11 junio 2014

La aplicación de la política peronista a los pueblos originarios de Argentina

Indígenas del norte de Argentina manifestándose en Buenos Aires en 2010,
durante las conmemoraciones del bicentenario de la Revolución de Mayo.
(Fuente: El Taburete, www.eltaburete.wordpress.com)


En otras ocasiones, el transeúnte ha presentado en este blog los problemas de los pueblos minoritarios o marginados, por cuyas culturas siente un especial interés. Ahora publica un interesante artículo, todavía inédito, que la antropóloga argentina María Lina Picconi ha tenido la deferencia de ofrecerle, gesto que le agradece.

Como de costumbre, este blog no comparte necesariamente las ideas ni las tendencias de los autores de los artículos que publica y permanece al margen de cualquier filiación ideológica, mientras no sea extremista, con lo que garantiza la total y absoluta libertad de opinión y expresión.




Perón y los aborígenes en Argentina

Por María Lina Picconi

  
El problema indígena para Perón

… El elemento trabajador, el obrero, el verdadero siervo de la gleba, el esclavizado peón del surco norteño, alentados por la esperanza de una vida menos dura y de un porvenir más risueño para sus compañeras y para sus hijos, sacuden su sumisión ancestral, reclaman como hombres la milésima parte de las mejoras a que tienen derecho… [1]

Juan Domingo Perón
(Palabras pronunciadas en el acto de proclamación de su candidatura. 1946)
                                                                                            

El Movimiento Nacional Justicialista o Peronismo creado alrededor de la figura de Juan Domingo Perón, es el movimiento de masas argentino que, empleadas en las nuevas industrias y sin antecedentes de sindicalización, habían emigrado desde las zonas rurales del interior hacia la periferia de las grandes ciudades.
Con la asunción de Perón a la presidencia de Argentina en 1946, y con él, las ideas justicialistas, los pueblos originarios vieron la posibilidad de obtener lo que desde tanto tiempo venían reclamando: la tierra donde habitaban y trabajaban.

Emblema del Partido Justicialista,
fundado por Perón en 1947.

Otro de los problemas que venían padeciendo desde el periodo irigoyenista, era el del "estado civil", o sea, su situación de "indocumentados”. Al carecer de documentos que probaran su existencia, no eran incluidos en los censos y, lo que era más grave, carecían también del carácter efectivo de "personas-habitantes". Esta situación, entre cuyos efectos estaba la pérdida de los derechos y garantías como habitantes del país, había logrado, esporádicamente, alguna propuesta de solución para enmendar algunas situaciones particulares, pero sin afrontar el problema en su verdadera dimensión social, que era la de la categorización del indígena como miembro o no, del colectivo nacional.

A comienzos de la década de 1940 comienza a notarse un cambio importante en la forma en que se describía la población indígena en los mensajes presidenciales concentrados en ese momento en las colonias chaqueñas. La política del nuevo gobierno se basó sobre un principio de justicia social, y en ella albergaban sus esperanzas los aborígenes argentinos. Esta política venía perfilándose desde años atrás, en la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión, con la que se había iniciado la “era de la política social argentina”.

“Al defender a los que sufren y trabajan para plasmar y modelar la grandeza de la Nación, defiendo a la Patria…”, decía Perón. Y daba de esta manera un lugar en la sociedad a los que hasta entonces habían estado relegados: a los descendientes de los pueblos originarios argentinos, a los hombres del interior, a los mestizos, llamados despectivamente “cabecitas negras”. Y a partir de esta postura, las comunidades aborígenes fueron partícipes de medidas novedosas por parte del Estado, como por ejemplo el decreto con el que se mandaba expropiar las tierras de Rodero y Negro Muerto en Humahuaca y Yavi, para entregarlas a sus moradores. [2]

Como presidente, Juan Domingo Perón, aspiraba a un país más vertebrado, en el que los habitantes de todo el territorio argentino tuvieran una relación estrecha entre sí. Pero, ¿realmente entraban en esta unidad estructural de la cultura argentina los “cabecitas negras”? “... Los cabecitas negras tuvieron por función subrayar la diferencia, marcar la separación entre un nosotros y los otros, oponer, en fin, al proceso de integración un proceso inverso de segregación....”, según Cuevas.  

Indígenas collas del noroeste de Argentina.
(Fuente: Jallp’a Suyana, 2013)

Y los primeros en recibir este proceso discriminatorio fueron los collas, quienes en 1946 marcharon hacia Buenos Aires reclamando sus tierras, en una caravana,  a la que se llamó “el Malón de la Paz”. Dichas tierras “habrían sido adquiridas tiempo atrás por un propietario latifundista a precios irrisorios y valuadas luego, en una suma elevadísima”. [3]
             
La comitiva aborigen fue alojada en el Hotel de Inmigrantes y después de un tiempo, fue enviada de regreso al noroeste argentino. “... así, nació el viaje, la marcha, nuestro malón sin lanzas y con sikuris , erkenchos, bombos y antaras.” [4]

Los motivos de la marcha fueron explicados en el diario Nuevos Tiempos del mes de julio de 1946 de la siguiente manera: “... Algo los impulsó a marchar. La Revolución, como grito de rebeldía incontenible... y Jujuy y los collas supieron que al fin la justicia social retornaba a nuestras tierras, y que un hombre, el General Perón, era campeón de la justicia. El tumulto rebelde se hizo caravana... la revolución ha llegado a todas partes, y la revolución viene ahora hacia aquí, en busca de un gestor indiscutido, el actual presidente de los argentinos...”.

