28 agosto 2011

Houellebecq o la banalidad de un provocador

Michel Houellebecq en 2010.
(Fuente: Papel en blanco, www.papelenblanco.com)

El transeúnte ha comprado un solo libro de Michel Houellebecq, seudónimo de Michel Thomas (Saint-Pierre, isla de la Reunión, 1956, como parece que dicen los documentos, o 1958, como él afirma). Es quizá su novela más celebrada: Les particules élémentaires (1998) [1], finalista del premio Goncourt (galardón que acabaría consiguiendo el autor en 2010), que gozó del reconocimiento casi unánime de la crítica francesa y se convirtió, además, en “el mejor libro del año” gracias a los redactores de la revista Lire. Confiesa el transeúnte que las aventuras de sus protagonistas, Bruno y Michel, le produjeron tal aburrimiento que abandonó la lectura cuando no había terminado ni siquiera la primera de las tres partes de aquella obra de “anticipación de los años venideros”. La superficialidad de su prosa insípida no le transmitía nada en absoluto.

Cubierta de la primera edición
de Les particules élémentaires (1998).


En una entrevista a Lucie Ceccaldi, la madre de Michel Houellebecq, publicada en 2008 por el semanario L’Express [2], al preguntársele por qué se burlaba del proyecto de su hijo de escribir una obra de ciencia ficción y si creía que éste tenía talento, respondió: “Ça n'est pas qu'il n'a pas de talent, mais il ne connaît rien ni à la science ni à la fiction” (‘No es que no tenga talento, pero no sabe nada ni de ciencia ni de ficción’). A Houellebecq, como provocador nato, se le deben, entre muchísimas otras, unas manifestaciones publicadas el año 2001 en la revista Lire donde manifestaba sin tapujo alguno su islamofobia con expresiones tan “reverentes” como que el islam es “la religion la plus con” (vulgarismo que se podría traducir por “estúpida” o, vulgarmente también, por “gilipollas”). El hombre se caracteriza, además, por su antifeminismo enfermizo.

El transeúnte no ha vuelto a pensar ni en el personaje ni en sus obras hasta que ha leído en ‘Babelia’ una opinión de Alberto Manguel que lo ha tranquilizado: no es, pues, el único que ha llegado al tedio leyendo a Houellebecq (“artista del escándalo”, lo ha definido alguien). Y no sólo Manguel, para tranquilidad suya y de este transeúnte, es crítico con Houellebecq: Francisco Rosa Novalbos, refiriéndose a la novela Plataforma [3], dice lo siguiente: “Uno piensa, tras leer unas doscientas páginas de Plataforma, que ha sido objeto de un timo editorial [...]: el amigo Michel se ha hecho famoso y cualquier cosa que haga se vende. Doscientas, o más, páginas de relatos turísticos y pornográficos que, a la postre, terminan por aburrir, aunque en ocasiones pueden llegar a excitarte; entonces nos apartamos de la lectura durante unos minutos... Si no fuera porque se trata de Houellebecq y porque, poco a poco, se van desentrañando los intríngulis de la industria turística (agencias de viajes, complejos hoteleros...) aderezados con aforismos críticos e irónicos sobre la sociedad occidental que a golpe de martillo la van desarticulando cual picapedrero nietzscheano, la novela podría haber sido dejada sin leer más o menos a la mitad. Al final te das cuenta que has de volver a leerla, que no la has comprendido bien”.

El texto de Manguel, reproducido a continuación, es suficientemente explícito, por lo que sobran otros comentarios. El transeúnte sólo añade que, por supuesto, su opinión es del todo subjetiva, y se expone a las reacciones más feroces: también éstas serán bienvenidas, sobre todo si están razonadas.

Michel Houellebecq visto por el dibujante, caricaturista
y videoartista Kzerphii Toomk a partir de una
fotografía
del polaco Mariusz Kubik (2009).

(Fuente: Blog de Kzerphii Toomk, http://kzerphii.20minutes-blogs.fr/)


Escribiendo sobre gustos [4]


Por Alberto Manguel


Los enamoramientos de los otros suelen asombrarnos. Ante el apasionado elogio que alguien pueda hacer de un autor que a nosotros nos parece abominable, tratamos de entender esa emoción con los argumentos que el lector pueda ofrecernos. Casi siempre fallamos. Es que pedir que alguien nos diga por qué lo conmueve una cierta página que a nosotros no nos gusta es como pedir a Don Quijote que nos demuestre que Dulcinea no es, como la vemos, Aldonza Lorenzo. Sin embargo, los lectores persistimos en querer explicarnos, infructuosamente: siglos de crítica literaria han nacido de este incauto impulso.

Yo sé que la obra de Michel Houellebecq ha sido alabada por lectores que juzgo inteligentes, y he intentado muchas veces reconocer el supuesto encanto, inteligencia y humor que aducen sus defensores. No lo he logrado. He pedido, a quienes juzgan a Houellebecq "el más importante escritor francés de nuestro tiempo" (Fernando Arrabal, entre otros), que me muestren algún párrafo, alguna línea sin la cual "el mundo sería más pobre". Nunca lo han hecho. Han aducido en cambio razones políticas, sociales, psicológicas; han hablado de provocación, de avasalladora crítica del mundo occidental, de embestida contra la hipocresía de nuestro tiempo, de épater le bourgeois. Dudo, sin embargo, que decir, como lo hace uno de sus protagonistas, que los hombres sólo quieren "una dulce esposa que les lleve la casa y cuide a los niños", o una prostituta ocasional, épate a nadie en la época de Berlusconi o DSK. [5]


Curiosamente, al defender a Houellebecq, pocos hablan de literatura. Quiero decir: pocos hablan de eso que diferencia la invectiva, o la confesión, o el catequismo, o cualquier otro artefacto verbal, de la creación literaria. Digo no saber por qué exactamente un texto me importa, pero sé que cuando leo busco en la escritura algo que me atrape y me conmueva, no a través de argumentos, sí a través de una tensión creada por las palabras mismas. Eso no me ha ocurrido nunca leyendo a Houellebecq. Doy un ejemplo al azar, tomado de la página 315 de la novela Plataforma, muy bien traducida por Encarna Castejón: "Del amor me cuesta hablar. Ahora estoy seguro de que Valérie fue una radiante excepción. Se contaba entre esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la dicha, la sencillez y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se produce. Y si no he entendido el amor, ¿de qué me serviría entender todo lo demás?". El estilo es chato, monótono, perfectamente adecuado a la banalidad de la idea que propone: "No sé qué cosa es el amor".


Cubierta de la edición española de Plataforma
(Editorial Anagrama, 2001).

Alan Pauls [6], en lo que imagino es un esfuerzo por elogiar a Houellebecq, ha descrito su tono como el de "un burócrata vitalicio atrapado en la peor de las situaciones: no poder evitar ocuparse de un mundo que ya no lo desea". Exactamente, y no sé por qué un lector sensato elegiría leer página tras página de "burocracia vitalicia". Se dirá que es el narrador quien habla, no Houellebecq. De acuerdo, pero algo más buscamos en un texto literario que la repetición de la banalidad cotidiana, el eco fiel de la tontería sentimental. Houellebecq ha dicho que se rehúsa "hacer literatura". Quizás sea esa la razón por la cual él y yo no nos entendemos.


[1] Michel Houellebecq:
Les particules élémentaires. Flammarion, París, 1998. 318 páginas. Esta novela fue traducida al español por Encarna Castejón y publicada por Editorial Anagrama, de Barcelona, en 1999.

[2] “Lucie Ceccaldi : ‘Ce ne sont pas aventures, ce sont des emmerdements’”, en L’Express, 29 de abril de 2008.
[3] Francisco Rosa Novalbos: “La auténtica ampliación del campo de batalla", en Cuadernos de Materiales, Madrid, núm. 18. Plataforma (Plateforme), traducida por Encarna Castejón, fue publicada por Anagrama en 2001.

[4] Artículo publicado en el suplemento ‘Babelia’ del diario El País, Madrid, núm. 1031, 27 de agosto de 2011.
[5] Con estas iniciales Manguel alude a Dominique Strauss-Kahn, el político francés que en mayo de este año tuvo que dimitir del cargo de director gerente del Fondo Monetario Internacional al verse involucrado en un supuesto escándalo sexual, por el que fue detenido en los Estados Unidos.
[6] Escritor, periodista cultural y profesor de teoría literaria argentino (Buenos Aires, 1959), ganador del Premio Herralde de Novela en 2003.


