07 mayo 2011

((SIN COMENTARIOS))

© El Roto, en el diario El País, Madrid, 7 de mayo de 2011.
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13 abril 2011

Los controles aeroportuarios: ¡todos somos sospechosos!

Acceso a la zona de control en la Terminal 1 del Aeropuerto de Barcelona.
(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

La idea de construir un mundo sin barreras no es nueva, pero en las últimas décadas muchas personas, sobre todo aquellas que se han preocupado por la educación y la eficacia de la escuela, han hecho hincapié en este concepto utópico, movidos tal vez por la aparente desaparición de muros y fronteras interestatales, al menos en Europa.

Sin embargo, las barreras todavía existen, aunque no siempre sean tangibles: las fronteras van desapareciendo físicamente, pero en la mentalidad de los ciudadanos (y de los gobernantes, por supuesto) están muy presentes. Cuando pensamos en las barreras aparecen en nuestra mente solamente las que impiden el paso, ya sea a nosotros mismos por la valla de una obra pública, por ejemplo, ya sea a personas minusválidas (que al fin van consiguiendo que la arquitectura y el mobiliario urbano se adapten a sus necesidades), ya sea a los vecindarios separados por vías de circulación rápida o tendidos ferroviarios. Pero en el subconsciente colectivo permanecen, a pesar de todo, esas barreras invisibles e intangibles que cierran nuestro entorno, inmediato o no.

Placa colocada en el puesto fronterizo
hispano-francés de la Jonquera para
conmemorar la apertura de barreras.
Los puestos de control y los edificios
de aduanas fueron cerrados y,
posteriormente, derribados.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)


La idea de una Europa unida sigue siendo una utopía, y los hechos nos lo demuestran todos los días. Para un ciudadano del Reino de España, la República Francesa es “otro Estado”, no una parte más del territorio común europeo. En pocos estados se tiene la sensación de compartir algo con los vecinos: si acaso en Escandinavia, o en el Benelux (pese a que en Bélgica la barrera ideológica y política entre Flandes y Valonia es cada vez más sólida)… De hecho, está ocurriendo todo lo contrario: Yugoslavia se desintegró violentamente y generó siete estados independientes (Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Kosovo, Macedonia, Montenegro y Serbia). Algo semejante ocurrió en la Unión Soviética tras la caída del Muro de Berlín, y de Checoslovaquia surgieron, de mutuo acuerdo y
en paz, dos estados distintos.

Un policía austriaco y otro húngaro
retiran simbólicamente la barrera
fronteriza entre sus respectivos
países el 20 de diciembre de 2007,
al integrarse Hungría en la
denominada “zona Schengen”.

(Fuente: The Telegraph, 21.12.2007 -
http://www.telegraph.co.uk/news/
worldnews/1573358/Police-warning-as-
politicians-hail-open-borders.html)


La paradoja, pues, está servida. El transeúnte no opina sobre las ventajas y los inconvenientes de esa nueva realidad: se limita a enumerar las barreras, con todo el respeto que le merecen los pueblos separados por ellas (para muchos de los cuales –las repúblicas bálticas, por ejemplo– han sido incluso beneficiosas).

Pero he aquí que, de pronto, surge algo más bien indefinido que se denomina “terrorismo internacional”. Curiosamente, cuando una de las dos grandes potencias mundiales desaparece del mapa político y deja de serlo, se tiene la impresión de que la otra –también en crisis, pero todavía fuerte– necesite tener un enemigo poderoso para demostrar, precisamente, que es una gran potencia mundial (y para que el negocio armamentístico, entre otros, no merme, claro está).


El de Osama bin Laden es el rostro
más conocido del llamado "terrorismo
internacional" o, equívocamente, "islámico".


El hecho, históricamente hablando, no tiene nada de nuevo. Desde los albores de la humanidad los enfrentamientos tribales y las guerras entre pueblos y estados vecinos se han sucedido sin cesar. Ahora, sin embargo, hablamos de un enemigo indefinido, bastante difuso pese a las apariencias (no olvidemos que la información que recibimos está casi siempre manipulada), y no de un pueblo o un Estado, y si reflexionamos podemos llegar a la conclusión de que ese enemigo tan terrible, ese lobo feroz, no puede ser más que algo concebido para mantener a raya a los auténticos enemigos de cualquier poder: los ciudadanos libres y pensantes, capaces de derribar muros altísimos si “algo” no frena sus lícitas aspiraciones: y al transeúnte –que tiene bastante arraigado el vicio de reflexionar sobre las cosas– se le ocurre que la gran solución pasa por considerar sospechoso a todo bípedo, bien o mal vestido.

Los atentados terroristas (suponiendo que realmente lo fueran) que sufrieron en su propia piel en septiembre de 2001 los hasta entonces incólumes Estados Unidos, y otros que ocurrieron más tarde en diversos países (entre ellos la atroz matanza de marzo de 2004 en las inmediaciones de la estación madrileña de Atocha) crearon un estado de alarma mundial que derivó muy pronto en unas obsesivas normas de seguridad, una enorme barrera que convertía definitivamente en sospechosos a todos los ciudadanos y que, además, daría aún más alas a la xenofobia.


El 7 de julio de 2005, una serie de explosiones
en los transportes públicos de Londres provocaron
la muerte de 56 personas y heridas a varios centenares.

(Fuente: UnWelcome Honesty - http://unwelcomehonesty.wordpress.com/)

Los aeropuertos quizá sean el mejor ejemplo de esas “barreras”, donde los pasajeros son a menudo objeto de vejación, cuando no de “detención preventiva” o de repatriación forzosa. Los márgenes de tolerancia son escasos, pero variables según las normativas que aplica cada Estado.

El transeúnte, que se mueve con frecuencia por el espacio aéreo, podría explicar decenas de anécdotas sobre las situaciones en que se ha encontrado. Se limitará a comentar algunas porque, a su entender, denotan la actitud de las autoridades policiales de cada Estado (amparadas, claro está, por las instrucciones emanadas de sus respectivos gobiernos).

La más desagradable que recuerda desde que se establecieron esos controles ocurrió en el aeropuerto escocés de Glasgow, donde unos cartelitos bien visibles antes de entrar en la “zona de control” ya advertían que cualquier tipo de resistencia, amenaza, insulto e incluso actitud evidente de enfado podía suponer para el pasajero su detención inmediata. Tenían muy claro los agentes de la policía que los usuarios de aquel aeropuerto deberían pasar por una serie de vejaciones, y convenía que las asumieran con resignación. Casi nadie escapaba de las voces crispadas de los uniformados, de sus regañinas, de sus humillantes lecciones de “cómo debían haber ordenado sus pertenencias” en el equipaje de mano, cuyo contenido, en la mayoría de los casos, era dispersado a la vista de todos sobre grandes mesas, revisado minuciosamente y luego amontonado de cualquier manera sobre la bolsa o la maleta de cabina, para que el molesto pasajero, sin poder expresar su indignación, se tomara la molestia de volverlo a colocar todo en su lugar. Cualquier objeto “sospechoso” suponía un interrogatorio, y si el viajero no entendía la lengua del policía, sufría una vejación más. Puro autoritarismo militar en un país, el Reino Unido, que pretende distinguirse por sus buenas maneras. El transeúnte, sin zapatos (porque también había que descalzarse), sin cinturón (con el consiguiente riesgo de quedarse de pronto en calzoncillos… como le ocurrió a más de un pasajero), con sus pertenencias revueltas, consiguió a duras penas y sin ninguna ayuda llegar a las largas mesas donde la gente trataba de hacer un hueco para salir de apuros.


La revisión del contenido de
los equipajes es muy frecuente,
sobre todo, en los Estados Unidos
y el Reino Unido.

(Fuente: La Stampa, Torino, 27.10.2010 -
http://www.lastampa.it/redazione
/cmsSezioni/esteri/201010articoli/
59885girata.asp)


En cambio, recuerda su experiencia más agradable, teniendo en cuenta las circunstancias. Fue en el aeropuerto de Lisboa, donde el policía que lo atendió le pidió excusas por las molestias y, con una sonrisa afable, le ayudó incluso a ponerse la chaqueta.