Participantes en el "Malón de la Paz" desfilando 
por Buenos Aires después de haber recorrido
más de 2000 kilómetros desde el norte de Argentina.

Valentín Zárate y José Nievas, en nombre de los aborígenes hicieron la siguiente presentación ante el Honorable Congreso de la Nación, el 11 de julio de 1946: “Señores del Congreso Nacional, queremos que sepan que las tierras de la Puna fueron de nuestros bisabuelos. El señor Patrón Costas se apoderó de ellas y siguió sumando hectáreas a su propiedad. Tenemos que pagar 1,50 pesos por cada cabeza de ganado y otro tanto por cada planta de naranjo que cultivamos. La producción apenas alcanza para nuestra familia. Si se muere una vaca o se seca una planta igual nos cobran el impuesto por cinco años. En la zafra nos pagan 1,50 pesos por cada kilo de caña que pelamos y a veces nos lleva tres días de labor. Es decir que ganamos 1,50 pesos por día. No es posible negarse, si lo hace se le aparece la policía del ingenio, con Winchester, pistola, sable y látigo, y nos obligan a trabajar. También es obligatorio comprar en la proveeduría del ingenio. Si compramos en otro lado, la misma policía se encarga de sacarnos las provisiones y nos castigan haciéndonos trabajar gratis una semana. A veces nos llevan presos y nos dejan en los calabozos seis días sin comer. El kilogramo de azúcar cuesta, a nosotros los collas, 60 centavos, justo donde se la produce, 13 centavos más que en cualquier otra parte. La yerba envasada 2 pesos, el arroz 1 peso y un par de alpargatas 2 pesos.” [5] Esta marcha descubría grandes intereses por parte de terratenientes de la región. 

Al respecto otro diario de la época El Laborista, hacía la siguiente acusación: “... estos indios trabajadores, mansos y sufridos, vienen a protestar contra su patrón, contra el señor feudal dueño de vidas y haciendas de su provincia. Este señor se llama Robustiano Patrón Costas [6]... ocupa la tierra de los collas y desaloja a los pobres indios de donde han vivido desde siglos y nadie le puede decir nada... el gobierno actual que por sobre todas las cosas tiene un sentido profundamente humano y considera a cada hombre como un elemento precioso de la prosperidad argentina... no ha de permitir que los collas sean desalojados de sus tierras...”.

Hombres armados al servicio de Robustiano Patrón Costas 
reprimiendo las protestas de los indígenas collas.

La política del General Perón, basada en un principio de justicia social, ya había mandado expropiar las tierras de Rodero y Negro Muerto (Humahuaca) y Yavi, en el departamento del mismo nombre, a través de un decreto, para entregarlas a los aborígenes; los collas traían el propósito de lograr la intervención de la Dirección de Protección al Aborigen, para que se les entregara dichas tierras donde habitaban y trabajaban, que en ese entonces dependía de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Pero, no tuvieron respuesta a sus reclamos.

En agosto de 1946 el diario La Razón comentaba: “... La primera etapa del Malón de la Paz, que comenzó con lágrimas de emoción, terminó con lágrimas causadas por el gas lacrimógeno y con llantos de desilusión...”. [7]

La Dirección de Protección al Aborigen fue creada durante la presidencia de Edelmiro Farrel, el 17 de enero de 1946, para reemplazar a la Comisión Honoraria de Reducciones de Indios [8]. En febrero de 1949, ya siendo presidente el Gral. Perón, pasó a formar parte de la Dirección Nacional de Migraciones y posteriormente, el 30 de septiembre de 1949, se dispuso que pasara a depender del Ministerio de Asuntos técnicos. Las funciones específicas de la Dirección de Protección del Aborigen fue la adquisición de ganado y herramientas  destinadas a las colonias aborígenes de todo el país.

El 1 de agosto de 1949, se declararon “de utilidad pública y sujetas a expropiación las tierras de la provincia de Jujuy, ubicadas en los departamentos de Tumbaya, Tilcara, Valle Grande, Humahuaca, Cochinoca, Rinconada, Santa Catalina y Yavi”. [9] Todavía en la actualidad, los aborígenes siguen reclamando sus tierras. El Segundo Malón de la Paz, realizado en agosto del 2006 reeditó la lucha  que llevaron adelante hombres y mujeres de la Puna en 1946, cuando marcharon a pie hacia Buenos Aires para pedirle al presidente Perón la devolución de sus territorios. [10]

Imagen del Segundo Malón de la Paz, en el año 2006.
(Fuente: Warmi, 2007)


Decisiones del gobierno peronista

La administración de las tierras expropiadas estuvo a cargo del Ministerio de Finanzas, en nombre del Poder Ejecutivo, estableciendo las siguientes bases:

- Los aborígenes no podían ni enajenar, ni ceder las tierras.

- Se les otorgaría préstamos especiales para construcción de vivienda y explotación agrícola-ganadera.

- Se los capacitaría para la convivencia nacional, a través de la instalación de escuelas, estaciones sanitarias, etc.