12 agosto 2011

La voz a otros debida: Algunas impresiones de Henry James desde Venecia (1869)

El puente veneciano de Rialto en la década de 1860 (fotografía anónima).
(© Sammlung Herzog, Basel)

El escritor estadounidense Henry James (Nueva York, 15 de abril de 1843 – Londres, 28 de febrero de 1916) pasó largas temporadas en Europa, gracias a la situación económicamente privilegiada de su familia, y un año antes de su muerte, establecido en Londres, adquirió la nacionalidad británica.

Retrato de juventud
de Henry James.


James fue también un apasionado viajero y un enamorado de Italia, sobre todo de la Toscana y de Venecia. Dejó constancia de ello en su libro Italian Hours (1909) [1] y en su abundante correspondencia, la cual se empezó a publicar a partir de 1920. Se conservan más de 10.400 cartas suyas, depositadas en distintas bibliotecas, que pese a no estar destinadas a la publicación (había pedido a su albacea, su sobrino Harry, que a su muerte fueran quemadas, deseo expresado incluso en su obra The Aspern Papers [2], que no se cumplió) se han ido sacando a la luz.

Henry James se distinguió precisamente por su elegante y a la vez directo estilo epistolar. El texto reproducido a continuación procede de la edición cuidada por Leon Edel de su correspondecia (¡siempre llena de incisos!), traducida y publicada parcialmente en el libro Cartas desde Venecia por Miguel Ángel Martínez-Cabeza. [3]



Venecia es magníficamente bella y en gran medida, según mi percepción, es la Venecia del romance y la fantasía. Recuerdo que Taine habla en alguna parte de “Venecia y Oxford, las dos ciudades más pintorescas de Europa”. Personalmente prefiero Oxford: me transmitió cosas más profundas y valiosas que nada de lo que he aprendido aquí [4]. Es como si hubiese nacido en Boston: aunque mi vida dependiera de ello, no podría rendirme plenamente al Genio de Italia, o al Espíritu del Sur –o lo que sea que uno pueda llamar a la maldita cosa–; pero sin embargo lo siento en todos mis latidos. Si pudiera hablar en vez de escribir te contaría mil cosas de mis últimos días en Suiza, en especial mi descenso de los Alpes –aquel extraordinario día de verano en la montaña del Simplón donde contemplé la inmensidad y olí Italia desde la distancia–. Este tono italiano de las cosas que percibí entonces se ha depositado en mi alma y va adquiriendo un peso creciente, pero yace como una masa fría y ajena –nunca absorbida ni hecha propia–. El significado de esta imagen soberbia es que creo que nunca veré a Italia –a Venecia, por ejemplo– sino desde fuera; mientras que en Oxford y en Inglaterra en general me pareció que respiraba el aire de casa. Ruskin recomienda al viajero [5] que vaya a menudo y sin prisa a cierta sala gloriosa del Palacio Ducal donde Paolo Veronés se recrea en los techos y Tintoretto ruge en las paredes porque “en ninguna otra parte se adentrará tan profundamente en el corazón de Venecia”. Pero siento que si pudiera quedarme sentado ahí para siempre (tal como hice esta mañana durante un buen rato) sólo seguiría sintiendo más y más mi inexorable americanidad. Como yanqui quejica y picajoso, sin embargo, disfruto profundamente de las cosas. […] Lo primero que llama la atención, cuando uno se pone a recapitular después de haber estado en el Palacio Ducal y la Academia, es que con diferencia no se ha estado tanto viendo pinturas como pintores. […]

La batalla de Argenta, pintada por Jacopo Robusti (conocido
como Tintoretto) entre 1579 y 1582 en el techo de la Sala del Maggior
Consiglio del Palacio Ducal de Venecia.


Más tarde fui en góndola hasta el Lido para contemplar por última vez el Adriático. Era una tarde gloriosa y estuve paseando junto al mar casi dos horas oyendo su murmullo. Me sorprendió más que nunca el parecido de Venecia –sobre todo esa parte– con Newport. La misma atmósfera, la misma luminosidad. Estar aquí viendo el Adriático con la cadena de islas bajas en el horizonte fue igual que mirar el mar desde una de las playas de Newport con Narragansett en la distancia. He visto el Atlántico tan azul y tranquilo, ¡tan musical, casi! Si las palabras no fueran tan estúpidas y desvaídas, fratello mio, y las oraciones tan interminables y la caligrafía tan difícil, me gustaría obsequiarte con otra docena de páginas sobre este paraíso acuoso. Lee la Italia de Teófilo Gautier: trata sobre todo de Venecia. Tengo curiosidad por saber cómo permanecerá esta quincena encantada en mi memoria dentro de quince años –pues aunque me he acostumbrado absurdamente a todo, no obstante se mantiene una corriente subterránea palpable de profundo deleite–. Las góndolas te miman haciendo difícil volver a la vida ordinaria. Para empezar, en ellas alcanza la perfección el placer indolente. El asiento es tan suave y mullido y adormecedor, y el movimiento tan dulcemente elástico y continuo, que aun cuando te llevan a lo largo de millas de pesada oscuridad te parece la diversión más deliciosa. Además, cuando te elevan en el aire sonrosado por estas veredas líquidas bajo los balcones de palacios tan encantadores en diseño y gusto como lastimosos en su abandono y decadencia, puedes imaginarte que es mejor que caminar por Broodway.


(Fragmentos de la carta dirigida por Henry James a su hermano Bill, escrita entre los días 25 y 26 de septiembre de 1869 desde el Hotel Barberi de Venecia.)

[1] Parte de esta obra fue publicada en español en 2008 por Abada Editores de Madrid con el título Horas venecianas (edición y traducción de Miguel Ángel Martínez-Cabeza).

[2] The Aspern Papers se publicó en 1888. Se puede encontrar en versión española: Los papeles de Aspern, traducción de Catalina Martínez Muñoz. Alba Editorial, Barcelona, 2009.
[3] Henry James: Cartas desde Venecia. Edición y traducción de Miguel Ángel Martínez-Cabeza. Abada Editores, Madrid, 2011. Leon Edel publicó las Henry James Letters en cuatro volúmenes (The Belknap Press of Harvard University Press, 1974-1984).

[4] “Más adelante HJ cambiaría de opinión en favor de Venecia”, dice el traductor y editor de esta edición española en nota al pie.

[5] En su primera obra, Modern Painters (1843), traducida parcialmente al español por Carmen de Burgos con el título Los pintores modernos. El paisaje. Editorial Prometeo, Valencia, 1913.

05 agosto 2011

((SIN COMENTARIOS))


© Max
(Diario El País, Madrid, suplemento "Babelia", núm. 1027, 30 de julio de 2011)
.

25 julio 2011

Brasil 1941: “O bonde de São Januário” y el testimonio fotográfico de Genevieve Naylor

El tranvía que comunica el centro de Rio de Janeiro con el barrio
de São Januário, al norte de la ciudad, en una imagen de 1941.

(Foto © Genevieve Naylor)

Durante los Carnavales de 1928, un grupo de pasajeros del tranvía de São Januário, en Rio de Janeiro, inició una batalla de confeti en honor del veterano conductor, cantando un estribillo que pronto se haría popular: “Eu falo, eu grito / o condutor tem a cara de cabrito”. Tan grande fue el éxito de aquella diversión que en 1941 dio lugar a la samba titulada O bonde de São Januário (‘El tranvía de São Januário’), compuesta por Wilson Batista y Ataulfo Alves (escuchadla aquí):

Quem trabalha é que tem razão
eu digo e não tenho medo de errar.

O bonde de São Januário

leva mais um operário:

sou eu que vou trabalhar
.

Antigamente eu não tinha juízo
mas resolvi garantir meu futuro.

Vejam vocês:

sou feliz, vivo muito bem.

A boemia não dá camisa a ninguém:

é, digo bem.