En el aeropuerto romano de Fiumicino la experiencia fue hasta divertida y digna de los mejores tópicos italianos. El transeúnte hacía escala allí, viajando de Dubrovnik a Barcelona. Confiado en que no debería pasar ningún otro control (el de la policía croata había sido correcto, sin ningún incidente), compró en el Free shop del aeropuerto dálmata una barroca botella de rakija, ese característico aguardiente (de ciruelas, en su caso) que se produce en los Balcanes. Pero he aquí que en el aeropuerto romano sí que debía pasarse de nuevo el control de equipaje de mano, a pesar de estar en tránsito. El escáner, por supuesto, detectó la botella en la mochila del transeúnte y un policía joven y amable le dijo que debía entregar la botella. Tras una breve y amable discusión, y al ver de qué se trataba, el uniformado tuvo un gesto de complicidad con el transeúnte: “Ma via, salvi questa bella bottiglia!”, y le dio las pistas para hacerlo: salir de la zona de tránsito, como si terminara su viaje en Roma, ir al mostrador de la compañía con la que debía volar a Barcelona y facturar aquella mochila, “ya que nadie sabe que lleva también una maleta facturada desde Dubrovnik”, añadió, guiñándole el ojo a la “víctima”, cuando ésta le hizo saber que llevaba también una maleta en bodega. Y así lo hizo el transeúnte, sin que nada le impidiera “salvar” su rakija.


El transeúnte todavía conserva,
ya vacía, la botella de rakija que
"salvó"
en el aeropuerto de Fiumicino.

Al regreso de un reciente viaje a Irlanda, los policías del control del aeropuerto de Dublín “descubrieron” en el monitor del escáner que el transeúnte llevaba dos paraguas en su mochila, y se la hicieron abrir. Puesto que el uniformado que la inspeccionó encontró un solo paraguas, la vació del todo, sin hallar el otro supuesto artilugio, amontonó los enseres encima de la mochila y la volvió a pasar por el escáner. “All is in order, no problem!”, dijo entonces en tono conciliador; pero abrió dos veces el paraguas para asegurarse de que no ocultara ningún material mortífero (o, más bien, para atenuar su sensación de ridículo). Luego, sin embargo, colocó con cuidado los enseres en la mochila, la cerró y se despidió del sospechoso con un “Thank you very much” y media sonrisa.

Nunca ha tenido problemas el transeúnte en aeropuertos de otros países, pero siempre se ha sentido vigilado, “sospechoso”, al pasar cualquier control de seguridad.


¿Podemos considerar aceptable éticamente este tipo de cacheo?
(Fuente: Taringa! - http://www.taringa.net/posts/imagenes/8610794/
Cacheos-en-el-Aeropuerto.html. Más imágenes indignantes en la misma página.)


Construir un mundo sin barreras, sentirse libre, al menos en el territorio de la llamada Unión Europea (que está lejos de ser la Europa de los ciudadanos), es hoy por hoy sólo un anhelo. El enemigo acecha, aunque sea de cartón piedra, aunque resulte increíble que ese personaje ya legendario (¿no lo será acaso en el sentido recto de la palabra?) a quien llaman Osama bin Laden no haya sido localizado y aniquilado cuando los medios de que dispone la gran potencia mundial todavía superviviente son capaces de encontrar la punta de una aguja en el gran pajar de nuestro planeta. Y nosotros, a callar y obedecer, que es una de las primeras consignas de la humanidad desde que el mundo es mundo. Somos masa, minoría silenciada, individuos indefensos, el agnus dei, infelices mortales al fin y al cabo, y parias para unos pocos con excesivo poder.

(Fuente: © Galería de citylovesyou_ffm, 2006 /
http://www.flickr.com/photos/ffmobscure/with/218668494/)


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24 marzo 2011

Literatura estonia en castellano: “El mismo río”, de Jaan Kaplinski

Imagen de la presentación de El mismo río en La Central del Raval
de Barcelona. De izquierda a derecha, Daniel Ortiz, editor de Escalera,
Albert Lázaro-Tinaut, Jaan Kaplinski y Laura Talvet.

(Foto: Joan-Francesc Ainaud)

Para quienes se esmeran en la tarea de dar a conocer las literaturas periféricas del gran mosaico europeo, como es el caso del transeúnte, la aparición de cualquier libro perteneciente a alguna de ellas es motivo no sólo de satisfacción, sino también de celebración, por lo cual hay que agradecer y celebrar el esfuerzo de los editores y los traductores que lo han hecho posible.

En este caso se trata de la novela eminentemente autobiográfica del escritor estonio más reconocido internacionalmente en nuestros días, Jaan Kaplinski, titulada El mismo río (Seesama jõgi, en su versión original) [1], traducida por Laura Talvet y Francisco Javier García Hernández y publicada por Ediciones Escalera de Madrid, un pequeño gran proyecto emprendido hace algo más de tres años por una esforzada pareja canaria, Daniel Ortiz Peñate y Talía Luis Casado.

El transeúnte conoció a Jaan Kaplnski hace unos catorce años en Tartu, su ciudad natal, cuando tradujo al castellano, en colaboración con Jüri Talvet, algunos poemas suyos, que luego fueron publicados por Francisco Uriz, director entonces (1998) de la Casa del Traductor de Tarazona, en una plaquette titulada Nada más que Algo más, dentro de la colección “Papeles de Tarazona”.

Jaan Kaplinski, nacido en Tartu el 22 de enero de 1941, es hijo de un polaco de ascendencia judía, Jerzy Kaplinski (nacido en 1901), a quien no tuvo tiempo de conocer, ya que los esbirros de Stalin lo deportaron y desapareció en el archipiélago Gulag, donde probablemente murió en 1944. Era un hombre culto e inteligente que trabajó como lector de polaco en la Universidad de Tartu. La madre del escritor, Nora Raudsepp (1906-1982), natural de la ciudad meridional de Võru, pertenecía, en cambio, a una familia estonia acomodada; fue bailarina y pudo completar sus estudios en Alemania y Francia. También era traductora, vertió al estonio obras de Balzac, Chateaubriand y Anatole France y fue coautora de una versión resumida, en prosa y en francés (París, 1930), de la epopeya nacional de su país, el Kalevipoeg, de Friedrich R. Kreutzwald (1803-1882), considerado el fundador de las letras estonias.


Jaan Kaplinski en sus años infantiles.
(Fuente: Õpetajate Leht, 24.10.2008)

Como narra en los primeros capítulos de El mismo río, Kaplinski vivió su juventud rodeado de mujeres y de tabúes y restricciones –esas que conocen todos los regímenes totalitarios: la imposibilidad de expresarse libremente, de acceder a determinados libros, de relacionarse con extranjeros, de conocer la verdad de la historia, de practicar sin obstáculos cualquier religión que no fuera la ideología del régimen, de dar a conocer la auténtica personalidad en el caso de los homosexuales (no es el suyo), de mantener relaciones sexuales fuera del ámbito de la pareja legalmente constituida, pues el sexo, en la URSS, sencillamente, “no existía”, y un largo etcétera–. De ahí pues, también, la obsesión que manifiesta el autor en la novela de perder la virginidad y sus intentos frustrados de lograrlo.


Pero volvamos a la biografía de Jaan Kaplinski. Estudió filología francesa en la Universidad de Tartu, la más prestigiosa del Báltico oriental y una de las más reconocidas de la Unión Soviética, y al mismo tiempo siguió estudios de lingüística estructural y aplicada, una disciplina que continúa interesándole y a la que desea prestar más atención en los próximos años, según manifiesta ahora. Hombre de amplios horizontes, quiso conocer también la mitología celta, por la que se sintió apasionado, y, sobre todo, el pensamiento oriental.