En 1953, se creó la Comisión de Rehabilitación de los Aborígenes, cuya función principal fue la recuperación de dichas tierras expropiadas en Jujuy y la atención de las necesidades de las comunidades emergentes de ese proceso. El gobierno justicialista lanzó dos Planes Quinquenales, a lo largo de su mandato, irónicamente incluido en un capítulo llamado “la organización del pueblo”:


1. El primer plan, entre 1947 y 1951, cuya propaganda seguía el siguiente slogan: “La pujanza de un pueblo fuerte, en un gigantesco paso hacia la recuperación nacional”; pero, que solo tuvo en cuenta a los pueblos aborígenes en el capítulo llamado “Cultura”, en el que hacía referencia a “la cultura adquirida por el pueblo argentino, [que] se nutre entre otras vertientes de los elementos autóctonos” (Martínez Sarasola). También tuvo en cuenta la adjudicación de tierras en tres etapas sucesivas, con la que el aborigen sería, en el futuro, dueño de la misma.

2. El segundo plan, entre 1952 y 1957, incluyó en su texto la protección al aborigen diciendo: “La población indígena será protegida por la acción directa del Estado, mediante la incorporación progresiva de la misma al ritmo de vida general de la Nación” (Tesler). Además, Perón nombró como titular de la Dirección de Protección al Aborigen al cacique araucano  Jerónimo Maliqueo: “... Teniendo presente la personalidad del aborigen dentro del justicialismo argentino, destacamos que el Gral. Perón en su carácter de presidente del Estado, ha puesto en posesión del cargo de titular de Dirección de Protección al Aborigen, a un cacique aborigen araucano... Jerónimo Maliqueo...”.

Propaganda del Segundo Plan Quinquenal promulgado 
por el gobierno justicialista en 1952.

En conclusión, el texto de los Planes Quinquenales, declaró la necesidad "urgente" de que el indígena llegase a ser dueño de su tierra, propuso una nueva reforma educativa y justificó la intervención directa del Estado en las relaciones entre los indígenas y el resto de la comunidad.

El vocablo “protección” fue utilizado muy asiduamente en esta época, cuando se hablaba de pueblos originarios en Argentina. Y cuando de aborígenes se trataba, la acción por parte de la sociedad debía ser absorberlos, habilitándolos de una “vida normal”, en pos del progreso. Seguían sin respetarles, como en gobiernos anteriores, ni sus hábitos, ni sus costumbres y menos que menos, su cultura. Era el “Estado Benefactor” que actuaba adquiriendo una dimensión personal y sensible, aplicada a través de la Dirección de Protección al Aborigen. “La experiencia de la acción social directa, sumada al reiterado discurso del Estado, terminaron constituyendo una nueva identidad social, los humildes, que completó el arco popular de apoyo al gobierno”. [11]

 Se puede destacar entonces, a partir de las palabras de Romero, un fuerte peso de la dimensión simbólica. Perón, con su carisma personal y siempre atento con los humildes, empleaba con ellos un paternalismo casi militar: parecía el padre del regimiento a nivel de toda la nación. Por todo esto la clase trabajadora y los humildes generaron esa necesidad de defender al único hombre del poder, que estaba junto a ellos. “... Una sola Nación... un solo proyecto político... volver a la Patria americana”, decía Perón. De su mano y la de Evita los trabajadores y sus organizaciones sindicales se constituyeron en el símbolo de un país socialmente integrado a través de la dignidad que otorga el trabajo y la producción. “Al manipular los símbolos y establecer rituales, Perón fue capaz de reforzar su imagen como líder carismático. Los rituales políticos, eran momentos en los cuales podía colocarse a si mismo y a los símbolos asociados a su persona y al movimiento en el centro de los eventos...” [12]

Cartel propagandístico del Justicialismo,
con las imágenes de Perón y su esposa, Evita.

En este marco, los aborígenes debían ser sometidos a “adaptación y educación”; fue así que se autorizó al Poder Legislativo la creación de varias Colonias Granjas, cuyo número final sería de 9, en las provincias de Neuquén (1), Salta (2), Jujuy (1), Presidente Perón (Chaco) (1) y Formosa (4), ajustándose, esta ley, al Capitulo ll de la Constitución, donde decía que “hasta hace poco los aborígenes no eran contemplados como entes sociales”. La nueva Constitución había sido aprobada el 11 de mayo de 1949, transformando el tradicional inciso 15 del Art. 67, y dejando solamente la frase inicial “proveer a la seguridad de la frontera”. Se eliminaba así, el párrafo alusivo al trato pacífico con los indios y su conversión al catolicismo. De esta manera se lo estaba reconociendo como “ciudadano”, pero el riesgo de esto radicaba en la anulación de su propia cultura.

Respecto al proyecto de las Colonias Granjas, afirma Tesler que el legislador salteño Manuel Vicente López opinó que “no estaba orientado con criterio americanista, ni liberador, ni tampoco a brindar medios para el mantenimiento de tradiciones y costumbres aborígenes”. El gobierno de Perón, el justicialismo, aspiraba a una homogeneización de la sociedad, a “... una sola Nación...”, según sus propias palabras, pero, en donde no entraba el aborigen, y donde podía entrar había que educarlo, integrarlo y adaptarlo.

En la lista de las Veinte Verdades del Justicialismo, una de ellas, la número 20, dice: “En esta tierra, lo mejor que tenemos es el pueblo”. Cabe preguntarnos, entonces: ¿se habrá acordado, el Gral. Perón,  de los pueblos originarios cuando formuló esta aseveración?


Conclusión

A modo de final, y como síntesis, deseo nombrar los aportes que consideré importantes hacia el aborigen durante los años peronistas:

- Comienza a tomar forma un proceso iniciado con Irigoyen, por el que se desplaza la identificación propuesta por el Estado hacia los sectores populares: a partir de ahora cobran importancia los campesinos, los trabajadores, los obreros, los descamisados, y entre ellos los pueblos originarios que se verán en cierta medida favorecidos.