[Quien trabaja es quien tiene razón / digo yo y no temo errar. / El tranvía de São Januário / pide más de un operario: / soy yo quien va a trabajar. // Antes yo no tenía juicio / pero decidí asegurarme el futuro / Ya ven ustedes: / soy feliz, vivo muy bien. / La bohemia no le da camisa a nadie: / eso es, y digo bien.]

Ataulfo Alves (1909-1969), uno
de los más famosos compositores
e intérpretes de samba, en la tapa
de uno de sus discos, Meu Samba…,
Minha Vida
(1962).


Aquel mismo 1941, curiosamente, la fotógrafa estadounidense Genevieve Naylor (1915-1989), que trabajaba habitualmente para la Associated Press, recorría Brasil en compañía de su marido, el pintor de origen ucraniano Misha Reznikoff, y captó magníficas instantáneas (como la que encabeza este texto, una de las más conocidas), que en 1945 presentó el Museo de Arte Moderno de Nueva York en una exposición titulada Faces and Places in Brazil. Más tarde se publicaron en varios libros, entre ellos el de Robert M. Levine The Brazilian Photographs of Genevieve Naylor 1940-1943. [1] (Algunas de esas imágenes pueden verse en un interesante montaje pinchando aquí.)

No sólo llama la atención la coincidencia, sino que también parece al menos sospechoso que Genevieve Naylor viajara a Brasil en plena guerra mundial y prolongara allí su estancia, especialmente si se tiene en cuenta que, además, era una estrecha colaboradora del gobierno de los Estados Unidos. El prestigioso arquitecto y antropólogo brasileño Lauro Cavalcanti dice en su libro Moderno e Brasileiro [2], refiriéndose a la denominada “política de buena vecindad” entre Brasil y los Estados Unidos en las décadas de 1930 y 1940, que por aquel entonces los latinoamericanos consideraban a los estadounidenses “fríos, interesados y de poco fiar”, mientras que para la gran potencia del norte los latinos eran “emotivos, sentimentales e irresponsables”. Difícil diálogo, pues, entre dos pueblos de características tan distintas y con prevenciones tan acusadas.

Nelson Rockefeller (1908-1979)
en la cubierta de la revista Time
del 22 de mayo de 1939.

En el libro antes mencionado, Levine se refiere a la misión que le fue encomendada a Naylor: “A medida que el conflicto entre el Eje y los Aliados se extendía a todo el mundo, el Departamento de Estado norteamericano empezó a centrar su atención en América latina. Quería atraer el apoyo de la región a los Aliados, y consideraba que Brasil podía convertirse en un socio fiable. Así pues, el Departamento de Estado creó la Oficina de Asuntos Interamericanos, con Nelson Rockefeller al frente, y la fotoperiodista Genevieve Naylor fue enviada a Brasil en 1940 por la agencia de Rockefeller para proporcionar imágenes de propaganda. Naylor, sin embargo, dejó muchas veces de lado sus obligaciones y con su mentalidad independiente realizó algo muy diferente y mucho más valioso: una impresionante colección de fotografías que documentan un período casi inédito de la historia de Brasil”.

La cuestión puede dar, como se ve, incluso para un thriller.


[1] Robert M. Levine: The Brazilian Photographs of Genevieve Naylor 1940-1943. Duke University Press, 1998. Otros libros que reproducen obras de esta fotoreportera son Shots of Style, Great Fashion Photography, de David Baily (1985); Appearances, de Martin Harrison (1991); 125 Great Moments of Harper's Bazaar, de William Morrow (1993); A History of Woman Photographers, de Naomi Rosenblum (1995) y High Society: 150 Years of “Town & Country” Magazine (1996).
[2] Lauro Cavalcanti: Moderno e Brasileiro. Jorge Zahar Editor, Rio de Janeiro, 2006. Parte IV, capítulo 10.



Haced clic sobre las imágenes para aumentar su tamaño.

09 julio 2011

Haití en su agónico estertor perpetuo

Monumento al esclavo, conocido como “le Nègre Marron” (‘Neg Mawon’
en criollo),
obra del escultor haitiano Albert Mangonès (1917-2002),
erigido frente
al Palacio Presidencial de Puerto Prícipe en 1970.
(Fuente de la imagen: © University of Florida George A. Smathers Libraries)


La rémora de la esclavitud


Baila, baila, Zarité, porque esclavo
que baila es libre… mientras baila.
Isabel Allende: La isla bajo el mar

Si alguien quiere comprender mejor la realidad histórica de Haití, el primer país de Latinoamérica que alcanzó la independencia (1804) [1] después de que el ambicioso líder local Jean Jacques Dessalines y sus leales vencieran a las tropas coloniales francesas y él se proclamara emperador, tras una larga y compleja revolución
iniciada en agosto de 1791 por un sacerdote de la religión vudú conocido como Boukman, el transeúnte le aconseja que se lea la novela de Isabel Allende La isla bajo el mar [2], que narra las fortunas y adversidades de una esclava mulata vendida a la edad de nueve años al dueño de una de las mayores plantaciones de caña de azúcar de la isla de Santo Domingo (conocida también como La Española), el francés Toulouse Valmorain.

Jean Jacques Dessalines revestido
de emperador, según un grabado
del primer tercio del siglo XIX.


Se trata, bajo la apariencia de una novela de amor y lucha en la que Zarité, la esclava, persigue algo tan preciado como la dignidad personal, de un interesante retablo donde se muestra una isla sometida cruelmente a los extranjeros, que la habían colonizado y convertido literalmente en prisión: de las aproximadamente 300.000 personas que poblaban Haití a mediados del siglo XVIII, sólo unas 12.000 –blancos y mulatos– eran ciudadanos libres. En otras palabras: en Haití vivían, por aquel entonces, apenas 12.000 “personas”, ya que los seres humanos de piel negra importados de África como mercancía habían sido situados en lo más bajo de la escala formulada por las teorías racistas evolucionistas, como las del francés Gobineau, considerado el fundador del racismo moderno en el que se basaría luego el nazismo.

Las Antillas vivieron, sin duda con mayor dureza y más largamente que otros países de la América latina, el drama humano de la esclavitud: los “negreros”, como eran denominados los traficantes de esclavos –secuestradores legales de personas, en términos de nuestros días–, amasaron inmensas fortunas. Entre ellos abundaban los españoles: no sólo se lucraron con ese sucio tráfico el renombrado Antonio López y López, marqués de Comillas (protector del insigne poeta catalán Jacint Verdaguer, que pese a su condición de eclesiástico se doblegó a los infames designios de aquel poderoso negociante), y el malagueño Pedro Blanco Fernández de Trava (uno de los “negreros” más activos de la Península), sino otros muchos, y no faltaron a la cita algunas de las grandes familias de la burguesía catalana de la época (los Samà, los Biada, los Forcadé, los Baró y un largo etcétera), algunos de los cuales, o sus descendientes, regresaron a las localidades costeras catalanas de las que eran originarios como “indianos”, después de que en 1898 España perdiera aquellas colonias, e invirtieron parte de sus grandes fortunas, obtenidas como esclavistas y colonialistas –especialmente en Cuba y Puerto Rico– en lujosas y bellas mansiones en las que no faltaba el "toque colonial".
Lo mismo hicieron enriquecidos terratenientes de otras partes de España, sobre todo de Cantabria, Asturias y Galicia.
El palacete del “indiano” Salvador
Samà i Torrents, marqués de Marianao
–heredero de una rica familia catalana
establecida en Cuba–, construido en
medio de un extenso parque con un
jardín botánico en las proximidades
de Cambrils (Tarragona).
(Foto © Jordi Carbonell)


No hay que pasar por alto, además, el legado maldito que dejaron los Estados Unidos en Haití. Ya Thomas Jefferson, entonces presidente del gran “país del norte” y autor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776, contrariado por la independización del pequeño Estado caribeño –que los estadounidenses no reconocieron hasta sesenta años más tarde–, la consideró “un mal ejemplo” y afirmó, nada menos, que “había que confinar la peste en aquella isla”, según explica el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su artículo “Haití: la maldición blanca”, publicado en 2004 y reproducido en varios blogs. Tampoco hay que olvidar que en 1915 los marines desembarcaron en Haití y permanecieron allí diecinueve años: “Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. […] El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho”, dice Galeano.