Terminados sus estudios (obtuvo su licenciatura en 1964), se acercó al mundo de la naturaleza –esa concretísima y múltiple divinidad común a todos los pueblos del norte de Europa, en la que basaron sus antiguas creencias paganas–, como investigador en el Jardín Botánico de Tallinn. Luego regresó a Tartu, donde sucedió a otro gran poeta, Ain Kaalep (Tartu, 1926), como tutor de jóvenes traductores en la Universidad.


La antigua sede del KGB en Tallinn. Una placa
junto a su puerta lo recuerda con estas palabras:
"Este edificio albergaba la sede del órgano de
represión del poder soviético. Aquí empezaba
el camino hacia el sufrimiento de miles de estonios".


Fue por aquel entonces, en 1980, cuando Jaan Kaplinski se implicó en la política clandestina como resistente cultural frente la intensa rusificación de Estonia. Estuvo entre los firmantes de la Neljakümne kiri (‘Carta de los cuarenta’), que proponía un diálogo pacífico con el régimen soviético para presentar ciertas reivindicaciones. Se convirtió así, de inmediato, en sospechoso de disidencia, por lo que el KGB (el temido comité soviético para la seguridad del Estado) lo interrogó e incluso registró su casa. Ya se había dado a conocer como poeta y polemista, por lo que aquella iniciativa, aunque también frustrada, supuso un cambio de mentalidad y de actitud para muchos intelectuales comprometidos y, desde entonces, vigilados de cerca.

Cuando Estonia proclamó de nuevo su independencia (20 de agosto de 1991), perdida en 1944 con la incorporación forzosa a la URSS, Jaan Kaplinski se mostró muy activo en la prensa y publicó numerosos artículos polemizando, sobre todo, con la derecha nacionalista y la Iglesia, y entre los años 1992 y 1995 fue, además, miembro del Riikogu (Parlamento) de la República de Estonia.

Fachada del Parlamento de la República de Estonia,
ubicado en el antiguo castillo de Toompea (Tallinn).

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

Más tarde inició una intensa etapa como periodista y conferenciante, fue profesor asociado en la Universidad de Tampere (Finlandia) y se dedicó con ahínco a escribir, aprovechando algunas becas internacionales que le permitieron distanciarse de las actividades remuneradas. En 1994 ingresó en la Académie Universelle des Cultures, fundada dos años antes por el escritor judío húngaro Elie Wiesel (galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1986).

En la personalidad de Kaplinski sobresale su independencia intelectual, basada en un pensamiento de corte socialdemócrata y liberal, que ha defendido en todo momento con tesón. Es y ha sido siempre un hombre comprometido con los mejores valores de la sociedad, sin perder de vista el humanismo en su esencia más pura: la ancestral relación de los seres humanos con la naturaleza de la que procedemos.

Jaan Kaplinski caricaturizado por
Aivar Juhanson como una antigua
divinidad pagana báltica.
(Fuente: Delfi pilt, http://pilt.delfi.ee/en/picture/10800589/)

Por otra parte, después de haber analizado a fondo el totalitarismo comunista, ha denunciado la insidiosa opresión de la sociedad capitalista y el modo como ésta condiciona a los individuos. De entre sus opiniones, el transeúnte entresaca una de su blog que le parece interesante por la cruel y paradójica ironía que contiene:
“El comunismo y el consumismo son dos sectas seculares originadas por la cristiandad. Como la primera ya está desapareciendo de la escena mundial, la segunda goza de un éxito sin precedentes, conquista una nación y un continente tras otro y utiliza incluso la religión para sus intereses. ¿Cuál es el resultado de este proceso de globalización y concentración? Un ciudadano de la antigua Unión Soviética ya tiene nombre para el próximo mundo feliz: lo llamará Unión Soviética o Unión Soviética renacida”.

En el ámbito de la literatura, Kaplinski ha sido reconocido sobre todo como poeta, aunque también ha escrito prosa, piezas teatrales y ensayo. Él mismo reconoce la influencia en su obra de otros poetas, como Rimbaud, Eliot y Pound. No hay que olvidar, por otra parte, su importante tarea como filósofo y crítico cultural. Su labor literaria ha sido recompensada tres veces con el Premio Anual de las Letras Estonias (1996, 2000 y 2010), el prestigioso premio de poesía Juhan Liiv (1968) y el premio de la Asamblea Báltica (1997). Ha participado, además, en numerosos festivales de poesía y literatura.

No menos importante es su tarea como traductor literario. Su amplio conocimiento de idiomas le ha permitido verter al estonio obras de escritores franceses (Gide, Saint-Exupéry…),
checos (Vladimir Holan), suecos (Tomas Tranströmer), y también de poetas anglófonos y autores de expresión castellana, como Octavio Paz, del que tradujo la poesía, y Carlos Fuentes, de quien ha traducido al estonio La muerte de Artemio Cruz. Curiosamente, entre sus traducciones de juventud encontramos un fragmento del Cantar de Mio Cid.

Jaan Kaplinski leyendo sus poemas
en el Annikin Runofestivaali (festival
de poesía Annikin) en Tampere
(Finlandia), en junio de 2010.

(Fuente: http://www.annikinkatu.net/
runofestivaali2011/english.htm)


Siguiendo las huellas de uno de sus maestros, Uku Masing [2] (ese “Maestro”, con mayúscula, al que nombra constantemente en El mismo río –aunque él manifiesta que no fue el único y que la novela tiene, como tal, mucho de ficción–, obra que se inicia precisamente con los funerales de Masing en abril de 1985), Kaplinski se ha opuesto enérgicamente al centralismo de la civilización occidental y ha buscado su ideario, sobre todo, en las filosofías antiguas más relacionadas con la naturaleza, como el budismo y el taoísmo. Una clara demostración de su interés por Oriente son sus traducciones del chino de la poesía de Li Po y Du Fu, y de la obra fundamental del taoísmo, el Dào Dé Jing (más conocida entre nosotros por su transcripción fonética, Tao Te Ching), de Lao Tsé, el “Viejo Maestro”.

El transeúnte tuvo el honor de presentar, el pasado 16 de marzo, junto con Laura Talvet y el propio Jaan Kaplinski –que habló en todo momento en castellano–, El mismo río en la acogedora cripta de la librería La Central del Raval de Barcelona. Es una obra en la que el autor vuelca, novelándola (es decir, mezclando su “yo” personal con el “yo” literario), su propia experiencia vital, se vacía literaria e intelectualmente plasmando, al mismo tiempo, parte de la historia de su país, sometido a las directrices de Moscú durante casi cincuenta años; de hecho es el relato personificado de la Estonia de la década de 1960, cuando la rigidez estalinista dio paso a un cierto “deshielo” y los estonios empezaron a soñar con tiempos mejores, con el retorno de los expatriados forzosos a Siberia y al Asia central, la reunificación de las familias separadas a la fuerza en medio del terror. Kaplinski, entonces veinteañero, busca un guía espiritual y consigue introducirse en el círculo íntimo del “Maestro”, quien no sólo valorará sus primeros poemas, sino que le dará los consejos básicos para lo que luego sería la filosofía vital del joven.


Jaan Kaplinski en Barcelona con
un ejemplar de El mismo río.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

La obra es, al mismo tiempo, un recorrido por la cotidianidad de una Estonia que había perdido hacía años su esplendor, un recorrido a veces trágico, aunque con momentos lúdicos e incluso humorísticos, fiel reflejo, a fin de cuentas, de la personalidad del autor, un hombre cordial al que, sin embargo, le molesta que se hable en público de su biografía y, sobre todo, que se recuerde que su nombre ha empezado a aparecer en las especulativas listas de los candidatos al premio Nobel de Literatura.

El río que aparece en el título de la novela es, a diferencia del río heraclitano, del panta rhei (‘todo fluye’), una metáfora de la immobilidad de un sistema totalitario cuyos entresijos ahora se van conociendo mejor; en este sentido, el libro de Kaplinski ayuda a entender las contradicciones del sistema a partir de la experiencia vivida, del crecimiento personal e intelectual del autor, de sus preguntas esenciales para las que no siempre halla respuesta. Es un análisis “desde dentro” de lo que supuso para un pueblo de raíces culturales occidentales, de influencia esencialmente alemana, estar sometido a unas ideas y a unas costumbres que difícilmente podía entender. Es un trayecto de un invierno a otro, muy distintos entre sí pero, paradójicamente, igualmente llenos de contradicciones.

