sábado, 31 de diciembre de 2011

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martes, 13 de diciembre de 2011

La voz a otros debida: La Navidad provenzal de Mathieu Belezi

Noche estrellada en Saint-Rémy-de-Provence, pintura de Vincent Van Gogh (1889). 
(© Museum of Modern Art, Nueva York)

Mathieu Belezi (hay dudas sobre si es su propio nombre o un seudónimo) no es un escritor muy conocido. Es más bien un escritor tardío. Sus datos biográficos son escasos: nació en la ciudad francesa de Limoges en 1953, estudió geografía, dio clases en los Estados Unidos y residió en México, la India, el Nepal, las islas griegas y el sur de Italia. Ahora vive en las proximidades de Roma. 

En 1998 publicó su primera novela, Le petit roi (‘El perqueño rey’), y desde entonces ha dado a conocer otros siete libros de narrativa, entre los que destaca la novela C’était notre terre (‘Era nuestra tierra’, 2010), ambientada en la Argelia de la década de 1950, colonizada por Francia. Son sus dos obras más divulgadas, que ahora vuelven a las librerías en formato de bolsillo. 

Mathieu Belezi. 
(Fuente: Éditions Flammarion)

Le petit roi es una novela breve en la que se combinan hábilmente la crueldad como reacción a una infancia rota, y la prosa poética. Es el relato de un año de Mathieu, de doce años, traumatizado por las continuas peleas de sus padres, a quienes desearía saber muertos. Un año alejado de su madre, quien lo ha dejado al cuidado del abuelo, que vive en una granja, en un remoto y desolado rincón de la Alta Provenza, donde él construirá su pequeño reino. Allí conocerá la soledad –sólo paliada por la estrecha, cálida y cómplice relación que le une al viejo granjero–, el silencio, y vengará su calvario familiar mediante la crueldad, ejercida tanto con los animales como, vejándolos, con algunos de sus compañeros de escuela, escenas que el autor describe con desgarradora dureza. Vivirá al mismo tiempo el titubeante despertar de su sexualidad, aunque ésta será a veces objeto de sus instintos más perversos. 

Belezi intercala en su relato, escrito en primera persona, los recuerdos vívidos del niño con respecto a la difícil convivencia de sus padres, momentos que se reproducen repentinamente en su memoria como hachazos y aparecen en la novela como flashes. En el fragmento reproducido a continuación se manifiesta uno de esos momentos que, para diferenciarlo del contexto, es presentado en letra cursiva (no es así en el original). Se trata de un fragmento de la primera parte del libro, cuando todavía no se ha producido en el muchacho esa transformación que lo convertirá casi en un pequeño monstruo. En la traducción se ha procurado, sobre todo, mantener el lenguaje poético de la versión original. 


El paisaje agreste de la Alta Provenza. 
(Fuente: id2sorties.com)


El día de la Nochebuena el cartero trae una carta dirigida a mí. En el sobre, encima de mi nombre escrito con tinta azul, hay tres sellos de la India. 

Estoy solo en la cocina, el abuelo ha ido a dar de comer a las gallinas. Podría introducir la punta de un cuchillo bajo la pestaña del sobre, abrirlo y extraer de él una de esas postales imposibles que me envía mi madre cada vez que está de viaje. Prefiero echarla al fuego. 

Por el efecto del calor, el sobre se yergue un momento, permanece en equilibrio sobre las brasas y luego se arquea, hasta que de repente el fuego prende en él y lanza un fogonazo endiablado que dispersa las sombras. 

Me niego a contemplar la inevitable hilera de palmeras tras la que mi madre me abraza y me asegura que no hace más que pensar en mí. No quiero saber con qué palabras me desea una feliz Navidad. 

Anochece. Avanzamos por un sendero que serpentea por el carrascal hasta el campanario iluminado de una iglesia. Por encima de la cabeza del abuelo el cielo dispone las estrellas para que puedan escabullirse entre ellas los ángeles del advenimiento. 