Grabado de 1805 que representa un
patio de la “Maison des esclaves”,
en la isla de Gorée (Senegal), donde
se clasificaban los "indígenas" cazados
antes de embarcarlos rumbo a las
colonias europeas de América.



El transeúnte recomienda también un documento estremecedor: la Autobiografía de un esclavo [3], de la que es autor el negro cubano esclavizado Juan Francisco Manzano (La Habana, 1797-1854), “propiedad” primero de la marquesa de Jústiz de Santa Ana, quien lo trató con cierta consideración, y luego de la cruel marquesa de Prado Ameno, cuyo hijo Nicolás –el segundo apellido del cual, Manzano, adoptaría– lo acogió, sin embargo, al darse cuenta de su talento innato, y le dio estudios: Juan Francisco Manzano se convertiría en uno de los primeros y más destacados escritores surgidos de la esclavitud.

El tema da para largo, pues la esclavitud en América y el tráfico de esclavos ha producido abundante y variada bibliografía. Como fuente de primera mano, útil e interesante, puede leerse aquí el “Reglamento de esclavos de 1826” redactado por el capitán general y gobernador de Puerto Rico Miguel de la Torre y Pando, conde de Torrepando.


Este extenso prolegómeno le sirve de excusa al transeúnte para transcribir a continuación el breve pero intenso artículo que publica hoy en el diario El País, de Madrid, el escritor gallego Manuel Rivas. Se refiere al Haití actual, el que ha sobrevivido a duras penas al terremoto del 12 de enero de 2010 que lo destruyó física, económica, social y anímicamente, ahondando en la pobreza endémica de los haitianos y en su esclavitud permanente.



Albert Lázaro-Tinaut


Una haitiana clama al cielo tras el terremoto que devastó el sur
de su país el 12 de enero de 2010. Como consecuencia del sismo
murieron unas 316.000 personas, los heridos superaron
los 350.000 y más de un millón y medio quedaron sin techo.
Desde entonces el país no ha vuelto a levantar cabeza.

(Foto © LOGAN ABASSI/AFP/Getty Images)


Haití y Dios


Por Manuel Rivas


Dios está en todas partes, pero en ninguna es tan invocado como en Haití. Las pululantes tap-tap, transportes donde enjambra la gente, pintadas de naíf, parecen tener por destino el valle de Josaphat, pues todos los rótulos tienen un único motivo: pedir el favor de Dios. Entre las ruinas, proliferan iglesias de toda laya y el supermercado espiritual es la vanguardia en la lentísima reconstrucción. Suyos son los altavoces, y ante los campamentos de despojados que ocupan plazas y campos de fútbol, una maleza plástica de arte-povera, los nuevos predicadores retruenan en la noche y venden la banda sonora del apocalipsis. Uno de ellos advierte que en el cielo hay un meteorito justo con el tamaño de Haití. ¡Qué cabrón! Hay siempre un público para estos sermones catastróficos, tal vez porque escasean los paliativos médicos o porque, en el fondo, estos relatos pertenecen al género del cuento, donde el medio es el miedo y la trama real el abandono. James Noël, poeta, me dice que la gente acude por necesidad de un espectáculo. Quizás por eso eligieron un presidente cantante. El otro, después del terremoto, se quedó mudo. En la gran novela de Haití, Gobernadores del rocío, de Jacques Roumain, un personaje dice: "Tus palabras se parecen a la verdad y la verdad tal vez es un pecado". Los Duvalier y compañía desforestaron el país en todos los sentidos. No hay una sola sala de cine. Queda un único diario, Le Nouvelliste. En Haití se cumple la utopía neoliberal y triunfa el capitalismo mágico. Sí, por fin, la Administración casi no existe. Con el 60% de analfabetismo, el 80% de la enseñanza es privada. Al igual que la salud. Recrudecido el cólera, si se marchan los voluntarios internacionales, la mayoría de la población no tendría ninguna asistencia. Tienen razón los haitianos. Debería existir Dios. Y bajar a pelar estas cebollas con la "mano invisible".


(El País, Madrid, 9 de julio de 2011, página 56.)



[1] La independencia supuso también que Haití se convirtiera en el segundo país del mundo –después de Portugal– que abolió la esclavitud (pues aunque también fue abolida de facto en Francia después de la Revolución de 1789 y tras la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, Napoleón la restableció en 1802). Poco se habla, sin embargo, del precio de aquella independización, ya que su reconocimiento por parte del rey francés Carlos X supuso el pago a la antigua colonia, en 1825, de la entonces enorme suma de 150 millones de francos oro (lo que equivaldría hoy a más de 15.20o millones de euros) como indemnización a los antiguos colonos, so pena de “reocupar” militarmente el país. Aquel pago desproporcionado, al que tuvo que ceder el entonces presidente haitiano Jean-Pierre Boyer, dejó al país en un estado de pobreza del que jamás se ha recuperado.
[2] Isabel Allende: La isla bajo el mar. Ed. Plaza y Janés, Barcelona, 2009. 512 páginas.
ISBN: 9788401341939.
[3] Juan Francisco Manzano: Autobiografía de un esclavo. Con una introducción de Ivan A. Schulman. Ediciones Guadarrama, Madrid, 1975. 128 páginas. ISBN: 978-84-250-0186-4.
 

Haced clic sobre las imágenes para aumentar su tamaño.

20 junio 2011

Enzo Del Re, el ‘cantastorie’ ácrata

Enzo Del Re durante una de sus actuaciones.
(© Simulardu / Creative Commons, 2009)

El pasado 6 de junio, un día lluvioso y húmedo, murió en Mola di Bari, la localidad adriática donde había nacido el 24 de enero de 1944, un personaje cuya actitud ante la vida y la sociedad lo harían excepcional en la compleja y cambiante realidad italiana: era Vincenzo Del Re, conocido como Enzo Del Re.

No es fácil definirlo, pero sí trazar algunos rasgos de su personalidad. Hombre solitario, radical, consecuente consigo mismo durante toda su vida, defensor de unos principios éticos e ideológicos muy próximos al anarquismo (o quizá, matizando un poco más, a la acracia), jamás se comprometió con ninguna formación política y mantuvo a macha martillo su independencia personal. A partir de la firmeza de sus ideas participó en la lucha social mediante una peculiar manera de hacer música, de “cantar historias”, acompañado de un instrumento de percusión muy singular: una silla (a veces, una maleta de cartón) y de los chasquidos de su lengua (el linguafono, llamaba a ese instrumento bucal) para marcar el ritmo de sus canciones. *

Era su manera de aplicar a todo y en todo la lucha de clases, huir del lujo y de la vanidad de exhibir lo superfluo. Se negaba a subir a un automóvil (un “artilugio”, decía, que te somete al padrone), y se declaraba “viandante por decisión existencial”. Cuando enfermó de nefritis aguda no aceptó un trasplante, aunque sí se sometía a diálisis, afirmando que sus métodos (comer sólo pulpo, “octopus”, como él lo denominaba) eran mejores que los de la ciencia y servirían para regenerar sus maltrechos riñones. Genio y figura…


El Palazzo Roberti, en Mola
di Bari, donde se instaló la
capilla ardiente de Enzo Del Re.

(Fuente: eneaportal.unile.it)


No fue únicamente eso lo que determinó su personalidad. Aunque fueron muchas las letras de sus “historias” cantadas y recitadas en italiano, solía usar el maulese, el arcaico dialecto proprio de su lugar de nacimiento, como un elemento más de su identidad. A Mola dedicó muchas de sus creaciones, baladas de amor y de reivindicación social; su apego a aquella tierra pobre y alejada de casi todas las vicisitudes históricas que tuvieron lugar durante su vida fue absoluto, pero no ingenuo, como demuestra el “piropo” que le dedica al final de una de las composiciones de su disco Maule, el más comprometido socialmente de los que grabó: “Non c’è città più arretrata di te…” (‘No hay ciudad más atrasada que tú…’).