Quienes se interesen por el antiguo sistema totalitario soviético hallarán sin duda en El mismo río otro punto de vista, muy útil para comprender mejor lo que fueron aquellos largos años, aquel interminable invierno de los estonios.



[1] Jaan Kaplinski: El mismo río. Traducido por Laura Talvet y Francisco Javier García Hernández. Madrid, Ediciones Escalera, 2011. 400 páginas. ISBN: 978-937018-7-1.
[2] Uku Masing (1909-1985), teólogo, filósofo, filólogo y folklorista, fue un auténtico humanista, en el sentido más amplio de la palabra, y un divulgador de culturas que tuvo un ascendiente primordial sobre toda una generación de intelectuales estonios, entre los que se encuentra Jaan Kaplinski. Introdujo en Estonia la filosofía analítica, y como políglota excepcional –se dice que conocía 65 idiomas y era capaz de traducir de veinte de ellos– vertió al estonio innumerables obras de culturas universales, sobre todo orientales. Son notables sus traducciones del persa, el turco, el hebreo, el árabe, el amhárico, diversas lenguas de la India, etc. Tradujo, entre otros, a Rabindranath Tagore y Omar Khayyam, haikus japoneses y una versión íntegra del Nuevo Testamento. Una de sus últimas obras fue la traducción al estonio de algunas rondalles (cuentos tradicionales) catalanas a partir de los textos originales de la Rondallística de Joan Amades, que el transeúnte tuvo el honor de hacerle llegar: el librito que recoge estas traducciones, titulado Paadimehe tõed (‘Las verdades del barquero’) se publicó póstumamente, pocas semanas después de su muerte.

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06 marzo 2011

Jovan Divjak (I)

Jovan Divjak en su despacho de la Obrazovanje Gradi BiH.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut, 2008)

El viernes 4 de marzo, el transeúnte recibió un escueto correo electrónico en francés de su amiga bosnia Džana: “Buenos días, Albert, espero que estés bien. Sólo quería informarte de que el general Divjak fue detenido ayer en Viena por la Interpol, a instancias de Serbia. Todavía no se sabe por qué… Hasta pronto”. Para los bosnios, Jovan Divjak es todavía “el general”, pese a que abandonó voluntariamente el ejército del país, que había colaborado a formar en 1992 [1], tras unas desavenencias políticas con el presidente del país, Alija Izetbegović.

El azar quiso que el transeúnte conociera a Jovan Divjak el 30 de octubre de 2008 durante un vuelo entre Liubliana y Sarajevo, en un avión esloveno tan pequeño que ni siquiera se podía llevar en él el equipaje de mano: había que dejarlo en un carrito junto a la escalerilla para que viajara en bodega. Al pie de aquella misma escalerilla había un expositor con distintos diarios, y el transeúnte se hizo con un ejemplar de Le Monde, el único periódico no eslavo de los que se ofrecían.


Junto a él se sentó un hombre corpulento y de aspecto recio, que había estado hablando animadamente, en serbocroata, con un pequeño grupo de pasajeros hasta que el comandante asomó la cabeza y pidió que todo el mundo se sentara y se abrochara los cinturones. El transeúnte, junto a la ventanilla, se puso a leer el diario y, mediado el vuelo, su compañero de asiento se le dirigió en francés:

–¿Es usted periodista? –le inquirió de sopetón.

–No, no soy periodista.


–Y, si no soy indiscreto, ¿qué le lleva a Sarajevo?


Así iniciaron una conversación que duraría todo el resto del viaje, el cual se prolongó volando en círculo, entre espesos nubarrones negros, hasta que el comandante recibió autorización para aterrizar; en ningún momento habló de sí mismo. Eran poco más de las 16 horas, pero la noche ya había empezado a caer sobre la capital bosnia, pues el país, situado mucho más a levante, comparte huso horario con España.


–Le espera alguien en el aeropuerto.


–No. Tengo algún contacto en Sarajevo, he de telefonear a algunas personas con las que he quedado, pero no me espera nadie.


El hombre le dio al transeúnte una tarjeta, le pidió que le llamara por teléfono al día siguiente y le dijo que al bajar del avión lo siguiera.
Cuando llegaron, caminando bajo una ligera llovizna, a la terminal, y mientras el resto de pasajeros se disponía a guardar cola ante la cabina de control de la policía, el hombre hizo un gesto enérgico para que el transeúnte, un poco desorientado en aquel momento, fuera tras él y otros dos hombres, y se dirigió a la puerta de autoridades, donde fue saludado con respeto y un amago de reverencia por el policía que la guardaba. Dijo algo, el policía tomó el pasaporte del transeúnte y, sin ni siquiera identificarlo, estampó el sello de entrada en una de las páginas.

La tarjeta que su compañero de asiento
le dio al transeúnte.


El hombre que lo invitaba a seguirlo caminaba a buen paso. Se detuvieron ante la cinta por donde deberían salir los equipajes y dijo que iba un momento al baño. Las maletas y los bultos no tardaron en aparecer: ya con el equipaje en la mano, él apresuró todavía más el paso hasta encontrarse, a la salida de la terminal, con un joven bosnio. Se dieron la mano mientras se sonreían mutuamente e intercambiaban unas palabras; el muchacho recibió unas breves órdenes, tomó el equipaje de ambos y lo llevó, bajo una lluvia algo más intensa, hasta un todoterreno aparcado a poca distancia, y entonces el hombre le dijo al transeúnte, después de preguntarle dónde se alojaría:

–Lo acompañaremos al centro, que está bastante lejos, y allí podrá tomar un taxi hasta su hotel.

Ya había anochecido por completo. Por el camino, aquel hombre le fue mostrando al transeúnte extranjero diversos edificios al tiempo que mencionaba algunos hechos bélicos que habían tenido lugar en puntos muy concretos del itinerario durante la guerra de Bosnia (1992-1995). También le iba indicando el paso de una a otra de las cuatro municipalidades (gradske općine) –divididas, a su vez, en comunidades locales (mjesne zajednice)– que conforman la ciudad, de oeste a este: Novi Grad (la ciudad yugoslava, levantada durante el régimen de Tito), Novo Sarajevo (edificada después de la primera guerra mundial), Centar (la ciudad austrohúngara) y, al final, Stari Grad, la ciudad vieja o histórica de reminiscencias otomanas.

Un vehículo blindado de las
Naciones Unidas en la Sniper Alley

durante el sitio de Sarajevo.


El vehículo recorrió casi de extremo a extremo el larguísimo bulevar Meše Selimovića, que durante el sitio de la ciudad fue denominado Snajperska aleja (‘avenida de los Francotiradores’, quizá más conocido por su denominación inglesa: Sniper Alley [2]), que cruza longitudinalmente la conurbación de Sarajevo a lo largo de unos diez kilómetros.


El bulevar Meše Selimovića en noviembre de 2008.
(Foto © Albert Lázaro-Tinaut)

Al llegar a Sibilj, la bella plaza triangular en el centro neurálgico del popular barrio de la Baščaršija, donde bulle la vida del casco antiguo de Sarajevo, el automóvil se detuvo, el joven conductor sacó el equipaje del transeúnte y el hombre que tan bien lo estaba atendiendo fue a hablar con los taxistas que aguardaban en una parada muy próxima. Le hizo un gesto al transeúnte para que se acercara:

–Este hombre lo llevará hasta su alojamiento –dijo.

–Pero... ni siquiera he tenido tiempo de cambiar moneda... –replicó, preocupado, el transeünte.

–¿Tiene un billete de 5 euros?

Por fortuna sí, el transeúnte tenía uno.


–Pues ese billete hará más que feliz al taxista
añadió esbozando una sonrisa.

Se despidieron, y el hombre le recordó al transeúnte que debía llamarlo por teléfono al día siguiente por la mañana.