-  Se concreta la entrega de tierras a las comunidades aborígenes.

-  Se aprueba el estatuto del peón, que evitará en lo sucesivo abusos sobre la mano de obra en las estancias, ingenios y obrajes. [13]

-  Los grupos aborígenes logran colocar a sus propios hombres en organismos nacionales y provinciales, quienes se harán cargo de los problemas de las comunidades y de donde surgirán los futuros dirigentes indígenas.

Como opinión personal, observo que este período se caracterizó por el énfasis en los "deberes" del estado para con los indígenas, y por la intervención estatal directa en la solución de los problemas derivados de la relación Indígenas-Nación. También me parece importante destacar la inclusión del "problema indígena" entre los “problemas sociales”, pero no puedo dejar de observar que al final de cada una de las soluciones buscadas para con ellos, continuaron relegados como habitantes del territorio argentino, durante toda la gestión del gobierno peronista.


La whipala (o huipala), bandera adoptada
por varios pueblos indígenas andinos.


[1]  J. C. Torre:
Nueva Historia Argentina. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2002. 
[2] L. Cuevas: “Ahora”, en Arturo Sala: La resistencia seminal. El Malón de la Paz: historia de un largo y permanente peregrinar. Cáp. 5. Ed. Biblos. Buenos Aires. 1946. 
[3] C. Martínez Sarasola: Nuestros paisanos los indios. Emecé Editores. Buenos Aires. 2005.
[4] Arturo Sala: La resistencia seminal: de las rebeliones nativas y el Malón de la Paz a los movimientos piqueteros. Editorial Biblos. Buenos Aires. 2005.
[5] Ibíd.
[6] Robustiano Patrón Costas estaba propuesto como vicepresidente de la nación por la clase oligárquica, acompañado por Alfredo Palacios, del Partido Socialista Argentino.
[7] Mario Tesler: Los aborígenes durante el peronismo y los gobiernos militares. Centro Editor de América Latina. Serie “Conflictos y Procesos de la Historia Argentina Contemporánea” N.º 21. Buenos Aires. 1989. 
[8] Comisión Honoraria de Reducciones de Indios. Decreto 21/09/16. Presidencia de Roque Sáenz Peña. Decreto 15074. 27/01/43. Presidencia de Ramón S. Castillo.
[9] C. Martínez Sarasola. Ibíd.
[10] Voces de la Warmi. Publicación de la Asociación de Mujeres “Warmi Sayajsunqo”. Abra Pampa. Jujuy.  Argentina. 2007.
[11] Luis A. Romero: Breve Historia Contemporánea de la Argentina. F.C.E., Buenos Aires. 1994.
[12] Mariano Plotkin: Mañana es San Perón. Propaganda, rituales políticos y educación en el régimen peronista (1946-1955). Ariel Historia Argentina. Buenos Aires, 1993.
[13] “La sanción del Estatuto del Perón innovó sustancialmente, pues extendió los criterios peronistas al mundo rural, introduciendo un elemento público en las relaciones manejadas hasta entonces en forma paternal y privada” (Luis A. Romero, Ibid.).


Clicad sobre las imágenes para ampliarlas.

09 mayo 2014

Juan Mosco, monje vagabundo y extraordinario cronista bizantino

El monasterio de Mor Gabriel, en el sudeste de Anatolia.
(Foto © Hubert Longépé)

Siguiendo las huellas del monje anacoreta Juan Mosco, se supone que nacido en Damasco antes del año 550 y muerto probablemente en Roma en el 619, 
el escritor escocés William Dalrymple emprendió un largo viaje a través de las tierras del antiguo Imperio bizantino, cuyas experiencias relata en su voluminosa obra From the Holy Mountain: A Journey in the Shadow of Byzantium (1997), donde narra con minuciosidad las vicisitudes de los cristianos de Oriente desde los tiempos más antiguos hasta el siglo XX.

Juan Mosco dejó una obra fundamental para conocer la historia de aquellas comunidades en su época: el Λειμών (‘Leimon’), muy divulgado durante toda la Edad Media, que no sería traducido y editado hasta siglos más tarde, primero en latín por el teólogo y humanista italiano Ambrogio Traversari (Venecia, 1475) con el título Pratum spirituale, y mucho después (1624) en francés, a partir de la versión latina, por Fronton du Duc con el título Pré spirituel.

El manuscrito del Prado espiritual (que en la primera edición española, debida a Juan Basilio Sanctoro, publicada en Madrid en 1674, se presenta como “Recopilado de autores antiguos clarissimos y Santos Doctores”), se custodia actualmente en el monasterio ortodoxo de Iviron, en el Monte Athos. Hacia allí dirigió sus primeros pasos Dalrymple y consiguió, con una pequeña estratagema, tenerlo en sus manos.

Después de ingresar en el monasterio palestino de San Teodosio, Mosco vivió durante diez años entre los eremitas del valle del Jordán y, junto con su discípulo Sofronio (que más tarde sería nombrado patriarca de Jerusalén) viajó por Siria, Cilicia, Egipto y las islas del Egeo. Tras la ocupación de Jerusalén por los persas (614) tuvo que refugiarse en Constantinopla y finalmente en Roma.

Los dos fragmentos que se reproducen a continuación están tomados de la edición española de la obra de Dalrymple. [1]

Albert Lázaro-Tinaut


El Imperio bizantino en tiempos de Justiniano (siglo VI).