Del Re era un hombre culto, había estudiado humanidades clásicas, se había dedicado al teatro y había colaborado estrechamente con el polifacético y polémico Dario Fo (distinguido con el premio Nobel de literatura en 1997), con quien compartía no pocos rasgos de personalidad. Era, además, un hombre apasionado por la etimología: escrutaba cuidadosamente las palabras que utilizaba en sus textos; los escribía primero en su dialecto y luego los traducía con esmero al italiano. Desde aquel rincón perdido donde nació fue abriéndose camino, poco a poco, sin prisa, como a él le gustaba, por casi toda Italia. Una Italia que lo miraba con cierto recelo, que lo consideraba un “bicho raro original” y solía compadecerse de él.


Foto de Annalisa Colucci
que ilustra la cubierta del disco
La mia sedia
, de Enzo Del Re.


En abril de 2009 dio un concierto en la plaza de la Repubblica de Parma, ataviado con su característica boina roja de lana y ropas sencillas: era una prueba de fuego para él, un meridional, un terrone, en el rico y desarrollado norte de Italia. Había estado toda la tarde sentado en la misma plaza vendiendo personalmente sus casetes de audio (¡sus recitales grabados podían durar más de cinco horas!), como un humilde top manta. Lo anunciaron como un “corpofonista”, y al principio el público, numeroso pero escéptico y curioso, no le prestó mucha atención; pero al cabo de un cuarto de hora se hizo el silencio y se produjo el fenómeno de la comunicación. “Estaba allí como una tortuga, acorazado y desvergonzado –dice su amigo, compositor y cantante como él, Vinicio Capossella en un artículo publicado el 12 de junio en el diario La Repubblica–, tratando de que unos miles de personas se adaptaran a él. Su música era pura propaganda, adecuada para comunicar con las grandes masas. Su obstinación, su tozudez a toda prueba, la coraza de su coherencia, consiguieron hechizar la plaza, como lo hubiera hecho Umm Kalzum o un muecín ante cualquier platea oceánica de una enorme reunión ideológica. Recluido en un rincón, con su silla, con la mirada dirigida a lo lejos, más allá del público, mirando al sol del porvenir”.

Cada recital suyo era único y de duración imprevisible, porque solía alargar sus historias añadiéndoles code nuevas, a menudo improvisadas y casi siempre recitadas. Era algo que formaba parte de su ritual, de su espontaneidad, de su talento. Bakunin fue para él un referente intelectual e ideológico, pero en un momento dado los “¡Viva Bakunin!” que aparecían en sus canciones fueron sustituidos por “¡Giap giap Ho Chi Minh!”. Símbolos de lucha por unos ideales y maneras elocuentes y muy personales de evolucionar consecuente y coherentemente. Una de sus aspiraciones era actuar durante ocho horas –una jornada laboral– y cobrar por ello la misma retribución diaria que un obrero metalúrgico.


Cubierta del disco Il banditore (1974),
que contiene algunas de las canciones
más populares
de Enzo Del Re.

Sus “historias”, a pesar de todo, se abrieron paso y captaron la atención de un público cada vez más numeroso y fiel. Algunas de esas composiciones ya son antológicas: “Lavorare con lentezza” (‘Trabajar con lentitud’; vedle y escuchadle aquí), “Avola” (con letra de Dario Fo, aquí), “Comico” (aquí), “Ammenazze u murte” (‘Amenazas de muerte’, cantada en dialecto maulese, aquí), “Il Superuomo” (‘El Superhombre’, aquí) y, en particular “Scittrà” (en dialecto, aquí), una ácida parodia de la superstición que se superpone a las creencias religiosas: scittrà es la palabra que se usa en su tierra para ahuyentar a los gatos:

“Un día cierta familia, al salir de la iglesia, volvía con el alma en paz después de oír misa e incluso haber comulgado… Pero al ver a una gata negra olvidaron a todos los santos y se tocaron por delante, y mientras se tocaban y gritaban 'scittrà!', unos le daban puntapiés, otros le arrojaban piedras, y la gata maullaba con desespero: '¡Qué culpa tengo yo de haber nacido con el pelo negro!; enfureceos con la naturaleza que me ha dado el pelo negro'. Y, ensangrentada, oye aquellos gritos como martillazos en su cabeza… 'scitt scitt scittrà'…”


Supersticiones que, en efecto, tienen un poder sobrenatural en el sur de Italia. Ni él mismo pudo evitarlas después de su muerte: su familia, para la que siempre fue una oveja negra (una “pecora rossa”, decían), se empeñó en celebrar un funeral religioso, aunque no pudieron vestirlo con un traje oscuro, como marca la tradición: yacía en el ataúd con su vestimenta habitual y su inseparable boina roja de lana. El furgón fúnebre fue recibido ante la iglesia con un aplauso cerrado: “Era un aplauso emocionado, de revancha, casi de rabia, y de afecto. Muchos no pudieron aplaudir porque levantaban hacia el cielo el puño cerrado, el del lado del corazón”, dice Caposella en el artículo mencionado. Los amigos, los "camaradas", permanecieron fuera del templo, bajo la lluvia, y le rindieron al mismo tiempo un homenaje ateo. Ni siquiera les permitieron llevar el ataúd a hombros hasta el cementerio: lo volvieron a introducir en el furgón, al que siguió el cortejo.


Imagen de la despedida a Enzo Del Re por parte de sus camaradas
a la puerta de la iglesia, en Mola di Bari, después del funeral religioso.

(Fuente: La Repubblica, Bari, 8.6.2011)

Un muchacho que encabezaba la marcha sujetaba por una pata, alzándola como una bandera, la silla, el instrumento de percusión de Enzo. Dice Vinicio Caposella: “El granizo la hacía sonar con golpes de nudillos, sonoros e impregnados de rabia… Su último viaje fue una visión bíblica, aquel granizo caía con furia sobre el pueblo, como si quisiera castigarlo por no haber sabido reconocer a su profeta, para ofrecer un signo tangible a su despedida”.

En uno de sus recitales dijo: “En la silla se vive y se muere”. La silla representaba para él algo más que un instrumento de percusión: era un símbolo cuyo misterio quedaba revelado con aquellas palabras: se refería a Sacco y Vanzetti, los dos emigrantes anarquistas italianos que fueron ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927 después de un polémico juicio en los Estados Unidos que levantó agrias polémicas en ambas orillas del Atlántico. El cuerpo de Enzo Del Re, que vivía solo, fue encontrado 24 horas después de su muerte sentado en una silla y con la cabeza apoyada en una mesa. El pulpo, ese octópodo al que Mola rinde tributo cada año con una Sagra (fiesta popular) y que según él tenía propiedades curativas –nadie pudo quitarle de la cabeza tal convencimiento– no fue remedio suficiente para su enfermedad renal. La obstinación que siempre le caracterizó llegó hasta sus últimas consecuencias.


* Si alguien quiere leer la letra de algunas de sus canciones, puede hacerlo a través de este enlace:
http://www.ildeposito.org/archivio/autori/autore.php?id_autore=106.


Haced clic sobre las imágenes para aumentar su tamaño.

07 mayo 2011

((SIN COMENTARIOS))

© El Roto, en el diario El País, Madrid, 7 de mayo de 2011.
.

13 abril 2011

Los controles aeroportuarios: ¡todos somos sospechosos!

Acceso a la zona de control en la Terminal 1 del Aeropuerto de Barcelona.
(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

La idea de construir un mundo sin barreras no es nueva, pero en las últimas décadas muchas personas, sobre todo aquellas que se han preocupado por la educación y la eficacia de la escuela, han hecho hincapié en este concepto utópico, movidos tal vez por la aparente desaparición de muros y fronteras interestatales, al menos en Europa.

Sin embargo, las barreras todavía existen, aunque no siempre sean tangibles: las fronteras van desapareciendo físicamente, pero en la mentalidad de los ciudadanos (y de los gobernantes, por supuesto) están muy presentes. Cuando pensamos en las barreras aparecen en nuestra mente solamente las que impiden el paso, ya sea a nosotros mismos por la valla de una obra pública, por ejemplo, ya sea a personas minusválidas (que al fin van consiguiendo que la arquitectura y el mobiliario urbano se adapten a sus necesidades), ya sea a los vecindarios separados por vías de circulación rápida o tendidos ferroviarios. Pero en el subconsciente colectivo permanecen, a pesar de todo, esas barreras invisibles e intangibles que cierran nuestro entorno, inmediato o no.