El transeúnte se alojaba en la agradable casa de huéspedes Kandilj, no muy distante del lugar donde había tomado el taxi. De haber conocido la ciudad, hubiera podido llegar a pie en pocos minutos. Allí lo recibió una mujer joven con una amplia y abierta sonrisa, la primera prueba de la hospitalidad balcánica, y lo acompañó hasta la habitación que le había reservado, una estancia limpia y amplia, con tres camas individuales, una mesita baja donde había un teléfono, papel y un bolígrafo, un pulcro cuarto de baño que, sin duda, había sido reformado recientemente, y un generoso ventanal desde la que podía ver el patio por el que se accedía a la casa. Era el lugar acogedor en el cual el transeúnte pensaba pasar cuatro noches, que acabaron convirtiéndose en ocho. Un lugar tranquilo donde el silencio era dueño y señor hasta que el muecín de la vecina mezquita llamaba a oración, a través de los altavoces del almenar, las cinco veces al día que el ritual musulmán establece.

La mezquita de la Bistrik ulica,
a pocos metros de la casa
de huéspedes Kandilj.

(Foto © Albert Lázaro-Tinaut, 2008)

Después de instalarse y refrescarse un poco, el transeúnte bajó al sótano del pequeño edificio, donde estaba la sala para los desayunos, con un rincón amueblado con un par de sofás y el suelo cubierto de alfombras, ante un televisor. Al pie de la escalera que conducía al lugar un ordenador estaba las 24 horas del día al servicio de los huéspedes. Todo sencillo, sin nada que aparentase lujos, salvo unos viejos samovares y algunos objetos de decoración colgados con buen gusto de las paredes y los mantelitos rojos bordados que cubrían las mesas, muy bajas, con sus correspondientes taburetes, más bajos todavía y poco adecuados a la longitud de las piernas del transeúnte, poco acostumbrado a los usos y costumbres orientales.


Sentado ante el ordenador, el transeúnte se conectó a Google y tecleó el nombre escrito en la tarjeta, que no le era del todo desconocido: Jovan Divjak. Wikipedia –con versiones en español e incluso en catalán– despejó sus dudas:


Jovan Divjak (Belgrado, 11 de marzo de 1937) es un antiguo militar bosnio de origen serbio, jefe de diferentes sectores bosnios de la Defensa Territorial (TO) del Ejército Popular Yugoslavo, que abandonó para formar parte del estado mayor del Ejército de la República de Bosnia y Herzegovina (ARBiH) durante la guerra de Bosnia y que llegó al grado de general. Participó activamente en la defensa de Sarajevo durante el asedio de la ciudad, y por eso se le ha conocido como el "serbio que defendió Sarajevo", así como el serbio con una mayor graduación militar en el ejército bosnio, aunque él mismo se ha definido como bosnio en repetidas ocasiones. Desde la finalización de la guerra ha escrito varios libros, y actualmente es director de la organización Obrazovanje Gradi BIH (La Educación construye Bosnia y Herzegovina, OGBH), creada en 1994.

Jovan Divjak durante la guerra, con
su uniforme de campaña de general
de la Armija de Bosnia y Herzegovina.


De esa organización era, precisamente, la tarjeta que le había entregado. Sobre las charlas que mantuvo con el ex general Divjak durante su estancia en Sarajevo y sobre su personalidad escribirá el transeúnte en futuras entregas. Hablará de un hombre cordial, amistoso, buen conversador, que aquel día llegaba también de Barcelona –donde había participado en unas actividades organizadas por la Universitat Oberta de Catalunya– y había viajado en el mismo vuelo de la compañía eslovena Adria Airways que llevó a ambos de la capital catalana al aeropuerto liublianés de Brnik, donde habían hecho escala. El transeúnte sólo apuntará ahora que en una de aquellas conversaciones, Jovan Divjak le dijo que figuraba en una inmensa lista de supuestos criminales de guerra, pese a que desmentía categóricamente su participación en los hechos que se le imputaban, y que esa espada de Damocles pendía, pues, sobre su cabeza, aunque parecía restar importancia a ello.

Su detención en el aeropuerto de Viena, el pasado 3 de marzo, cuando se disponía a volar a la ciudad italiana de Bolonia, donde había de dar una conferencia, no ha sido la primera de uno de los “sospechosos” que forman parte de aquella lista: en marzo de 2010 ya fue detenido en el aeropuerto londinense de Heathrow otro de ellos, Ejup Ganić –que fue miembro de la presidencia colegiada de Bosnia y Herzegovina–, pero en julio del mismo año la justicia británica desestimó su extradición a Serbia y lo puso en libertad.


Jovan Divjak, por el importante papel que desempeñó en la defensa de Sarajevo durante el largo sitio al que sometió la ciudad el Ejército Popular Yugoslavo (compuesto principalmente por serbios y unos pocos montenegrinos) y las fuerzas de la autoproclamada República Srpska de Bosnia, un asedio que se inició el 5 de abril de 1992 (el día en que Bosnia y Herzegovina proclamó su independencia) y acabó el 29 de febrero de 1996, es considerado por los bosniacos [3] un héroe nacional: las calles de Sarajevo se han llenado ahora de manifestantes que reivindican su inocencia y reclaman su liberación ante la Embajada de Austria.


Jovan Divjak y su esposa en la terraza de su casa, al norte
de la
Stari Grad (al fondo se ve el edificio, ahora en reconstrucción,
de la antigua Biblioteca Nacional).


[1] El Ejército de la República de Bosnia-Herzegovina (Armija Republike Bosne i Hercegovine,
ARBiH) fue la primera fuerza armada del país, independizado de Yugoslavia el 5 de abril de 1992. Lo crearon oficialmente, diez días después de la independencia, el bosniaco Sefer Halilović –su primer comandante, que al cabo de pocos meses cedería el mando al también bosniaco Rasim Delić–, el entonces serbobosnio Jovan Divjak y el bosniocroata Stjepan Šiber. Después de la guerra, tras la firma de los Acuerdos de Dayton (noviembre de 1995) se formarían, con la inclusión del Ejército de la República Srpska, las Fuerzas Armadas de Bosnia y Herzegovina (Oružane snage BiH).
[2] Durante la guerra de Bosnia (1992-1995) los snipers (francotiradores serbios) tomaron esta avenida, se apostaron en lo alto de algunos edificios, en las colinas próximas o parapetados detrás de tranvías o autobuses, y disparaban indiscriminadamente contra cualquier civil o militar que se les pusiera a tiro. Fue uno de los episodios más terribles de aquel conflicto, ya que dificultó enormemente el abastecimiento de la ciudad que, en absoluto secreto, se hacía a través de un túnel excavado en las proximidades del aeropuerto, túnel por el que también eran evacuados los heridos más graves. Según los datos recopilados en 1995, esos francotiradores mataron a sangre fría a 225 personas (incluidos 60 niños) e hirieron a otras 1030. Para poder recorrer la avenida, los ciudadanos habían de usar como escudos los blindados de las Naciones Unidas, cuando pasaban por allí, o bien circulaban de noche a toda velocidad con sus vehículos sin encender los faros. Los bosnios le explicaban al transeúnte que se habían acostumbrado a correr zigzagueando en las proximidades de aquella zona para ser blancos más difíciles de alcanzar por los rifles y otras armas automáticas o semiautomáticas que utilizaban los snipers. El transeúnte aconseja la lectura (en portugués) de un testimonio en el blog Escrita em dia, a través del enlace http://blogda-se.blogspot.com/2006/02/sarajevo-1994-sniper-avenue_08.html y del libro-cómic El sueño del monstruo, de Enki Bilal (Norma Editorial, Barcelona, 1998).
[3] Conviene distinguir en Bosnia y Herzegovina entre bosniacos (bošnjaci), antiguamente denominados “musulmanes”; serbiobosnios y bosniocroatas, los tres pueblos más importantes que componen el Estado. A éstos hay que añadir varias minorías étinicas.

Haced clic sobre las imágenes para ampliarlas.