Entramos en el pueblo y subimos por unas callejas hasta la plaza de la iglesia, rodeada de cipreses. Hay allí mucha gente que canta, en el templo y fuera de él. 

–Anda, ábrete paso. Lo bonito está dentro. 

–¿Y tú, abuelo? 

–Yo me quedaré aquí. 

Me abro paso a codazos, avanzo hacia los oropeles del altar, adornado con lirios y gladiolos. María y José, juntadas las manos, inclinan sus cabezas a la vez sobre un pesebre. Un asno, un buey y dos ovejas rumian a su lado. Todo el mundo, el cura con su casulla recamada, el monaguillo y los niños del coro, y la asamblea dócil de los fieles, reciben el baño de la luz divina que fluye: rezan, cantan y elevan sus alabanzas al cielo. 

Pero el niño Jesús se hace esperar. La hora de su llegada todavía no ha sonado. Aún hay que rezar mucho, cantar y proseguir con las alabanzas, y eso fatiga. 

Veo que los más viejos se han sentado, que ya no pueden con su alma. Se agarran a los respaldos de las sillas, jadean, se tragan sus secreciones de asmáticos, mientras los niños de pecho berrean en brazos de sus madres. 

¡Sé muy bien dónde estabas, cabrón! 
yo abandonaba mi tren eléctrico, abría la puerta de mi habitación; los golpes rítmicos en mi pecho, las lágrimas que asomaban a mis ojos, eran de miedo, de miedo que se pegaran otra vez; bajaba la escalera 
¡Yo hago lo que me da la gana! 
Pues no podrás seguir haciéndolo mucho más tiempo, te lo aseguro 
corría hasta el salón, donde los encontraba de pie, frente a frente, ¡y cómo!, rojos de ira y con el pelo revuelto, mirándose con los ojos rebosantes de odio y los labios apretados, y me interponía entre ellos 
No, papá, no 
¡No, papá! 
los separaba a gritos para apagar sus voces. 

Y he aquí que el niño Jesús ya está en el pesebre. ¿Quién lo ha puesto? No me he dado cuenta, tenía la cabeza en otro sitio. Es un niño de verdad, envuelto en lienzo blanco con bordados. Parece fruncir el ceño y no entender por qué lo alaban, allí y en aquel momento. Los caramillos y los tamboriles dan alas a la luz, que voltea, se agita y hace piruetas, serpentea por las bóvedas antes de difuminarse entre las sombras del ábside, donde ya no puede avivar las emociones. 

Se ha acabado. La gente sonríe y se besa en las mejillas, canta por última vez que Jesús ha nacido. Salgo de la iglesia cuando las campanas empiezan a sonar en un revuelo frenético, difundiendo por los alrededores la miel divina, y más allá de las colinas y los llanos otros campanarios les hacen eco; esa miel derramada en exceso hace que el corazón se me encoja, a mí, que no tengo a nadie más que a mi abuelo. 

Regresamos por el mismo camino, perseguidos por los repiques penosos de los campanarios. Le doy la mano. 

–¿Te ha gustado? 

–Sí, abuelo. Y tú, mientras tanto, ¿qué has hecho? 

–He fumado. 

Sobre el altiplano desierto el viento, que no encuentra otros obstáculos, se ensaña con nosotros y parece querer cerrarnos el camino; empecinados, nos esforzamos para seguir adelante. Se me corta la respiración. 

Con la cabeza envuelta en la bufanda, me siento pequeño y ridículo mientras jadeo. No tengo más protección que mi abuelo, su amplia espalda tras la que me refugio abrazándome a su cintura con toda la longitud de mis brazos y acompasando mis pasos a los suyos. 

Traducción del francés de Albert Lázaro-Tinaut 


El texto original, en francés, pertenece a la novela Le petit roi, de Mathieu Belezi. Éditions Phébus, París, 1998. 

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