Placa colocada en el puesto fronterizo
hispano-francés de la Jonquera para
conmemorar la apertura de barreras.
Los puestos de control y los edificios
de aduanas fueron cerrados y,
posteriormente, derribados.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)


La idea de una Europa unida sigue siendo una utopía, y los hechos nos lo demuestran todos los días. Para un ciudadano del Reino de España, la República Francesa es “otro Estado”, no una parte más del territorio común europeo. En pocos estados se tiene la sensación de compartir algo con los vecinos: si acaso en Escandinavia, o en el Benelux (pese a que en Bélgica la barrera ideológica y política entre Flandes y Valonia es cada vez más sólida)… De hecho, está ocurriendo todo lo contrario: Yugoslavia se desintegró violentamente y generó siete estados independientes (Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Kosovo, Macedonia, Montenegro y Serbia). Algo semejante ocurrió en la Unión Soviética tras la caída del Muro de Berlín, y de Checoslovaquia surgieron, de mutuo acuerdo y
en paz, dos estados distintos.

Un policía austriaco y otro húngaro
retiran simbólicamente la barrera
fronteriza entre sus respectivos
países el 20 de diciembre de 2007,
al integrarse Hungría en la
denominada “zona Schengen”.

(Fuente: The Telegraph, 21.12.2007 -
http://www.telegraph.co.uk/news/
worldnews/1573358/Police-warning-as-
politicians-hail-open-borders.html)


La paradoja, pues, está servida. El transeúnte no opina sobre las ventajas y los inconvenientes de esa nueva realidad: se limita a enumerar las barreras, con todo el respeto que le merecen los pueblos separados por ellas (para muchos de los cuales –las repúblicas bálticas, por ejemplo– han sido incluso beneficiosas).

Pero he aquí que, de pronto, surge algo más bien indefinido que se denomina “terrorismo internacional”. Curiosamente, cuando una de las dos grandes potencias mundiales desaparece del mapa político y deja de serlo, se tiene la impresión de que la otra –también en crisis, pero todavía fuerte– necesite tener un enemigo poderoso para demostrar, precisamente, que es una gran potencia mundial (y para que el negocio armamentístico, entre otros, no merme, claro está).


El de Osama bin Laden es el rostro
más conocido del llamado "terrorismo
internacional" o, equívocamente, "islámico".


El hecho, históricamente hablando, no tiene nada de nuevo. Desde los albores de la humanidad los enfrentamientos tribales y las guerras entre pueblos y estados vecinos se han sucedido sin cesar. Ahora, sin embargo, hablamos de un enemigo indefinido, bastante difuso pese a las apariencias (no olvidemos que la información que recibimos está casi siempre manipulada), y no de un pueblo o un Estado, y si reflexionamos podemos llegar a la conclusión de que ese enemigo tan terrible, ese lobo feroz, no puede ser más que algo concebido para mantener a raya a los auténticos enemigos de cualquier poder: los ciudadanos libres y pensantes, capaces de derribar muros altísimos si “algo” no frena sus lícitas aspiraciones: y al transeúnte –que tiene bastante arraigado el vicio de reflexionar sobre las cosas– se le ocurre que la gran solución pasa por considerar sospechoso a todo bípedo, bien o mal vestido.

Los atentados terroristas (suponiendo que realmente lo fueran) que sufrieron en su propia piel en septiembre de 2001 los hasta entonces incólumes Estados Unidos, y otros que ocurrieron más tarde en diversos países (entre ellos la atroz matanza de marzo de 2004 en las inmediaciones de la estación madrileña de Atocha) crearon un estado de alarma mundial que derivó muy pronto en unas obsesivas normas de seguridad, una enorme barrera que convertía definitivamente en sospechosos a todos los ciudadanos y que, además, daría aún más alas a la xenofobia.


El 7 de julio de 2005, una serie de explosiones
en los transportes públicos de Londres provocaron
la muerte de 56 personas y heridas a varios centenares.

(Fuente: UnWelcome Honesty - http://unwelcomehonesty.wordpress.com/)

Los aeropuertos quizá sean el mejor ejemplo de esas “barreras”, donde los pasajeros son a menudo objeto de vejación, cuando no de “detención preventiva” o de repatriación forzosa. Los márgenes de tolerancia son escasos, pero variables según las normativas que aplica cada Estado.

El transeúnte, que se mueve con frecuencia por el espacio aéreo, podría explicar decenas de anécdotas sobre las situaciones en que se ha encontrado. Se limitará a comentar algunas porque, a su entender, denotan la actitud de las autoridades policiales de cada Estado (amparadas, claro está, por las instrucciones emanadas de sus respectivos gobiernos).

La más desagradable que recuerda desde que se establecieron esos controles ocurrió en el aeropuerto escocés de Glasgow, donde unos cartelitos bien visibles antes de entrar en la “zona de control” ya advertían que cualquier tipo de resistencia, amenaza, insulto e incluso actitud evidente de enfado podía suponer para el pasajero su detención inmediata. Tenían muy claro los agentes de la policía que los usuarios de aquel aeropuerto deberían pasar por una serie de vejaciones, y convenía que las asumieran con resignación. Casi nadie escapaba de las voces crispadas de los uniformados, de sus regañinas, de sus humillantes lecciones de “cómo debían haber ordenado sus pertenencias” en el equipaje de mano, cuyo contenido, en la mayoría de los casos, era dispersado a la vista de todos sobre grandes mesas, revisado minuciosamente y luego amontonado de cualquier manera sobre la bolsa o la maleta de cabina, para que el molesto pasajero, sin poder expresar su indignación, se tomara la molestia de volverlo a colocar todo en su lugar. Cualquier objeto “sospechoso” suponía un interrogatorio, y si el viajero no entendía la lengua del policía, sufría una vejación más. Puro autoritarismo militar en un país, el Reino Unido, que pretende distinguirse por sus buenas maneras. El transeúnte, sin zapatos (porque también había que descalzarse), sin cinturón (con el consiguiente riesgo de quedarse de pronto en calzoncillos… como le ocurrió a más de un pasajero), con sus pertenencias revueltas, consiguió a duras penas y sin ninguna ayuda llegar a las largas mesas donde la gente trataba de hacer un hueco para salir de apuros.


La revisión del contenido de
los equipajes es muy frecuente,
sobre todo, en los Estados Unidos
y el Reino Unido.

(Fuente: La Stampa, Torino, 27.10.2010 -
http://www.lastampa.it/redazione
/cmsSezioni/esteri/201010articoli/
59885girata.asp)


En cambio, recuerda su experiencia más agradable, teniendo en cuenta las circunstancias. Fue en el aeropuerto de Lisboa, donde el policía que lo atendió le pidió excusas por las molestias y, con una sonrisa afable, le ayudó incluso a ponerse la chaqueta.

En el aeropuerto romano de Fiumicino la experiencia fue hasta divertida y digna de los mejores tópicos italianos. El transeúnte hacía escala allí, viajando de Dubrovnik a Barcelona. Confiado en que no debería pasar ningún otro control (el de la policía croata había sido correcto, sin ningún incidente), compró en el Free shop del aeropuerto dálmata una barroca botella de rakija, ese característico aguardiente (de ciruelas, en su caso) que se produce en los Balcanes. Pero he aquí que en el aeropuerto romano sí que debía pasarse de nuevo el control de equipaje de mano, a pesar de estar en tránsito. El escáner, por supuesto, detectó la botella en la mochila del transeúnte y un policía joven y amable le dijo que debía entregar la botella. Tras una breve y amable discusión, y al ver de qué se trataba, el uniformado tuvo un gesto de complicidad con el transeúnte: “Ma via, salvi questa bella bottiglia!”, y le dio las pistas para hacerlo: salir de la zona de tránsito, como si terminara su viaje en Roma, ir al mostrador de la compañía con la que debía volar a Barcelona y facturar aquella mochila, “ya que nadie sabe que lleva también una maleta facturada desde Dubrovnik”, añadió, guiñándole el ojo a la “víctima”, cuando ésta le hizo saber que llevaba también una maleta en bodega. Y así lo hizo el transeúnte, sin que nada le impidiera “salvar” su rakija.


El transeúnte todavía conserva,
ya vacía, la botella de rakija que
"salvó"
en el aeropuerto de Fiumicino.