27 febrero 2011

Martin Niemöller como actor de la intrahistoria

Martin Niemöller en un acto del Consejo Mundial de las Iglesias,
en septiembre de 1954.

(Foto © John Dominis/Time & Life Pictures/Getty Images)

Hace poco cayó en las manos del transeúnte, amigo de coleccionar curiosidades, una “entrada” o pase para una conferencia del pastor y teólogo luterano alemán Martin Niemöller en Heldelberg, un papelito de color verde apagado. La charla tuvo lugar el 21 de junio de 1947, y no se especifica sobre qué versó. Y puesto que se trata de eso, de una curiosidad (que por principio ha de interesar mínimamente a una persona curiosa), le dio por averiguar quién era el personaje en cuestión. Y le parece que su biografía bien merece ser divulgada, pues es, en cierto modo, una prueba de la relatividad de las “verdades históricas” cuando pretenden ser absolutas, o una manera de ver la intrahistoria, más o menos tal como la definió Miguel de Unamuno.


Nacido en Lippstadt, una ciudad mediana de Westfalia, el 14 de enero de 1892, este eclesiástico murió en Wiesbaden (Hesse) el 6 de marzo de 1984. Tras su graduación como oficial-cadete de la Marina Imperial alemana, participó activamente en la primera guerra mundial –y fue incluso condecorado con la Cruz de Hierro de primera clase– como primer oficial de un submarino que contó entre sus gestas el hundimiento de treinta y cinco buques, aunque para él uno de esos hundimientos, que tuvo lugar el 25 de enero de 1917, supuso una carga de conciencia que luego le resultaría insoportable: “Marcó un punto de no retorno en mi vida, ya que me hizo abrir los ojos ante la imposibilidad absoluta de un universo moral”, comentaría a sus biógrafos Jay Winter, Jay y Blaine Baggett [1]. Acabó la guerra, sin embargo, como comandante de otro submarino, el U-67, que echó a pique tres navíos aliados.

El submarino U-67, a cuyo mando
estuvo Martin Niemöller al final
de la primera guerra mundial.


Terminado aquel conflicto, en el que Alemania sufrió una derrota, muy mal digerida, las reflexiones llevaron a Niemöller a estudiar teología en el seminario de la Universidad de Münster, y en 1924 recibió las órdenes de pastor de la Iglesia luterana. Destinado en 1931 a una parroquia de la periferia de Berlín, simpatizó con el nazismo, fue incluso miembro de los Freikorps (‘Cuerpos francos’, unas milicias combatientes autónomas que los nazis retomaron de las que había creado Federico II de Prusia en el siglo XVIII, durante la guerra de los Siete Años, y que utilizaron para defender las fronteras alemanas ante un hipotético ataque del Ejército Rojo) y acató el nacionalismo anticomunista y antisemita de Hitler. [2]

En la época de sus tanteos
con el nazismo.


Sin embargo, cuando en 1933 los nazis pusieron en práctica la Gleichschaltung (‘sincronización’) para imponer el control totalitario y crearon el ministerio de Asuntos Eclesiásticos con el objetivo de controlar a las Iglesias e imponerles el Arierparagraph (‘párrafo ario’), que excluía a todo ciudadano de ascendencia judía, Niemöller decidió oponerse a tal cláusula y en mayo de 1934 fundó, con otro pastor y teólogo luterano, Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) y el teólogo suizo Karl Barth (1886-1968), la Bekennende Kirche (Iglesia de la Confesión), cuyo propósito era servir “no al pueblo alemán o a la historia, sino a la palabra soberana de Dios”, la cual rechazó la sumisión de la Iglesia al Estado.

Al mismo tiempo, los confesantes rompieron toda relación con la Iglesia Evangélica Alemana, que continuó fiel al régimen nazi.
La nueva Iglesia fue objeto de desprestigio público y persecución, y el 1 de julio de 1937 Martin Niemöller fue arrestado por la Gestapo –que hacía tiempo que había “pinchado” su teléfono–, acusado de “traición al Estado y el Partido”, y condenado en marzo de 1938 a siete meses de prisión, que de hecho ya había cumplido; para privarlo de libertad, fue detenido nuevamente por la Gestapo y enviado al campo de concentración de Sachsenhausen y, en 1941, al de Dachau, donde permaneció hasta que fue liberado por tropas estadounidenses el 5 de mayo de 1945. Cuando estaba en Dachau su hija pequeña, Jutta, falleció de difteria, su hijo mayor murió combatiendo en Pomerania y otro hijo suyo fue hecho prisionero por el Ejército Rojo.

Nunca se ha sabido muy bien hasta qué punto Martin Niemöller se enemistó con Hitler, al margen de los asuntos de la Iglesia. De hecho, él mismo confesó en junio de 1945, durante una conferencia de prensa en Nápoles, que “nunca se había peleado con Hitler sobre cuestiones políticas, sino únicamente por razones religiosas” (los hechos cantan: en 1931 proclamaba desde el púlpito que Alemania necesitaba un Führer y difundía los puntos de vista de Hitler sobre raza y nacionalidad; y cuando Hitler retiró a Alemania de la Liga de las Naciones, en octubre de 1933, Niemöller le envió un telegrama de felicitación). En aquella misma conferencia de prensa afirmó, sin sonrojarse, que en 1939, tras su detención, se había ofrecido como combatiente a la Marina alemana.

Niemöller representado entre la esvástica y la cruz
en la cubierta de un número de la revista Time.


Estas declaraciones públicas, naturalmente, lo convirtieron en sospechoso a los ojos de los vencedores de la guerra, y cuando pretendió visitar la Gran Bretaña se desencadenó una campaña contra él, en la que participó incluso el arcediano de Lancaster, quien manifestó que “la visita del pastor en este momento no puede ser más que perjudicial”. Sí que visitó en cambio, sin problemas, la Unión Soviética (años más tarde, en 1967, sería honrado con el premio Lenin por su labor a favor de la paz; en 1971 le fue otorgada, por la misma razón, la Cruz al Mérito de la República Federal de Alemania).

Incorporado tras su liberación al movimiento pacifista, presidió la Iglesia Protestante de Hesse y Nassau (1947-1961) y protagonizó una gira mundial para reconocer la culpa colectiva por la persecución nazi y los crímenes cometidos contra la humanidad, en nombre de la Iglesia Evangélica Alemana: su libro Stuttgarter Schuldbekenntnis (‘Confesión de culpabilidad de Stuttgart’, escrito antre 1946 y 1947) recoge sus reflexiones sobre esta cuestión. También presidió Consejo Mundial de las Iglesias.


Con su primera esposa, Else, en 1961,
poco antes de que ella muriera en
un accidente de tráfico y él resultara
herido de consideración el 7 de agosto
de aquel mismo año.


Como pacifista fue un muy activo en la lucha por el desarme nuclear, tras considerar inmoral el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki; en 1959 unas duras declaraciones contra el estamento militar lo llevaron de nuevo ante los tribunales. Más tarde lideró el Movimiento Alemán por la Paz, desde donde se opuso abiertamente a la guerra de Vietnam: en 1965 y en pleno conflicto viajó a Vietnam del Norte y se entrevistó con el presidente comunista Hồ Chí Minh, lo cual levantó una fuerte polémica, sobre todo cuando comentó que “está claro que el presidente de Vietnam del Norte no es un fanático, sino una persona con mucha determinación y un hombre poderoso, pero con capacidad para escuchar a los demás, algo poco frecuente en una persona de su posición”.

Pese a su gran personalidad y sus fuertes convicciones, que lo enfrentaron a políticos de talla, nunca perdió su característico sentido del humor. En 1982, durante la celebración de sus 90 años, dijo que había comenzado su carrera política como un ultraconservador que deseaba el regreso del Kaiser –siempre se declaró monárquico–, pero se había convertido en un revolucionario: “Si vivo hasta los 100 años –añadió– tal vez acabe siendo anarquista”.