El periplo de Juan Mosco por el Mediterráneo oriental

Si en la primavera del año 578 hubierais estado sentados en un cerro mirando hacia Belén, habríais divisado dos figuras con cayado en la mano que salían del gran monasterio de San Teodosio en el desierto. Ambos (un monje anciano de barba canosa, acompañado por otro monje que parecía mucho más joven, erguido y quizá un poco adusto, atajaban en dirección sureste por los prados de Judea hacia la metrópoli fabulosamente rica de Alejandría.

Sofronio representado como patriarca de Jerusalén y santo en un icono bizantino.(Fuente: www.conocereisdeverdad.org)

Era el inicio de un viaje extraordinario que llevó a Juan Mosco y a su discípulo Sofronio el sofista en un arco por todo el mundo bizantino oriental. Se proponían recoger la sabiduría de los padres del desierto, de los sabios y los místicos del Oriente bizantino, antes que su frágil mundo, que se hallaba en avanzado estado de decadencia, se desmoronara al fin y desapareciera. El fruto de sus viajes fue el libro que tenía ante mí en aquel momento. Hoy es un texto bastante desconocido en Occidente, pero hace mil años se contaba entre los libros más famosos de toda la gran literatura de Bizancio.

Los caravasares bizantinos eran bastante rústicos y la aristocracia provincial griega no disfrutaba recibiendo visitas. Según el escritor bizantino Cecaumeno “es un error celebrar reuniones sociales, porque los invitados se limitan a criticar tu gobierno de la casa e intentan seducir a tu esposa”. Así que allá donde iban, los dos viajeros se alojaban en monasterios, cuevas y ermitas remotas, y comían frugalmente con los monjes y los ascetas. Y parece ser que Juan Mosco anotaba en todos los lugares los relatos que oía de los dichos de los padres y demás anécdotas e historias milagrosas.

Una katisma, sencillísima construcción donde se solía refugiar un solo monje eremita.

Mosco extremó la tradición ortodoxa del monje vagabundo. En Occidente, 
al menos desde que san Benito impuso el voto de estabilidad a principios del siglo VI, los monjes casi siempre permanecían enclaustrados en sus celdas. Pero en las iglesias orientales, lo mismo que en el hinduismo y el budismo, 
ha existido siempre la tradición de que los monjes puedan ir libremente de 
un gurú a otro gurú, de un maestro espiritual a otro maestro espiritual, recogiendo la sabiduría y los consejos de cada uno de ellos como hacen aún los sadhus indios. Los monjes ortodoxos griegos todavía no hacen voto de estabilidad. Y si después de haber vivido un tiempo en un monasterio deciden que desean sentarse a los pies de otro maestro en un monasterio distinto, seguramente en un lugar de Grecia diferente (o de hecho en el Sinaí o en Tierra Santa), entonces, son libres de hacerlo así.

Cubierta de la primera edición
española del 
Prado espiritual
(Madrid, 1674).

El Prado espiritual es una colección de los dichos, anécdotas e historias sagradas más memorables que Mosco recogió en sus viajes, y su escritura corresponde a una larga tradición de reunir apotegmas o máximas de los Padres. No obstante, los escritos de Mosco son infinitamente más evocadores, gráficos e irónicos que los de cualquiera de sus rivales contemporáneos, y constituyen casi el único ejemplo del género que ha llegado a nosotros y que aún puede leerse con verdadero placer.

Y es que además de transmitir un mensaje espiritual todavía convincente, su lectura resulta también a otro nivel tan amena como la de un libro de viajes fascinante. Mosco hizo lo que hace hoy el moderno escritor de libros de viajes: recorrió el mundo en busca de historias extrañas y sorprendentes relatos de viajeros. En realidad su libro puede leerse como la gran obra maestra de la literatura de viajes bizantina, ya que su autor, además de ser un escritor divertido y lleno de vitalidad, cuenta una historia extraordinaria.

Leyendo entre líneas las memorias de Juan Mosco, es evidente que él y su compañero viajaron en una época peligrosa. Tras el fracaso del gran intento de Justiniano de restablecer el imperio, Bizancio se había visto sometida al ataque de ávaros, eslavos, godos y lombardos por el oeste; de oleadas de nómadas del desierto cada vez más numerosas y de las legiones de la Persia sasánida por el este. Las grandes ciudades del Mediterráneo oriental se hallaban en rápida decadencia: en Antioquía, las cabañas de refugiados llenaban el centro de las anchas avenidas romanas que habían sido en tiempos un hervidero de actividad y comercio. En los otros importantes puertos mediterráneos (Tiro, Sidón, Beirut, Seleucia) apenas había actividad; muchos estaban retrocediendo a la condición de aldeas de pescadores.


El monasterio bizantino de San Bishoy, en Uadi el-Natrum (Egipto).
(Fuente: Mundo monástico, enero de 2014)


En el monasterio de Mor Gabriel [2]

Por primera vez duermo en un monasterio en el que podría haberse alojado Juan Mosco, y oigo los mismos cantos del siglo V, entonados bajo los mismos mosaicos. Frente a mí se alza el muro de la que quizá sea la iglesia más antigua de Anatolia que sigue abierta. La construyó el emperador Anastasio en el año 512: antes que Santa Sofía, antes que Ravena, antes que el Monte Sinaí. […]

Entrada del monasterio de Mor Gabriel.
(Foto © Cihan / European Syriac Union)

El día en Mor Gabriel empieza a las cinco y cuarto con el toque de las campanas del monasterio que anuncian los maitines. Después de cuatro días de haber disfrutado de la hospitalidad de los monjes y haberme quedado a dormir hasta tarde, me pareció que sería adecuado hacer acto de presencia. Así que esta mañana cuando empezaron a repicar las campanas, en vez de taparme la cabeza con el almohadón más a mano, me levanté, me vestí a la luz de la lámpara y me abrí paso por el patio vacío siguiendo el eco del canto monástico.

