velo de las princesas orientales. Ciñe estrechamente la cabeza con tan solo unas perforaciones a manera de rejilla delante de la cara, y cae en holgados pliegues hasta el suelo dejando entrever apenas la punta bordada y los tacones gastados de las pantuflas. A estos seres embozados e informes los habíamos visto deambular furtivamente por las callejas del bazar, y sabíamos que se trataba de las mujeres de los altivos afganos que se pasean libremente por doquier, son amantes de la compañía y la tertulia amena y pasan la mitad del día ociosos en una casa de té o en el bazar. Pero esos seres fantasmales tenían en sí mismos poco de humano. ¿Eran niñas, madres, ancianas, jóvenes o viejas, tristes o alegres, hermosas o feas? ¿Cómo vivían, en qué ocupaban su tiempo, a quién prodigaban afecto, amor, odio?

Mujeres afganas enfundadas en sus burkas.
(© Bernard Chazelle)

En Turquía y en Irán habíamos visto alumnas de colegio, girls scouts, estudiantes universitarias, así como trabajadoras independientes o mujeres que desarrollaban alguna actividad en el ámbito social y cuya presencia en la vida de su nación era indiscutible, puesto que ya formaban parte de la fisonomía de ésta. Sabíamos que el joven rey Amanullah, a su regreso de un viaje a Europa, se había lanzado a introducir reformas y había intentado seguir sobre todo el ejemplo de Turquía. Actuó con demasiada precipitación. Lo que más se le reprochó fue la emancipación de la mujer. Durante algunas semanas, en Kabul, la capital, cayó en chador; luego estalló la revolución, las mujeres volvieron al harem, regresaron a la estricta reclusión de la vida doméstica, y solo pudieron mostrarse en público cubiertas por un velo. [4]

El palacio de Darul Aman, de estilo 
europeo, mandado construir por 
el rey Amanullah, a las afueras 
de Kabul, en la década de 1920.

¿Habían olvidado las mujeres esos amagos de libertad, habían sido borradas de su memoria aquellas pocas semanas de 1929? En una ocasión, siendo huéspedes de un joven de talante abierto e inteligente, gobernador de alguna aldea del norte del país, Ella se atrevió a formularle esta pregunta. Nuestro anfitrión dio muestras de comprender muy bien las necesidades del Estado afgano y habló de que la construcción de carreteras iba a suponer una apertura del país, lo que implicaba la creación de industrias, pero también de escuelas y hospitales. ¿Podía excluirse a las mujeres de un progreso semejante? ¿No debían tomar parte de la nueva vida y ser liberadas de la limitación mortificadora en la que transcurría su existencia? El gobernador respondió con evasivas. Cuando le preguntamos cortésmente si podíamos conocer a su mujer, al principio dijo que sí, pero luego encontró una excusa.

Un pueblo de la provincia de Faryab, en el antiguo Turquestán afgano.
(© PRT Meymaneh)

No fue hasta que llegamos a Kaisar [5], un pequeño oasis en la provincia septentrional del Turquestán, que, para gran sorpresa nuestra, el hakim [6] Saib, el alcalde en persona, nos condujo sin grandes aspavientos, a través de una portezuela, al jardín interior de su casa, el jardín de sus mujeres e hijas. Dos muchachas jóvenes, vestidas con trajes de verano y cabellos cubiertos por un vaporoso y delicado velo, salieron a nuestro encuentro. Ambas eran llamativamente hermosas, al igual que la madre, de aspecto imponente, mirada seria y gesto amable, que nos recibió bajo unos enormes árboles, sobre el suelo recubierto de alfombras. Allí jugaban los niños, los hermanos menores y un pequeñín rubio, hijo de Sara, la nuera. Su otro hijo dormía en una hamaca a la sombra. En un lugar un poco apartado, bajo el saledizo de la sencilla casa de adobe, estaba el samovar. Primero nos trajeron un aguamanil y toallas, luego té y frutas. Una hora más tarde llegó el pilaf. La madre comió con nosotras, a la manera europea, sentada a la mesa. Las hijas nos sirvieron la comida y después se sentaron en la alfombra a comer con los niños, todos de la misma fuente y con las manos. Por último fueron las criadas las que despacharon los abundantes restos. Las caras de los familiares del hakim presentaban los característicos rasgos de los rostros afganos, hermosos y severos, mientras que las criadas eran, por lo visto, de raza mongola, quizá turcomanas o uzbecas. […]

La familia del el hakim Saib. Foto tomada 
por Annemarie Schwarzenbach en 1940.
(© Archivo de la Biblioteca Nacional Suiza)

Para las mujeres de Kaisar, Kabul era el gran mundo, la civilización. Y eso que las habían instruido –en casa, por supuesto–, sabían leer y escribir y no ignoraban dónde quedaba la India, Moscú, París, incluso habían oído hablar de Suiza. Sin embargo, nunca habían hecho un viaje, no se imaginaban que un día podían llegar más allá de Mazar-e-Sharif, la capital del Turquestán afgano. ¿Deseaban acaso conocer el mundo, llevar una vida diferente? ¿O se quedarían para siempre en aquel jardín soleado y rodeado de tapias de adobe bajo la patriarcal y estricta supervisión de su madre y señora?

Una joven afgana se atreve 
a mostrar su aspecto.
(© Emmanuel Dunand)

A última hora de la tarde, cuando empezaba a refrescar un poco, el hakim nos mandó llamar. El pequeño Jakub pudo acompañarnos hasta el coche; las muchachas, en cambio, se quedaron en la puerta del jardín. […] Cuando esas muchachas abandonaban el jardín siempre llevaban puesto en chador y solo podían ver el mundo a través de aquella rejilla, tras la cual su cara permanecía al resguardo de indiscretas miradas masculinas.




Billete de 10 afganis, con la imagen del rey Zahir, 
puesto en circulación en 1939.


[1] Annemarie Schwarzenbach: Todos los caminos están abiertos. Traducción de María Esperanza Romero. Postfacio de Roger Perret. Editorial Minúscula, Barcelona, 2008.
[2] Tomada de la mencionada edición en castellano, pp. 69-74. Por error, en el libro se menciona la fecha de 1939.
[3] Evidentemente, la autora confunde las
vestimentas tardicionales de las mujeres musulmanas, y habla de chador (que es la prenda que usan las mujeres iraníes y deja la cara al descubierto) cuando se refiere al burka.
[4] El uso del burka fue suprimido oficialmente en 1959 por el entonces primer ministro Daud Khan, pero en 1996 los fundamentalistas
talibanes, cuando asumieron el poder, volvieron a imponerlo.
[5] Muy probablemente se trate de la aldea denominada actualmente Sangalak-i-Kaisar, en la provincia afgana septentrional de Faryab, de población mayoritaria uzbeka y tayika, menos estricta en las costumbres tradicionales islámicas.
[6] Título honorífico de origen árabe que significa, según los lugares, “mandatario”, pero también “juez” o “médico”.