Al regreso de un reciente viaje a Irlanda, los policías del control del aeropuerto de Dublín “descubrieron” en el monitor del escáner que el transeúnte llevaba dos paraguas en su mochila, y se la hicieron abrir. Puesto que el uniformado que la inspeccionó encontró un solo paraguas, la vació del todo, sin hallar el otro supuesto artilugio, amontonó los enseres encima de la mochila y la volvió a pasar por el escáner. “All is in order, no problem!”, dijo entonces en tono conciliador; pero abrió dos veces el paraguas para asegurarse de que no ocultara ningún material mortífero (o, más bien, para atenuar su sensación de ridículo). Luego, sin embargo, colocó con cuidado los enseres en la mochila, la cerró y se despidió del sospechoso con un “Thank you very much” y media sonrisa.

Nunca ha tenido problemas el transeúnte en aeropuertos de otros países, pero siempre se ha sentido vigilado, “sospechoso”, al pasar cualquier control de seguridad.


¿Podemos considerar aceptable éticamente este tipo de cacheo?
(Fuente: Taringa! - http://www.taringa.net/posts/imagenes/8610794/
Cacheos-en-el-Aeropuerto.html. Más imágenes indignantes en la misma página.)


Construir un mundo sin barreras, sentirse libre, al menos en el territorio de la llamada Unión Europea (que está lejos de ser la Europa de los ciudadanos), es hoy por hoy sólo un anhelo. El enemigo acecha, aunque sea de cartón piedra, aunque resulte increíble que ese personaje ya legendario (¿no lo será acaso en el sentido recto de la palabra?) a quien llaman Osama bin Laden no haya sido localizado y aniquilado cuando los medios de que dispone la gran potencia mundial todavía superviviente son capaces de encontrar la punta de una aguja en el gran pajar de nuestro planeta. Y nosotros, a callar y obedecer, que es una de las primeras consignas de la humanidad desde que el mundo es mundo. Somos masa, minoría silenciada, individuos indefensos, el agnus dei, infelices mortales al fin y al cabo, y parias para unos pocos con excesivo poder.

(Fuente: © Galería de citylovesyou_ffm, 2006 /
http://www.flickr.com/photos/ffmobscure/with/218668494/)


Haced clic sobre las ilustraciones para ampliarlas.

24 marzo 2011

Literatura estonia en castellano: “El mismo río”, de Jaan Kaplinski

Imagen de la presentación de El mismo río en La Central del Raval
de Barcelona. De izquierda a derecha, Daniel Ortiz, editor de Escalera,
Albert Lázaro-Tinaut, Jaan Kaplinski y Laura Talvet.

(Foto: Joan-Francesc Ainaud)

Para quienes se esmeran en la tarea de dar a conocer las literaturas periféricas del gran mosaico europeo, como es el caso del transeúnte, la aparición de cualquier libro perteneciente a alguna de ellas es motivo no sólo de satisfacción, sino también de celebración, por lo cual hay que agradecer y celebrar el esfuerzo de los editores y los traductores que lo han hecho posible.

En este caso se trata de la novela eminentemente autobiográfica del escritor estonio más reconocido internacionalmente en nuestros días, Jaan Kaplinski, titulada El mismo río (Seesama jõgi, en su versión original) [1], traducida por Laura Talvet y Francisco Javier García Hernández y publicada por Ediciones Escalera de Madrid, un pequeño gran proyecto emprendido hace algo más de tres años por una esforzada pareja canaria, Daniel Ortiz Peñate y Talía Luis Casado.

El transeúnte conoció a Jaan Kaplnski hace unos catorce años en Tartu, su ciudad natal, cuando tradujo al castellano, en colaboración con Jüri Talvet, algunos poemas suyos, que luego fueron publicados por Francisco Uriz, director entonces (1998) de la Casa del Traductor de Tarazona, en una plaquette titulada Nada más que Algo más, dentro de la colección “Papeles de Tarazona”.

Jaan Kaplinski, nacido en Tartu el 22 de enero de 1941, es hijo de un polaco de ascendencia judía, Jerzy Kaplinski (nacido en 1901), a quien no tuvo tiempo de conocer, ya que los esbirros de Stalin lo deportaron y desapareció en el archipiélago Gulag, donde probablemente murió en 1944. Era un hombre culto e inteligente que trabajó como lector de polaco en la Universidad de Tartu. La madre del escritor, Nora Raudsepp (1906-1982), natural de la ciudad meridional de Võru, pertenecía, en cambio, a una familia estonia acomodada; fue bailarina y pudo completar sus estudios en Alemania y Francia. También era traductora, vertió al estonio obras de Balzac, Chateaubriand y Anatole France y fue coautora de una versión resumida, en prosa y en francés (París, 1930), de la epopeya nacional de su país, el Kalevipoeg, de Friedrich R. Kreutzwald (1803-1882), considerado el fundador de las letras estonias.


Jaan Kaplinski en sus años infantiles.
(Fuente: Õpetajate Leht, 24.10.2008)

Como narra en los primeros capítulos de El mismo río, Kaplinski vivió su juventud rodeado de mujeres y de tabúes y restricciones –esas que conocen todos los regímenes totalitarios: la imposibilidad de expresarse libremente, de acceder a determinados libros, de relacionarse con extranjeros, de conocer la verdad de la historia, de practicar sin obstáculos cualquier religión que no fuera la ideología del régimen, de dar a conocer la auténtica personalidad en el caso de los homosexuales (no es el suyo), de mantener relaciones sexuales fuera del ámbito de la pareja legalmente constituida, pues el sexo, en la URSS, sencillamente, “no existía”, y un largo etcétera–. De ahí pues, también, la obsesión que manifiesta el autor en la novela de perder la virginidad y sus intentos frustrados de lograrlo.


Pero volvamos a la biografía de Jaan Kaplinski. Estudió filología francesa en la Universidad de Tartu, la más prestigiosa del Báltico oriental y una de las más reconocidas de la Unión Soviética, y al mismo tiempo siguió estudios de lingüística estructural y aplicada, una disciplina que continúa interesándole y a la que desea prestar más atención en los próximos años, según manifiesta ahora. Hombre de amplios horizontes, quiso conocer también la mitología celta, por la que se sintió apasionado, y, sobre todo, el pensamiento oriental.


Terminados sus estudios (obtuvo su licenciatura en 1964), se acercó al mundo de la naturaleza –esa concretísima y múltiple divinidad común a todos los pueblos del norte de Europa, en la que basaron sus antiguas creencias paganas–, como investigador en el Jardín Botánico de Tallinn. Luego regresó a Tartu, donde sucedió a otro gran poeta, Ain Kaalep (Tartu, 1926), como tutor de jóvenes traductores en la Universidad.


La antigua sede del KGB en Tallinn. Una placa
junto a su puerta lo recuerda con estas palabras:
"Este edificio albergaba la sede del órgano de
represión del poder soviético. Aquí empezaba
el camino hacia el sufrimiento de miles de estonios".


Fue por aquel entonces, en 1980, cuando Jaan Kaplinski se implicó en la política clandestina como resistente cultural frente la intensa rusificación de Estonia. Estuvo entre los firmantes de la Neljakümne kiri (‘Carta de los cuarenta’), que proponía un diálogo pacífico con el régimen soviético para presentar ciertas reivindicaciones. Se convirtió así, de inmediato, en sospechoso de disidencia, por lo que el KGB (el temido comité soviético para la seguridad del Estado) lo interrogó e incluso registró su casa. Ya se había dado a conocer como poeta y polemista, por lo que aquella iniciativa, aunque también frustrada, supuso un cambio de mentalidad y de actitud para muchos intelectuales comprometidos y, desde entonces, vigilados de cerca.

Cuando Estonia proclamó de nuevo su independencia (20 de agosto de 1991), perdida en 1944 con la incorporación forzosa a la URSS, Jaan Kaplinski se mostró muy activo en la prensa y publicó numerosos artículos polemizando, sobre todo, con la derecha nacionalista y la Iglesia, y entre los años 1992 y 1995 fue, además, miembro del Riikogu (Parlamento) de la República de Estonia.