Todavía era de noche, el alba apenas había empezado a apuntar en
el horizonte. Estaban encendidas todas las lámparas de la iglesia y proyectaban una débil luz titilante sobre los antiguos mosaicos bizantinos del coro. Dejé los zapatos en la puerta y me quedé al fondo de la iglesia. A mi izquierda, cuatro monjas con faldas y blusas negras se arrodillaban en una alfombrilla de junco. Delante de mí había una fila de niños que escuchaban a un monje anciano. Lucía una larga barba patriarcal y cantaba el texto de un enorme códice manuscrito, colocado en un facistol de piedra al norte del presbiterio. Cada frase llegaba a un tono culminante y luego bajaba hasta una conclusión casi inaudible.

Inscripción en alfabeto siríaco en Mor Gabriel.
(Fuente: www.morgabriel.org)

La iglesia empezó a llenarse; al poco rato, la fila de niños ocupaba toda la longitud de la nave. Llegó otro monje, el padre Ciriaco, y se dirigió al presbiterio. Empezó a cantar junto a otro facistol repitiendo el canto del monje anciano: el primer monje entonaba una frase que pasaba a Ciriaco, que la repetía y la pasaba a su vez. 
El canto iba de un facistol a otro, rápidas sílabas de arameo ligadas en una sola elisión de canto sacro.

Algunos de los chicos mayores se habían acercado a los facistoles y permanecían de pie detrás de los monjes, y cantaban con ellos. El coro continuó, tan profundo y resonante como el gregoriano pero con un aire más oriental; las modulaciones monódicas, extrañamente escurridizas, reverberaban bajo las retumbantes bóvedas bizantinas.

Al poco rato, una mano invisible descorrió las cortinas del presbiterio; un muchacho que sujetaba un incensario humeante hizo resonar sus cadenas. Toda la congregación inició una larga serie de postraciones: los fieles se arrodillaban y bajaban la cabeza hasta el suelo, de modo que desde atrás sólo se veía una hilera de traseros empinados. Lo único que diferenciaba el culto del que podría celebrarse en una mezquita era que los fieles se santiguaban una y otra vez mientras realizaban las postraciones. Así rezaban los primeros cristianos, exactamente como lo describe Mosco en el Prado espiritual. Parece que en el siglo VI los musulmanes tomaron sus técnicas de culto de 
la práctica cristiana existente. El Islam y los cristianos orientales han conservado la convención cristiana primitiva; los cristianos occidentales son los que han roto con la sagrada tradición.


Ceremonia religiosa siríaca en el monasterio de Mor Gabriel.
(Fuente: www.morgabriel.org)


[1] William Dalrymple: Desde el Monte Santo. Viaje a la sombra de Bizancio. Traducción de Ángela Pérez. Ediciones Península, Barcelona, 2000. 558 páginas.

[2] Mor Gabriel, cerca de la localidad de Midyat (en el sudeste de la península de Anatolia, muy cerca de la frontera de Turquía con Siria) es el monasterio siríaco más antiguo que se conserva. El cristianismo siríaco mantiene las tradiciones más primitivas, así como la lengua aramea (uno de cuyos dialectos, 
al parecer, era el que hablaba Jesús) como lengua de culto. 


Clicad sobre las imágenes para ampliarlas.


22 marzo 2014

Herman Melville y los Mares del Sur

Paisaje de la isla de Bora-Bora (Polinesia). Foto © Rachel Thecat.


Si alguien conoció bien los Mares del Sur (es decir, la zona austral del océano Pacífico) cuando cualquier viaje a lugares lejanos era una todavía una arriesgada aventura, fue Herman Melville. Este prolífico escritor, poeta y ensayista, hijo de colonos ingleses por parte de padre, y holandeses por parte de madre, nacido en Nueva York el 1 de agosto de 1819 y fallecido en la misma ciudad el 28 de septiembre de 1891, es universalmente conocido por la más famosa de sus obras,
Moby-Dick (cuyo título original es Moby-Dick; or, The Whale), publicada en 1851 y traducida a numerosísimas lenguas. 

Herman Melville.

Moby-Dick (la impresionante historia de la persecución de una enorme ballena blanca) [1] es, en parte, un relato autobiográfico donde el autor recoge y novela algunas de sus aventuras como tripulante de barcos balleneros que por aquel entonces surcaban las aguas del sur del Pacífico. Muchas de las pequeñas islas que conforman la actual Oceanía fueron refugios para Melville [2].

El texto que se reproduce a continuación pertenece a una de las numerosas conferencias que Melville dictó, una y otra vez, entre 1858 y 1860 como precario medio de subsistencia; su vida, en efecto, fue difícil, y tuvo que desempeñar diversos trabajos totalmente ajenos a su vocación como escritor, de la que sacó poco provecho económico: fue marinero, profesor cuando se le presentaba la ocasión, granjero e incluso inspector de aduanas. Como ha sido frecuente en muchos otros escritores, su obra más divulgada –la mencionada Moby-Dick– no se popularizaría hasta después de su muerte. 