En 1946 escribió el poema reproducido a continuación, basado en el sermón que pronunció con motivo de la Pascua de aquel año (“¿Qué hubiera dicho Jesucristo?”) y que se hizo muy popular, aunque se dudó durante mucho tiempo de su autoría y algunos lo atribuyeron a Bertolt Brecht; las manifestaciones su esposa Sybille, después de su muerte, y las investigaciones que haría al respecto Harold Marcuse [3] –uno de los mayores investigadores de la obra de Niemöller–, sin embargo, disiparon las dudas. La siguiente es una de las diversas versiones que circulan de este poema:


Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,

guardé silencio,

porque yo no era comunista.


Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,

guardé silencio,

porque yo no era socialdemócrata.


Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

no protesté,

porque yo no era sindicalista.


Cuando vinieron a llevarse a los judíos,

no protesté,

porque yo no era judío.


Cuando vinieron a buscarme,

no había nadie más que pudiera protestar.


[Als die Nazis die Kommunisten holten, / habe ich geschwiegen; / ich war ja kein Kommunist. // Als sie die Sozialdemokraten einsperrten, / habe ich geschwiegen; / ich war ja kein Sozialdemokrat. // Als sie die Gewerkschafter holten, / habe ich nicht protestiert; / ich war ja kein Gewerkschafter. // Als sie die Juden holten, / habe ich nicht protestiert; / ich war ja kein Jude. // Als sie mich holten, / gab es keinen mehr, der protestieren konnte.]

Sin embargo, hay otras versiones, como la que se puede escuchar aquí.


Niemöller con el premio Nobel de química estadounidense
Linus Pauling y su segunda esposa, Sibylle, en 1983,
pocos meses antes de su muerte.


Martin Niemöller fue, pues, una figura controvertida, que se movió en todo momento entre su apego al nacionalismo alemán, profundamente monárquico, su relación de amor-odio con el nazismo (Hitler quiso reconstruir el imperio perdido) y su compromiso con la paz, fruto seguramente de una no muy disimulada necesidad de catarsis. Características que han definido muchas biografías, sobre todo de actores secundarios en el escenario de la historia.


[1] Jay Winter, Jay y Blaine Baggett: 1914-18: The Geart War and the Shaping of the 20th Century. Londres, BBC Books & Nueva York, Penguin Books, 1996.
[2] Véase el estudio de Robert Michael: “Theological Myth, German Antisemitism, and the Holocaust: The Case of Martin Niemoeller”, en Holocaust Genocide Studies, Oxford, 1987, 2 (1), pp. 105-122. (Este artículo se puede descargar íntegro, previa suscripción, a través del enlace http://hgs.oxfordjournals.org/content/2/1/105.full.pdf.)

[3] Véase http://www.history.ucsb.edu/faculty/marcuse/niem.htm.


21 febrero 2011

((SIN COMENTARIOS))

© Forges, en El País, Madrid, 21 de febrero de 2011.

13 febrero 2011

Liberté, égalité, fraternité?... Sarkozyté!

Entrada al municipio de Ciboure (a la izquierda de la imagen)
en el puente Charles de Gaulle sobre el río Nivelle.
A la derecha, Sant-Jean-de-Luz.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

Ciboure (Ziburu, en vasco) es una pequeña localidad separada por el río Nivelle (Ur Ertsi, en vasco, cuyas aguas provienen de tierras navarras) de otra mayor y más conocida: Saint-Jean-de-Luz (Donibane Lohizun), con la que comparte estación ferroviaria y un pequeño puerto fluvial. Para pasar de la una a la otra hay que cruzar el río con alguna embarcación (suele estar en servicio una barca-transbordador para pasajeros) o bien dar un pequeño paseo, pasar el río por el puente Charles de Gaulle de la carretera D 810 (un ramal –denominado allí avenue Jean Jaurès– de la carretera general que enlaza París con Hendaya y el puente internacional de Irún) y bajar hacia el mar por el otro lado.

El transeúnte aprovechó una reciente estancia en Donostia para visitar estas dos localidades del lado francés de Euskal Herria [1]. Disfrutó primero de la paz invernal de Saint-Jean-de-Luz, donde comió espléndidamente, y aprovechó las primeras horas de la tarde, antes de emprender el viaje de regreso a la capital guipuzcoana, para darse una vuelta por Ciboure, a cuya entrada se había instalado un gran parque de atracciones en el que los niños parecían disfrutar de atracciones, chuches y ese algodón de azúcar que se conoce como barbe à papa.

En esta ocasión no va a describir tan bellos lugares, aunque aproveche para decir que en Ciboure nació en 1875 el compositor Maurice Ravel, el del famoso y magnífico Boléro (tan mal comprendido muchas veces). Va a contar una pequeña aventura, una de esas experiencias que dan sentido, pese a todo, a la vida del viajero.

La iglesia de Saint Vincent
y la Croix blanche, en Ciboure.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

Con su cámara de fotos siempre a punto para captar lo insólito, lo efímero y aquello que le llama la atención, el transeúnte pasó frente a la iglesia de Saint Vincent (con su “Cruz Blanca”, etapa de uno de los ramales del Camino de Santiago) y se adentró por la rue Pocalette, paralela al paseo que sigue la ribera del río. Hizo varias tomas de detalles y también de las fachadas de esas bonitas casas que caracterizan las tierras vascas, con sus maderas pintadas de colores alegres (azul, verde, grana…) y, despreocupado y pendiente de lo que se ofrecía a sus ojos, se vio sorprendido en la desembocadura de aquella calle por tres gendarmes que lo rodearon de inmediato y le preguntaron, de sopetón, qué estaba fotografiando.

–Perdone, monsieur, pero en la calle por la que ha pasado está prohibido tomar fotos. Muéstreme los clichés.


–No he visto ningún cartel que lo indicara –replicó el transeúnte, que suele tener mucho aplomo en estos casos, pues ha pasado por experiencias parecidas en países sometidos a regímenes totalitarios. Se suponía que no era el caso de Francia, por lo que nada debía temer.


El gendarme fue observando las imágenes en la pantalla de la cámara y obligó al transeúnte a borrar algunas, cosa que éste hizo, mal que le pesara, arrepentido ahora de no haberse plantado ante tan caprichosa decisión de un don nadie uniformado. A veces le cuesta un poco reaccionar en caliente.


Una de las pocas fotos de la rue Pocalette
que el transeúnte logró salvar.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

–Un documento de identidad, por favor… (pièce d’identité, se dice en francés, para asombro del foráneo, a quien le parece que en Francia la identidad puede despiezarse).

–¿Puedo saber qué es esto?

–Nada, monsieur, se trata sólo de un control rutinario.


El gendarme que se había apoderado del documento de identidad del transeúnte se alejó unos pasos, se conectó con su radioteléfono a algún misterioso lugar y transmitía a su también misterioso interlocutor los datos del sospechoso, que mientras tanto era custodiado por sus otros dos compañeros. Más allá, en los muelles, a orillas del río, había dos furgones celulares y otros seis o siete gendarmes.

En un momento dado, el que transmitía los datos se acercó al transeúnte y le preguntó qué significaba esa enigmática abreviatura “c/” que precedía al nombre de la calle donde vive.

–Significa rue, monsieur.

–Ah, cal-le… –suspiró tranquilizado después de haber hecho gala de su estupendo espagnol, y volvió sobre sus pasos.


La desembocadura del río Nivelle
desde los muelles de Ciboure (donde
estaban apostados los gendarmes
con sus furgones). A la derecha,
el faro de Saint-Jean-de-Luz.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)


Uno de los uniformados que retenían al transeúnte (aunque sin ponerle las manos encima en ningún momento, ¡sólo hubiese faltado eso!) empezó a interrogarlo. Le llamaba la atención que el sospechoso hablara tan fluidamente el francés y le preguntó a qué se debía. ¿Había vivido el sospechoso en Francia? ¿No? Étonnant... En lugar de contestarle, el sospechoso le espetó, irónico (siempre en fluido francés, claro):

–Hay otras lenguas que hablo mejor.