Fachada del Parlamento de la República de Estonia,
ubicado en el antiguo castillo de Toompea (Tallinn).

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

Más tarde inició una intensa etapa como periodista y conferenciante, fue profesor asociado en la Universidad de Tampere (Finlandia) y se dedicó con ahínco a escribir, aprovechando algunas becas internacionales que le permitieron distanciarse de las actividades remuneradas. En 1994 ingresó en la Académie Universelle des Cultures, fundada dos años antes por el escritor judío húngaro Elie Wiesel (galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1986).

En la personalidad de Kaplinski sobresale su independencia intelectual, basada en un pensamiento de corte socialdemócrata y liberal, que ha defendido en todo momento con tesón. Es y ha sido siempre un hombre comprometido con los mejores valores de la sociedad, sin perder de vista el humanismo en su esencia más pura: la ancestral relación de los seres humanos con la naturaleza de la que procedemos.

Jaan Kaplinski caricaturizado por
Aivar Juhanson como una antigua
divinidad pagana báltica.
(Fuente: Delfi pilt, http://pilt.delfi.ee/en/picture/10800589/)

Por otra parte, después de haber analizado a fondo el totalitarismo comunista, ha denunciado la insidiosa opresión de la sociedad capitalista y el modo como ésta condiciona a los individuos. De entre sus opiniones, el transeúnte entresaca una de su blog que le parece interesante por la cruel y paradójica ironía que contiene:
“El comunismo y el consumismo son dos sectas seculares originadas por la cristiandad. Como la primera ya está desapareciendo de la escena mundial, la segunda goza de un éxito sin precedentes, conquista una nación y un continente tras otro y utiliza incluso la religión para sus intereses. ¿Cuál es el resultado de este proceso de globalización y concentración? Un ciudadano de la antigua Unión Soviética ya tiene nombre para el próximo mundo feliz: lo llamará Unión Soviética o Unión Soviética renacida”.

En el ámbito de la literatura, Kaplinski ha sido reconocido sobre todo como poeta, aunque también ha escrito prosa, piezas teatrales y ensayo. Él mismo reconoce la influencia en su obra de otros poetas, como Rimbaud, Eliot y Pound. No hay que olvidar, por otra parte, su importante tarea como filósofo y crítico cultural. Su labor literaria ha sido recompensada tres veces con el Premio Anual de las Letras Estonias (1996, 2000 y 2010), el prestigioso premio de poesía Juhan Liiv (1968) y el premio de la Asamblea Báltica (1997). Ha participado, además, en numerosos festivales de poesía y literatura.

No menos importante es su tarea como traductor literario. Su amplio conocimiento de idiomas le ha permitido verter al estonio obras de escritores franceses (Gide, Saint-Exupéry…),
checos (Vladimir Holan), suecos (Tomas Tranströmer), y también de poetas anglófonos y autores de expresión castellana, como Octavio Paz, del que tradujo la poesía, y Carlos Fuentes, de quien ha traducido al estonio La muerte de Artemio Cruz. Curiosamente, entre sus traducciones de juventud encontramos un fragmento del Cantar de Mio Cid.

Jaan Kaplinski leyendo sus poemas
en el Annikin Runofestivaali (festival
de poesía Annikin) en Tampere
(Finlandia), en junio de 2010.

(Fuente: http://www.annikinkatu.net/
runofestivaali2011/english.htm)


Siguiendo las huellas de uno de sus maestros, Uku Masing [2] (ese “Maestro”, con mayúscula, al que nombra constantemente en El mismo río –aunque él manifiesta que no fue el único y que la novela tiene, como tal, mucho de ficción–, obra que se inicia precisamente con los funerales de Masing en abril de 1985), Kaplinski se ha opuesto enérgicamente al centralismo de la civilización occidental y ha buscado su ideario, sobre todo, en las filosofías antiguas más relacionadas con la naturaleza, como el budismo y el taoísmo. Una clara demostración de su interés por Oriente son sus traducciones del chino de la poesía de Li Po y Du Fu, y de la obra fundamental del taoísmo, el Dào Dé Jing (más conocida entre nosotros por su transcripción fonética, Tao Te Ching), de Lao Tsé, el “Viejo Maestro”.

El transeúnte tuvo el honor de presentar, el pasado 16 de marzo, junto con Laura Talvet y el propio Jaan Kaplinski –que habló en todo momento en castellano–, El mismo río en la acogedora cripta de la librería La Central del Raval de Barcelona. Es una obra en la que el autor vuelca, novelándola (es decir, mezclando su “yo” personal con el “yo” literario), su propia experiencia vital, se vacía literaria e intelectualmente plasmando, al mismo tiempo, parte de la historia de su país, sometido a las directrices de Moscú durante casi cincuenta años; de hecho es el relato personificado de la Estonia de la década de 1960, cuando la rigidez estalinista dio paso a un cierto “deshielo” y los estonios empezaron a soñar con tiempos mejores, con el retorno de los expatriados forzosos a Siberia y al Asia central, la reunificación de las familias separadas a la fuerza en medio del terror. Kaplinski, entonces veinteañero, busca un guía espiritual y consigue introducirse en el círculo íntimo del “Maestro”, quien no sólo valorará sus primeros poemas, sino que le dará los consejos básicos para lo que luego sería la filosofía vital del joven.


Jaan Kaplinski en Barcelona con
un ejemplar de El mismo río.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

La obra es, al mismo tiempo, un recorrido por la cotidianidad de una Estonia que había perdido hacía años su esplendor, un recorrido a veces trágico, aunque con momentos lúdicos e incluso humorísticos, fiel reflejo, a fin de cuentas, de la personalidad del autor, un hombre cordial al que, sin embargo, le molesta que se hable en público de su biografía y, sobre todo, que se recuerde que su nombre ha empezado a aparecer en las especulativas listas de los candidatos al premio Nobel de Literatura.

El río que aparece en el título de la novela es, a diferencia del río heraclitano, del panta rhei (‘todo fluye’), una metáfora de la immobilidad de un sistema totalitario cuyos entresijos ahora se van conociendo mejor; en este sentido, el libro de Kaplinski ayuda a entender las contradicciones del sistema a partir de la experiencia vivida, del crecimiento personal e intelectual del autor, de sus preguntas esenciales para las que no siempre halla respuesta. Es un análisis “desde dentro” de lo que supuso para un pueblo de raíces culturales occidentales, de influencia esencialmente alemana, estar sometido a unas ideas y a unas costumbres que difícilmente podía entender. Es un trayecto de un invierno a otro, muy distintos entre sí pero, paradójicamente, igualmente llenos de contradicciones.

Quienes se interesen por el antiguo sistema totalitario soviético hallarán sin duda en El mismo río otro punto de vista, muy útil para comprender mejor lo que fueron aquellos largos años, aquel interminable invierno de los estonios.



[1] Jaan Kaplinski: El mismo río. Traducido por Laura Talvet y Francisco Javier García Hernández. Madrid, Ediciones Escalera, 2011. 400 páginas. ISBN: 978-937018-7-1.
[2] Uku Masing (1909-1985), teólogo, filósofo, filólogo y folklorista, fue un auténtico humanista, en el sentido más amplio de la palabra, y un divulgador de culturas que tuvo un ascendiente primordial sobre toda una generación de intelectuales estonios, entre los que se encuentra Jaan Kaplinski. Introdujo en Estonia la filosofía analítica, y como políglota excepcional –se dice que conocía 65 idiomas y era capaz de traducir de veinte de ellos– vertió al estonio innumerables obras de culturas universales, sobre todo orientales. Son notables sus traducciones del persa, el turco, el hebreo, el árabe, el amhárico, diversas lenguas de la India, etc. Tradujo, entre otros, a Rabindranath Tagore y Omar Khayyam, haikus japoneses y una versión íntegra del Nuevo Testamento. Una de sus últimas obras fue la traducción al estonio de algunas rondalles (cuentos tradicionales) catalanas a partir de los textos originales de la Rondallística de Joan Amades, que el transeúnte tuvo el honor de hacerle llegar: el librito que recoge estas traducciones, titulado Paadimehe tõed (‘Las verdades del barquero’) se publicó póstumamente, pocas semanas después de su muerte.

Haced clic sobre las imágenes para ampliarlas.