Cubierta de la edición original de Moby-Dick;
or, The Whale
 (Nueva York, 1851).

Viajero impenitente, llevado por la necesidad, Melville “recorrió el Pacífico y profundizó en él como pocos […]. Nos habla de su propia historia como navegante, experiencia que dio lugar a inolvidables obras, que se contaron, en vida del autor, entre las pocas que le hicieron popular. Nos traslada a los pobladores de esas islas paradisíacas y, antropólogo adelantado a su tiempo, critica el etnocentrismo de los occidentales y la prepotencia que pretendía la superioridad de ‘nuestra civilización’ frente a la de aquellas culturas felices en su sencillez”, como se dice en el prólogo del libro Viajar [3] del que se ha extraído este fragmento.

Melville dejó varias novelas memorables ambientadas en los Mares del Sur: Typee: A Peep at Polynesian Life (1846), Omoo: A Narrative of Adventures in the South Seas (1847), Mardi: And a Voyage Thither (1849), Redburn: His First Voyage (1849), White-Jacket: or, The World in a Man-of-War (1850) y otra de sus obras más significativas, el largo relato Benito Cereno (1855).

Cuando Melville hablaba de ellas, las tierras oceánicas todavía no eran totalmente conocidas por los geógrafos, que a menudo acudían a los relatos de los aventureros, como él mismo, para ir trazando un mapa aproximado de aquella extensa región marítima. De ahí las palabras iniciales de este texto.

Albert Lázaro-Tinaut


Caza de ballenas, según un óleo del pintor inglés Alex Tadyf fechado en 1849.


Los Mares del Sur

En los Mares del Sur se descubren sin cesar nuevas y extrañas islas. Y existen otras, desconocidas, sobre las cuales nuestros mapas son tan vírgenes como el mundo en la época de Platón, cuando las columnas de Hércules eran el límite occidental del universo. Existen en la naturaleza numerosos lugares a los cuales un hombre podría retirarse y vivir, durante años, tan aislado del resto del mundo como un habitante de otro planeta.


Una pequeña isla del archipiélago
de Palau, en Micronesia.


Aquella misteriosa región escondió durante un tiempo a los filibusteros que saqueaban el comercio español y protegió durante varios años a Christian, el rebelde del Bounty [4]. Tras una vida de exilio con el fin de escapar a la ley europea, fue descubierto, encorvado por la edad, en una espléndida colonia rodeado de hijos y nietos mestizos, fruto de sus relaciones con mujeres salvajes en esos bosques siempre verdes, bajo ese cielo siempre sano y en abundancia perpetua de cosechas. En efecto, no es difícil, para un grupo de rebeldes, desaparecer en alguno de esos pequeños mundos, y vivir sin ser descubierto por los navegadores que rara vez llegan más allá de la playa si por azar echan anclas para buscar frutas y agua. Se descubren a veces nuevas colonias de este tipo. […]


Indígenas polinesios a mediados del
siglo XIX. 
(Fuente: blog La fin des temps)

Un grupo de partidarios del Amor Libre de Ohio se planteó instalarse en los Mares del Sur, al igual que los mormones de Salt Lake, que pensaron en estas islas perdidas para crecer y reproducirse. […] Las islas se consideran buenos refugios, con tal que los autóctonos no se opongan a ello. Puedo imaginar, sin embargo, el peligro al que se enfrentan los partidarios del Amor Libre al atracar en las islas de la Polinesia. En cuanto al proyecto antes descrito, el de establecer una colonia de mormones en ciertas islas grandes, para establecer allí sus lazarillos y vivir conforme a sus “instituciones”, los autóctonos resistirían a su injerencia igual que lo hicieron los habitantes de Staten Island con el hospital de la Cuarentena. Si alguien sensato desea apropiarse de una isla deshabitada, adelante, pero no conozco una sola isla habitada, en los cientos de millones de millas cuadradas con las que cuentan los Mares del Sur, de la que esos “filibusteros” no fueran expulsados manu militari por indignados indígenas.


Enfrentamiento de los nativos de Otaheite (Tahití) al explorador inglés Samuel Wallis en 1767, según un grabado de la época.


Mientras nuestros visionarios veían en los Mares del Sur una suerte de Elíseo, los polinesios también tuvieron su sueño, su ideal, su Utopía de Occidente. Del mismo modo que Ponce de León esperaba encontrar en Florida la fuente de la eterna juventud, el místico Kamapiikai abandonó las costas de Hawai, donde su atormentado espíritu le hacía sufrir, con la esperanza de encontrar la fuente de la felicidad y de los seres parecidos a los dioses. Así, navegó hacia el poniente y, como ocurre con todos aquellos que van al Paraíso, todavía no ha vuelto para consolar a la humanidad con sus descubrimientos.


La isla de Maui (Hawai)
en el siglo XIX.

(Fuente: Old-Map-Blog)


Otra extraña búsqueda fue la de Álvaro Mendaña, un audaz capitán español que suscitó en su época tal entusiasmo entre los Dones y las Dueñas de la corte que muchos de ellos se unieron a su expedición. Estaba convencido de poder encontrar el Ofir [5] fenicio del rey Hiram y de poder conseguir más tesoros de los que había necesitado Salomón para embellecer su templo. Al cabo de varios meses de viaje nutrido de esperanzas, no encontraron las minas de Mammon, y el pobre capitán, agonizante, fue sumergido en la soledad de un mar insondable. Sus discípulos volvieron a Perú, fuertemente impresionados por la verdad de estas palabras del rey hebreo: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Se bautizó como Salomón a un grupo de islas, en recuerdo de este acontecimiento.