–¿Habla usted vasco? –se empezaba a vislumbrar por dónde iban los tiros.

–No.


–Pero, ¿lo entiende?


–Por qué quiere saber esas cosas, si se trata de un control rutinario, como dicen ustedes.

–Obedecemos órdenes, monsieur.

Un típico panier à salade
('ensaladera
'), como son conocidos
popularmente los furgones celulares
de la Gendarmería francesa.

(Foto: Collection CHARLYDESIGN93)

No sabe por qué (o quizá sí), al transeúnte le pasaron por la cabeza otros momentos en que había oído y leído esa frase: los ejecutores nazis obedecían órdenes, los agentes comunistas siempre obedecían órdenes, los sicarios de las dictaduras más sangrientas se defendían en los juicios con esa misma afirmación y trataban de pasar así la responsabilidad de sus atrocidades a entes superiores. Decidió provocar:

–Si quiere interrogarme, hagamos las cosas como es debido: lléveme a comisaría, póngame en contacto con un representante diplomático español para que me facilite un abogado y conozca mi situación…


–Pero... monsieur, por favor, no exagere…


–Oiga, gendarme al transeúnte ya no le parecía un monsieur: ¡se acabaron las buenas maneras y era hora de formalidades!; si alguien exagera y monta el pollo (en fait tout un fromage, se dice en francés), son ustedes.

–¡Cuidado con lo que dice, monsieur!

–Escuche, soy un ciudadano libre y honesto y creo estar en un territorio libre…


–Sin duda, pero en las circunstancias actuales... ya me entiende… los extranjeros…


¡Ay lo que dijo! El transeúnte no le dejó acabar la frase, de modo que no sabe cómo iba a terminarla, ni le importa.


–¡No soy un extranjero! Soy un ciudadano europeo y estoy chez moi (es decir, en mi casa), ¿me entiende usted? ¿O es que Francia se ha dado de baja de la Unión Europea y yo no me he enterado, gendarme?


Saint-Jean-de-Luz desde Ciboure.
(Foto; Albert Lázaro-Tinaut)

El transeúnte fingió indignación y hasta cierto desprecio al pronunciar la palabra gendarme, separando un poco las sílabas; pero la verdad es que empezaba a divertirse. El uniformado titubeó, no sabía qué decir, se sentía indefenso pese al armamento que colgaba de su cintura.


Su compañero, que había permanecido en silencio, le tocó el hombro para tranquilizarlo, y el tercero regresó con su radioteléfono y pidió al que tocaba el hombro del que se había puesto nervioso que anotara toda la filiación del transeúnte, cosa que hizo en un pequeño bloc.


–Bueno, ¿se puede saber qué pasa conmigo, gendarmes? Porque a este paso voy a perder el tren.


–Nada, no se preocupe, monsieur. Ya le hemos dicho que es un control rutinario –contestó el del radioteléfono.


Bonjour, la routine…! (¡Pues vaya rutuina…!) –una vez más, el transeúnte no pudo evitar la ironía provocadora.

–No hemos de hacerle ningún reproche… Es… es sencillamente que en esa calle tiene su casa un ministro –añadió bajando la voz (tal vez debería entenderse lo de “ministro” en femenino, habida cuenta de que un importante miembro del gobierno francés, mujer ella, fue alcaldesa de Saint-Jean-de-Luz, como averiguó luego el transeúnte a través de internet)–. En Francia la ley prohíbe fotografiar cualquier edificio público –prosiguió el gendarme en cuestión, ya en tono conciliador–: un Ayuntamiento, una Préfecture, una estación de tren… Se lo digo para que lo tenga en cuenta. Nosotros estamos aquí para algo (pour quelque chose), entiéndalo.


Detalle de una fachada en Ciboure.
(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

La casa de un ministro, hombre o mujer (personaje público), resultaba ser un edificio público, con la particularidad de que nada indicaba esa condición extraordinaria.

–Tenga, y muchas gracias, monsieur –dijo el que había anotado concienzudamente los datos en el carnet (no sé si copió incluso la foto…), mientras le devolvía al transeúnte su documento de identidad.

–Por esta parte puede tomar clichés de todo lo que quiera –añadió el del radioteléfono esbozando una sonrisa forzada y mostrando con un amplio gesto de su mano derecha la parte ribereña del río. El transeúnte estuvo a punto de pedirles que se pusieran bien para retratarlos, pero no quiso provicar más y prefirió hacerse el maleducado y volverles la espalda para seguir su camino. Es lo que en España se dice popularmente “despedirse a la francesa” y los franceses dicen “filer à l’anglaise” (largarse a la inglesa).

La estación ferroviaria de Saint-Jean-de-Luz - Ciboure.
(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

Había sido una experiencia interesante, sobre todo para comprobar eso que se dice: que la República Presidencial Francesa se ha convertido en un estado policial desde que monsieur Nicolas Sarkozy (Sarko para el populacho) obra de timonel e “ingeniero” a la vez. En los años 70 del siglo pasado el transeúnte –barbudo y con ropa tejana, ¡a quién se le ocurre!– había sido detenido arbitrariamente en el norte de la Argentina (concretamente en el aeropuerto de Resistencia, topónimo que ya se las trae, en la provincia del Chaco) y sometido casi a juicio sumarísimo por un inmenso militar que no hubiera cabido en un armario de dos cuerpos, y que no lo soltó hasta que la lentísima comunicación telefónica con algún centro de seguridad de Buenos Aires le aseguró que no había ningún sospechoso con su nombre ni con sus características; y también lo detuvieron brevemente en Esztergom, al norte de la Hungría comunista, por haber sido testigo de una pelea callejera. Después de la experiencia vascofrancesa se le formó en la mente, por una curiosa asociación de ideas, un nuevo y absurdo topónimo irónicopolítico: República Soviética Sarkozyana (RSS).


Vayan ustedes con cuidado, pues las fronteras aún existen en esta Europa del quiero y no puedo, tan desunida como siempre. En Irún se lo dijeron claramente al transeúnte: con la supuesta desaparición de las fronteras físicas esperaron que, de algún modo, se estableciera algo semejante a aquella utópica República del Bidasoa con la que soñó ingenuamente Pío Baroja, “una república sin frailes, sin dogmas que nos atormenten, sin moscas y sin carabineros”, como recordó su sobrino, Pío Caro Baroja, durante de la inauguración en el centro del ensanche iruñés del monumento al gran autor de la denominada Generación del 98 (tan enemigo él de esos honores) [2], con motivo del cincuentenario de la muerte de éste, en el año 2006. Pero eso también fue un sueño utópico: las relaciones entre las poblaciones de ambas orillas del río Bidasoa son prácticamente inexistentes, y los intentos de organizar actos conjuntos casi siempre han fracasado.


Detalle del monumento a Pío Baroja en la plaza Zabaltza de Irún,
obra del artista asturiano Sebastián Miranda, inaugurado en 2006.

(Foto: Albert Lázaro-Tinaut)

No sólo los Pirineos separan la península Ibérica del resto de Europa; no sólo los Alpes separan dos conceptos de europeísmo, ni sólo las aguas del Rin dividen los territorios de Francia y Alemania. Lo que más separa a los europeos de uno u otro Estado es la falta de voluntad: ¡esta sí que es común!



[1] Denominación, en vasco, de lo que en castellano se conoce como Vasconia, es decir el espacio europeo –documentado desde el siglo XVI–, dividido entre los estados español y francés, donde se manifiestan la cultura y la lengua vascas.
[2] Baroja lo expresó por boca de uno de sus personajes más famosos, el marino autobiógrafo Shanti Andía: “A mí, la verdad, la gloria no me entusiasma. La gloria no es para los países lluviosos; tener una estatua a orillas del Mediterráneo, en una ciudad de Andalucía, de Valencia o de Italia, está bien; pero, ¿qué voy a hacer yo si en premio de este libro me levantan una estatua en Lúzaro? ¿Estar recibiendo constantemente la lluvia en la espalda? No, no; soy muy reumático y ni en efigie me gustaría estar así, a la intemperie”.

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