Hay dos lugares en el mundo en los que un hombre puede hacer desaparecer su vida y su hacienda: la ciudad de Londres y los Mares del Sur. Cruzando el Pacífico, es habitual encontrarse con hombres blancos instalados allí de forma permanente, y otros que esperan poder volver algún día. Numerosos navegantes considerados desaparecidos siguen vivos en alguna de las islas de este océano, y eso pese a que algunos de ellos encontraran el reposo en sus tumbas o fueran devorados por los peces.

Vivienda característica de la isla de Guam (Micronesia) a finales del siglo XIX. (Fuente: islasdelpacifico.wordpress.com)

He tenido la suerte de conocer a varios, tras un viaje de cinco largos meses en alta mar, al desembarcar en una isla solitaria en busca de frutas. Los soñadores indígenas se hallaban recostados sobre un talud, con la mirada perdida en la inmensidad, moviéndose apenas de sus esteras cuando llegamos, pues ya habían visto hombres blancos, Y ahí, en esa isla lejana, entre sus sesenta y setenta indolentes habitantes, conocimos a un americano que se había instalado y parecía perfectamente integrado. Lo cierto es que no parecía muy limpio, con su taparrabos y unos pocos jirones de capa que colgaban de sus hombros como señales de angustia; una angustia a la cual, según nos pareció, la diligencia asidua de tres mujeres debería haber puesto remedio –pues el bienaventurado gentleman mal vestido poseía, en efecto, tres mujeres–. Durante nuestra conversación, nuestro respetable exiliado de la civilización dio señales de una inteligencia poco común. Afirmó haber ocupado una cátedra de Filosofía moral en una universidad de su región, que evitó cuidadosamente mencionar. Se hallaba ahora satisfecho con su vida tranquila y ociosa, lejos de los tumultos de la incesante ambición.

Diversas y singulares son las formas en que los marineros desaparecen en los Mares del Sur. Algunos son arrojados al agua, otros son abandonados en la playa por capitanes sin escrúpulos, otros pierden la vida en peleas… Algunos se unen a esta clase de aventureros conocidos bajo el apelativo de “trilladores de arenal”, que infestan las orillas del Pacífico. Esta denominación se da por el hecho de que merodean por las playas y parecen siempre a punto de embarcar o desembarcar, dispuestos a todo: a la guerra en Perú, a la caza de la ballena o al matrimonio con una princesa polinesia. Fueron de los primeros en viajar a California en la época de la fiebre del oro y originaron extrañas anécdotas que fueron publicadas en los diarios. Es, en gran medida, por ellos por lo que se creó allí el Comité de Vigilancia.

Guerreros melanesios en la segunda mitad del
siglo XIX. 
(Fuente: fmnc.forumpro.fr)

He conocido a más de un viejo marinero en los Mares del Sur, quizá no lo suficientemente instruido como para escribir, pero que podría contar sobre estas regiones historias aún más extrañas de lo que ya se ha escrito.
Typee y Omoo no ofrecen más que una ojeada general a excepción, quizá, de aquella parte en la que se describe la larga captura en el valle de Taipi. Si hubiese tenido tiempo, me hubiera gustado relatar una antigua leyenda tradicional polinesia, especialmente dedicada a las mujeres de la audiencia [6], pues se trata de la leyenda amorosa de Kamekamehaha, Tahiti y Otaheite, que fue pronunciada por el rey de una de esas islas y posee toda la belleza, la extrañeza y la audacia de las fábulas griegas.


El océano desde la isla de Taha’a, en el archipiélago polinesio de la Sociedad. (Fuente: Tuswallpapers)


[1] La historia narrada por Melville en esta novela bien pudo inspirarse en la de un cachalote albino, conocido como Mocha Dick, que vivió en aguas del sudeste de Chile a principios del siglo XIX. En la tradición oral mapuche encontramos, en efecto, el mito del “Trempulcahue”, un grupo de cuatro ballenas que llevan el alma de los mapuches que mueren hasta la isla de Mocha. Sin duda, el autor conocía esa leyenda.

[2] Carlos Fernández resume la aventurera biografía de Melville en un interesante artículo publicado en el diario La voz de Galicia, accesible a través de este enlace.
[3] Herman Melville: Viajar. Traducción de Elisabeth Falomir Archambault. Gadir Editorial, Madrid, 2011.
[4] El Bounty era un velero de la armada inglesa cuya tripulación se amotinó en las proximidades de la isla de Tahití en abril de 1789. Esa historia fue recogida por Jules Verne en el relato Les Révoltés de la Bounty, publicado en 1879, y adaptada por otros autores. También fue llevada varias veces al cine.
[5] Ofir es una región mencionada en la Biblia, supuestamente localizada en las tierras orientales del Mediterráneo o en la península Arábiga, famosa por sus inmensas riquezas.
[6] Recuérdese que este es un fragmento de una conferencia; se refiere, pues, a las mujeres que le escuchan.


Clicad sobre las imágenes para ampliarlas.

02 febrero 2014

((SIN COMENTARIOS))


Viñeta del humorista gráfico argentino Bernardo Erlich (Tucumán, 1963) en la edición del 2 de febrero de 2014 del diario El País de Madrid.